viernes, 25 de julio de 2008
Telepopulismo en horario estelar
IBSEN MARTÍNEZ 25/07/2008
Los venezolanos vimos por vez primera a Hugo Chávez en una cadena de televisión y en horario estelar vespertino hace ya 16 años. Cautivo del Ejército, el entonces cabecilla de una fallida intentona golpista recobró la iniciativa política en una memorable aparición ante las cámaras.
Había órdenes muy claras, impartidas por el propio presidente Carlos Andrés Pérez, de mostrar en televisión a Chávez esposado, despojado de insignias y leyendo un mensaje pregrabado en el que invitase a los facciosos a rendirse. Pero los atribulados mandos militares, en la premura del caso, prescindieron de grabar previamente la alocución del capturado jefe insurrecto que, en principio, no estaba dirigida al expectante país en pleno, sino solamente a los sublevados.
En consecuencia, las cámaras mostraron en vivo al desconocido y joven oficial rebelde que todo el mundo ansiaba ver y escuchar. Sus guardianes, por cierto, lucían más asustados que el cautivo, quien pronunció entonces la que quizá haya sido la alocución más corta en la moderna historia política venezolana. También la más productiva, electoralmente hablando.
Comenzó con un "Buenos días a todo el pueblo de Venezuela". Seguía un "mensaje bolivariano" a sus compañeros, imponiéndoles que "lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital".
Sólo 169 palabras -muy pocas, en verdad, para lo lenguaraz que nos ha salido el Máximo Líder-, pronunciadas en menos de 50 segundos y de las que la porción más empobrecida del teleauditorio recordaba al día siguiente una sola frase. Los menesterosos y los descontentos de toda Venezuela dieron en repetir sentenciosamente "por ahora" como un mantra o una jaculatoria, hasta el día de 1998 en que votaron mayoritariamente por él.
Habían visto, en "tiempo real" y en la pantalla de sus televisores, el nacimiento de un paladín populista, algo que en el pasado tomaba todo el tiempo que la transmisión oral tarda en dar forma simbólica a las cosas. En el pasado -en lo que hoy los estudiosos llaman "primera" y "segunda" oleadas del populismo latinoamericano-, la cosa iba casi exclusivamente de oratoria y balcones.
"¡Denme un balcón y seré presidente!", llegó a clamar jactanciosamente el ecuatoriano José María Velasco Ibarra, quien, entre 1934 y 1972, pasó cinco veces de un balcón a la presidencia de su país. Me apresuro a advertir que en cuatro de esas ocasiones Velasco fue depuesto tras un pronunciamiento militar. Nunca más le dejaron asomarse a un balcón. ¿Y qué decir del populismo argentino, arquetipo continental del morbo, y el balcón de Eva Perón?
Definiciones muy encontradas sobran hoy de lo que podrá ser esa proteica y casi centenaria forma política que ha sido el populismo en nuestra América. Según se otorgue primacía a lo económico, lo institucional o lo simbólico, tendremos, por ejemplo, las de Rudiger Donrbusch y Sebastian Edwards, las de Michael Conniff, Jorge Basurto y la del extravagante posmarxista Ernesto Laclau.
Hoy en día, un buen indicio de que se está en presencia de una de nuestras "democracias no-liberales" y populistas se halla en el uso y abuso que el poder aspire y logre dar a los medios radioeléctricos. Y en esto, ¡ay!, no es Chávez el único espécimen. Cierto: Chávez le tomó tanto aprecio a los resultados obtenidos en esos sus primeros 50 segundos de alocución en vivo que no ha hallado modo de saciar su berluscónica ambición de hegemonía mediática: ha fundado Telesur, especie de Al Yazira suramericana, y clausurado, sin más, canales opositores.
Pero lo crucial para este juicio, creo yo, es saber no sólo si el gobernante tolera o no la discrepancia y la crítica de los medios, sino de qué artimañas, en apariencia lícitas e inofensivas, se vale para impedirlas.
Álvaro Uribe, en la vecina Colombia, es sin duda la antípoda política de Chávez -civil, partidario de las leyes del mercado, enemigo jurado de las FARC, aliado militar de los Estados Unidos, etcétera-, pero, al igual que su par venezolano, hurta el cuerpo, en cada campaña electoral, a los debates televisivos con los candidatos que le adversen.
Uribe prefiere hacer una demostración práctica, en un programa frivolón de horario televisivo estelar, de cómo el Kundalini yoga le brinda serenidad de espíritu en mitad de la guerra que libra con las FARC. Se aviene en esas ocasiones a lagrimear en primerísimo primer plano mientras evoca, una y otra vez, la trágica muerte de su padre, pero no se expondría jamás de buen grado a responder una pregunta directa hecha por un reportero sobre su hasta ahora inocultable vocación de perpetuarse en el poder.
Al igual que Chávez, Uribe suele hacer sorpresivas llamadas telefónicas a programas radiofónicos de opinión política. Lo hace con sus suaves modales antioqueños, impostando ser un escucha más, interesado en hacer oír su parecer.
Sólo que Uribe no es un escucha cualquiera: es el carismático presidente de Colombia, acaso en este momento sea también el hombre más poderoso de su país, y lo que suele pasar es que termina por acaparar el resto del tiempo del programa, sin permitir preguntas. En descargo suyo hay que decir que, a diferencia de Chávez, las llamadas de Uribe no parecen previstas en guión alguno.
Chávez, en cambio, simplemente no corre riesgos y sólo hace llamadas a programas conducidos por gente que le es afecta, transmitidos por la red estatal que Chávez ha confiscado, sin melindres, para sus propios fines partidistas. Es entonces cuando, por ejemplo, anuncia destituciones de ministros, a quienes expone al escarnio público por su incompetencia o falta de espíritu revolucionario.
Bill Moyers, un veterano productor estadounidense de televisión pública, afirma que las ideas complejas, políticas o de cualquier otro tipo, no se pueden ventilar como es debido en la televisión actual. "La tecnología de la televisión -dice Moyers- lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que sólo se convierte en promotora de consenso, ¡y a menudo de cualquier consenso!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer éste al público".
Sea por ciencia infusa, o porque los populistas latinoamericanos de hoy lean a escondidas a gente como Moyers, lo cierto es que, cada día que pasa, el uso que los Chávez, los Uribes, los Morales y hasta los esposos Kirchner dan a los medios radioléctricos procura acallar el debate y la crítica y promover tan sólo elementales consensos, ya sea en torno a un indefinido "socialismo del siglo XXI" o al muy controvertido Plan Colombia.
Momentos estelares de estas fábricas de obnubiladores consensos han sido las dos superproducciones mediáticas que, Chávez de un lado y Uribe del otro, nos han ofrecido en los últimos meses a propósito de los rehenes cautivos de las FARC.
Una de ellas, la venezolana Operación Emmanuel, buscaba promover consenso en torno a la socarrona "mediación" de Chávez y ungirlo como el único hombre en el continente capaz de liberar a los rehenes. Como se sabe, Oliver Stone hubo de regresar a casa sin poder rodar un pie de película.
La colombiana Operación Jaque, bien que en sí misma ejecutada incruentamente por el ejército colombiano, brindó a su vez ocasión para vindicar las opciones militares favorecidas por Uribe, ejecutadas por su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, el candidato presidencial in péctore de Uribe.
En el negocio del espectáculo suele decirse que la cámara no parpadea. Por eso ni el más previsivo de los productores ejecutivos de un reality show pudo presentir la irrupción de una espontánea llamada Ingrid Betancourt, la rehén que emergió de la selva para hablar ante las cámaras, con el mismo sorpresivo aplomo con el que Hugo Chávez soltó su "por ahora".
Continuará.
jueves, 24 de julio de 2008
Días extraordinarios
Propongo 14 ángulos para dar cuenta de lo que pasó en estos días extraordinarios:
Derrota concluyente. Lo que patentizó el desenlace legislativo de la aventura gubernamental del impuestazo al campo es una masacre política con pocos antecedentes. Lo que le pasó a Néstor Kirchner en los albores del 17 de julio de 2008 tiene reminiscencias con la paliza que el 30 de octubre de 1983 le infligió Raúl Alfonsín a la fórmula justicialista Luder-Bittel, que patrocinaba la autoamnistía militar. Es un fracaso de enormes consecuencias.
Invicto doblegado. Kirchner ganó sus primeras elecciones como intendente de Río Gallegos en septiembre de 1987, con el 61%. Luego ganó las de gobernador en 1991, con el 61%, y se hizo reelegir en 1995 (65,5 %) y en 1999 (54,7 %). En 2003, abandonó su tercer mandato como gobernador para asumir la Presidencia de la Nación. Si bien en 2003 perdió ante Carlos Menem, el abandono del riojano lo puso en la Rosada. Ganó las legislativas de 2005 y las presidenciales de 2007, donde enrocó con su esposa. Tuvo posiciones de poder desde septiembre de 1987 hasta diciembre de 2007. Muchos años sin perder y sin estar en el llano.
Omnipotencia tóxica. El Gobierno volcó estrepitosamente porque nunca barruntó la posibilidad de perder. Atosigado de autoindulgencia, vivió creyéndose condenado a la victoria. Tanta certeza lo enfermó de arrogancia y soberbia. El oficialismo alergizó a gruesos sectores de la sociedad, hartos de altanería, gritos destemplados y desdenes.
Descalificación sistemática. Nunca creyó el Gobierno desde 2003 que los que pensaban diferente merecían respeto. Mentalizado por el vanguardismo de los 70, cree que quienes no lo apoyan fueron colonizados por el neoliberalismo o por los enemigos de la Patria. Jauretche elemental: opositores son quienes han sucumbido al canto de sirena de la oligarquía.
Mundo fantástico. Adversos a todo criterio colegial de gestión. Néstor y Cristina Kirchner gobiernan en el marco de una restringida capilla desde 2003. Ninguno de ellos ha celebrado jamás un acuerdo de gabinete. Método de gestión de rasgos piramidales notables, en ese microclima, el enrarecimiento del ambiente es natural. Apunados por las moquettes del poder, no supieron aprender de cachetazos anteriores. ¿No creyó Kirchner, acaso, que Carlos Rovira ganaría la reelección eterna en Misiones? Se desconcierta cuando el mundo desmiente sus fantasías privadas.
Desplantes imperiales. La derrota en el Senado es cruel para la Casa Rosada. Apelaron al Congreso como concesión. Se les cayó la casa encima. Habían comenzado mal: no puede ufanarse de cumplir con la ley quien está obligado a hacerlo. Tuvieron que pedir una ley porque los intentos de aplicar el impuestazo rural con una resolución ministerial fracasaron. Llegaron al Congreso por default. Se notó.
Realidad negada. No se quiso ver los cambios monumentales del mundo agropecuario que modificaron por completo estereotipos de décadas. Ni siquiera la visible simpatía que anchos sectores sociales expresaron hacia la producción rural modificó la beligerancia oficialista, que eligió un “enemigo” fantaseado, sin advertir que el esquema tributario del 11 de marzo era claramente resistido en el país.
Lógica fundamentalista. Al manejarse con criterio vertical desde mayo de 2003, la Casa Rosada perdió capacidad de ver. Mecanismo de impacto, extrapola el deseo político interior en lo que –supuestamente– está en condiciones de aceptar el mundo exterior. Esta obliteración de la realidad no perdona: es parecida a los vanguardismos mesiánicos. Si se estira la cuerda de la analogía, el descarrilamiento del Senado es conceptualmente el equivalente pacífico del Monte Chingolo del ERP en diciembre de 1975. Aquella unidad militar fue atacada por la guerrilla del PRT a sabiendas de que tamaña locura estaba condenada a abortar. La vanguardia mesiánica no trepidó, como tampoco el MTP en enero de 1989. El pueblo no estaba con ellos y la derrota era segura; más de sesenta bajas sufrió el ERP en aquella intentona. Acá, por suerte, no murió nadie, ¿pero no se daban cuenta de que los estaban esperando?
Concertación asesinada. No le sirvió de nada al kirchnerismo un zafarrancho de acuerdo supuestamente consensuado con fuerzas no peronistas. Jamás creyó en concertar nada: ahora que desde el kirchnerismo más recalcitrante se habla de Julio Cobos como “traidor” y se evoca el asesinato de Vandor en 1979 (que los Montoneros nunca desmintieron), los fantasmas despuntan. La “concertación” fue un eufemismo, maquillaje de un vasallaje explícito. Como dice con claridad Hebe de Bonafini, “los que se alegran llegaron de la mano de un traidor. Los radicales nunca estuvieron con el pueblo, sino del lado de la oligarquía, de los más ricos, de los más poderosos, entonces no se podía pensar que Cobos no iba a traicionar, estaba ahí sentado esperando meter el cuchillo”.
Transversalidad denegada. Cuando la Juventud Peronista de los 70 enalteció el “trasvasamiento generacional”, Perón los disciplinó con Lastiri, López Rega e Ivanisevich. Trasvasamiento fue para Perón como transversalidad para Kirchner. ¿Binner, Ibarra, Juez, Sabatella? Pamplinas: con el voto de Ramón Saadi, el Gobierno apenas pudo empatar. Sin el catamarqueño, perdía en primera vuelta. Ejercicio de imaginación: ¿se atreverá ahora Kirchner a ir a la Biblioteca Nacional a explicarles a los intelectuales por qué Saadi forma parte del “modelo” de gobierno nacional y popular?
Ideología explícita. Lo que termina por primar son las consecuencias del modo. El modo es la manera, pero algo más que protocolo de cordialidades. Es un compacto estratégico: han creído en la superioridad del maltrato. No es censurable por formalidad, ni tampoco por frívola antiestética de circunstancias. Es stalinismo subdesarrollado: humillo, luego existo. Cuando se lo escucha a Kirchner trastabillar, resulta evidente que lejos de toda pretensión de organizar ideas, lo anima un apetito de poder y una necesidad de hegemonía sin sutilezas.
Duelo terminado. La Argentina agotó su proceso de metabolización del colapso de 2001, cuando cayó el gobierno de De la Rúa. Hasta ahora, el país toleraba o se resignaba a permitir un estilo vertical, presentado como alternativa a la pasividad de que se acusaba a De la Rúa. Anacronismo puro: hoy ya no dan los números para preservar el decisionismo salvaje que acaba de darse un porrazo en el Senado.
Soledad evidente. Desalineado de supuestos aliados estratégicos, el Gobierno llegó a su Cancha Rayada senatorial limitado a apoyos de alarmante chatura: jeques sindicales, coroneles del Conurbano y funcionarios piqueteros. Desde el prestigio y la respetabilidad social, la cosecha es catastrófica: D’Elía, Curto, Moreno, Kunkel, Depetri, Pérsico, Bonafini y Jaime son un seleccionado de pesadilla.
Partidos esenciales. Al margen de rupturas de la disciplina peronista, explicitadas por el bloque justicialista desgajado del Gobierno (Reutemann, De la Sota, Romero, Marín, Solá), vuelve a adquirir visibilidad la proyección territorial y la veteranía parlamentaria de fuerzas opositoras, como la UCR, recuperadas y en condiciones de procurar cursos de acción convergentes con la Coalición Cívica y el Partido Socialista.
Edición Impresa
Domingo 20 de Julio de 2008
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martes, 22 de julio de 2008
Carta abierta a (todos) los firmantes de la Carta Abierta

Debería ser obvio; escribo esta carta porque los respeto. Porque considero valioso y políticamente promisorio discutir con ustedes. No me interesa discutir con Mariano Grondona. No me atrae hacer la vivisección de Alfredo De Ángelis, a quien conozco de naranjo por haber seguido sus pasos no menos desatinados que los que da ahora como protestador rural, cuando era uno de los principales activistas de la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú, asamblea que el gobierno nacional respaldó sin cortapisas en sus objetivos absurdos, diagnósticos tremendistas y metodologías “iliberales” (cría cuervos que te sacarán los ojos). Y no los respeto a ustedes solamente por las trayectorias en parte comunes que tengo con muchos de ustedes. También los respeto porque convocan a la discusión, del mismo modo en que lo estamos haciendo unos cuantos otros en estos mismos y amargos días. Quien convoca necesita y se supone que quien convoca (como ustedes lo hacen) a la política plural y al debate necesita debatir. Quien escribe y dice lo que quiere ha de leer y escuchar quizás lo que no quiere.
Ustedes dicen que desde el 2003 la política ha vuelto a ocupar un lugar central en la Argentina. Personalmente creo que hay aquí un aspecto importante con el que coincido. Pero quiero precisar. No coincido con las visiones que sostienen que la política se allanó, en América del Sur en general, y hasta la nueva ola de gobiernos que ustedes mencionan, a la voluntad de los “discursos hegemónicos”, el “pensamiento único” y el poder de los mercados. Por ejemplo, en modo alguno se podría ver al gobierno de Menem bajo esta óptica. Tampoco a muchos de los gobiernos de la región en los 90, que ustedes parecen colocar (al menos implícitamente) en la misma bolsa oscura del pasado “neoliberal”. No creo que esas simplificaciones sirvan para comprender muchas de las experiencias de nuestra región, como, por caso, el gobierno de FHC en Brasil. Creo que, emblemáticamente, la experiencia que se podría leer en la Argentina como la defección trágica de la política es el gobierno de la Alianza. Puedo darles de barato que así haya sido, lo que de paso me facilita las cosas para una primera crítica a mis propias posiciones pasadas, ya que acompañé al Frepaso y a la Alianza mucho más que la mayoría de ustedes. Y en ese sentido a ustedes no les falta razón: en efecto la gestión K (aunque, vaya uno a saber por qué, omiten ustedes a otros protagonistas de este mismo cambio, como Duhalde y el entonces ministro Lavagna) representa una cierta restituci&oacut! e;n del lugar de lo político. Y no solamente en política económica, Kirchner tomó la política en sus propias manos (como, me permito decirles, y si lo encuentran escandaloso sería bueno que argumentaran para explicar por qué no fue así, lo hizo también otro peronista de intachables credenciales, Carlos Menem). Observación esta que me permite una segunda (y última, por esta vez) crítica a mi mismo (no utilizo el vocablo “autocrítica” porque me evoca cosas sumamente desagradables, supongo que las mismas o bastante parecidas que las que les evoca a ustedes, o al menos a algunos): tras la debacle de la convertibilidad y el derrumbe económico, social y político, yo me encontraba tan abrumado por el fracaso de las experiencia de la Alianza que mi diagnóstico acerca de lo posible no incluía algunas de las decisiones más importantes que en materia político-económica tomaron Duhalde/Lavagna y Kirchner/Lavagna. Hubo en esas decisiones política, y política acertada (por más cierto que sea que, luego del colapso, se habían ampliado enormemente los grados de libertad para los gobiernos, si comparados con los preexistentes, cuando la bomba de tiempo de la convertibilidad no había estallado aún). Este es un mérito conspicuo y hay que reconocerlo.
Hasta aquí lo que puedo, hoy, acordar con ustedes. El problema es que la voluntad política, o la restitución para la política del lugar que le corresponde, se ha convertido, casi desde un principio de las gestiones K, en el triunfo de la voluntad. Estoy utilizando, con todo propósito, el título de un documental importante en la historia del siglo XX, como ninguno de ustedes ignora; aunque, por qué no, la expresión podría evocar asimismo literatura argentina mucho más reciente destinada a consagrar relatos del pasado con los que, ciertamente, discrepo.
El triunfo de la voluntad consiste en una concepción de la política que no puedo compartir y, debo decirles, me parece asombroso que ustedes hagan silencio sobre ella. En extrema concisión, diría que esa concepción define un talante para encarar la política, consistente en la más absurda exaltación de la voluntad y la más ciega fe en “nuestra” capacidad de usar de modo virtuoso el poder. Según este talante la voluntad política es condición necesaria y suficiente para todo cuanto importa. Y la virtud se da por descontada. Tengo que recordarles que la historia es un cementerio de experiencias en las que triunfos iniciales de la voluntad son seguidos por derrotas y desastres catastróficos. Yo creo que éste, y no otro, es el núcleo duro del así llamado “setentismo”. Y es esto lo que permite entender que sea, al menos verosímil, que el ex presidente Kirchner haya considerado en estos días, cosas tales como que “lo que siempre criticamos del Perón del 55 es que no fue a fondo frente a la Libertadora, a nosotros no nos va a pasar”.
Me pregunto si alguno de ustedes estaría dispuesto a suscribir semejante disparate, y eso es lo que me preocupa. Con voluntad política todo se puede: se puede hacer una política macroeconómica inconsistente, se puede mantener un comportamiento de compadrito en el contexto internacional, se puede decidir que la Argentina precisa un tren bala, se puede disponer que los agentes económicos se avengan a ser desplumados sin chitar. Claro, para todo esto hace falta dinero, pero no solamente, ni principalmente, dinero. Hace falta, por encima de todo, populismo político. Y la mayoría de ustedes lo sabe tan bien como yo. Y me resulta curioso leer y releer una carta abierta en la que no puedo evitar tener la impresión de que se hacen los distraídos. Se precisa tanto populismo como el necesario para cubrir la diferencia entre la voluntad política triunfal en acción y los resultados de esa acción. Se precisa tanto populismo como rebeldes sean los precios, los intereses, y otros malvados de la vida. Cuanto más rechina y cruje la maquinaria de la voluntad política en acción más, mucho más populismo es necesario.
Y esto, después de todo, ¿qué tiene de inconveniente? Para los K parecería que nada, ellos me dan la impresión de que no entendieron mal, sino demasiado bien, a Ernesto Laclau. ¿Qué tiene de inconveniente que el choque de la voluntad política triunfante con los malvados de la vida nos obligue a denunciar a los malvados de la vida por oligarcas, golpistas, antidemocráticos, desestabilizadores, destituyentes? Ese es el tipo de conflicto político del que el peronismo tarde o temprano no se sabe sustraer: un conflicto moral, entre buenos y malos, pueblo y antipueblo, nación y antinación. Y la voluntad política triunfal en acción no es menos torva, en su populismo, a la hora de la “conciliación”. La hora de la conciliación, lo sabemos todos, es aquella en la que – o témpora, o mores! – se denuncian las “falsas o artificiales divisiones en el pueblo” y se recuerda que los enfrentamientos “sólo han servido para dividir al pueblo y para que nuestro país se llenara de fracasos y frustraciones”.
Pero, no se trata de que el conflicto constituido en términos populistas sea artificial, porque ningún conflicto lo es. Se trata en cambio de que la voluntad política triunfante precisa inevitablemente (pero con la convicción de que precisa de ello para, justamente, acabar por triunfar de una buena vez y para siempre) re-constituir en términos populistas conflictos de intereses que son, como en cualquier país del mundo, hechos malvados de la vida. Y que podrían ser procesados políticamente de muy diferentes maneras. Es notable la forma con que comienzan ustedes su carta abierta: “asistimos en nuestro país a una dura confrontación entre sectores... históricamente dominantes y un gobierno democrático...”. No creo abusar del texto si afirmo lo siguiente: la alegría se les escapa entrelíneas. “Por fin!”, me parece leer allí, “el tipo de conflictos por los que la lucha política vale la pena”. Pero, me pregunto y les pregunto: ¿“se ha instalado un clima destituyente”? Si se ha instalado (no estoy nada seguro), a quién le cabe la principal responsabilidad por ello? ¿Quién hizo todo lo necesario para “dar lugar a alianzas que llegaron a enarbolar la amenaza del hambre... y agitaron cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional...”? Mi respuesta es: el propio gobierno con el que ustedes se alínean. Y ¿por qué lo hizo? ¿Porque el gobierno “intenta determinadas reformas en la distribución de la! renta y estrategias de intervención en la economía”? Creo que cualquier examen serio de los acontecimientos refuta esta interpretación vuestra palmariamente. Si el gobierno se ve hoy frente a este cuadro, no es en razón de sus buenas intenciones redistributivas e intervencionistas sino, o bien por sus graves errores, o bien por decisiones de productividad política populista que mal podrían considerarse errores sino resultados de sus convicciones políticas y normativas.
Lo peor de todo esto es que estamos retrocediendo nuevamente, a pasos agigantados, en el camino que nos lleve, para usar vuestras palabras, “hacia horizontes de más justicia y mayor equidad”. O sea que otra vez los platos rotos del desastre no los van a pagar los malvados de la vida ni los buenos del triunfo de la voluntad. Agregan ustedes que “en la actual confrontación... juegan un papel fundamental los medios masivos de comunicación más concentrados...”. No voy a defender a los medios cualquiera sea su grado de concentración, y ciertamente en muchos casos hubo “distorsión”, “prejuicio”, “racismo”, etc. Pero parecería que ustedes escriben su carta abierta para lectores que no han vivido en la Argentina en estos tiempos, si nos atenemos a lo que todos hemos atestiguado desde que se desató el conflicto hasta hoy: la explicación de que los medios concentrados han tenido un papel determinante en la configuración de los términos del conflicto (como ustedes lo definen en el primer párrafo) es a mi modesto pero leal entender fantasiosa, conspiracionista, y hasta paranoica. No dudo de que la reacción de los grandes medios ante la actividad de un Observatorio será siempre dura (y el documento del Observatorio universitario tiene a mi entender algunos aciertos muy meritorios); tampoco dudo de que la discusión pública, abierta, plural, y alejada del oficialismo, del papel de los medios, sea necesaria. Es ciertamente indispensable. Pero la historia de un gobierno que movido por un valiente impulso de llevar a cabo reformas distributivas y mejorar los modos de intervención estatal en la esfera pública (va un! a chican a: a qué se refieren? Al Indec? al modo de hacer política tributaria? de manejar los recursos fiscales? a las formas de mimar sectores económicos también muy concentrados, a las políticas de regulación que beneficaron a los grandes medios de comunicación masiva y que ustedes conocen muy bien?), sufre, en virtud de ello, la dura confrontación de los sectores históricamente dominantes, confrontación en la que a su vez juegan un papel fundamental los medios de comunicación más concentrados, es un relato que parece extraído de un vetusto manual de historia del peronismo histórico, y no una explicación verosímil de los acontecimientos.
En todo caso, no parecen ustedes haberse esforzado demasiado para diseñar o mejorar los fundamentos de una estrategia política responsable. Quiero decir, una estrategia que permita avanzar hacia “horizontes de más justicia y equidad” en lugar de arremeter hacia fracasos tras los cuales ni ustedes ni yo estaremos entre los principales perjudicados – i.e., los pobres y los excluídos.
En todo caso, ustedes no me parecen esta vez muy coherentes. Dicen que es necesario “discutir y participar en la lenta constitución de un nuevo y complejo sujeto político popular”. Muy bien; pero, ¿adónde están la lentitud, la perplejidad, la prudencia, la mesura, el temple, necesarios? Yo lo que veo en vuestras líneas es otra cosa: es un entusiasmo algo rabioso por el re-advenimiento de un tiempo más o menos épico. Es más, se trata, para ustedes, de introducir premura: “uno de los puntos débiles de los gobiernos latinoamericanos, incluído el de Cristina Fernández, es que no asumen la urgente tarea de construir una política a la altura de los desafíos de esta época, que tenga como horizonte lo político emancipatorio”; y “creemos indispensable señalar los límites y retrasos del gobierno en aplicar políticas redistributivas de clara reforma social” (ah! Bueno. Me parece que se han hecho un embrollo – ahora ven un gobierno retrasado en aquello que, antes nos dijeron, habría sido el disparador de la, según ustedes, más gigantesca coalición reactiva de la que se tenga memoria en Argentina desde las vísperas del 24 de marzo de 1976).
En todo caso, me tomo las recomendaciones de política de ustedes en serio, y me imagino en los zapatos de Cristina Fernández, o de Lula, asumiendo esa “urgente tarea” y al menos con esas instrucciones no me veo nada bien equipado. Pero ustedes aclaran (es un decir) de inmediato que no se trata de “proponer un giro de precisión académica a los problemas” sino de “pasaje a la política”. Creía que, según ustedes, los K ya habían “pasado a la política”. Para mi al menos, sí que pasaron; y luego pasaron de largo.
En todo caso, critican ustedes “las políticas definidas sin la conveniente y necesaria participación de los ciudadanos”. Curioso; el caso del conflicto que nos ocupa sería un buen ejemplo, ¿no les parece? Pero antes habían aludido a lo mismo hablando de “derechos y poder político constitucional para efectivizar sus programas de acción” (constitucional... están completamente seguros? Inconstitucional tal vez no sea, pero me parece un pelín alevoso referirse a la definición de una política tributaria de primer orden nacional, a través de una simple resolución ministerial, posibilitada por el otorgamiento de facultades extraordinariamente extraordinarias al Poder Ejecutivo por el Congreso, en una materia en el que la constitución dice taxativamente que el Ejecutivo no puede legislar ni siquiera bajo aducidos imperativos de necesidad y urgencia).
En todo caso, me pregunto qué tipo de conflicto o conflictos se habrían suscitado (porque sin duda se habrían suscitado) y qué tipo de actores en conflicto se habrían constituído o re-constituído si, en lugar de anunciar el gobierno su resolución ministerial por las retenciones móviles con su perlita del 95% por encima de... (lo que resultó, haciendo más nítido aún el carácter político-simbólico del enfrentamiento, una exacción meramente virtual, ya que los precios no alcanzaron ese nivel), hubiera anunciado (sin remover de inmediato la politica hasta entonces existente, o sea, reteniendo en sus manos las riendas fiscales) su voluntad de enviar al Parlamento un proyecto de ley de renta potencial de la tierra que permitiera reemplazar gradualmente (y no totalmente, estimo) las retenciones, junto a un programa de coparticipación impositiva que estableciera para los sectores productivos medianos y pequeños la esperanza de que una parte importante de los impuestos que pagan contribuya a mejorar la productividad sistémica de sus regiones y de la economía argentina en general.
En todo caso, no ha sido por “instalar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política” que los sectores concentrados han logrado el respaldo activo de actores sociales que hasta hace poco resultaba impensable que lograra y que el gobierno ve desfondarse su popularidad.
Cierran vuestra carta abierta con un llamado a la creación de un espacio político plural de debate que reuna y permita actuar colectivamente. Asumo de buena fe que el espacio político plural en el que están pensando incluye la controversia franca y abierta y no (como ha ocurrido tan frecuentemente) el silencio.
Buenos Aires, 15 de mayo de 2008
Vicente Palermo
vicentepalermo@gmail.com
ENTREVISTA A JOSÉ MUJICA, SENADOR URUGUAYO
RAMY WURGAFT
MONTEVIDEO (URUGUAY).- Tras alcanzar la notoriedad por ser el guerrillero que dirigió las operaciones de los Tupamaros, lo que le costó tres años de calabozo, José Mujica, senador de Uruguay y posible candidato a las presidenciales de 2009, se ha transformado en paladín del orden constitucional en su país. Y en el favorito de la clase empresarial como futuro presidente.
El pasado marzo, Mujica dejó el cargo de ministro de Agricultura "para reforzar la bancada oficialista en el Senado", según rezaba el comunicado de rigor. Nadie dio crédito a esa explicación.
'ETA es el testimonio de que los nacionalismos resisten con vehemencia a esa discreta evaporación de las fronteras que ha traído la globalización'
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Todo apuntaba a que Pepe -como familiarmente le llaman- quería dedicarse por entero a organizar los cuadros de su partido, Frente Amplio, de cara a las comicios de 2009.
Pregunta: Los diarios dicen que, junto con el futbolista Mateo Corbo, usted es la persona más popular de Uruguay. ¿Qué espera para proclamarse oficialmente candidato?
Respuesta: Estar en la política es como permanecer en una habitación con mucho ruido, donde nunca se apaga la luz. A un hombre como yo, nacido y criado en el campo, le cuesta soportar la vida pública. Una parte de mi carrera, por llamarla así, fue tumultuosa y extenuante en grado extremo [se refiere al periodo en que formaba parte de los Tupamaros]. Cuando ya me había incorporado al marco formal, recorrí Uruguay varias veces, a lo largo y a lo ancho. Y ahora quieren que este viejo asuma ese nuevo reto...
P: Como descendiente de vascos o navarros, seguramente se interesa por lo que pasa en tierras de sus antepasados. Y se habrá formado una opinión sobre ETA.
R: Creo que eran de Cantabria. Para el caso da igual: yo amo a España por encima de mis raíces y de los pleitos que la dividen. No a la España de charanga y pandereta que menciona Antonio Machado, sino a la de esas pequeñas tascas de barrio y la de esos pueblos mareados de luz, donde la gente se saluda por su nombre.
P: ¿Y qué opina de ETA?
R: ETA es la crónica de un conflicto no resuelto. Ella es el testimonio de que los nacionalismos resisten con vehemencia a esa discreta evaporación de las fronteras -étnicas o geográficas- que ha traído consigo la globalización.
P: El diario 'Wall Street Journal' pone a Uruguay como ejemplo de lo bien que un país puede funcionar, cuando su Gobierno -en este caso, del Frente Amplio- abjura de ciertos dogmas, como el de la socialización de la economía o el intervencionismo estatal.
R: No creo que el buen desempeño de un gobierno esté reñido con la vocación de construir una sociedad razonablemente justa. En Latinoamérica hoy existen gobiernos para todos los gustos, pero ninguno que haya renunciado a procurar comida, vivienda digna y salud a los necesitados. Lo mismo ocurre en los países ricos. (...) No soy partidario de boicotear las importaciones, ni dejar a los agricultores a su suerte, pero tampoco de gobernar con los ojos puestos en la redacción del Wall Street Journal.
P: ¿Cuáles han sido los mayores logros del Gobierno del Frente Amplio?
R: Hemos sido capaces de mantener la disciplina fiscal, reactivar el aparato productivo, atraer inversiones e incluso promover la iniciativa privada sin acrecentar la brecha entre los sectores de mayores y menores ingresos. Junto con Costa Rica, somos el país de Latinoamérica con la distribución de ingresos más equitativa entre el 10% más rico y el 10% más pobre. Propiciamos la recuperación de la clase media, que fue la más perjudicada por la crisis de 2001.
P: ¿Para qué hacía falta esa guerrilla armada que usted organizó junto con Raúl Sendic y Eleuterio F. Huidobro?
R: La reconstrucción de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, acabó con el Uruguay mesocrático. Cuando una sociedad pasa sin transición de la abundancia a la escasez, el efecto psicológico es devastador. La clase política y el sistema de valores que la sustentaba se caían a pedazos. La ultraderecha se organizaba para llenar el vacío y ante esa disyuntiva juzgamos que había que tomar el poder.
P: A eso se le llama oportunismo.
R: No, a eso se le llama idealismo. Creíamos que por la vía armada construiríamos un mundo mejor sobre las ruinas del viejo orden. Luego resultó que aquel orden era bastante más desordenado de lo que suponíamos. (...) Si la suerte nos hubiera acompañado, habríamos entrado triunfalmente en Montevideo, pero los organismos multilaterales de crédito o los grandes centros del saber tecnológico hubieran quedado fuera de nuestro alcance.
P: Reconoce que el capitalismo derrotó a la revolución.
R: o hago una distinción entre el capitalismo salvaje del sálvese quien pueda y el liberalismo de raigambre humana que postula el fair play como regla básica en las relaciones económicas. Le diré algo que quizás le sorprenda: a los uruguayos, el viejo liberalismo inglés nos trató bastante bien.
P: Estuvo tres años incomunicado en una celda. ¿Cómo logró mantener la cordura?
R: No era un celda sino un pozo. Tuve que aprender a disciplinarme: inventaba herramientas y las perfeccionaba con mi imaginación. Mi única compañía eran las hormigas: aprendí que esos insectos gritan. Lo puede comprobar si acerca una a su oído. También aprendí que el hombre posee inagotables recursos para enfrentar la adversidad. Por eso me duele mucho cuando la gente se siente quebrada y renuncia a la vida.
P: Para muchos latinoamericanos, Estados Unidos sigue siendo el villano de la película. ¿Usted comparte esa visión?
R: Estados Unidos es cómplice de algunos de los capítulos más oscuros de nuestra historia. Y digo cómplice porque la mayoría de las veces fueron los oligarcas o los militares criollos quienes les abrieron las puertas a los marines, a la CIA y a las compañías mineras o frutícolas. (...) No comparto la visión del villano de la película porque con esas clasificaciones nada se resuelve. Además, sería injusto meter en el mismo saco a un líder de la estatura de Martin Luther King con un auténtico desastre como George W. Bush.
miércoles, 16 de julio de 2008
El país de Bombita Rodríguez

Por Jorge Lanata
Una parte de nuestro trabajo es entender lo que sucede. La otra, contarlo. Debo reconocer que no entiendo nada. No entiendo el tono apocalíptico de estos días, no entiendo la sensación de abismo, no entiendo por qué el Gobierno siente que en este aumento de retenciones se le va la vida. No entiendo el tono épico del oficialismo, que parece bajar desde la Sierra Maestra para liberar ¿a quién? Decisiones muchísimo más trascendentales en la vida argentina no han tenido ni la mitad de esta repercusión social: las leyes de impunidad, la reforma de la Constitución, las privatizaciones. Estamos discutiendo el monto de una alícuota. ¿Quién lo transformó en una cuestión de vida o muerte?
Hay un 30% de inflación, hay concentración insólita de la economía, hay uno de los funcionarios más sospechados del Gobierno a punto de renacionalizar una compañía aérea y seguimos hablando de las retenciones. El Gobierno compra voluntades, entrega aportes del Tesoro a diputados y senadores, arregla lo que sea con quien fuere para conseguir la mayoría en el Legislativo. ¿Está por repudiar los 170.000 millones de dólares de deuda externa? ¿Va a pedir que la transferencia de acciones de las empresas pague impuesto a las Ganancias? ¿Va a dejar de entregar subsidios a las empresas de transporte que brindan un pésimo servicio y se quedan con la diferencia? ¿Va a reducir el IVA y aumentar Ingresos Brutos o Bienes Personales?
¿Va a poner un impuesto a los plazos fijos, hoy exentos de impuesto a las Ganancias? No. Sólo piensa aumentar las retenciones al agro; no digo que el tema sea menor, pero... ¿por qué visto desde afuera da la impresión de que estamos discutiendo el comienzo del socialismo en la Argentina? Y si es así, ¿por qué tardamos cinco años en comenzar a hacerlo? ¿Qué parte del gobierno K va a llevarlo adelante? ¿Moyano? ¿Ishi? ¿Saadi? ¿D’Elía? He escuchado las sentencias más increíbles:
–Si el Gobierno pierde en el Senado, la estabilidad democrática está en riesgo.
¿Quién tomará el poder? ¿Darán un golpe por cinco puntos de retenciones? ¿Avanzará con las tropas el general De Angeli?
–No –dicen con ingenuidad los chicos de la Cámpora–, pero la derecha terminará fortalecida.
¿Cuál derecha? ¿La de las petroleras que apoyan a K?
¿La de las compañías testaferros que salieron a comprar empresas? ¿Las de la industria pesquera o minera? ¿Cristóbal López es un comandante sandinista? ¿Rudy Ulloa, su lugarteniente? ¿De Vido viene de trabajar en un koljos? ¿Felisa será Felisa Luxemburgo? Tuve, como todos, el mismo escozor ante la foto del campo con Barrionuevo. ¿La de Kirchner con Moyano es distinta? ¿Hay chorro bueno y chorro malo? ¿Qué tienen de distintos Reutemann y Scioli o Alperovich y De la Sota? ¿En qué momento Luis Juez, o Claudio Lozano o Víctor De Gennaro pasaron a ser parte de un complot golpista y Aldo Rico un demócrata que asesora al Frente para la Victoria en el Senado bonaerense? ¿Felipe Solá es un “traidor hijo de puta” por votar distinto? ¿Hay escrache bueno y escrache malo? Ver a Juan Cabandié, ex miembro de HIJOS, despotricar contra los escraches fue igual de desolador. También escuchar que estos escraches son violentos y los otros no. ¿Meterle el pie a Alemann o tirarle huevos a un milico eran sólo pasos de danza clásica? La lógica del escrache descansa en la idea del repudio social: es arbitraria y anónima, y muy susceptible de ser manipulada, pero es buena para todos o mala para todos. Que Kirchner sea admirado y escuchado por “intelectuales” es también una novedad. El trabajo académico e intelectual del Presidente, su aporte al mundo de las ideas, no parece haber superado la ejecución hipotecaria durante la 1.050. Ahora, sin embargo, un grupo de “intelectuales” –dentro de los cuales se encontraban muchos funcionarios del Gobierno– decide iluminarse con sus razonamientos, y le regala –como informó anteayer Página/12– una serie de aforismos. Horacio “Bombita Rodríguez” Verbitsky pareció divertirse con el juego, de modo que se nos ocurrió acercarle algunos otros:
“Si seguís con De Vido, Horacio, estás jodido.”
“El Perro con Rudy bien se lame.”
“De robo para la Corona a servir a la Reina.”
“Desde Ezeiza a Calafate Horacio banca el remate.”
“De los soldados de Perón a defender a Felisa fue HV sin cortapisas.”
Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero, personaje creado por Diego Capusotto, se ha transformado en un documental.
Acaso el humor sea la única manera de combatir al nuevo invitado que llegó para quedarse: el odio. Se discute con odio, se argumenta con odio, se pregunta con odio. Asistimos a la remake del término “gorilas”, como si el Gobierno fuera “peronista”. D’Elía llama “oligarca” a Fernando Peña y milita en un partido cuyo líder declaró, en blanco, unos cinco millones de dólares y acaba de construir un hotel en Calafate de 500 dólares por noche, eso sin hablar del gasto en carteras de Madame. El Gobierno habla de democratizar la democracia, pero espera tres meses de conflicto para llevar las retenciones al Congreso, y mientras tanto el secretario Guillermo “Poronga” Moreno trata de convencer a los golpes a los opositores (con la ayuda de su esposa y jefa de asesores). Me están contando una pelea que no es tal. Así como Kirchner supo, durante su primer gobierno, que no había nada mejor que pelearse contra enemigos imaginarios, propone ahora, en su segunda administración, abismos inexistentes.
¿Qué pasará si el Gobierno pierde en el Senado? Nada. Seguirá gobernando hasta completar su período, y ojalá le sirviera para sacudirse la soberbia que se vuelve cada día más violenta.
domingo, 13 de julio de 2008
(Nueva) izquierda y derechos
En los últimos tiempos se abrió un debate público en torno de la posible emergencia de una “nueva derecha”. Aunque podríamos compartir algunas preocupaciones expresadas en esa discusión, nos interesa interrogarnos acerca de si esa eventual emergencia no se explica en parte por las características de la “nueva izquierda” que podría oponérsele.
Según entendemos, un programa de izquierda debería apostar ineludiblemente por una mayor democratización política y un mayor igualitarismo económico. La mayor democracia política debe significar reformas destinadas a asegurar la redistribución de la autoridad política; la atomización del poder; incentivos para la intervención cívica en política –en definitiva, la recuperación por parte de la ciudadanía de su poder de decisión y control sobre los asuntos públicos–. El modelo político implementado en los últimos años representa, en cambio, el máximo ejercicio, en democracia, de la verticalización de la autoridad. No es que la reforma política no haya resultado como se esperaba. Ocurre que se la pulverizó y se la cambió por medidas destinadas a reforzar la autoridad presidencial. El presidente controla hoy áreas que nunca antes, gracias a la autoridad inéditamente delegada por el Congreso. Y lo hace bajo el control de una Comisión Bicameral Permanente, organizada a partir de una ley dudosamente constitucional, que ha aprobado hasta hoy todas las iniciativas del Ejecutivo.
Una agenda de izquierda requeriría mayor control popular sobre el uso de los fondos públicos. Sin embargo, lejos de promover –por caso– un presupuesto participativo, las reformas institucionales implementadas en los últimos años han seguido el camino directamente opuesto, asegurando menos poder al pueblo y máxima concentración de autoridad sobre el jefe de Gabinete, para permitirle que reasigne a voluntad las partidas presupuestarias (Ley de Administración Financiera). Peor aún, en tiempos recientes han proliferado fondos fiduciarios destinados a subsidiar capitalistas elegidos, con recursos subvaluados y compromisos de gasto incontrolables.
Un programa de izquierda exigiría la difusión de información plena y transparencia absoluta de la gestión de gobierno, para que el pueblo gane en conocimiento y control sobre la vida colectiva. Contra ello, lo que se observa es la destrucción de todos los indicadores económicos confiables, lo cual aumenta el poder de agentes económicos con capacidad de construir e imponer su propia visión de la economía.
La agenda de izquierda demandaría la democratización de la palabra y la comunicación públicas. El habitual vaciamiento del Congreso, sin embargo, conspira contra dicho ideal, pero mucho más cuando se le suma el fortalecimiento de los grandes medios de comunicación promovido en los últimos tiempos, luego de que –más allá de la retórica– se prorrogasen por 10 años las licencias (otorgadas por la última dictadura militar y el menemismo) a los actuales concesionarios de servicios de radio y televisión, mientras se procura el disciplinamiento y castigo a los medios supuestamente opositores a través del uso discrecional de la publicidad oficial.
La agenda de izquierda requeriría el fortalecimiento del control popular sobre el gobierno, y la injerencia directa de la ciudadanía en los órganos de la Justicia. Las reformas destinadas a ganar control ejecutivo sobre el Consejo de la Magistratura o el inesperado movimiento ejecutivo sobre el nombramiento de jueces subrogados (lo que le permite al gobierno, en los hechos, no sólo escapar del control popular, sino hasta eludir al Congreso en la designación de jueces) ratifican que, contra las esperanzas iniciales, también aquí se está transitando por el camino equivocado.
Insistiendo en el igualitarismo económico, por lo demás, el programa de la izquierda debería dar prioridad a una estructura tributaria progresiva que, ante todo, recaude allí donde se manifiestan las expresiones de riqueza y la capacidad contributiva. Por el contrario, lo que se ha hecho es aprovechar la estructura tributaria regresiva y los ingresos crecientes para otorgar exenciones tributarias a grandes empresas y subsidiar al capital amigo, sin reformar el impuesto a las ganancias, gravar a la renta financiera, a la transferencia de títulos de propiedad, a la herencia, etc.
Una propuesta de izquierda debería cuidar el balance intergeneracional de la riqueza. Contra ello, se permitió la extracción de la renta petrolera por grupos de capitales privados, drenando las reservas hasta llegar a niveles críticos y comprometer el autoabastecimiento. Esta expropiación para las futuras generaciones se conjuga con la falta de revisión integral de los procesos de privatizaciones, retomando el control público sobre áreas estratégicas imprescindibles como la energía. En lugar de buscar caminos para recuperar la propiedad pública de áreas estratégicas, se prefirió el eufemismo de “argentinizar” el capital facilitando el ingreso al negocio de los servicios públicos de capitalistas amigos, mientras se usan fondos públicos y se emite deuda para financiar obras que ofenden cualquier racionalidad moral y técnica.
Asimismo, a un programa de izquierda le correspondería orientarse a universalizar el acceso a políticas sociales de transferencia de ingresos, integrando a toda la ciudadanía en las mismas instituciones de protección social y promoviendo la autonomía y las capacidades personales. Del mismo modo, dicho programa no debería utilizar los fondos de políticas sociales para financiar al Tesoro, sino que debería utilizar los fondos para sostener una reforma del sistema de previsión social, otorgando derechos a la cobertura universal de una jubilación básica incondicional, retomando un esquema solidario sustentable financieramente.
Resulta claro, el mérito de un programa de izquierda no puede ser el de no reprimir a los sectores que protestan. Su mérito debe ser el de asegurar para todos, incondicionalmente, los derechos sociales que constitucionalmente les corresponden y que hoy se deniegan o conceden graciosamente, en la forma de favores o privilegios.
* Gargarella es constitucionalista (UBA-UTDT) y Lo Vuolo es economista (Ciepp).
Encrucijadas de la centroizquierda
Por Laura Di Marco 13 de julio de 2008
Contra Menem estábamos mejor", dice un chiste que circula por ahí y que resulta muy funcional a la hora de explicar por qué intelectuales y políticos que, en los noventa estaban unidos y en bloque, enfrentando al neoliberalismo de Carlos Menem, que encarnaba al perfecto enemigo, hoy están dispersos entre "progres" alineados, moderados y abiertamente enfrentados al oficialismo K. En una palabra, si en los noventa lo progresista era simplemente oponerse al neoliberalismo, en la era K las cosas no son tan fáciles. Y parecen serlo menos todavía después de la pelea con el agro, donde el mapa de la centroizquierda volvió a reconfigurarse una vez más entre los que quedaron de un lado y del otro de la línea divisoria frente al mundo K.
Recordemos: en aquella, ya vieja, postal de los noventa decían whisky juntos, y para la misma foto, intelectuales como Beatriz Sarlo y José Pablo Feinmann, hoy enfrentados pública y duramente por la interpretación del modelo K; políticos como Aníbal Ibarra, Lilita Carrió, Eduardo Macaluse, Martín Sabbatella, "Chacho" Alvarez, la CTA de Víctor De Gennaro y Claudio Lozano y todo el arco de las ONG anticorrupción y entidades defensoras de los derechos humanos: todo ese bloque está hoy enfrentado, algunos con el kirchnerismo; otros, entre sí: la larga pulseada con el campo parece haber empujado al amplio espectro progresista a las definiciones políticas concretas y a producir diagnósticos sobre el ahora. Las batallas en la izquierda democrática se actualizaron con las múltiples y opuestas lecturas para interpretar el mismo conflicto. Un conflicto que desnudó el hecho de que la mirada común sobre el pasado ya no resultaba suficiente.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué un gobierno que reclama para sí la calificación de progresista -y que muchos ven de ese modo- terminó fragmentando y confundiendo a la misma centroizquierda que quería volver a enamorar, después del fracaso de la Alianza?
Los voceros políticos del kirchnerismo más leal no ven errores en nada durante la última pulseada con los "estancieros", como le gusta decir a la Presidenta; sí ven, en cambio, que esta batalla sirvió para demarcar bien la cancha. Señaló dónde están los propios y los ajenos, unos y otros. Acercó más a los "nuestros" e hizo visible a una especie de progresismo "bobo", discursivo, de café, sin sustancia. Así lo describe, en nombre de los K más puros, el politicólogo y funcionario Juan Manuel Abal Medina: "Muchos no tuvieron el coraje de definirse refugiándose en llamados intermedios al diálogo. Además de esa centroizquierda discursiva, hay un progresismo gorila, que cuando ve un morocho, se pone mal".
Aguas divididas
El periodista y escritor Jorge Sigal, proveniente de una familia comunista y conocedor de los avatares progresistas, también cree que la pulseada con el campo dividió aguas, pero en un sentido diferente. El kirchnerismo, dice Sigal, siempre fue como un hijo extramatrimonial: tiene algunos componentes genéticos en los que el progresismo se reconoce -básicamente, la política hacia los derechos humanos del pasado-, pero fue educado fuera de la familia; pertenece a otra cultura.
Sigal es uno de los que pregunta: "¿Moyano y D Elía son los nuevos referentes de la política progresista argentina? Aníbal Ibarra o Luis Juez podían aceptar a un líder como Carlos "Chacho" Alvarez -que se ofrecía como referente del posperonismo-, pero difícilmente puedan digerir el discurso violento de D Elía. Ese sector no puede soportar el viejo verticalismo peronista. ¿Cómo van a aceptar que la Federación Agraria, tradicionalmente vinculada a la izquierda, sea ahora, como afirma el Gobierno, expresión de la oligarquía? ¿Por qué deberían creer que Aníbal Fernández o Díaz Bancalari o Curto son ahora partidarios de la reforma agraria?"
Precisamente, en este mapa nuevamente reconfigurado de la izquierda democrática, aliados independientes del kirchnerismo, como el socialista Hermes Binner, el cordobés Luis Juez o el frentista Aníbal Ibarra tomaron distancia del Gobierno. "A mí no me van a venir a convencer de que 44 es el número mágico, y que 41 es ser un traidor a la patria -dirá Ibarra a este diario, en alusión a la discusión por el porcentaje de las retenciones agropecuarias-. Acá ya no hay un tema de objetivos sino de poder y esto se vio claramente cuando el Gobierno no defendió a Luis Juez en la elección que le robaron, y apoyó a Schiaretti, aunque esté lejos del progresismo."
En esa batalla por el poder que ve Ibarra, antiguo aliado estratégico del kirchnerismo en la Capital, no sólo se escucha ahora el crujido del progresismo sino el del propio PJ, ya no tan obediente con sus jefes K. Es que cuando el tiburón ve sangre, dice Ibarra, va y ataca. El desgaste innecesario del Gobierno con el conflicto del campo dañó fuertemente el vínculo con la sociedad. Ibarra duda de que esa relación pueda recomponerse algún día.
Pero, ¿por qué el kirchnerismo se termina refugiando en el aparato del PJ y no pudo construir -hasta ahora, al menos- un posperonismo capaz de incluir al progresismo no peronista? ¿Por qué la irrupción del campo, como inesperado actor de peso en el escenario político argentino terminó de tensar aún más este escenario confundido? ¿Qué sería ser progresista hoy, cuando ya no está el "enemigo deseado", como Sigal llama a Menem?
El econonomista de la CTA, Lozano, se niega directamente a tildar de progresista al Gobierno y su argumento hace blanco en el centro mismo de todas las justificaciones del kirchnerismo en su batalla por las retenciones: la igualdad social, valor central por el que puede definirse a la izquierda y por el cual el oficialismo defendió públicamente su guerra contra el campo. Es que para este referente de la CTA -central sindical que no ha sido reconocida por el kirchnerismo, pese a su clara definición progresista-, "el crecimiento económico del modelo K no sólo se asentó sobre la base de la desigualdad social sino que la ensanchó".
Y, vos, ¿de qué lado estás?
Para complicar aún más un universo de por sí complicado, tenemos el caso de quienes se sitúan en el campo de la centroizquierda -adhiriendo, incluso, a valores clave de esa tradición, como es la reivindicación del rol del Estado en la redistribución de la renta-, pero están en otros espacios, nuevos, o poco tradicionales, o directamente opuestos, a priori, al campo progresita.
Pero entonces, ¿por dónde pasa ser progre hoy? ¿Es la ética lo que importa, la alianza de las conductas, como sostiene Lilita Carrió, en un país con altos niveles de corrupción y en búsqueda de calidad institucional? Sigal agrega: "Hace poco, viendo un documental sobre Chile, algo me terminó de quedar claro: la clave en Salvador Allende fue su ética y su moral. Es decir: no se puede ser progresista y tener de funcionarios a ciertos personajes del PJ bonaerense".
El debate sobre la forma de construir y los objetivos enciende pasiones en el campo "progre" y es una de las verdaderas claves de la pelea de fondo. El peronismo kirchnerista y sus intelectuales afines declaran que postular una construcción política totalmente nueva resulta utópico y hasta apolítico porque también, dicen, se construye con escombros.
Pero, ¿cuál sería el porcentaje de toxicidad política permitido para preservar la "pureza" del proyecto popular? Abal Medina define: "Dividir la política entre buenos y malos, ángeles o demonios, no es progresista ni conservador: sencillamente es premoderno. Justamente, porque la política moderna supone la aparición de la ideología, y la formulación de un sistema de ideas para formular un proyecto".
Macaluse cree que la ética no es suficiente y su ruptura con Carrió tiene que ver con eso: en el ARI autónomo le cuestionaban a Lilita los coqueteos con López Murphy o la inclusión de otros políticos de centroderecha. Macaluse coincide con Sabbatella en la idea de que los medios no sólo son importantes sino que van configurando el fin. Da un ejemplo: "No vale pelear por la redistribución de la riqueza usando el clientelismo". En una palabra, el sector de la centroizquierda no peronista está convencido hoy de que el kirchernismo nunca va a ampliar su base progresista usando el aparato del PJ para la construcción política.
El ministro de Educación de Mauricio Macri, el pedagogo Mariano Narodowski, que viene de la experiencia de la Alianza de "Chacho" Alvarez (en su primera adolescencia estuvo en el PC). "Yo soy judío, enseño a Foucault, leí a Marx, me analizo; es decir, califico en todas para reconocerme en esa cultura, en la que reconozco."
Narodowski explica en sus propios términos por qué hoy se puede ser progresita y estar con Macri: "La inclusión social debe darse a través de políticas concretas, no sólo en lo lexical: entre 2000 y 2007, en las administraciones supuestamente progresistas de Ibarra y Telerman, creció un 16 por ciento la educación privada y sólo un 3 la educación estatal: ¿es eso progresita? Nosotros aumentamos un 30 por ciento el presupuesto para un plan dirigido al sur de la ciudad para lograr retener más años en la escuela a los chicos más pobres, ¿no es eso progresista"?
La calidad democrática también es, para el ministro de Macri, un indicador para medir el grado de centroizquierda en sangre. Y desde ese punto de vista -dice- oponerse duramente nunca puede ser leído en términos de golpe de Estado.
Un peronismo dicotómico y cenil. De eso habla el escritor y filósofo Santiago Kovadloff para explicar la fractura del progresismo, que no quiere cederle la calificación de "progresista" a un "peronismo dicotómico y senil", que usa categorías viejas para explicar fenómenos nuevos. "Así como no puede categorizar a un sindicalismo progresita, porque no cuenta con los dispositivos conceptuales necesarios, termina confundiendo a De Angeli con la oligarquía y a la clase media urbana y campesina con un movimiento conservador. En lugar de ver que existen transformaciones que están surgiendo a partir de las clases medias urbanas y rurales, ve una derechización y un complot antidemocrático. Hay una idea de que, en la clase media, está el germen del mal; un prejuicio que se asemeja mucho a la creencia de que los judíos siempre están en alguna conspiración internacional", reflexiona.
Kovadloff le apunta al grupo de intelectuales nucleados en el Foro Gandhi, quienes, precisamente, vieron en el desarrollo del conflicto con el campo el surgimiento de una "nueva derecha", en la que incluyen a los medios de comunicación, alianza que, según diagnostican, empuja un "clima destituyente". El filósofo Ricardo Forster lo puso blanco sobre negro esta semana: aquí se están debatiendo dos proyectos de país, afirmó, mientras que la "ficción mediática" muestra a "buenos ciudadanos pidiendo diálogo" y, por otro lado, a "personajes de piel oscura, como sátrapas de la política".
En este punto, no está de más tener en cuenta que, aun los aliados del espacio progre que quedaron del "lado correcto", según la escala de valores de Abal Medina, cuestionan -y mucho- las formas que eligió el Gobierno para debatir con el campo; no las razones políticas de la pelea, ni el contenido en sí. Tal es el caso del intendente de Morón, Martín Sabbatella, y de "Chacho" Alvarez, que todo lo miró desde afuera, pero con muchas críticas que masticó en silencio. Sabbatella, por ejemplo, dirá: "Este gobierno es progresista porque sigue parte de nuestra agenda. Compartimos el piso, pero no el techo, que tiene como cepo al PJ". El moronense delimita a sus aliados naturales entre dos coordenadas políticas: el kirchnerismo no pejotizado y el ARI no derechizado.
Pero desde el bloque Solidaridad e igualdad -el ARI "no derechizado", según la definición de Sabbatella compartida ampliamente por el espectro progresista-, Eduardo Macaluse, su líder, no coincide ni con el diagnóstico de su potencial socio ni con la forma de construcción que propone. Resulta que para Macaluse, este gobierno significa la continuidad del saqueo menemista, pero con ruptura del discurso, y es por eso que genera tanta confusión. "La discusión no es entre oligarquía y pueblo, esa división es artificial: dividió al progresismo entre subordinados y enemigos." Macaluse ya habla de discutir el poskirchnerismo, pero no como propone Sabbatella, del modo tradicional, es decir, tejiendo diálogos entre las distintas culturas del campo progresista, sino con la gente.
Un documento interno elaborado por el politólogo Edgardo Mocca para la Fundación Ebbert -grupoalemán tradicionalmente ligado a la centroizquierda que está trabajando políticamente en la Argentina- ofrece algunas pistas más que sugerentes. "La actitud ante el gobierno nacional divide aguas en el interior de la constelación política de la izquierda reformista", escribió Mocca -director de la revista Umbrales , editada por el Cepes, el think tank de "Chacho" Alvarez-, en un documento elaborado en marzo de este año.
A la hora de evaluar la situación de los cuadros políticos y de los dirigentes que formaron parte del Frepaso y que hoy están en el gobierno nacional, explica: "Este sector político sufre la ausencia de una personalidad política y un liderazgo propio, en el contexto de un gobierno fuertemente concentrado y personalizado. La etapa actual, en la que se ha colocado en el centro de la reorganización del Partido Justicialista, genera incertidumbre sobre el futuro de la concertación política enunciada desde el kirchnerismo".
La que ya no parece ser considerada dentro del campo progresista por sus pares -menos por Macaluse, su ex socio político-, es Elisa Carrió y su Coalición, quien, con el desembarco K, que tomó algunas de sus banderas, debió extenderse hacia el centro para encontrar un lugar nuevo. Sus ex compañeros de foto la acusan de haberse derechizado.
A Kovadloff, que participó de la campaña del ARI en 2007, no lo asusta definirse como de centroderecha. Lo explica: "Es que para mí el centro no está asociado a lo conservador sino al orden institucional, a un proyecto de transformación que pasa por las clases medias. La vida republicana es, para mí, la garantía sobre la que se asienta un desarrollo económico progresivamente equitativo. Caído el radicalismo, el centro está ganando la sensibilidad de la clase media argentina, y no expresa lo conservador sino la capacidad convivencial. No hay equidad sin antes orden institucional", dice.
No es lo mismo ni es igual
Es indudable que el discurso de Néstor, y ahora el de Cristina, ha tomado algunas banderas tradicionales de la izquierda y del pensamiento progresista, lo que en un primer momento les dio un enorme crédito para unificar ese campo de ideas. Seguramente, el punto más fuerte fue la política de los derechos humanos que, más allá de las discusiones sobre si es genuina u oportunista, lo cierto es que hizo suya una reivindicación muy cara y antigua para la agenda progresista: eso, más la renovación de la Corte, le trajo al kirchnerismo un enorme rédito en las filas de la centroizquierda, sobre todo al principio.
Pero, como admite el politólogo Abal Medina, el gobierno actual no es "progresista" sino "peronista progresista". Suena parecido, pero no lo es en absoluto: por el contrario, he ahí una decisiva diferencia con raíces históricas muy profundas, hoy actualizadas.
Precisamente, el estudio que preparó Mocca para la Fundación Ebbert - think tank que, en el pasado, ayudó a la construcción del PT de Lula, en Brasil, y del Frente Amplio, en Uruguay- bucea en las dos vertientes enfrentadas de la izquierda democrática reformista, la "liberal-socialista", con raíces en los partidos socialista y comunista, y la tradición "nacional-popular", que nació con el advenimiento del peronismo, a mediados de la década del cuarenta del siglo pasado. El surgimiento del peronismo marcó a fuego la experiencia de la izquierda en la Argentina y la hizo culturalmente mucho más heterogénea y compleja que las de Chile y Uruguay.
"La tajante divisoria de aguas entre peronistas y antiperonistas siguió -y en buena medida sigue- circulando en el interior del territorio político de la izquierda", afirma el politólogo del Cepes, para quien la centroizquierda tiene estas dos "almas", que conviven pero también luchan, y es imposible hacer una apreciación del actual estado de cosas en el mundo "progre" que esté libre de estas profundas huellas históricas.
Lo cierto es que parte de la centroizquierda que crujió en la pulseada con el campo no sólo está desorientada sino que, también, parece haber retomado las exploraciones para ver si hay vida fuera del planeta K.
El cardenal que se atreve a pensar

El cardenal Carlo Maria Martini es visto en amplios sectores como la última gran voz progresista de la Iglesia, la contrafigura de Joseph Ratzinger, su rival en la elección papal. A sus 81 años, retirado, enfermo de párkinson, sigue dando guerra. Su último libro ha levantado ampollas en el Vaticano
LOLA GALÁN 13/07/2008
A un libro como el suyo, Martini no le hubiera aplicado su expeditivo método de lectura. Apenas una ojeada a la portada, a la introducción y al índice, en busca de la esencia. "El cardenal ha dicho siempre que cada libro tiene una sola idea. Él la encontraba enseguida". Lo cuenta Gregorio Valerio, un hombre alto y macizo que fue secretario personal de Carlo Maria Martini en sus últimos años como arzobispo de Milán. Valerio guarda en el despacho de su casa parroquial, en una barriada milanesa modesta, montones de libros, recuerdos variados y discos de música clásica regalados por su eminencia.
Lo mejor del cardenal lo conserva en la memoria. Por ejemplo, ese pasmoso método de lectura, gracias al cual leía en tiempo récord muchos de los libros que llegaban a diario al palacio arzobispal. Yendo al grano, dejando de lado lo superfluo. Un método inaplicable para su último libro, Coloquios nocturnos en Jerusalén, porque no contiene una única idea. Estamos ante el testamento espiritual y personal del hombre al que muchos consideran el máximo representante en la Iglesia de una línea liberal, dialogante, que apuesta por la comprensión de las sociedades laicas del siglo XXI y no por la contraposición.
En los coloquios redactados por Georg Sporschill, jesuita austriaco de 62 años, Martini habrá apreciado también ese impulso, orgé en griego, como le gusta decir al cardenal; esa cualidad vital que caracteriza a las obras inspiradas. Su publicación, en alemán, ha levantado ya la polvareda que suele acompañar a las declaraciones de Carlo Maria Martini, visto en muchos sectores de la Iglesia como la contrafigura de Benedicto XVI. Infatigable buscador de verdades, este turinés de buena familia parece conservar intacta a los 81 años la capacidad de escandalizar, de remover las aguas estancadas. Sin apenas levantar la voz, diciendo cosas que se alejan siempre del runrún oficial, de los lugares comunes, de los raíles particularmente rígidos de la institución a la que pertenece desde hace 56 años, la Iglesia Católica Apostólica Romana.
"El cardenal es simplemente un hombre que se atreve a pensar", dice el cirujano Ignacio Marino, que mantuvo con él un diálogo famoso, publicado por el semanario L'Espresso, en 2006. En él quedó patente el estilo Martini. El de un hombre dispuesto a escuchar las razones del otro, a buscar un punto de consenso, y sobre todo a no descalificar. Ahí está su sufrida aceptación de la investigación con ovocitos, antes de que las células que los constituyen comiencen a dividirse. O su rechazo al encarnizamiento terapéutico. Martini se ha esforzado por comprender el drama de los que practican la eutanasia, para evitar el sufrimiento a un ser querido, aun considerándolo un hecho terrible. Ante una de las bestias negras de la Iglesia, la homosexualidad, su postura es cuando menos humana. "Tengo conocidos que son parejas homosexuales, hombres muy estimados y muy sociables. Nunca se me ha pedido, ni a mí se me habría ocurrido, condenarles", declara en su último libro.
Ahí está también su crítica seria, erudita, nada reverencial al libro Jesús de Nazaret, publicado por Benedicto XVI el año pasado. "Un libro hermoso", declara el cardenal, aunque se ve claramente que su autor, "no ha estudiado directamente los textos críticos del Nuevo Testamento". O su rechazo a la misa en latín -"considero que el Vaticano II fue un paso adelante en la comprensión de la liturgia"- publicado en un diario económico poco después del motu proprio del Papa que autorizaba el viejo rito.
Martini ha tenido siempre un sello especial. El último libro, el último escándalo, no hace más que reforzar el mito de este estudioso atípico, autor de centenares de obras eruditas, muchas de ellas compendios de ejercicios espirituales, homilías y pláticas. Lo que dice el cardenal interesa. Aunque, ¿quién es realmente Carlo Maria Martini, el gran rival de Joseph Ratzinger en el último cónclave? ¿Quién es el jesuita que renunció a su estatus de príncipe de la Iglesia al jubilarse, para refugiarse en una austera residencia de la Compañía, cerca de Roma?
Gregorio Valerio, su fiel secretario, y Sandro, el chófer de toda una vida, le acompañaron a su nuevo domicilio un día de septiembre de 2002. Valerio recuerda todos los detalles. La habitación espartana, el estudio con una nevera vacía, el saco verde para meter la ropa sucia. El secretario se estremeció. "El cardenal suda mucho, me preocupaba que no tuviera ropa disponible. Aquella austeridad era algo tremendo. Los jesuitas, ya sabe como son", dice con gesto indescifrable. Felizmente supo antes de marchar que el cardenal -"aquí es padre Martini", había dicho uno de los internos- tendría baño propio. Cosas intrascendentes para quien cambió hace años una vida de comodidades por la severidad del mundo jesuita. Y además, Ariccia era sólo un lugar de paso. Su verdadero destino era Jerusalén.
"El cardenal era feliz allí", dice el cirujano Marino, senador del izquierdista Partido Democrático italiano, que le visitó hace un par de años en la Ciudad Santa para tres religiones. "Me citó un día temprano, para ir al Santo Sepulcro. Fue una experiencia única". Marino entorna un poco los ojos, y rememora. Serían las siete de la mañana. El árabe que custodia las llaves del sepulcro acababa de abrirlo. La soledad, el silencio, daban al interior un aire místico. "Martini me mostraba los restos arqueológicos con un dominio impresionante. 'Esto es histórico, esto otro no sabemos, aquello forma parte de la leyenda'. ¡Qué gran guía!". Y luego, al filo de las 10.30, como todos los días, el cardenal le llevó a la gasolinera, cerca del Instituto Bíblico, donde preparan el mejor espresso de la ciudad.
El sueño de Jerusalén quedó roto hace unos pocos meses. El párkinson que le atormenta hace progresos, y Martini tiene que someterse a un tratamiento en la residencia-hospital que los jesuitas tienen en Gallarate (a unos 30 kilómetros de Milán). Un caserón del siglo pasado rodeado por un jardín, donde el paciente lleva una vida rutinaria, sin renunciar al trabajo.
Corrige, cuando se encuentra con fuerzas, las pruebas de la versión italiana del libro de Sporschill, y avanza en el análisis de las anotaciones marginales, o escoria, del Códex Vaticano (el manuscrito que contiene la versión en griego más antigua que se conoce del Nuevo Testamento, junto al Códex Sinaiticus). ¿Podría recibir a la periodista? El cardenal no se encuentra con fuerzas. En un gesto que confirma su escaso apego a lo protocolario, Martini llama personalmente para disculparse. "Estoy en tratamiento médico. Mi salud falla. Siento mucho decirle que no, pero no estoy bien". Su voz suena infinitamente frágil a través del teléfono. Irreconocible. Imposible relacionarla con aquella voz imperiosa, remachando cada palabra, del arzobispo de Milán, en la entrevista que concedió a EL PAÍS nada más recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 2000.
"Está aprendiendo a hablar otra vez. Trabaja con un logopeda", explica Franco Agnesi, una de las cuatro personas con las que Martini compartió vida en su etapa de arzobispo. Agnesi, que acaba de visitarle en Gallarate, cuenta que sigue añorando Jerusalén. "Le duele no estar allí, pero mantiene el sentido del humor. Yo le cité la frase del Evangelio de San Juan, del capítulo 21: 'Cuando seas viejo te llevarán adonde no quieres".
Carlo Maria Martini fue enviado adonde no quería siendo todavía un hombre joven. La decisión de Juan Pablo II de nombrarle arzobispo de Milán llegó en diciembre de 1979 y cayó como una bomba en los palacios obispales de Italia. ¿Quién era aquel jesuita, estudioso de las Sagradas Escrituras, sin experiencia pastoral alguna, que escalaba hasta lo más alto de la jerarquía nacional? ¿Qué sabía del mundo de la curia, de las obligaciones profesionales de un arzobispo, el estudioso y tímido Martini? A toda prisa, el papa le consagró obispo después del nombramiento con el que soñaban buena parte de los obispos de Italia. Él, el jesuita alto, de porte aristocrático, tímido y reservado, no aspiraba a la diócesis de San Ambrosio. Estaba a gusto como rector de la Universidad Gregoriana, un puesto en el que llevaba poco más de un año, después de casi nueve dirigiendo el Instituto Bíblico de Roma.
El salto entre un cargo y otro había sido casi imperceptible. La Gregoriana y el Instituto están casi puerta con puerta, en un rincón relativamente tranquilo del centro histórico de Roma. Martini pasó de una habitación austera a otra habitación austera. De una vida en comunidad -con baño compartido- a una vida en comunidad, un peldaño más arriba en el escalafón académico eclesiástico. Stephen Pirani, el jesuita estadounidense que fue su alumno y es hoy rector del Bíblico, recuerda cuánto lamentó su marcha. "Como profesor tenía una gran claridad de ideas. Era capaz de explicar admirablemente una cosa tan rara como es la Crítica Textual, su especialidad". Pirani ha mantenido el contacto con el cardenal desde los años setenta. Porque Martini no se apartó nunca, ni siquiera agobiado por el peso de la diócesis más grande de Europa, de su pasión por manuscritos y papiros bíblicos.
Cambió de ciudad y de vida, después de obtener el permiso del superior general de los jesuitas, Pedro Arrupe. Se instaló en el ala noble del palacio arzobispal, el que se asoma a la Via del Duomo. Y aprendió deprisa. Se percató enseguida del ritmo frenético de la ciudad. De la peculiaridad de su tarea pastoral en tiempos violentos. Los años de plomo daban sus últimos coletazos, con acciones terribles del terrorismo negro y de las Brigadas Rojas, que disparaban a las piernas a hombres de negocios y profesores universitarios. Condenó el terrorismo, pero no se negó a escuchar a los terroristas. Celebró funerales por las víctimas y bautizó en cierta ocasión a dos gemelos concebidos durante uno de aquellos juicios de alta seguridad contra brigadistas rojos. Martini visitó las cárceles, convencido de que en ellas no había espacio para la "rehabilitación de los presos"; recorrió hospitales y parroquias. Y desde el púlpito condenó el escándalo de Tangentópolis, el sistema de corrupción político-económica que acabaría por dinamitar la vida política italiana a comienzos de los años noventa.
Nada de esto le distinguió de los demás obispos. Fueron otras iniciativas las que dieron pie al mito Martini. La primera, leer el Evangelio a los jóvenes y dar espacio al silencio y a la meditación en sus vidas. La Escuela de la Palabra, como se denominó a estos encuentros mensuales, se revelaría todo un éxito. El Duomo registra llenos espectaculares en cada cita. Miles de jóvenes se reúnen ante el altar para escuchar los textos sagrados y meditar un rato sobre la propia vida.
En medio del frenesí diario de Milán -junto a Turín, motor económico de Italia-, Martini predica silencio y pausa. El segundo gran acierto del cardenal (Wojtyla le concede la birreta en 1983) llega en 1987. Y será bautizado como la cátedra de los no creyentes. Encuentros esporádicos con intelectuales laicos para debatir sobre las razones de la duda, de la fe, o de la falta de fe. Una frase del libro de Ratzinger Introducción al cristianismo, en la que reflexiona sobre el "no creyente que hay en todo creyente", le da la idea. El cardenal se inspira también en la sentencia del filósofo Norberto Bobbio: "Lo importante no es creer o no creer, sino pensar o no pensar". A partir de ahí, la cátedra despega. Martini debate con el semiólogo Umberto Eco y con decenas de intelectuales en aulas universitarias y salas de conferencias. Muchos de los coloquios se publicaron. No es casual que en 2000, tanto Eco como el cardenal reciban el Nobel español, el Premio Príncipe de Asturias.
A Martini le costó aceptar ese honor. Normalmente rechaza los premios. Le abruman los elogios, le interesan sólo los comentarios críticos, de los que aprende más. Ya lo dice el lema de su escudo cardenalicio: "Amar las cosas adversas por amor a la verdad", sacado de las reglas pastorales de san Gregorio Magno. Aunque Martini es, por encima de todo, un jesuita. Aprecia el silencio y las pausas en el ajetreo diario. Una regla de oro que mantuvo siempre en sus años de arzobispo. "Me obligó a dejar en blanco su agenda los jueves por la mañana", cuenta su secretario, Valerio. Salían en coche hacia la montaña. Una vez en el punto elegido, cada uno se iba por su lado. Eso sí, con el teléfono móvil en el bolsillo.
Sin ser un montañero, Martini conserva de su infancia la afición por las excursiones a los Alpes. Las largas vacaciones familiares se dividían entre las playas de Liguria y las montañas cercanas a Turín. Su padre prefería las marchas. De arzobispo, Martini se atrevía a escalar los picos alpinos. Casi siempre los de la vertiente de la Suiza italiana, para no ser reconocido. Luego, purificado por las alturas y la soledad, regresaba a la curia y retomaba su agenda.
Gregorio Valerio le recuerda siempre correcto, incapaz de una mala palabra, aunque siempre distante. "Es un hombre pasional, pero se domina. Lo consigue a fuerza de voluntad y entrenamiento". Vestía clergyman, salvo en las salidas pastorales. Moderado en las comidas, el cardenal seguía una dieta férrea, dirigida por un especialista, al menos un par de semanas al año. Motivos de salud o quizá un deseo de purificación física. Hay un lado curioso también en la personalidad del intelectual, biblista de fama internacional y pensador rebelde: sus dotes de catador de vinos. "Al arzobispado llegaban muchos regalos, a veces cajas de vino. Yo siempre me fiaba de la opinión del cardenal. Cuando decía: 'Éste es un excelente vino de mesa', yo sabía que el vino no valía nada", cuenta su secretario.
El cardenal pasaba horas en su estudio privado, casi siempre con la puerta abierta. Cuando la cerraba era una señal de que no debían molestarle. Martini compartía mesa en el desayuno, comida y cena con sus colaboradores directos. El entonces número tres de la curia milanesa, Franco Agnesi, le define como un hombre con gran sentido del humor, aunque siempre contenido, distante. Una compostura que algunos feligreses interpretaban como insuperable frialdad. "Cuando te saludaba, después de las misas en el Duomo, era como una esfinge", cuenta un milanés devoto, que no oculta sus preferencias por el nuevo arzobispo, Dionigi Tettamanzi.
Martini siempre ha creído en la potencia de la razón, en perfecta armonía con su fe. Algo que le ocasionó en Milán algunos problemas. "Comunión y Liberación le hizo la vida bastante difícil", dice Agnesi. Era entonces un movimiento joven, muy ligado a la derecha política, en una fase de agresiva expansión. El cardenal encajó la situación con su autocontrol habitual. Sin dejar de apreciar por eso dos cualidades en estos movimientos. Por un lado, su redescubrimiento de Cristo; por otro, su capacidad de establecer relaciones muy intensas dentro del grupo.
Amigos y adversarios, colaboradores y meros observadores coinciden en considerar a Martini un hombre enormemente reservado. Su educación, su historia, los golpes de la vida han hecho de él una persona casi impenetrable. El segundo de tres hermanos, Carlo Maria Martini nació el 15 de febrero de 1927 en Turín, en una familia de la burguesía industrial. Leonardo, su padre, era un ingeniero con una boyante empresa constructora. Su madre, Olga, una católica extraordinariamente devota. El niño fue enviado al colegio de los jesuitas, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Y allí surgió la vocación. "A mi padre no le gustó demasiado la idea", diría después Martini. Quizá tenía otros proyectos para él, pero su destino estaba marcado. Sería jesuita.
Los primeros años de formación coincidieron con la II Guerra Mundial, pero los Martini no pasaron especiales apuros. A los 25 años, Carlo Maria es ordenado sacerdote. Una década después, tras licenciarse en teología y filosofía y completar su formación de jesuita, ocupa la cátedra de Crítica Textual en el Instituto Bíblico de Roma. En 1972 conoce a Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, que le invita a visitar a los expertos bíblicos de su ciudad. Martini hizo el viaje en coche con su hermano mayor, Francesco. Fue el último que hicieron juntos. En octubre de 1972, su hermano muere de infarto cerebral. En apenas 18 meses, Martini pierde también a sus padres. La familia del cardenal se reduce ahora a su hermana menor, Maria Stefania, y sus sobrinos, Giulia y Giovanni.
Son golpes de la vida que le han marcado, como la enfermedad. El párkinson le acecha desde comienzos del nuevo milenio. Pese a los iniciales desmentidos oficiales, la noticia es del dominio público antes del cónclave de 2005. La muerte de Juan Pablo II ese año brinda una ocasión a la Iglesia para afrontar quizá la reforma que muchos desean. Los seguidores de Martini confían en sus posibilidades de ser elegido. "Habría sido peor", dice el vaticanista del diario conservador Il Giornale Andrea Tornielli. "Martini habría dividido a la Iglesia mucho más que Ratzinger". El cardenal se presenta en Roma apoyado en un bastón. Los expertos saben que el bastón significa "no me elijáis, estoy enfermo", en el metalenguaje vaticano.
Martini sufre el mismo mal que ha convertido en un infierno los últimos años de Juan Pablo II, aunque en un grado mucho menos agudo. Por eso, el cardenal sigue activo. Divide sus días entre Jerusalén y Ariccia. Acude a las reuniones de las congregaciones vaticanas de las que forma parte. Y sigue dirigiendo ejercicios espirituales. Los últimos, este mismo año, vuelven a ser motivo de polémica. El cardenal habla ante un grupo de sacerdotes, y denuncia la envidia "como vicio clerical por excelencia". Habla también de la calumnia. Recuerda que en sus años de arzobispo en Milán llegaban decenas de cartas anónimas repletas de calumnias contra sacerdotes y prelados que él mandaba quemar. "La mayoría procedentes de Roma".
Al día siguiente, la homilía de Martini está en el diario La Repubblica, y es la comidilla en los corrillos vaticanos. "Creo que el cardenal es un poco ingenuo. A veces dice cosas sin comprender que pueden ser utilizadas erróneamente", opina el obispo Vincenzo Paglia, amigo personal de Martini. "No es un hombre de izquierdas, aunque se empeñan en convertirlo en el anti-Papa. No tiene una visión política, sino una visión evangélica de la Iglesia. Es cierto que habla con libertad, pero muchas veces se le malinterpreta".
No sólo sus amigos y antiguos colaboradores coinciden en lamentar la "distorsión" mediática que ha convertido al cardenal en un personaje de izquierdas dentro de la jerarquía católica. También quienes le contemplan con más distancia, como el vaticanista Tornielli, creen que el personaje Martini es una invención de algunos periodistas. "Se empeñan en eso, como se empeñaron en afirmar que Ratzinger fue elegido en el último cónclave gracias a su apoyo. Lo cual es absolutamente falso". Martini no es un liberal, cree Tornielli, que se ha molestado en recopilar muchas de las intervenciones del purpurado, a su juicio contrarias a esa aureola, en un libro titulado La scelta de Martini (La elección de Martini). "Como buen jesuita, dice y no dice", apunta el vaticanista.
Tornielli no encuentra, sin embargo, motivo de escándalo en las últimas intervenciones de Martini. Ni siquiera en el libro del jesuita Sporschill. "No se ha publicado aún en italiano. El cardenal está jubilado. Sus palabras ya no escandalizan. Lo que dice lo dice porque está obligado a mantener su personaje", insiste.
Muchos seguidores del cardenal liberal esperan este texto con expectación. Saben, por los resúmenes publicados, que recoge una conversación sin reservas con Georg Sporschill. Los dos se conocieron hace un par de décadas, en Viena. "El cardenal daba un cursillo para sacerdotes y trabajadores sociales de cárceles", recuerda el autor. A partir de ahí surgió la amistad. Sporschill admiraba al cardenal, y Martini siempre se interesó por el trabajo del austriaco, que se ocupa de los niños de la calle de Bucarest. Así, entre los dos, fue tomando cuerpo la idea de un encuentro a tumba abierta sobre las grandes cuestiones de la Iglesia, y las opiniones más personales del cardenal. "Le visité en Jerusalén tres semanas, a lo largo de varios meses. Cuando estaba allí, nos veíamos diariamente, conversábamos horas y horas, siempre que su salud lo permitía", precisa Sporschill a través del correo electrónico.
El resultado es un libro delgado, pero de contenido denso, y polémico. Martini confiesa en él las dudas que le han atormentado durante años. Su dificultad de comprender las razones de Dios para hacer sufrir a su Hijo en la cruz. Siendo ya obispo, Martini considera insoportable, a veces, la contemplación de un crucifijo. Tampoco era capaz de aceptar la muerte, hasta que un día comprendió. "Sin la muerte no nos entregaríamos totalmente a Dios. Nos quedarían salidas de emergencia abiertas". El cardenal emérito confiesa que soñó durante años en la posibilidad "de una Iglesia en la pobreza y la humildad, independiente de las potencias del mundo". Hoy ha dejado de soñar. Aun así, pide valor a la Iglesia para transformarse. Para aceptar que el mundo cambia. Aunque sólo fuera por puro pragmatismo, tendría que abrir los brazos a los sacerdotes casados, valorar la hipótesis de la ordenación de mujeres.
Martini reconoce también que la encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae, en la que el magisterio de la Iglesia condena el uso de anticonceptivos, está superada. A Ignacio Marino, cirujano y senador, que considera a Martini "una de las grandes personalidades de nuestro tiempo", no le ha sorprendido la sinceridad del cardenal, aunque lamenta que sus palabras sean casi siempre piedra de escándalo. "Siempre ha hablado con libertad, pero ama a la Iglesia y es enormemente fiel al Papa". ¿Es un cardenal de izquierdas? "Decir eso sería una simplificación".
El rector Pirani teme que la imagen de Martini haya sido distorsionada por los periodistas. "Muchas veces me ha comentado que le molesta que intenten enfrentarlo al Papa o a otros cardenales". Para este jesuita no hay enigma alguno ni contradicción en la personalidad del cardenal. La cosa es simple. "En él se conjuga una gran fidelidad a la Iglesia con el valor de hacer preguntas". Es lo mismo que opina el obispo Vincenzo Paglia, que le conoció en los años setenta, cuando era rector del Instituto Bíblico, y vivía angustiado por su falta de contacto con los pobres. La Comunidad de San Egidio era entonces una experiencia nueva, y a Martini le interesó. Primero acudió a ayudar a un anciano enfermo que vivía en la miseria, luego amplió el alcance de su actividad pastoral. "Iba a celebrar misa a una barriada pobre, en el Alessandrino. Recuerdo que oficiaba en una antigua pizzería, y preparaba el sermón, los sábados, con dos de los muchachos de la comunidad", cuenta Paglia.
Biblia y fe religiosa son un todo en Carlo Maria Martini. Él mismo ha relatado su infatigable peregrinación por las librerías de Turín, su ciudad natal, siendo un adolescente, en busca de un ejemplar en italiano del Antiguo y el Nuevo Testamento, traducidos del griego. La Biblia, que conoce de pe a pa, tan poco presente en la formación de los católicos, es la verdadera base de la espiritualidad de Martini. Para responder a cualquier pregunta, para resolver cualquier problema, el cardenal echa mano de las Escrituras. Sin miedo a quedarse solo. "Sigue la máxima de san Ignacio: 'Solo y a pie", añade Franco Agnesi, su antiguo colaborador, que añora los años pasados junto al cardenal, al que todavía pide consejo. Ése fue el motivo de su última visita: preguntarle qué hacer ahora, que le trasladan de parroquia. El cardenal le escuchó y le aconsejó. Y fue capaz de dominar la nostalgia cuando se habló, de pasada, de Jerusalén. La ciudad donde quería morir. En la que tenía reservada una sepultura. Ahora esa posibilidad es remota. El propio Martini se lo dijo: "Jerusalén es un buen sitio para morir, pero un mal sitio para un moribundo"El ascenso imparable de unos dinamiteros del jazz
EST desmiente los tópicos con un brillante disco en directo
J. M. GARCÍA MARTÍNEZ - Hamburgo - 01/03/2008
Mucho más que un conjunto de jazz. El trío del pianista Esbjörn Svensson, EST para los amigos, constituye un fenómeno sociológico digno de estudio. Un grupo de jazz sueco que vende discos como el que más, llena grandes auditorios y gusta, incluso, a los aficionados al jazz. Para el líder (aunque no se reconozca como tal), la explicación es muy sencilla: "No existe ningún otro trío en ningún lugar del mundo como el nuestro. Ni en América, Japón, Suecia o en España va nadie a encontrar otro EST. Si quieres escuchar a EST tienes que escuchar a EST".
Svensson, Dan Berglund (contrabajo) y Magnus Öström (batería) acudieron recientemente a Hamburgo para presentar su nuevo disco. Una elección obvia teniendo en cuenta que se trata de una grabación en vivo realizada en esta ciudad. Cualquiera podría llevarse la falsa impresión de que la llamada Venecia del Norte constituye un fetiche para Svensson: "En los ochenta recorrí Europa por Interrail con mi novia y siempre teníamos que pasar por Hamburgo", recuerda el pianista. "Por algún motivo, la ciudad no me gustaba demasiado y todo lo que quería era subir al tren y salir pitando. Pero ahora he descubierto que es un sitio estupendo".
Para la presentación, escogieron el Indra, un diminuto habitáculo con apariencia de club de alterne de los años cincuenta que fue el escenario de la primera actuación de unos tales Beatles fuera del Reino Unido. Para Svensson, "ha sido la oportunidad de volver a saborear el feeling de tocar en un club", "un lujo" que ya no se pueden permitir, reconoce Svensson. "Los clubes de jazz suelen ser lugares muy pequeños con lo que tendríamos que estar de gira eternamente. Nuestro reto es crear la atmósfera precisa para hacer sentir a quienes van a escucharnos que no están en un lugar inmenso sino en un club o en la sala de estar de su casa y que nosotros no estamos allí; hasta que, de repente, abre los ojos y comprueba que está rodeado por otros 500".
El "culpable" de que todos estemos aquí -músicos, ejecutivos y prensa venida de toda Europa- se llama Siegfried, Siggi, Loch, un aristócrata, antiguo presidente de WEA-Europa que en 1992 lo dejó todo para fundar ACT, cumpliendo con su sueño de convertirse en productor de discos de jazz. Svensson reconoce que fue gracias al empeño de Loch que EST live in Hamburg vio la luz: "Yo no estaba demasiado entusiasmado con la idea de editar la grabación del concierto pero Siggi insistía en que teníamos que escucharla, que había sido algo grande, y, efectivamente, lo había sido".
Svensson recuerda la primera vez que EST tocó en Madrid: en un club, un domingo por la tarde-noche, ante una docena de espectadores. "Es algo que uno no debe olvidar. El riesgo de crecer como nosotros lo hemos hecho es que acabes ocupándote más de los deseos de la gente que de la música. La filosofía del grupo es justo la contraria: lo único que importa es la música y lo que sentimos y lo que queremos tocar. Si seguimos así seguro que la audiencia seguirá estando ahí".
Su música puede sonar tanto en una sala de conciertos como en un garito del "barrio rojo" de Hamburgo o en un after en Ibiza... pero, toquen donde toquen, siempre cabrá la duda de si calificarles como un grupo de jazz con apariencia de conjunto pop o como un grupo pop que improvisa. "El problema del jazz es que todo el mundo sabe qué está ocurriendo a cada momento. Con EST no está tan claro qué es un solo y qué la melodía, lo que me encanta. Las formas tradicionales del jazz me aburren. Nos inspira la música afroamericana, por supuesto, pero también la música clásica europea, la música electrónica, el pop, el rock and roll..., si alguien piensa que no es jazz, por mí vale, y si piensa que sí, pues también".
Las cifras cantan: EST ofrece más de 100 conciertos al año por todo el mundo, una presumible tortura para alguien que afirma "odiar a muerte" las repeticiones. "Sería aburrido si fuera lo mismo todas las noches pero no lo es", confiesa Svensson. "No hay una sola noche en que no ocurra algo que te lleve a preguntarte qué está pasando. Todo lo tocamos en vivo y sin trampa, no tenemos loops ni nada parecido. Cualquiera puede empezar cualquier cosa y tienes que estar absolutamente concentrado porque corres el riesgo de perderte. Basta que pares un minuto a fumarte un cigarrillo para que ya no sepas dónde estás"



