“En los 70 hubo un criminal maniqueísmo. Creí que había concluido con la democracia, pero ahora está reapareciendo "
Es el académico argentino en ciencias políticas más reconocido en el exterior y vuelve a vivir a su patria tras treinta años de enseñar en las principales universidades del mundo. Sin compromisos con el aquí y ahora, dice que al kirchnerismo “le conviene resucitar fantasmas y polarizar en un execrable odio todo aquello que se le opone”. Y que el primer Perón “no fue democrático”. Desde hace más de quince años su especialidad es el cesarismo, las democracias delegativas y decisionistas. Vino al lugar justo para su estudio.
—¿Qué hace uno de los mayores politólogos del mundo, premio de la Asociación Internacional de Ciencia Política, ex presidente de esa asociación, uno de los intelectuales argentinos más respetados en el exterior, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Yale, miembro de la Academia Norteamericana de Artes y Ciencias, profesor e investigador de universidades como las de California, Stanford, Oxford, Cambridge y Notre Dame, entre varias otras, qué hace –repito– una persona así, volviendo a los 73 años a vivir a la Argentina después de décadas viviendo en el exterior?
—Mi mujer y yo hemos estado volviendo a la Argentina, desde hace 15 años, dos meses por año. Mantuvimos el contacto con la familia, amigos, colegas, y siempre muy prendidos con la Argentina. Pero a los 73 años hay cosas más imprescindibles, como la familia y los amigos, y uno se pregunta dónde prefiere morirse. De manera que estamos de vuelta.
—Imagino que habrá lectores a quienes su apellido sólo les suene por su hermano Pacho O’Donnell o por sus hijos periodistas: María O’Donnell y Santiago O’Donnell. ¿No teme, tras tantos años fuera del país, como le sucede a Mario Bunge, por ejemplo, ser más valorado en el exterior que en la Argentina?
—En defensa mía, le diría que he escrito muchas cosas en muchos lados, pero no son más que una obsesionada reflexión sobre la Argentina. Todos mis trabajos han sido este intento obsesionado de tratar de entender nuestro país. Hay muchas maneras de estar afuera, y la mía y la de mi mujer ha sido esa, lo cual, en parte, también explica este regreso permanente.
—¿Cuántos meses lleva en la Argentina?
—Cinco, más o menos.
—Va a ser interesante cuando lo vuelva a entrevistar dentro de un tiempo. Hay una frase que se utiliza entre los periodistas, que dice que si uno es corresponsal en un lugar, al año cree que sabe todo. Si lo dejan dos años, empieza a descubrir que hay algunas cosas que no sabe, y si se queda tres o cuatro, no sólo se da cuenta de que hay mucho que no sabe, sino también que nunca lo va a saber.
—Me está poniendo inseguro porque de cualquier cosa que diga de la Argentina va a quedar la duda de si sé en serio.
—Por el contrario. La cercanía genera cierta miopía, como la que tenemos los periodistas tan cerca de los políticos, y distorsiones. En cambio la distancia permite observar el panorama.
—Hay un sano relativismo: nunca hay un punto de vista privilegiado, tanto el cercano como el lejano tienen sus pros y sus contras.
—La primera de sus obras que se convirtió en libro de estudio clásico en ciencias políticas fue “El Estado burocrático autoritario”. Por estar escrito en 1982, usted ponía énfasis en el papel de las Fuerzas Armadas en la formación de ese Estado burocrático autoritario, pero luego, a lo largo de los años, en todos sus reportajes también continuó colocando a la dictadura y a su primer ministro de Economía, Martínez de Hoz, como la explicación y el punto de inflexión del continuo empobrecimiento argentino. Kirchner, Duhalde y Alfonsín coinciden con esa visión, que es muy popular en la Argentina. Pero aprovechando su profundidad intelectual me gustaría animarnos a ser políticamente incorrectos y tratar de extender esas responsabilidades no sólo a los ex represores. Por ejemplo: ¿por qué Chile, con una dictadura no menos autoritaria, que aplicó políticas igual o más conservadoras o neoliberales y que además no se interrumpieron con los gobiernos democráticos, sino que continuaron, pasó de tener un producto per cápita de la mitad del argentino en 1976 a uno superior en la actualidad?
—Ese libro lo terminé en 1977, pero no lo pude publicar hasta finales de 1982, por obvias razones. Hasta entonces era impublicable. Creo que hubo un par de cosas importantes. La clandestinización del Estado tuvo un efecto corrosivo terrible, porque no hay negación más profunda de lo público del Estado que un Estado que se clandestiniza. Tuvo corrosión hacia el interior de las Fuerzas Armadas, desarticuló al Estado y se juntó con una política, en el caso de Martínez de Hoz, estrictamente regional, el sueño de volver a una Argentina agropastoral que ya no existía. En el caso de Pinochet, primero fueron tiranos más inteligentes; segundo, asumieron los costos de represión abierta, que no los corroyó de la misma manera, y tercero, las políticas siguieron la línea de desarrollo anterior. Por ejemplo: Pinochet nunca privatizó el cobre, al contrario, fue una fundamental fuente de divisas para su gobierno y que después aprovecharon los gobiernos subsiguientes.
—La dictadura argentina tampoco privatizó YPF.
—Sí, pero YPF ya tenía déficit, estaba muy mal administrada, y el cobre siguió dando beneficios muy grandes. Se dieron una serie de circunstancias que alcanzan a explicar estas diferencias. Recordemos que a la salida de Pinochet, la situación económica en Chile era todavía mala. Ahí realmente asume en Chile una coalición que gobierna muy bien, sin picanas, que se toma en serio las cosas y que no intenta establecer cortes abruptos con algunas líneas económicas.
—Los militares, por ser empleados del Estado, en todo el mundo siempre fueron estatistas; si el Estado administraba mejor en Chile y aquí no, si allí no quisieron ocultar la represión y aquí sí, treinta años después –aunque en incomparable situación– Moreno hace lo mismo con el INDEC; si luego la democracia chilena que asumió fue más eficaz que la de aquí, y podríamos seguir... en lugar de contentarnos asignándole nuestra decadencia a la dictadura, ¿no deberíamos reflexionar sobre nuestra matriz antropológica, que une tanto a los gobiernos democráticos como militares?
—Dos temas. El puntual es que Chile siempre tuvo un mejor Estado. La posibilidad de estar en un Estado que funciona, donde los carabineros no son coimeros, creo que da un instrumento para cualquier gobierno, que en la Argentina nos hemos dedicado a destruir sistemáticamente. Contesto lo segundo: en la Argentina hay un problema de concepción de qué es el poder, qué es la autoridad. Estoy de acuerdo con que sería ridículo encontrar un culpable, pero sí quiero rescatar que hay períodos (Menem-Cavallo-Roque Fernández) que ampliaron mucho la pobreza y la desigualdad. Hubo ciertos momentos históricos en los que las decisiones que se tomaron acentuaron seriamente esto. Si bien no se debe culpar a uno solo, tampoco se debe exculpar.
—Otro tema políticamente incorrecto, y por tanto poco abordado en las causas de la pobreza, es el de la migración. En la Ciudad de Buenos Aires, durante los cinco años de presidencias kirchneristas, se duplicó la cantidad de personas que viven en villas miserias. Nadie podría sostener que la pobreza en el país se duplicó en el último lustro, sino que se produjo un flujo inmigratorio que no pudo ser absorbido. Hace tres décadas muchos ciudadanos chilenos migraban a la Argentina; ese desplazamiento se extinguió porque Chile mejoró, pero ese no es el caso de Bolivia, Paraguay y, hasta no hace mucho, Perú. Al no existir barreras, ¿no es lógico que la gente se desplace al lugar donde imagina tener mejores posibilidades?
—La Argentina es un país que no tiene fronteras para el tráfico de drogas, para introducir las cosas más espectaculares de manera ilegal, y tampoco tiene fronteras razonables para regular el tránsito de las personas. Se podría debatir democráticamente en el Congreso. El tránsito de personas a través de fronteras es un derecho humano. Lo que no es un derecho es la residencia ilegal. Creo que hace falta una discusión y un proceso democrático serio con gente que conozca del tema, y no que reaccione emocionalmente, para producir una cortina que todo Estado tiene que tener.
—Volviendo a la “matriz antropológica” para comprender nuestro retraso, en un texto suyo de la Universidad de Notre Dame, titulado “Accountability horizontal”, se refiere al diferente peso relativo del componente liberal, republicano y democrático que tienen los distintos países: en Estados Unidos, los componentes liberal y republicano son más fuertes que el democrático; en Francia, los componentes fuertes son el democrático y el republicano y sólo el liberal es débil, mientras que en países como la Argentina los componentes tanto liberal como republicano son débiles y el democrático no es especialmente fuerte, pero sí lo es comparado con los otros dos. ¿Cómo es por un lado en España e Italia, y por otro, en Chile y Brasil?
—Le agradezco la lectura. Creo que en la Argentina hay una tradición muy acelerada de lo que yo llamo democracia delegativa. Comenzada por el yrigoyenismo, continuada en forma poco democrática por el peronismo y seguida luego por Menem y hoy, claramente, por los Kirchner. Es la idea de que es democrático en el sentido que gobierna quien es electo en elecciones que son relativamente libres. El componente republicano le agregaría, pero eso se junta con una serie de controles, accountabilities, a través de los cuales el Ejecutivo es controlado y el circuito del poder pasa por una serie de instituciones. El componente liberal incluye el hecho de que esos resguardos ocurren y se dan para extender a través de la información no sólo derechos políticos, sino también civiles, una serie derechos de garantías. Aquí, una vez que al presidente lo votaron, tiene todo el derecho del mundo y el deber de hacer lo que mejor le parece. Por lo tanto, como la democracia delegativa tiene esa visión, cualquier poder que intente controlarlo es una molestia que tiene que ser eliminada. Esa es la visión negativa de la democracia donde hay casi cero componentes republicanos y casi cero liberales. En general, las democracias parlamentarias europeas, como Francia y España, tienen un componente democrático y republicano importante. Y también tienen una tradición fuerte de existencia de las libertades.
—¿Y la herencia de la España de Franco, hasta 1978, o la de la Italia de Mussolini en Italia?
—Mussolini llega por un putsch no electoral, impone una mayoría ficticia en el Parlamento, suprime todas las libertades. Con excepción de Perón, que no fue democrático, los demás han mantenido…
—¿El primer Perón no fue democrático?
—Fue una conexión de negativa cesarista que rápidamente dejó de ser cesarista porque pugnó por libertades fundamentales.
—¿Hay un componente no democrático que heredamos del corporativismo italiano y constituye nuestra matriz autoritaria y movimientista?
—Estar hablando con Fontevecchia (N.d.R.: apellido italiano) me exime de fundamentar por qué estoy en desacuerdo con eso. Las poblaciones van adquiriendo historia en el transcurso de cada país.
—¿Se independizan de su origen?
—Aparece constituido socialmente con las circunstancias políticas. Uno puede hacer comparaciones, pero no están determinados por ese tipo de razones convencionales. Hay razones más políticas, más históricas que ayudan a explicar. Además, no son inamovibles. Brasil tiene una tradición movimientista; Vargas, otro que no fue democrático; Collor intentó hacer un experimento claramente delegativo. Pero después, la buena producción política. Cardoso reconduce la cosa hacia mecanismos que son claramente de democracia representativa. No hay nada que esté inscripto indeleblemente en ningún país. La política puede cambiar, y el desafío de la Argentina hoy es si puede cambiarlo.
—¿Hay cuestiones históricas estructurales muy difíciles de cambiar?
—La historia tiene un peso enorme, pero estas cosas pueden ser cambiables. Por eso estamos haciendo lo que hacemos, alguna esperanza nos tiene que quedar. Esta concepción delegativa (actual) ahora se mezcla con los 60 o los 70. En los 60 y 70 hubo un criminal maniqueísmo. Por un lado, los Montoneros y sus aliados, y por el otro, la Triple A y sus ideólogos: una visión maniquea en la que todo el bien está de un lado y todo el mal del otro. El otro entiende cualquier cosa que yo haga como un acto de agresión vital. Eso lanzó esta dialéctica de la aniquilación. El país queda polarizado. Nosotros recordaremos años en los cuales estábamos capturados en medio de un combate terrible, sin estar en ningún bando, con voces acalladas. Esta visión maniquea creí que se había extinguido con la democracia, y me parece que está reapareciendo de manera que puede llegar a producir daños terribles a este país. Esta es mi gran preocupación actual. Es muy riesgoso.
—En la España de Franco esa nación poseída por la dialéctica de la muerte no mató a 30 mil ciudadanos sino a un millón; fue la mitad de un lado y la mitad del otro, se mataban entre familiares. Sin embargo, pudieron superar esa dialéctica. No se puede decir que Chile no estuvo preñado de la misma locura en los años 70; Sudáfrica es un ejemplo diferente pero igualmente desgarrador. Si estos países pudieron superar sus traumas y nosotros no, ¿no será porque estamos sobredimensionando las consecuencias que en el presente tiene aquel pasado?
—En Madrid fui a un acto en una plaza donde el Comité Central del Partido Comunista español anunció con altavoces que habían aceptado una serie de condiciones, y a partir de ese momento todos los españoles iban a usar la bandera española, que era la bandera franquista. Yo los vi llorar, pero aceptar el precio para reconstituir la posibilidad de vivir juntos. Se abrazaban llorando. En este momento, no es tanta la vigencia de las banderas, sino la resurrección de visiones maniqueas. Desgraciadamente, los Kirchner y sus seguidores tienen una visión maniquea: todo aquel que está del otro lado es canalla, o es el idiota útil de los otros. En esa lógica, donde quien porta esa visión tiene la misión sagrada, el deber de llevar adelante el proyecto que él sabe que es lo mejor para el país, éste no tiene límites.
—La etimología de resentir es autoexplicativa: re siente el pasado. Vive el pasado como si estuviera sucediendo hoy; el inconsciente es atemporal, decía Freud.
—Exactamente. Ahora no me quedan dudas de que estamos frente a un elenco gobernante muy pequeño que está convencido de que tiene una misión casi sagrada a cumplir, y que por lo tanto le conviene resucitar fantasmas y polarizar en un execrable odio todo aquello que se le opone. Es una técnica que implica varias cosas: quien está convencido de que tiene esta misión no tiene aliados, sólo tiene seguidores o súbditos que son piezas a usar según la necesidad; a quien es el portador de esa causa, y para el cual vale todo, no le importa acarrear tras de sí gente despreciable, porque ellos también son elementos favorables a la famosa relación de fuerza.Tampoco importan entonces las alianzas. Para el tipo de política que anunció muy provisoriamente Kirchner, obviamente, hacían falta alianzas, la famosa transversalidad, pero para esta lógica de poder no hay aliados posibles, sólo súbditos o colaboradores. No me sorprende que esta lógica haya dado por destruida la transversalidad, y haya tenido que refugiarse en el lugar donde cuenta con la posibilidad de adquirir súbditos. Por otro lado, el problema con los súbditos es el mismo que tenían los reyes absolutos, que no eran tan absolutos, porque tenían dos problemas. Uno, lidiar con los remanentes de los señores feudales, cuya lealtad era siempre condicional, dependía de relaciones de fuerza, pero les hacían falta porque si no, no gobernaban el territorio. Segundo, ya que esos súbditos son desconfiables, hay que crear una corte chica. Cortesanos que son incondicionales, que hacen los mandados y que es gente que tiene una gran ventaja para el rey absoluto: dependen totalmente de él. Sin él no tienen futuro, no tienen nada. Esa gente tampoco es muy confiable, porque como está en una situación humillante en su gestión va a ser muy oportunista. El rey absoluto se rodea de desconfianza y se achica. El rey mueve piezas, por ejemplo, a la reina, pieza importantísima. Pero, finalmente, la función de la reina es proteger al rey, incluso si para ello es necesario que ella misma caiga. Hay una lógica de poder; una vez concebido así, hay que imponerla, por un lado, destituyendo al otro y, por el otro, subordinando. No tener herederos complica: hay que negociar, discutir la división de las cosas, y los subordinados a los que se va reemplazando. En ese contexto, perder una elección es una tragedia insoportable porque no es más el mecanismo normal de una democracia representativa de intercambio de gobierno, sino un síntoma de fracaso de esa causa noble. Por eso, no se pueden perder elecciones, y hay que hacer todo lo posible por no perderlas. Hemos llegado a ese punto.
—Perder una elección, ¿qué significaría?
—Si estoy convencido de que soy portador de una causa sagrada, de que yo la conozco y alguna gente de buena fe la comparte, y tengo la suerte comprobada mil veces… ese perder es el fracaso del proyecto que va a salvar a la Nación. Ahí está el lado del cesarismo en el cual aquello otro que amenaza derrocarme es la antipatria, el triunfo de los peores intereses.
—Si se pierde una elección ¿vale una revolución?
—Es una tragedia. No sé qué van a hacer porque está fuera de la lógica del ejercicio del poder. Y la gran pregunta es, si esta elección no es favorable al Gobierno, qué va a pasar sobre todo en el lapso que media entre un Congreso y el próximo. Es muy preocupante. Lo notable es que a través de esta mentalidad delegativa, cesarista, creamos situaciones, y después, cada tantos años, llegamos al límite con amenaza de catástrofe, y no logramos lo que, por ejemplo, hoy lograron en Chile, Brasil, Uruguay: una cierta normalidad en la política.
—Las instituciones son redes.
—Estos sistemas son intrínsecamente antiinstitucionales; las instituciones entorpecen, demoran.
—En reflexiones sobre las cuatro dimensiones del Estado, mencionó la de ser “un foco de identidad colectiva”, construir un “nosotros”. Kirchner, si lo miráramos históricamente dentro de cien años, ¿nos resultaría coherente como una continuidad de la Argentina movimientista de Yrigoyen, de Perón?
—Yrigoyen fue mucho más democrático que los peronistas. La Argentina no tiene una historia pacificada, todavía nos seguimos peleando ardorosamente. Si observamos otros países que tuvieron más éxito, vemos que han hecho acuerdos, pero no constituyen identidades duras, sino pacificables. Brasil tiene una historia pacificada; Chile y Uruguay la están logrando. Hemos visto en los últimos años intentos de reavivar fervorosamente cosas que podrían haberse llevado de manera normal por vías judiciales o institucionales. Seguimos alimentándolas muy fuertemente por intereses, ideologías.
—La violencia real de Videla, como arquetipo de la dictadura, y la violencia simbólica de Kirchner, ¿no son resultado de una misma identidad agresiva?
—La violencia de Videla fue un pico increíble. Lo de Kirchner es violencia verbal que no incita directamente a la violencia física; tiene un estilo muy agresivo y polarizante, pero de ahí a la violencia hay una instancia. El kirchnerismo corporiza hoy esta concepción delegativa, movimientista, cesarista, y esto tiene raíces muy profundas y muy viejas. Hay un cierto sentido común que acepta que quien gana tiene derecho a mandar y que le importa poco la institucionalidad, la legalidad. Ahí tenemos mucho trabajo por hacer, y lo estamos haciendo. En cuanto a Videla, y había civiles, creo que empezaron una lógica de matanza en ambos lados.
—Para reconciliar, ¿no es necesario decir que en el ’76 muchos argentinos pedían que los militares se hicieran cargo del gobierno, y también aceptar que Kirchner representa un estilo nacional y no es hijo de un repollo?
—Estoy de acuerdo. Hay una violencia en la sociedad que se expresa de distintas maneras, como, por ejemplo, la violencia de ciertos comportamientos. Con respecto al ’76, sí había un hastío y un miedo a esa violencia que parecía incontenible y que se aparecía por todos lados. Bombas, asesinatos, muertes, autos anónimos... Creo que ahí aparece el tema de Hobbes, establecer a toda costa un poder en que el miedo es el fundamento, y dice: “Yo acá vengo por el orden”. Es cierto que en ese momento buena parte del país recibió con alivio la noticia. No creo que haya querido las crueldades clandestinas, pero que era un momento hobbesiano, lo era.
—En “Estado burocrático-autoritario” se refirió a cinco tipos básicos de crisis y dos de agudización. El cuarto nivel era el de crisis económica para “poner en su lugar” a las clases trabajadoras y medias cuando los beneficios obtenidos por los trabajadores redujeron la acumulación de capital hasta el punto de ser las empresas poco rentables. Eso sucedió en la crisis de 2001 que desembocó en la megadevaluación que, reduciendo los salarios reales, devolvió a muchas empresas altas tasas de rentabilidad. ¿Cómo concilia esa realidad con la percepción muy popular hoy sobre que en la convertibilidad los trabajadores fueron perjudicados?
—Fue un momento hobbesiano también, no de violencia, pero de reclamo generalizado de que volviera a haber un Estado. Eso creo que fue la llegada de Kirchner, que comenzó a ejercer el poder y la sensación de alivio que eso generó le dio un sustento que dura hasta hoy. Apareció de vuelta quien pusiera cierto orden.
—¿Con los militares se pedía orden frente a la violencia física; con Kirchner, orden frente a la violencia económica?
—Y que devuelva la sociedad a la normalidad. Hay que recordar cuánto se interrumpió en la vida cotidiana de los argentinos durante las hiperinflaciones o en épocas de matanzas generalizadas. No se sabía cuánto iba a costar una manzana mañana, y los que teníamos alguna figura pública no sabíamos quién nos iba a matar. Con unos amigos hacíamos el chiste macabro de que el derecho humano que había que agregar a la lista era saber quién te va a buscar. Esas interrupciones brutales crean esta demanda de reconstrucción de poder de una manera muy violenta en 1976 y la forma no perversa ni violenta con la aparición de un poder que, más o menos, empezó a ordenar hechos cotidianos o socioeconómicos que eran intolerables.
—1976 y 2002...
—... fueron dos situaciones hobbesianas, donde hay una demanda de Estado, de que se reconstituya el poder público. ¿Cuántas de estas situaciones nos han marcado? Estas son cicatrices que quedan, aunque nosotros mismos no seamos muy conscientes. Somos una sociedad con muchas cicatrices.
—La misma generación aquí tuvo las dos, mientras que los españoles tuvieron una sola.
—Y muy atrás en el tiempo.
—Está muy arraigada la idea de que la convertibilidad castigó a la clase trabajadora. Puesto en perspectiva, ¿no fue al revés, que el problema es que no pudo incluirla a toda, pero a la porción de la clase trabajadora que incluía la benefició y lo que sucedió en 2002 fue que los salarios reales se redujeron a la mitad permitiendo también que el desempleo se reduzca a la mitad?
—La Argentina es uno de los países de América latina donde más ha crecido el sector informal en los últimos veinte años; en otros países ha disminuido. Esto tiene consecuencias sociales y políticas enormes, entre ellas, el gran negocio que es la pobreza para ciertos políticos. Es cierto, la devaluación tendió a disminuir los salarios, y por un lado ayudó a activar la economía, se crearon muchos empleos, formales e informales. Lo que no se logró, y creo que se intentó muy poco, es formalizar el trabajo. No hubo una política seria para pasar al sector formal a esas grandes masas que fueron las que generaron las crisis y las políticas, insisto, primero de los militares y luego de Menem.
—Ya la década pasada, con llamados a elecciones en países de Europa del Este y previamente en Latinoamérica, antes gobernados por dictaduras, usted desarrolló el concepto de democracias delegativas, donde sólo se cumplía el “accountability” vertical de penar a los gobernantes con el voto cada equis cantidad de años, pero no con el “accountability” horizontal, que se realiza de forma permanente y no sólo en el momento de elecciones, a través de una verdadera división de poderes, del funcionamiento no sólo formal de los organismos de control y auditoría, la estricta separación de lo público y lo privado. ¿Cómo hizo Kirchner para, al principio de su gestión, conseguir su apoyo, siendo usted un especialista en democracias débiles y habiendo Kirchner llevado al paroxismo su encuadramiento de gobierno decisionista?
—A mí nunca me sedujo Kirchner. Jamás he ocupado ni pensé ocupar ningún cargo en su gobierno, siempre he sido un observador escéptico. Entre mis numerosos pecados no está el de haber sido seducido por el kirchnerismo de ninguna manera. He tenido discusiones fervorosas con amigos y colegas que se han mostrado muy entusiasmados con el kirchnerismo.
—¿Por ejemplo Horacio Verbitsky, quien me contó que Ud. presentará su libro en la Feria del Libro?
—Va a ser un gran libro histórico, tengo gran respeto por su obra, le ha aportado a la historia argentina de manera fundamental. Un desacuerdo político no implica que uno no respete la obra de la otra persona. Es importante marcar las fronteras legítimas de la independencia personal, como hace usted, como hago yo. A mí me gustaron algunas primeras medidas, el movimiento inicial de reactivación de la economía. Tuve mis dudas, pero me pareció importante esta actitud inicial frente al Fondo, porque la insolencia y el daño que le causó el Fondo a la Argentina justificaban un tema de restauración nacional. Me gustó también la idea de un desarrollo más industrialista, de un desarrollo del empleo. Todo eso empezó muy bien. Al mismo tiempo, veía síntomas negativos muy fuertes que hicieron que en ningún momento lo apoyara. Hasta ahora quise reflejar algunos beneficios de la duda, sobre todo después de que Cristina en su campaña prometió volver a las instituciones, una democracia más participativa. Me parecía irresponsable lanzarme a una crítica que no tuviera en cuenta las posibilidades.
—Usted ya definía como uno de los síntomas de estas democracias débiles al cesarismo y el plebiscitarismo hace años, y ahora al regreso a su patria se encuentra con que el oficialismo propone practicarlo en extremo en las elecciones colocando a las cabezas de los Poderes Ejecutivos del principal distrito electoral como candidatos a un Poder Legislativo, y avisan que no asumirán para así plebiscitar su gestión.
—Le digo algo más. Lo central de una concepción delegativa de poder es que los controles molestan, el voto material del pueblo me da derecho a hacer lo que a mí me parece mejor para el país.
—El fin justifica los medios.
—La concepción justifica los medios.
—¿Eso mismo pensaban los militares?
—Por supuesto. Esas visiones mesiánicas, polarizantes, maniqueas no son privilegios del delegativo: corresponden a muchos. La característica del delegativo es que es electo democráticamente. El establecimiento de una mayoría oficialista en el Consejo de la Magistratura me parece gravísimo y creo que desdibuja el mérito de la Corte que nombraron. La anulación del control, los intentos de amordazar a los organismos de control. Con los fondos de las AFJP hubo una solemne promesa de crear una comisión de control constituida por diferentes sectores sociales: ni siquiera se ha constituido formalmente, lo que implica que esos fondos enormes están sin ningún control público. Esas cosas sumadas apuntan a una discrecionalidad del poder que es una característica de las democracias delegativas “exitosas”. Consecuencias: sociedades complejas, muy diversificadas, tiene un creciente costo de percepción de la arbitrariedad. Esto también se expresa en que este poder no puede perder elecciones porque sería el fracaso de la Nación. Por eso, esta idea de las candidaturas testimoniales es consistente, pero rompe incluso la lógica democrática, porque republicana o no, liberal o no, se supone que en un mecanismo democrático los ciudadanos votamos a partidos y personas que queremos que integren la función para la cual sean elegidos, como condición fundamental para que tenga sentido el voto. Esta desvirtuación no sé si es ilegal, pero es profundamente violadora de una cosa tan fundamental como es el voto en la democracia. Esto puede llevar a la muerte lenta de la democracia. Nuestras democracias difícilmente mueran por un espectacular golpe de Estado, pero también mueren lentamente.
—Donde los derechos no se pierdan de derecho sino de hecho.
—De desuso.
—Que ni siquiera se proteste.
—O que se proteste mucho, pero sin dirección. Y creo que en esta Argentina nuestra el riesgo de que la democracia muera lentamente es muy fuerte. Un día uno se despierta y se da cuenta de que la democracia ya no está.
—Otros ejemplos de la caracterización de cesarismo, que usted prefiere al uso de la palabra populismo, es el líder que se siente la encarnación de los verdaderos intereses de la Nación y ve en las instituciones un obstáculo; en el Parlamento, una demora; y en un Poder Judicial independiente, una molestia. ¿El diagnóstico que hizo hace una década se aplica perfectamente a la actualidad?
—Sí, claramente. Gracias. Este tipo de valoración se aplica bastante rigurosamente al caso que nos preocupa, porque está muy presente en ellos la idea de que son los que saben qué es bueno para nosotros. Y los que están en desacuerdo son la antipatria, la canallada.
—¿Por qué prefiere decir cesarismo en vez de populismo?
—El populismo es una teoría bastante más amplia que está demasiado contaminada por las distintas visiones. Es un término demasiado ambivalente.
—Puede ser populista una dictadura sin elecciones. Ahora, ¿cómo se hace para ser cesarista a través de un sistema de elección popular si no se es populista? ¿Un cesarista votado no tiene que ser obligadamente populista?
—En todo cesarismo hay un componente populista. Pero éste es un problema de índole semántico. El populismo está tan contaminado… que prefiero no usarlo.
—¿Cuáles son sus diferencias con la visión de Laclau sobre el populismo?
—El populismo tiene históricamente entre las naciones latinoamericanas un componente de apelación a la activación política de un sector popular postergado. Es una apelación vertical a través de la cual el líder populista quiere constituir ese pueblo con muy poca autonomía, porque hay una relación muy personal y muy directa entre el líder y ese pueblo dislocado sin mediación institucional. Es un gobierno antiinstitucionalista. Y a partir de eso el populismo ha logrado ser exitoso y producir cambios importantes, por ejemplo, en la Argentina. Entonces para mí, el populismo es una forma política. Para Laclau, en cambio, el populismo es un componente necesario y permanente de la política. Y no estoy de acuerdo con eso.
—Hay una injusticia que resolver para una clase mayoritaria que está postergada.
—Más que de una clase, diría de un pueblo, porque el populismo tiene esa cosa de no ser una apelación a una clase, sino a un pueblo que es un conglomerado de clases y sectores. Justamente, la ventaja del populismo es la de ser una apelación diferenciada a un pueblo postergado, sometido y desconocido al cual quiere movilizar políticamente. Ahora, también puede venir por derecha esto. El cesarismo puede no ser populista en el sentido que estoy hablando. Puede ser cesarismo mussoliniano, digamos.
—Pero para ser elegido por el voto popular, necesariamente tiene que ser populista.
—No necesariamente. Para hablar de cesarismo, tomo el caso de Mussolini, que fue electo y reelecto por una clase media muy alienada. El gran éxito de Mussolini, al ejercer un populismo de derecha, fue el volverse enemigo de una clase obrera marxista y revolucionaria. Y contra ese enemigo, encontró el apoyo de una clase media y un sector agrario muy de derecha. El cesarismo no necesariamente es populista en el sentido que yo lo uso. Claro que todo populismo que quiera ganar va a tener que ir a elecciones y alcanzar la mayoría de votos.
—¿Podríamos decir que si hay crisis hay cesarismo?
—Si hay crisis, hay tendencia a producir soluciones que pueden ser cesaristas o no. La crisis del ’76 no se resuelve cesarísticamente. La crisis es una invitación a producir hechos políticos que prometen la reconstitución de un estado primario. El ’76 no fue una política cesarista: era una política que no buscaba movilizar, sino desmovilizar. En otras crisis, el cesarismo más democrático intenta movilizar sectores para que lo apoyen en su intento de reconstitución de un orden.
—Usted dijo: “Es muy cómodo tener un Congreso que diga a todo que sí porque los costos no son visibles a corto plazo”. ¿Se podría decir que el cesarismo es también cortoplacista?
—Lo que pasa en el Congreso es paradigmático. Todavía no asumió su función propia de legislador (votando proyectos propios y no rechazando o aceptando los del Ejecutivo). En los países que conozco, cuando se habla del gobierno, se habla del Ejecutivo, del Legislativo y a veces también del Judicial. En la Argentina, en cambio, cuando se habla del gobierno, se habla del Ejecutivo. Leemos: “El gobierno mandó al Congreso un proyecto de ley”. Esta expresión está resumiendo perfectamente esta concepción histórica profundamente delegativa y mayoritaria que recorre al país. El día que el gobierno no sea sólo el Ejecutivo vamos a tener una democracia.
—¿La emergencia no hace a los ciudadanos temporalmente proclives a maximizar la efectividad a costa de minimizar la transparencia? ¿No hay una relación entre la violencia y la velocidad?
—Cuando la crisis llega a la textura de la sociedad, se genera la demanda de que aparezca algún poder que restituya cierto orden.
—¿No se reclama, además, que el orden se restituya rápido?
—Claro, el poder tiene que ser rápido y efectivo. El tema es que si esa política es medianamente exitosa a corto plazo, no puede continuarla en el largo plazo. Entonces, como al mismo tiempo es adversaria de las instituciones, se encierra sobre sí misma, y la continuidad de aquello que funcionó termina siendo fatal.
—¿Kirchner no comprendió que a un De la Rúa que huía en helicóptero le seguiría un tiempo en el que la sociedad estaría dispuesta a conceder poderes extraordinarios, pero que con la solución de la crisis, inevitablemente, esos poderes extraordinarios no iban a continuar siendo tolerados?
—Los poderes extraordinarios, que son una delegación terrible, son un invento Menem-Cavallo. De ahí, expresando las tendencias sociales, nunca se tocaron…, a pesar de que la actual presidenta haya sido una opositora a estos poderes. Es otra encarnación de una representación delegativa. Como el Congreso molesta, se delegan los poderes y uno gobierna como quiere.
—La dictadura, Menem o Kirchner, todos los ciclos fundacionales asumen con poderes extraordinarios. Lo que no alcanzan a comprender tanto los dictadores como los cesaristas es que estos poderes no son eternos.
—Hay un detalle que es muy cierto. Si yo soy presidente, ¿por qué demonios voy a prescindir de estos poderes? Es un instrumento fantástico para no andar tropezando con las otras instituciones. Cuando llegan las crisis, ese poder se ha alienado tanto y ha creado tantos rencores y ha despreciado tanto a las instituciones que si bien sería el momento ideal para utilizarlo, ya no se tiene o genera una muy razonable desconfianza.
—Una vez que se abre esa caja de Pandora, no se puede cerrar. Cuando se reciben esos poderes especiales, ya no se devuelven.
—En la Argentina, sí.
—¿Y en el Imperio Romano?
—Bueno, era por seis meses.
—Pero no fue por seis meses.
—El caso de Julio Cesar es distinto, porque cuando desoye al Senado da un golpe militar, cancela el Imperio Romano y lo asesinan. El cesarismo es una palabra que viene de un señor que dio un golpe militar. Es cesarismo porque estaba del lado de las masas, pero después el Senado reacciona matándolo. Por suerte no estamos en eso.
—¿Percibe en la velocidad una señal de nuestro estilo? ¿Le asombra la manera en que manejan los argentinos?
—No me asombra, sino que me asusta.
—¿Velocidad es una forma de agresividad?
—Creo que hay una pérdida de reglas.
—¿Puede tener que ver esto con esta idea de rápido?
—Insisto con que siempre hemos tenido un Estado muy pesado, pero muy poco estable. En el Estado ha faltado siempre ejemplaridad, es decir, funcionarios que den el ejemplo cumpliendo ellos mismos las normas que hay que cumplir.
—¿Siempre o se aceleró en los últimos años?
—Viene de hace mucho. Ya en la Década Infame los comportamientos corruptos eran muy importantes.
—En la Argentina se ha utilizado el empleo público como un sustituto de los subsidios por desempleo y se ha agravado con la ley de estabilidad. ¿Cómo puede haber una burocracia eficaz en este contexto?
—Estoy de acuerdo con eso. Pero hay cosas interesantes, por ejemplo, lo de crear una carrera dentro del espacio del empleo público.
—En un reportaje que le realizó Verbitsky, dijo que en Estados Unidos el 75 por ciento de los diputados y el 80 de los senadores son reelectos por algún período, mientras que en la Argentina sólo el 17 de los diputados lo eran, y atribuía a esa baja expectativa de continuidad que no se preocuparan por ser mejores legisladores y representar los intereses de la zona que los votó, sino la de satisfacer al caudillo político que lo pondría o no en las listas. Entonces usted se quejaba de que las internas eran sólo para presidente y vice, y no para cargos legislativos, pero ahora ni para esos puestos hay internas, porque se proponen personas que ni siquiera van a cumplir con su función. ¿Se habría imaginado esto diez años atrás?
—No, mi imaginación no llega a eso. Pero esto tiene que ver una vez más con el Congreso y su desvalorización. El Congreso no es ni ha sido parte de un circuito de poder. El Congreso vota lo que el Gobierno quiere y no lo que quiere la gente.
—¿Si el Gobierno fuera sólo el Ejecutivo, como el Congreso es parte del Gobierno, transitivamente, el Congreso tendría que ser la escribanía del Ejecutivo?
—Claro, tiene la obligación de votar lo que el Gobierno quiere. Esta corta permanencia también tiene que ver con que los gobernantes acá conciben su cargo como un tránsito hacia mejores puestos. En países como Brasil y Chile, en el Congreso hay staff de profesionales muy preparados que proveen insumos para que los legisladores legislen. En la Argentina esto no existe. El puesto es para algún pariente, para el operador o para algún técnico. Por eso cuando llega el momento de legislar quedan muy expuestas las presiones y los intereses de todo tipo. Y éste es un síntoma de por qué la sociedad reconoce en el Congreso la desvalorización de los espacios institucionales.
—¿Que se postulen personas con el mismo apellido que gobernantes reconocidos es otro indicio de estos liderazgos no democráticos?
—Hay picardía. Está también la persona que se elige para pasar a otro cargo o que se elige para no asumir o que aparece en un distrito en el que nunca vivió.
—¿Y específicamente, el tema del apellido?
—No es algo antidemocrático.
—¿Es patriarcal? ¿Arcaico? ¿Feudal?
—Si yo creo que así voy a conseguir más votos para ganar, es lícito, porque queda a decisión de la gente si vota a favor o no. Pero si propongo que se vote a alguien que no va a asumir, voy en contra de algo fundamental de la democracia.
—¿Cómo habrían tomado en Estados Unidos que Hillary Clinton se presentara como candidata a suceder a su marido sin unos períodos de interregno, y cómo afectó en su derrota en las primarias contra Obama el protagonismo de su esposo?
—Claramente, en el caso de Hillary es respetable. Pero cuando aparecía Clinton, la desfavorecía porque era algo así como un paternalismo.
—En Argentina, inicialmente, fue al revés: Kirchner favorecía a Cristina.
—Sí, porque aparecía Cristina proponiendo cambios en esa misma continuidad. Acá hay que volver al tema de la democracia delegativa. Los monarcas absolutos dependían de sí mismos, y la sucesión les aseguraba en principio esa lealtad personal a ellos. Pero en estas democracias delegativas hay muy pocas personas en las que se puede confiar. ¿Si ha traicionado a tantas personas, por qué no lo van a traicionar? El parentesco da mayor garantía de que esto no va a ocurrir. Este reaseguro perverso es consecuencia de una concepción del poder conducida sin principios y que, por lo tanto, desconfía de todos.
—Reflexione sobre que lo que generó desvalor en Estados Unidos acá generó valor.
—Lo que pasó en la elección de Cristina tiene que ver con que el gobierno venía con un resurgimiento arrasador, y estaba la sensación de que las cosas iban bien. Por eso la continuidad con esa cosa de volcarse más al diálogo era una opción atractiva.
—Reflexione sobre que los principales candidatos del peronismo para 2011, Reutemann y Scioli, son deportistas.
—En la Argentina ya casi no hay partidos: hay espacios. El espacio es propiedad de un líder personalista. Y el principal problema del líder personalista es que tiene muy pocos acompañantes que puedan ser candidatos porque monopoliza con su figura el espacio que representa. Este es un problema muy profundo de la política argentina, no sólo del peronismo. Los espacios son tan personalistas que cuando llega el momento de proponer candidatos no los tienen.
—¿La sociedad busca en los deportistas el éxito que anhela?
—Lo que muestra la incapacidad de los partidos políticos, devenidos espacios, de generar figuras.
—Usted se refirió a “zonas marrones” como el lugar de impunidad donde no llega la ley. ¿Esto se da en ambos extremos sociales, en los más poderosos que casi tienen impunidad, y entre los más marginales de los carteles de la droga y el delito?
—La legalidad del Estado cubre todo el territorio y todas las clases sociales de un país. Una cosa que pasa mucho en América latina y en la Argentina es que hay zonas enteras en las que el Estado está presente por sus burocracias, pero en las que su legalidad se ha borrado. Esto es lo que yo llamo “zonas marrones”, en las que rigen legalidades mafiosas.
—Las favelas de Río de Janeiro.
—O en buena parte del territorio colombiano.
—La inseguridad es un problema creciente en Latinoamérica. En Brasil, las dos presidencias de Fernando Enrique Cardoso y las dos de Lula han reducido sostenidamente la pobreza, sin embargo la violencia continúa aumentando. Otra pregunta políticamente incorrecta: ¿estamos asignado a la pobreza como causa principal de inseguridad un papel sobredimensionado?
—Sociológicamente, hay una distinción. Una cosa son las causas sociales estructurales que predisponen a los fenómenos de ilegalidad. Pero esa predisposición estructural tiene que ser actuada por factores sociales y políticos. Y ahí intervienen dos cosas muy importantes: una, por supuesto, es la presencia de las drogas, y otra la incapacidad del Estado de comportarse como un agente únicamente legal. La Policía, innegablemente, actúa como cómplice y beneficiario muchas veces de esta ilegalidad. No se debe negar el componente estructural: en el mundo hay estadísticas que muestran que el crimen es mayor mientras mayor es la desigualdad. Pero claro, estamos hablando de una estructura que se mueve por factores mundiales, sociales, políticos, etcétera. Y en este sentido, hay un gran fracaso que es la falta de legalidad del Estado argentino.
—¿Los países que pasaron por represión y dictaduras militares tienen un tabú con la inversión en cárceles y fuerzas de seguridad?
—Es cierto. Nos ha quedado cierta vacuna contra la represión. Pero confío muy poco en la capacidad de las fuerzas policiales de actuar de manera correcta. Y si uno puede confiar poco en el agente que tiene que dar la vacuna, se vuelve reticente a autorizar medidas que serían más normales en donde no se dan estos experimentos.
—¿En la medida en que no podamos superar este tabú, la inseguridad va a seguir en alza?
—No es un tabú, sino la duda sobre cómo van a actuar las fuerzas policiales.
—En la Argentina habría alrededor de 180 mil personas condenadas por delitos graves y en la cárceles espacio para 70 mil. Como el hacinamiento hace que en lugar de reformar se aumente el resentimiento del preso, los jueces promueven la libertad condicional. Para un pueblo que soportó centros clandestinos de detención, invertir en cárceles parece una blasfemia. ¿Hay que desideologizar este tema?
—El horror de las cárceles es algo que ha sido mostrado. Y es cierto que existe un tabú. Pero además está el problema de los muchos detenidos y sus condenas. Es un problema atroz porque es de una ilegalidad terrible. No puede haber gente encarcelada con condenas en proceso.
—¿Las denuncias del oficialismo respecto de que el sector agrario era desestabilizador en los 70 le parecen correctas o fue un fantasma exacerbado del pasado?
—Si bien tengo poca simpatía por todos esos intereses políticos y económicos, creo que no era destituyente. He escrito sobre el papel realmente antidemocrático de algunos sectores agrarios en los años previos al ’76. Expresaba muy bien la Argentina oligárquica de esa época. Ahora, también me parece que el tratamiento de este tema por parte de Néstor Kirchner ha sido muy torpe porque ha magnificado al mismo sector que quiso atacar.
—¿A qué atribuye la popularidad de Alfonsín después de su muerte?
—Alfonsín siempre tuvo una recepción bastante positiva por parte de la gente. Incluso en el último tiempo creció la comprensión con respecto a su gestión. Después, su fallecimiento ayudó a revalorizar un concepto que Néstor Kirchner detesta, que son los valores republicanos; es decir, honestidad, la figura de una persona que no acumuló riquezas, etcétera. Lo mismo pasó con Illia. Y esto es muy importante, sobre todo en momentos así.
—Al funeral de Illia no fue nadie. Entonces, ¿la masiva concurrencia fue sólo por los méritos de Alfonsín en el pasado o por la necesidad presente de expresar que faltan esos valores?
—Hay una demanda de transparencia y el deseo de no tener que estar siempre sospechando. Y esto Alfonsín lo corporizaba muy bien. De Illia me acuerdo que iba al Senado en colectivo, que me parece una imagen extraordinaria. De alguna forma, Alfonsín responde a esta demanda, y por eso no le gusta a Néstor Kirchner.
—¿Alfonsín fue un estadista?
—No, cometió errores graves. Fue un verdadero demócrata y creo también que heredó una situación terrible que, para peor, estaba muy oculta, por lo que le llevó un buen tiempo darse cuenta de lo que le había dejado el gobierno militar.
—¿Le cabe a algún político latinoamericano contemporáneo el término de estadista?
—Una persona por la que siento mucha simpatía es el ex presidente chileno Patricio Aylwin porque empezó en una situación muy difícil y gobernó con mucho pluralismo. Fue muy prudente en una serie de cosas.
—Le tocó el ejuiciamiento a Pinochet, o sea que puede ser comparable a Alfonsín, aunque no haya sido el primer presidente de la democracia.
—Exacto. Además, heredó una presidencia de cuatro años y cuando le propusieron la reelección se negó porque había jurado por cuatro años. Y ese gesto me parece que tiene un valor de ejemplaridad impresionante.
—Durante su gobierno, Alfonsín quiso incorporar a los intelectuales, sin éxito. ¿Por qué no funcionó y por qué es difícil que funcione en la Argentina?
—Hay cierta soberbia en el intelectual que piensa que puede educar porque estudió. Mi condición de intelectual es totalmente ajena, y por eso jamás me ha tentado.
—Al final del menemismo, impulsó con Nun un proyecto de sumar intelectuales a la Alianza.
—No, para nada.
—¿No estaba muy cercano a Chacho Alvarez?
—Sí, porque yo venía de realizar una experiencia en Costa Rica para impulsar un estudio para mejorar la calidad de vida. Varios dirigentes se enteraron y me invitaron a discutir sobre el tema. Fuimos a varias reuniones con diferentes sectores políticos para discutir si se podía hacer o no, y en una reunión aparecieron 40 ñoquis. Bueno, después seguimos conversando hasta que el huracán arrasó con todo. Y fue ésa mi relación con Alvarez.
—¿Qué papel deberían cumplir los intelectuales?
—Primero hay que preguntarse quiénes son los intelectuales. Es mucha gente. Los periodistas también son intelectuales.
—¿Qué papel deberían cumplir en los gobiernos?
—El rol principal es ser molesto.
—Para eso estamos los periodistas.
—Y también los intelectuales. Deben hacer una crítica democrática de la democracia. Ese rol se cumple en el periodismo, en la facultad y, fundamentalmente, en los gabinetes del Gobierno.
—¿Cómo evalúa a los intelectuales de Carta Abierta?
—Ahí hay mucha gente por la que siento mucho respeto, pero no tengo mucho contacto personal. Creo que es el tipo de personas que cuando hay un proyecto bueno… Pero también señalan el despotismo de los últimos tiempos frente al cual este sector se siente descuajado. Y en ese sentido cumplen de manera legítima con su función.
—¿A qué intelectual de Carta Abierta rescata?
—(…)
—¿A Horacio González?
—No lo conozco. Lo he leído, pero no lo conozco.
—¿Y qué intelectual argentino lo hace pensar?
—¿Qué me pregunta? Muchos. No sea malo. ¿Quiere que me echen del país mañana?
—Esta semana la Legislatura porteña lo declaró Ciudadano Ilustre de la Ciudad.
—Ha sido un gran honor. Sobre todo porque fue de manera unánime, con el acuerdo de los distintos sectores.
—¿Y qué se ve del país después de no haber estado 30 años?
—Primero, una ciudad muy sucia. Segundo, que me parece mucho más difícil de lo que me esperaba. Por ejemplo, conectarse a Internet, acceder a una página o hacer un trámite. Y, además, en Estados Unidos o en Brasil, en donde viví, cuando vas a pagar los impuestos, llamás a un contador. Acá, llamás a un abogado. Creo que todo es resultado de esta predisposición a no cumplir con las normas o reglas de convivencia.
—¿Viviendo en EE. UU. relativizó las dificultades que propone vivir en Argentina y no simplemente venir de visita?
—“Estar de” no es lo mismo que “vivir de”. Descubrimos que “vivir de” es mucho más complicado.
—Y “trabajar para”...
—Claro. Está el “para” por todas la complicaciones y trabas. La vida cotidiana es mucho más difícil.
—¿Llegó el fin del Consenso de Washington?
—Creo que se ha convertido en una categoría metafísica. Porque se sabe muy poco quién fue, quién votó... Sí llegó el fin de una actitud que el Consenso de Washington aconsejaba, y que es una actitud permisiva por parte de los Estados en relación con los mercados financieros.
Ahora, ¿en qué grado los Estados contemporáneos van a regular los mercados financieros para evitar los riesgos de estas crisis? Está por verse.
—¿Habrá un cambio sustancial en el capitalismo o simplemente atraviesa una de sus crisis cíclicas?
—El capitalismo es un productor de crisis y de crecimientos. Su mayor virtud es su dinamismo y, a su vez, es un creador constante de desigualdad porque el dinamismo genera desigualdades. Estos son momentos de ajuste. No es tanto la estructura productiva física, sino el tratar de regular los excesos de las entidades financieras. Y está por verse la voluntad política y técnica de los Estados centrales para realmente introducir variantes.
—¿Llegó el tiempo de fatiga de los Estados Unidos como líder del mundo?
—Estados Unidos con Bush incurrió en costos políticos impresionantes. Entró en un descrédito importante. Sobre todo en un gran escepticismo sobre su papel en el mundo. Esto es claro y fuerte, y va a determinar los papeles de Rusia o China, que pasarán a ocupar papeles de suma importancia. Ahora, en cuanto a si lo veo agitado, no. Porque estuve en gran parte de la campaña de Obama y vi una gran energía. La manera en la que el Partido Demócrata se movilizó y la capacidad de convocar fueron muy importantes. Hay que vivir ahí para percibir la potencia social. Es algo notable. Yo viví en España y en Inglaterra y uno no siente esa capacidad de creación y movilización de la sociedad norteamericana. Me parece que la presidencia de Obama implica una reenergización. Lo que pasa es que hay un peso mundial importante con la emergencia de Rusia, China o la India. Entonces no creo que Estados Unidos predomine con gran hegemonía.
—¿Es posible que se den liderazgos como el de Obama en Latinoamérica?
—Los contextos culturales son muy diferentes. Son casos muy lejanos.
—¿Alcanzará para que supere la retórica antiimperialista de Chávez, por ejemplo, o para que Estados Unidos se amigue con la región?
—Hay una herencia de problemas, un descuido de la región muy fuerte desde antes de Bush. Lo que está en juego es en qué grados se cumplen las promesas de darle más importancia a la región.
—¿Y que Estados Unidos vuelva a tener relaciones con Cuba puede ser un gesto que lo acerque a la región?
—La gente que está tratando de influir sobre Obama en su relación con la región muestra cierto compromiso. En cuanto a Cuba, la ventaja es que el voto cubano en Miami es anti Obama. Por lo tanto, Obama no depende de estos votos. Y esto le da un mayor grado de libertad a la decisión.
—¿Ve posible una reunión Obama-Castro?
—Al corto plazo, supongo que no. Creo que estos movimientos de Obama esperan una respuesta de Cuba. Y esto está por verse. Por el momento, la aparente rigidez del régimen cubano lo hace muy difícil.
—¿Ve intención en Cuba por adoptar el modelo chino?
—El modelo chino no implica necesariamente el acercamiento a los Estados Unidos. Puede implicar una forma de reforzar apoyos para afianzar una posición igual a la actual. Por ahora, realmente, no lo sé.
—¿Hay algo que no le haya preguntado?
—Para mí ha sido una conversación exigente. Le agradezco el trabajo que se tomó. Yo soy un intelectual con fama de huraño, y ésta ha sido una oportunidad inmensa
domingo, 19 de abril de 2009
Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir con dignidad"
ENTREVISTA: UN CEREBRO CENTENARIO Rita Levi-Montalcini PREMIO NOBEL DE MEDICINA
MIGUEL MORA 19/04/2009
El 22 de abril cumple 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.
Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.
Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.
Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.
Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".
Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.
Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?
Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.
P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?
R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.
P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?
R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".
P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?
R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.
P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.
R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.
P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?
R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.
P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?
R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.
P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?
R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.
P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?
R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.
P. ¿Cómo ve a Italia hoy?
R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.
P. ¿Cómo vivió el fascismo?
R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.
P. ¿Así que no sintió miedo?
R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.
P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?
R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.
P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?
R. No comparto lo que ha dicho.
P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?
R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.
P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?
R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.
P. ¿Le importó alguna vez la gloria?
R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.
P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?
R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.
P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?
R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...
P. Díganos el secreto.
R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.
P. ¿Está preparada?
R. No hace falta. Morir es lógico.
P. ¿Cuánto desearía vivir?
R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.
MIGUEL MORA 19/04/2009
El 22 de abril cumple 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.
Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.
Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.
Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.
Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".
Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.
Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?
Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.
P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?
R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.
P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?
R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".
P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?
R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.
P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.
R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.
P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?
R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.
P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?
R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.
P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?
R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.
P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?
R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.
P. ¿Cómo ve a Italia hoy?
R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.
P. ¿Cómo vivió el fascismo?
R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.
P. ¿Así que no sintió miedo?
R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.
P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?
R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.
P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?
R. No comparto lo que ha dicho.
P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?
R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.
P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?
R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.
P. ¿Le importó alguna vez la gloria?
R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.
P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?
R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.
P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?
R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...
P. Díganos el secreto.
R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.
P. ¿Está preparada?
R. No hace falta. Morir es lógico.
P. ¿Cuánto desearía vivir?
R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.
miércoles, 15 de abril de 2009
Presidencialismo o Parlamentarismo?

El juez Zaffaroni propone adoptar el parlamentarismo para "cambiar un gobierno sin matar a nadie"
El magistrado criticó las candidaturas testimoniales y la crisis institucional. Dijo que el presidencialismo "está agotado" y que "la política le está pasando por encima"
Desde que Néstor Kirchner anunció su estrategia electoral de "listas testimoniales" -candidatos que se postularán a un cargo legislativo pero no lo asumirán en caso de ganar-, las críticas llovieron de todos los sectores en torno a su presunta inconstitucionalidad. Ahora, la Corte Suprema de Justicia se suma a quienes repudian las candidaturas, aunque no las impugnaría si el asunto llega a tener que dirimirse frente al máximo tribunal.
Raúl Eugenio Zaffaroni, juez de la Corte Suprema, criticó el sistema "presidencialista" de Argentina y volvió a proponer la adopción de un modelo parlamentario, algo que viene defendiendo hace años. "El esquema está agotado y la política le está pasando por encima", declaró al canal de noticias Crónica TV.
"América latina, en los últimos 25 años, no tiene golpes de Estado, a Dios gracias, pero ha tenido una veintena de presidencias interrumpidas, muchas violentamente, con muertos, etcétera. Llegó el momento de empezar a pasar a un sistema que permita cambiar un gobierno sin matar a nadie", agregó el juez.
"Siempre opiné lo mismo. Todo esto que estamos viendo de candidaturas testimoniales, de funcionarios que se presentan como candidatos, de gente que se sale de un partido y que forma otro, o que se alía con otro, creo que la política real que estamos viviendo está superando la institucionalización", afirmó Zaffaroni
"Estas características que estamos viendo son todos manejos y hechos que serían normales en un sistema parlamentario, incluso hasta el adelantamiento de elecciones. La política está pasando por encima el sistema presidencialista", explicó el magistrado, y concluyó que "en Chile hay un sistema presidencialista, pero se adoptaron reglas del sistema parlamentario".
Las declaraciones de Zaffaroni apuntan a que se puedan tomar decisiones en el Congreso en casos de crisis política, aunque sin considerar que el adelantamiento de las elecciones fue votado por Diputados y Senadores. Por otro lado, opina implícitamente que el Gobierno está en jaque y que, si se aplicara el sistema parlamentario, tendría más opciones de sucesión para evitar una salida desordenada.
Sin embargo, para cambiar el sistema argentino a un modelo parlamentario sería necesaria una reforma constitucional como la de 1994, algo que no está en la agenda de ningún partido político. Las opiniones del magistrado tampoco implican que una eventual impugnación de las listas testimoniales sea apoyada por la Corte Suprema de Justicia, ya que no todos los magistrados piensan lo mismo que Zaffaroni.
El juez ya desató polémica esta semana, en una entrevista con el fundador del diario Perfil , Jorge Fontevecchia, al sostener que “ la sensación de inseguridad la provocan los otros medios no especializados dependiendo del espacio que le conceden" y que el temor por el aumento delictivo "es infundado".
Respaldo de la UCR a la idea del juez de la Corte,
Gil Lavedra dijo que el cambio sería positivo
Los señalamientos del juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Eugenio Zaffaroni sobre el agotamiento en la Argentina del sistema presidencialista obtuvieron ayer un contundente respaldo por parte de la Unión Cívica Radical (UCR): las autoridades nacionales de ese partido se manifestaron en favor de incorporar elementos parlamentarios al régimen de gobierno en el país.
"Para la UCR es muy positiva la noción de salir del sistema presidencialista. Ese sistema ha fracasado no sólo en la Argentina, sino en toda América latina, lo que provocó grandes crisis políticas y económicas para los gobiernos de los últimos años", dijo el dirigente radical y reconocido jurista Ricardo Gil Lavedra en una conferencia de prensa que brindó junto con el titular del partido, el senador Gerardo Morales.
"El sistema debe ser mejorado, porque en las elecciones de medio término incluso aquellos presidentes que asumieron con mucha fortaleza pueden verse desplomados y fuertemente debilitados, sin contar con soluciones ni atenuantes políticos", abundó Gil Lavedra.
Al igual que Zaffaroni, Gil Lavedra elogió los sistemas intermedios, como el de Chile. "Es positivo adoptar reglas del sistema parlamentario en el sistema presidencialista. Por ejemplo, que el partido que mejor haya salido en los comicios pueda integrar el gobierno mediante la designación del jefe de Gabinete", precisó.
Parlamentarismo y el eufemismo de la gobernabilidad
Por Diego Valenzuela
Especial para lanacion.com
El gobernador Scioli asegura que aceptaría ir en las listas de candidatos legislativos, aunque no vaya a asumir una banca, porque su preocupación es "la gobernabilidad en la Argentina". Dos tendencias curiosas conviven en esta afirmación. Por un lado, el oficialismo recurre a la idea de gobernabilidad para salir airoso de una simple puja electoral que definiría el paisaje político futuro. Asimismo, la iniciativa de candidaturas testimoniales convierte al sistema en un presidencialismo-parlamentario, al buscar compensar en esta elección legislativa de mitad de término la legitimidad presidencial que se les ha venido esfumando.
Pedir que la gente vote para "defender la gobernabilidad" obliga a hacerse una pregunta: ¿por qué está amenazada la gobernabilidad? La respuesta obvia del oficialismo es la crisis internacional, pero sucede que ningún gobierno del mundo tambalea por los vaivenes de la economía. En la Argentina de 2009 el déficit de gobernabilidad deviene especialmente de la gestión de política local.
Pedir un voto por la gobernabilidad es el eufemismo, o el pretexto, para sostenerse en el poder. No hay un interés en la estabilidad institucional, sino más bien una estrategia en la disputa política con el naciente peronismo disidente, el cual se ha convertido en una amenaza real para los Kirchner (incluye a De Narváez-Solá y también a Reutemann, Schiaretti y demás). Un triunfo propio kirchnerista en Buenos Aires retrasaría el proceso pos-kirchnerista.
En los hechos, además, se gesta una solución pseudo-parlamentaria para un momento de debilidad del presidencialismo (esto incluye a Cristina pero también a Néstor, depositario aún del poder real). La movida, audaz y provocativa como casi todas las ideas electorales K, manosea a los poderes legislativos al usarlos simplemente como herramienta para forzar la disciplina política y el respaldo popular. La división de poderes, si es que queda algo de ella, cae de rodillas ante la necesidad política. Para peor, se mezcla con el nepotismo, porque muchos intendentes ya piensan poner como cabeza de lista a esposas, hermanos e hijos.
El Ejecutivo busca legitimidad en la legislativa pero, si perdiera, estaría obligado a tener que formar nuevo gobierno, siguiendo la lógica parlamentaria tan usual en las democracias europeas. Esto podría significar desde renuncias a cambios de gabinete y de políticas, si los candidatos ejecutivo-parlamentarios no obtuvieran los resultados esperados. El mismo Julio Cobos ya imagina una alianza parlamentaria para sostenerse (tal como hizo Duhalde en 2002) en caso de crisis de gobernabilidad. ¿Cómo sigue gobernando Scioli la agitada provincia de Buenos Aires si la movida no fuera exitosa? ¿Hay necesidad de poner al sistema en la cornisa para resolver una disputa hacia adentro del peronismo?
lunes, 30 de marzo de 2009
Un Estado de bienestar global

NICOLÁS SARTORIUS 30/03/2009
En medio de esta profunda crisis que nos golpea vivimos una gran paradoja: ante el estrepitoso fracaso de las ideas, los valores y las políticas ultraliberales, la izquierda política, social e intelectual europea sigue a la defensiva, en la oposición -salvo excepciones-, incapaz de elaborar un nuevo relato que le permita liderar el futuro. Esta situación, sin embargo, no es nueva en la historia. Durante la crisis del 29, Estados Unidos, con Roosevelt, giró hacia políticas progresistas mientras Europa lo hacía, en general, hacia la extrema derecha.
El momento es muy diferente, pero en ningún sitio está escrito que de las crisis se salga con más democracia y equidad. Depende de que la izquierda sea capaz de aglutinar una alternativa acorde con la naturaleza de la crisis, y para ello, lo primero que hay que tener es un diagnóstico acertado y compartido de los retos que tenemos que afrontar.
Me preocupa cuando oigo hablar solamente de crisis financiera o de crisis económica. Por supuesto que estas crisis existen. Las manifestaciones son obvias y dolorosas. Pero lo que tenemos delante es el hundimiento de un modelo de capitalismo que no ha estado gobernado por la política, sino que ha estado en manos de una élite mundial, sobre todo financiera, descontrolada, que ha buscado su único beneficio.
No es cosa, pues, de codicia -que se supone-, sino de carencia de control democrático y de equidad a nivel mundial y en la mayoría de los países. Lo peligroso es que esas élites, salvo excepciones, siguen siendo las mismas y con las mismas ideas. Porque, ¿dónde ha quedado la eficiente asignación de recursos de los mercados, la superioridad de lo privado sobre lo público, los criterios del famoso consenso de Washington? Toda esta seudoideología con la que nos han estado martilleando bajo la forma de pensamiento único nos ha conducido a la ruina más absoluta. Una vez más se ha demostrado que el capitalismo, sin la supervisión creciente -como creciente es la concentración de éste- de los poderes públicos democráticos, conduce a la depredación de las personas y de la naturaleza.
Ante esta situación, no estaría mal que los de la cumbre de Londres fuesen capaces de elaborar un acuerdo global. Desde luego, si la economía mundial tiene un grave problema de demanda, ahí tienen a varios miles de millones de personas que malviven con uno o dos dólares al día. Un gigantesco mercado que estaría encantado de poder consumir siempre y cuando los países desarrollados se decidan algún día a realizar masivos trasvases de capital y tecnología a los países subdesarrollados. Sería una magnífica operación, en la que todos saldríamos ganando. Porque, una de dos, o hacemos algo así o aceptamos que crecientes masas de emigrantes vengan a nuestros países. Ninguna de las dos cosas generará graves conflictos.
De lo contrario, ¿qué quiere decir un Global Deal? ¿Seguir insuflando trillones de dólares en los bancos o en los fondos tóxicos con el dinero de los contribuyentes? ¿No sería mucho más eficiente para la economía real dedicar una parte de esas ingentes masas de dinero al desarrollo global? Algo así hizo y hace la Unión Europea con la Europa del Sur y del Este. Ese método debería extenderse a nivel global, junto con Estados Unidos, Japón, China y otros.
Habría sido oportuno intentar un European Deal, con participación de patronal y sindicatos. Pero ni tan siquiera ha sido factible una cumbre sobre el empleo, como proponía la Comisión. Ha fenecido a manos de Sarkozy. Pues que tengan cuidado los gobernantes, porque la gente se está empezando a cabrear. Miles de millones a los bancos y miles de trabajadores al paro es una mezcla explosiva. Los sindicatos están adoptando una actitud muy responsable, pero no sería bueno que fuesen desbordados por el enfado del personal. Toda paciencia tiene un límite.
Es evidente que a los sectores "sistémicos" de la economía no se les puede dejar caer -financiero, energético, comunicaciones, medioambientales-. Pero, por eso mismo, estos servicios públicos globales tienen que contar con una eficiente supervisión y regulación a diferentes niveles y, en ciertos casos, tienen que estar en manos públicas.
De esta crisis se puede salir con más de lo mismo o con otro modelo, más democrático, más social y, desde luego, sostenible. Creo que la época en que EE UU y Europa hacían y deshacían está superada. Hay que democratizar todas las instituciones internacionales; fomentar los procesos de integración regional que vaya creando una red de gobernanza coordinada global; apostar por un nuevo paradigma energético basado en las energías limpias; establecer nuevas reglas en el comercio mundial que incluya cláusulas de cohesión social; acabar con los paraísos fiscales, que son un auténtico robo a los fiscos, ¡y la gente se sigue preguntando dónde está el dinero! En una palabra, ir creando, paulatinamente, un Estado del bienestar global, única manera, en mi opinión, de mantener a la larga el que disfrutamos en Occidente.
Esta gran operación de crear un nuevo modelo de desarrollo democrático, social y sostenible tienen que liderarla las fuerzas progresistas, políticas y sociales, pasando a la ofensiva en el terreno de las ideas, de los valores, de las políticas y de las alianzas.
Nicolás Sartorius es vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas
domingo, 29 de marzo de 2009
La perplejidad de Darwin

GONZALO PONTÓN 29/03/2009
Durante los próximos meses asistiremos a la publicación de varias ediciones conmemorativas de los 150 años de El origen de las especies, que se dio a las prensas cuando su autor, Charles Darwin, iba a cumplir 50. Es justo que sea así. De la carismática trinidad progre (Darwin, Marx, Freud), ninguno ha podido derrotar al tiempo como el primero.
Aunque quedan algunos detalles por ajustar que no afectan a su esencia, la teoría de la evolución ha sido verificada hasta la saciedad desde el registro fósil a la genómica comparativa, y hoy es un hecho científico tan indiscutible como la existencia de los átomos o la de los agujeros negros. Indiscutible, pero no indiscutido. Las Iglesias cristianas, judías y musulmanas no pueden aceptar la teoría de la evolución porque, según sus libros santos, un dios primordial omnipotente y omnisciente lo creó todo en seis días (o en seis mil millones de años, que en lo de la cronología los clérigos más espabilados se apuntan a la metáfora).
Acuciados por los descubrimientos científicos que han ido desmontando, pieza a pieza, la narración del Génesis y todos los mitos de creación existentes, ciertos fundamentalistas religiosos han propuesto, como explicación "científica" alternativa a la evolución, la existencia de un diseñador inteligente, en un remake de la vieja narración bíblica, pero sustituyendo al Anciano de los Días por, digamos, un Enric Satué o un Alberto Corazón todopoderosos.
La teoría de Darwin se asienta en cuatro pilares fundamentales: la evolución, el gradualismo (con las matizaciones de Stephen Jay Gould y Niles Eldredge), la especiación y la selección natural.
A estos cuatro pilares, el profesor Jerry A. Coyne, que acaba de publicar un libro titulado Why Evolution is True, añade un quinto que me parece irrefutable: "La imperfección es la marca de la evolución, no la del diseño consciente". En efecto, la evolución produce criaturas imperfectas, inacabadas. Los mecanismos evolutivos han dotado al kiwi de unas alas sin función; la mayoría de las ballenas conservan vestigios de pelvis y huesos de las patas como recuerdo de su pasado de cuadrúpedos terrestres; los humanos contamos con músculos para accionar una cola ya desaparecida, erizar plumas de las que no disponemos (la "carne de gallina") o mover cómicamente las orejas.
Por no hablar del famoso apéndice, muy útil para que nuestros abuelos primates pudieran hacer fermentar las hojas de los árboles y transformar su celulosa en azúcares. ¿Qué función desempeña en los humanos aparte de ponerles, a veces, en riesgo de muerte? Tal vez el diseñador inteligente haya sidoun cirujano avispado. ¿Sabían ustedes lo del nervio laríngeo de los mamíferos?
Yo tampoco, pero el profesor Coyne lo explica de maravilla: el tal nervio interviene en la fonación, pero en vez de ir directamente del cerebro a la laringe, desciende hasta el pecho, gira alrededor de la aorta y regresa a la laringe en un recorrido tres veces mayor del necesario. Fascinante. Pues ese nervio hace lo mismo en las jirafas, bajando y subiendo por su cuello como un taxista sin GPS. Ninguna deidad que se precie sería tan despistada. Lo que sucede es que el nervio laríngeo procede de los arcos branquiales de nuestros antepasados, los peces, y allí sí cumplían una función.
El aparato reproductor de los humanos es una galería de chapuzas y un campo minado.
¿Por qué los testículos no se forman directamente fuera del cuerpo, donde la temperatura es adecuada para los espermatozoides? Se forman en el abdomen, y cuando el feto tiene unos siete meses emigran al escroto a través de los canales inguinales, debilitando las paredes abdominales con el riesgo de causar hernias, a veces mortales. La uretra está muy mal diseñada, porque pasa por medio de la próstata, y cuando ésta se inflama dificulta o impide la micción.
Las mujeres paren a través de la pelvis en un proceso doloroso e ineficaz, porque es demasiado estrecha (por necesidades de la locomoción bipedal) para un cráneo que ha debido ensancharse para acoger el crecimiento del cerebro. Desde luego, el diseñador inteligente no era una mujer. Y ya que estamos hablando de los bajos, si usted fuera diseñador, ¿habría colocado una planta procesadora de residuos junto a un parque de atracciones?
Pero además, Darwin ya previó algo extraño en la selección natural, y es que no siempre actúa en bien de la especie. A veces la evolución puede producir resultados útiles para un individuo, pero perjudiciales para la especie en su conjunto. He aquí un ejemplo fastuoso aportado por el genio de Forges (EL PAÍS, 22 de febrero): en el dibujo aparece un obispo o cardenal (¿Rouco? ¿Camino?) de gesto avinagrado que Darwin observa entre perplejo y azorado. ¿Por qué razón?
Porque ve, como Forges y como yo, que aquí la selección natural no ha jugado en favor de la especie.
Si la selección natural "apaga" los genes más perjudiciales y activa los más favorables, ¿por qué existen los eclesiásticos? Si a través de la evolución y de la cultura, el animal humano ha mejorado la calidad de su vida, ha ampliado el alcance de su inteligencia y ha conseguido dotarse de una consciencia ética que le impulsa a amar a sus semejantes, a respetar sus vidas y sus libertades, y que le reprocha íntimamente, insoportablemente, sus miserias y su capacidad para el mal, ¿cómo es que no se ha desembarazado de los clérigos?
¿Qué función evolutiva tienen esos oscuros intérpretes de unos dioses atávicos que envían a niños-bomba a matar y ser muertos?
¿Por qué sobreviven seres inmorales capaces de engañar a sabiendas a los más débiles y desvalidos de los humanos diciéndoles que los preservativos pueden aumentar el riesgo de contraer el sida?
Sólo desde Darwin puede explicarse la existencia de tales criaturas: deben de ser vestigios de nuestros antepasados los reptiles.
Gonzalo Pontón es el consejero delegado de CRÍTICA.
lunes, 23 de marzo de 2009
La apropiación de la República
El kirchnerismo –entre otras cosas– utiliza lo que usted y yo pagamos. Los bienes públicos: aviones, helicópteros, el combustible y su mantenimiento.
Ricardo Monner Sans.
Cualquier persona más o menos informada conoce que –a pesar de que República implica “cosa pública, cosa de todos nosotros”– los poderosos entienden que es “cosa de ellos”. La historia de mi país siempre, pero con distintas gradaciones, registra esa realidad, que a su vez debilita el principio de igualdad ante la ley. Ley que muchas veces es la traducción del dominio de esos poderosos, y por ello el mandato de igualdad queda a contrapié de la aspiración constitucional.
El menemismo puso el tema en su máximo nivel. Si el mercado era el mejor regulador y si la gota de agua que rebasaba el vaso de los ricos era lo que iba a calmar la sed de los pobres, los dueños del mercado tenían el “derecho” de apropiarse de toda la República. Le iba a hacer bien al país. Néstor Kirchner lo aprendió en su momento cuando dijo que don Carlos Saúl había sido el mejor presidente en toda la historia del país.
El kirchnerismo –entre otras cosas– utiliza lo que usted y yo pagamos. Los bienes públicos: aviones, helicópteros, el combustible y su mantenimiento. A la luz de lo que hoy informa Crítica de la Argentina, ¿qué habrá dicho Martín Redrado, el presidente del Banco Central, al enterarse de que un ex presidente y esposo de la Presidenta tiene también intensa relación con un banco privado? ¿Habrá pedido Redrado al Macro que le informe si don Néstor pagó por el servicio? Veremos si eso se le ocurre al juez, a partir de lo que hoy accionaremos.
¿Que usted quiere saber cómo marcha mi pedido de investigación respecto del Tango 10, el que formulé ante el juzgado del doctor Julián Ercolini el 19 de febrero pasado? Usted y yo estamos iguales: nunca se me llamó a ratificar la denuncia. ¿Que me quedé quieto? No es mi estilo: el 11 de marzo insistí por escrito. ¿Que por qué no se me llama a pesar de mi insistencia? No lo sé. ¿Que qué hago yo? Hoy planteo ante la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal un reclamo por retardo de justicia. En la lucha por la democracia y por la República, la peor batalla es la que no se da.
Por la existencia de normas respecto de cómo una causa penal anterior atrae a una posterior, lo que hoy ingreso respecto de lo descubierto por este diario irá al mismo juzgado. No es evitable. Habrá que escuchar en el expediente a Aníbal Fernández y al comandante Héctor Schenone; secuestrar la documentación correspondiente en Gendarmería Nacional, profundizar preguntándole al gobernador Daniel Scioli todo lo que surge de la investigación periodística que usted acaba de leer. Habrá que escuchar a Jorge Brito, el del Macro. Y luego a Redrado. ¿Se animará el Poder Judicial? Si caemos en la desesperanza, la corrupción se multiplica. Y ganan ellos.
Ricardo Monner Sans.
Cualquier persona más o menos informada conoce que –a pesar de que República implica “cosa pública, cosa de todos nosotros”– los poderosos entienden que es “cosa de ellos”. La historia de mi país siempre, pero con distintas gradaciones, registra esa realidad, que a su vez debilita el principio de igualdad ante la ley. Ley que muchas veces es la traducción del dominio de esos poderosos, y por ello el mandato de igualdad queda a contrapié de la aspiración constitucional.
El menemismo puso el tema en su máximo nivel. Si el mercado era el mejor regulador y si la gota de agua que rebasaba el vaso de los ricos era lo que iba a calmar la sed de los pobres, los dueños del mercado tenían el “derecho” de apropiarse de toda la República. Le iba a hacer bien al país. Néstor Kirchner lo aprendió en su momento cuando dijo que don Carlos Saúl había sido el mejor presidente en toda la historia del país.
El kirchnerismo –entre otras cosas– utiliza lo que usted y yo pagamos. Los bienes públicos: aviones, helicópteros, el combustible y su mantenimiento. A la luz de lo que hoy informa Crítica de la Argentina, ¿qué habrá dicho Martín Redrado, el presidente del Banco Central, al enterarse de que un ex presidente y esposo de la Presidenta tiene también intensa relación con un banco privado? ¿Habrá pedido Redrado al Macro que le informe si don Néstor pagó por el servicio? Veremos si eso se le ocurre al juez, a partir de lo que hoy accionaremos.
¿Que usted quiere saber cómo marcha mi pedido de investigación respecto del Tango 10, el que formulé ante el juzgado del doctor Julián Ercolini el 19 de febrero pasado? Usted y yo estamos iguales: nunca se me llamó a ratificar la denuncia. ¿Que me quedé quieto? No es mi estilo: el 11 de marzo insistí por escrito. ¿Que por qué no se me llama a pesar de mi insistencia? No lo sé. ¿Que qué hago yo? Hoy planteo ante la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal un reclamo por retardo de justicia. En la lucha por la democracia y por la República, la peor batalla es la que no se da.
Por la existencia de normas respecto de cómo una causa penal anterior atrae a una posterior, lo que hoy ingreso respecto de lo descubierto por este diario irá al mismo juzgado. No es evitable. Habrá que escuchar en el expediente a Aníbal Fernández y al comandante Héctor Schenone; secuestrar la documentación correspondiente en Gendarmería Nacional, profundizar preguntándole al gobernador Daniel Scioli todo lo que surge de la investigación periodística que usted acaba de leer. Habrá que escuchar a Jorge Brito, el del Macro. Y luego a Redrado. ¿Se animará el Poder Judicial? Si caemos en la desesperanza, la corrupción se multiplica. Y ganan ellos.
domingo, 22 de marzo de 2009
El 'Eje de Lula' y el 'Eje de Hugo'
MOISÉS NAÍM 22/03/2009
El mismo fin de semana que el presidente venezolano, Hugo Chávez, celebraba la victoria de Mauricio Funes en las elecciones presidenciales de El Salvador, su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se reunía con Barack Obama en Washington. Ambas son manifestaciones concretas de tendencias que moldearán la política de América Latina en los próximos años.
Con la elección de Funes, el candidato de la antigua guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), terminaron de manera pacífica y democrática dos décadas de Gobiernos del partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista), marcando así la transición de un Gobierno de derecha y estrechamente aliado a Estados Unidos a un Gobierno de izquierda cuyos más destacados líderes tienen una larga historia de enfrentamientos con Washington. Simultáneamente, el encuentro de Lula con Obama marca el fin de un largo periodo de distanciamiento entre Estados Unidos y Latinoamérica y abre nuevas posibilidades de reconstruir las maltrechas relaciones entre Washington y la región.
Según el presidente Chávez, la elección de Mauricio Funes "consolida la corriente histórica que se ha levantado en América Latina en esta primera década del siglo XXI", refiriéndose al ascenso de la izquierda al poder en varios países del hemisferio.
¿Significa esto que la victoria del FMLN sumará otro país al Eje de Hugo? Además de Venezuela y Cuba, el núcleo duro de ese eje lo forman Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Paraguay y Honduras también son parte de esta alianza, aunque sus Gobiernos tienen una oposición interna que les impide una integración más profunda.
Mientras que los países del Eje de Hugo construyen su alianza antiyanqui y aplican lo que el presidente venezolano denomina "el socialismo del siglo XXI", el Gobierno brasileño está desarrollando con gran éxito un proyecto geopolítico muy distinto: construir alianzas que le den a Brasil voz y voto en las grandes decisiones que afectan a la humanidad.
Brasil se ha convertido en un influyente actor en las principales negociaciones de estos tiempos: las reglas que rigen el comercio internacional, la energía, el medio ambiente, el rediseño del sistema financiero internacional, la búsqueda de fórmulas para reactivar la economía mundial y la lucha contra la pobreza. Así, mientras Hugo Chávez dedica sus esfuerzos a influir en países como Bolivia, Nicaragua o Paraguay, Lula estrecha lazos y actúa en los foros mundiales con India, Suráfrica y la Unión Europea.
El Gobierno de Brasil no lleva a cabo esta estrategia Eje de Hugo, pero mantiene relaciones amistosas con los Gobiernos que son parte de ese grupo. También sigue alabando a Chávez, moderando su propensión al conflicto, apoyando con entusiasmo sus planes (el gasoducto transcontinental, el Banco del Sur, la fusión de sus empresas petroleras, la entrada de Venezuela en el Mercosur) al mismo tiempo que sutilmente los sabotea y garantiza que ninguna de las iniciativas del venezolano se transforme en realidad.
Esta coexistencia pacífica entre el Eje de Hugo y el Eje de Lula se va a ver afectada por la creciente cercanía de Lula con Obama. Más pronto que tarde, países como El Salvador van a tener que elegir. ¿Quieren pertenecer a una alianza cuya influencia depende de que el petróleo esté por las nubes y que en Venezuela haya un Gobierno dispuesto a regalarlo? ¿O prefieren, más bien, ser aliados de un gigante continental que tiene buenas relaciones con Estados Unidos y que tiene gran peso en los foros mundiales donde se toman decisiones que los afectan directamente? El nuevo presidente de El Salvador ya se encuentra sumido en esta disyuntiva. Su partido se encuentra a su izquierda y lo presionará para que se incline hacia el Eje de Hugo. A pesar de la caída en los ingresos petroleros, Chávez sigue teniendo dinero para influir en la política interna de El Salvador, y no hay dudas de que así lo hará. El presidente Funes seguramente lo sabe mejor que nadie, pero la jugada más difícil es intentar beneficiarse sin tener que transformarse en otro país satélite de Hugo.
Para esta jugada sabe que puede contar con el Eje de Lula. Y quizás porque sabe esto, su primera decisión como presidente electo fue la de viajar a Brasil. "Para mí, el presidente Lula y su Gobierno constituyen una referencia de ejercicio democrático de un Gobierno de izquierda que puede mandar señales de confianza a los inversionistas extranjeros", dijo Funes en Brasil. Vamos a ver qué dice cuando visite a Hugo.
El mismo fin de semana que el presidente venezolano, Hugo Chávez, celebraba la victoria de Mauricio Funes en las elecciones presidenciales de El Salvador, su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se reunía con Barack Obama en Washington. Ambas son manifestaciones concretas de tendencias que moldearán la política de América Latina en los próximos años.
Con la elección de Funes, el candidato de la antigua guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), terminaron de manera pacífica y democrática dos décadas de Gobiernos del partido Arena (Alianza Republicana Nacionalista), marcando así la transición de un Gobierno de derecha y estrechamente aliado a Estados Unidos a un Gobierno de izquierda cuyos más destacados líderes tienen una larga historia de enfrentamientos con Washington. Simultáneamente, el encuentro de Lula con Obama marca el fin de un largo periodo de distanciamiento entre Estados Unidos y Latinoamérica y abre nuevas posibilidades de reconstruir las maltrechas relaciones entre Washington y la región.
Según el presidente Chávez, la elección de Mauricio Funes "consolida la corriente histórica que se ha levantado en América Latina en esta primera década del siglo XXI", refiriéndose al ascenso de la izquierda al poder en varios países del hemisferio.
¿Significa esto que la victoria del FMLN sumará otro país al Eje de Hugo? Además de Venezuela y Cuba, el núcleo duro de ese eje lo forman Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Paraguay y Honduras también son parte de esta alianza, aunque sus Gobiernos tienen una oposición interna que les impide una integración más profunda.
Mientras que los países del Eje de Hugo construyen su alianza antiyanqui y aplican lo que el presidente venezolano denomina "el socialismo del siglo XXI", el Gobierno brasileño está desarrollando con gran éxito un proyecto geopolítico muy distinto: construir alianzas que le den a Brasil voz y voto en las grandes decisiones que afectan a la humanidad.
Brasil se ha convertido en un influyente actor en las principales negociaciones de estos tiempos: las reglas que rigen el comercio internacional, la energía, el medio ambiente, el rediseño del sistema financiero internacional, la búsqueda de fórmulas para reactivar la economía mundial y la lucha contra la pobreza. Así, mientras Hugo Chávez dedica sus esfuerzos a influir en países como Bolivia, Nicaragua o Paraguay, Lula estrecha lazos y actúa en los foros mundiales con India, Suráfrica y la Unión Europea.
El Gobierno de Brasil no lleva a cabo esta estrategia Eje de Hugo, pero mantiene relaciones amistosas con los Gobiernos que son parte de ese grupo. También sigue alabando a Chávez, moderando su propensión al conflicto, apoyando con entusiasmo sus planes (el gasoducto transcontinental, el Banco del Sur, la fusión de sus empresas petroleras, la entrada de Venezuela en el Mercosur) al mismo tiempo que sutilmente los sabotea y garantiza que ninguna de las iniciativas del venezolano se transforme en realidad.
Esta coexistencia pacífica entre el Eje de Hugo y el Eje de Lula se va a ver afectada por la creciente cercanía de Lula con Obama. Más pronto que tarde, países como El Salvador van a tener que elegir. ¿Quieren pertenecer a una alianza cuya influencia depende de que el petróleo esté por las nubes y que en Venezuela haya un Gobierno dispuesto a regalarlo? ¿O prefieren, más bien, ser aliados de un gigante continental que tiene buenas relaciones con Estados Unidos y que tiene gran peso en los foros mundiales donde se toman decisiones que los afectan directamente? El nuevo presidente de El Salvador ya se encuentra sumido en esta disyuntiva. Su partido se encuentra a su izquierda y lo presionará para que se incline hacia el Eje de Hugo. A pesar de la caída en los ingresos petroleros, Chávez sigue teniendo dinero para influir en la política interna de El Salvador, y no hay dudas de que así lo hará. El presidente Funes seguramente lo sabe mejor que nadie, pero la jugada más difícil es intentar beneficiarse sin tener que transformarse en otro país satélite de Hugo.
Para esta jugada sabe que puede contar con el Eje de Lula. Y quizás porque sabe esto, su primera decisión como presidente electo fue la de viajar a Brasil. "Para mí, el presidente Lula y su Gobierno constituyen una referencia de ejercicio democrático de un Gobierno de izquierda que puede mandar señales de confianza a los inversionistas extranjeros", dijo Funes en Brasil. Vamos a ver qué dice cuando visite a Hugo.
domingo, 15 de marzo de 2009
Dirigentes conectados en redes

Joseph S. Nye, Jr. es profesor en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y autor de The Powers to Lead (Las capacidades para dirigir).
En medio de teléfonos portátiles, ordenadores y sitios web como MySpace, Facebook y LinkedIn, resulta trivial decir que vivimos en un mundo conectado en redes. Ahora bien, las diferentes redes ofrecen nuevas formas de ejercer el poder y requieren estilos diferentes de dirección. Barack Obama lo entiende; de hecho, esta comprensión le ayudó a conseguir su victoria. Ahora tiene que plantearse la cuestión de cómo utilizar las redes para gobernar.
Hay redes de muchas formas y tamaños. Unas crean vínculos fuertes, mientras que otras producen lazos débiles. Piénsese en la diferencia entre amigos y conocidos. Es más probable que se comparta información valiosa con los amigos que con los conocidos, pero los lazos débiles tienen una extensión mayor y aportan información más novedosa, innovadora y no redundante.
Las redes basadas en vínculos fuertes crean el poder de la lealtad, pero pueden convertirse en círculos que redistribuyan conocimientos tradicionales. Pueden sucumbir al "pensamiento de grupo". Por eso, es importante la diversidad de los elegidos por Obama para que formen parte de su Gobierno. Se le ha comparado con Abraham Lincoln por su disposición a incluir a rivales, además de amigos, en su equipo de Gobierno.
Los lazos débiles, como los que encontramos en la red Internet, son más eficaces que los vínculos fuertes para aportar la información necesaria a fin de conectar grupos diversos de forma cooperativa. Dicho de otro modo, las redes débiles son uno de los factores aglutinantes de sociedades diversas. Son también la base de la dirección democrática.
La información crea poder y en la actualidad hay más personas que tienen más información que en ningún otro momento de la historia humana. La tecnología democratiza los procesos políticos y sociales y, para bien y para mal, las instituciones desempeñan en menor medida un papel mediador. De hecho, el concepto básico llamado Web 2.0 se basa en la idea de que el contenido procedente de los usuarios vaya ascendiendo desde abajo, en lugar de descender desde la cima de una jerarquía tradicional de la información.
Históricamente, los Gobiernos han sido muy jerárquicos, pero la revolución de la información está afectando a la estructura de las organizaciones. Las jerarquías se están volviendo más llanas y quedando inmersas en redes fluidas de contactos. Los trabajadores de oficinas que utilizan el conocimiento responden a incentivos y llamamientos políticos diferentes a los de los trabajadores industriales. Las encuestas de opinión muestran que actualmente los ciudadanos tienen una actitud menos deferente para con la autoridad en las organizaciones y la política.
Los estilos tradicionales de dirección de empresas se han vuelto menos eficaces. Según Sam Palmisano, director gerente de IBM, los métodos jerárquicos de mando y control han dejado de funcionar, por decirlo lisa y llanamente. Obstaculizan las corrientes de información dentro de las empresas y entorpecen el carácter colaborador y fluido que hoy tiene el trabajo bien hecho.
Según un estudio de las más importantes empresas que combinan las operaciones informáticas con las tradicionales, la distribución de la dirección era esencial. En el ambiente de la red Internet, la concepción tradicional de un dirigente que mantiene un control total de las decisiones resulta difícil de conciliar con la realidad. Al contrario, la dirección eficaz depende de la utilización de múltiples directores con vistas a una competente adopción de decisiones. El profesor de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard John Quelch escribe que "el éxito empresarial depende cada vez más de las sutilezas del poder blando".
El ex presidente George W. Bush se llamó a sí mismo "el encargado de decidir", pero en la actualidad la dirección es más colaboradora e integradora de lo que da a entender esa expresión. Resumiendo estudios recientes, un experto en gestión señala que éstos confirman un aumento del recurso a procesos más participativos. Dicho de otro modo, la era de Internet requiere nuevos estilos de dirección en los que el atractivo poder blando debe complementar el tradicional poder duro del mando. En un mundo conectado en redes, la dirección consiste más en estar situado en el centro del círculo y atraerse a los demás que en ser "el rey de la montaña" y dar órdenes a los subordinados de abajo.
Barack Obama entiende esa dimensión de la dirección conectada en redes y la importancia del poder blando de la atracción. No sólo utilizó con éxito las redes en su campaña; ha seguido recurriendo a Internet para llegar a los ciudadanos.
Así ha complementado sus más importantes discursos televisivos y radiofónicos con vídeos en YouTube, y su estilo político se ha caracterizado por intentar llegar, mediante el procedimiento bipartidista, a círculos amplios de dirigentes políticos. Aunque estamos en el comienzo de su presidencia para juzgar el resultado, está claro que está intentando cambiar los procesos y adaptar la dirección a un mundo más conectado en redes.
© Project Syndicate, 2009.
miércoles, 11 de marzo de 2009
1949
Un afiche de la CGT comenzó a tapizar las calles del centro porteño recordando que un 11 de marzo de hace 60 años finalizaron las deliberaciones de la reforma que dio origen a la Constitución justicialista de 1949. Susana Viau.
Un gran afiche azul firmado por la CGT ha comenzado a tapizar las calles del centro de la ciudad recordando que un 11 de marzo de hace sesenta años finalizaron las deliberaciones de la reforma que dio origen a la Constitución justicialista de 1949. Lo preside un eslogan: “La libertad es peronista”. Un auténtico hallazgo: Hugo Moyano, los jefes de la CGT, sus filósofos y pensadores han descubierto que la libertad está subordinada a la idea totalizadora de “peronismo”, es cobijada por ésta, se nutre de ella. El peronismo no es hijo de la libertad sino al contrario, la libertad es hija del peronismo, el peronismo circunscribe el amplio, informe, abstracto concepto de libertad, lo limita, le da carnadura, lo pone en escala humana, lo coloca a la mano. Para los dirigentes sindicales, el peronismo es algo más que una identidad política, es la madre y el padre de todas las cosas. Por eso peronistas son los obreros y también los patronos; peronista es la relación entre ambos, binaria y no antagónica, complementaria, sencillamente peronista. Como peronistas son la bondad, el universo, el alma de los hombres puros, la lealtad y hasta el tiempo, porque si el sol brilla y el aire es leve, será un día peronista. No hace falta más para comprender la devoción de la Confederación General del Trabajo por una “ley suprema” que dejó fuera de su corpus el derecho a la huelga.
Si el capítulo III de la Constitución de 1949, dedicado a los “Derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad y de la educación y la cultura”, reconocía el derecho a trabajar, a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de la familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales, ¿por qué razón excluía lo que la historia había mostrado como el arma más formidable con que contaban los trabajadores? Arturo Sampay, miembro informante de la mayoría justicialista, esbozó una fundamentación absurda: tratándose de un derecho natural no correspondía adjudicarle el carácter de derecho positivo, si era consustancial a la condición humana no tenía por qué ser recogido en un conjunto de leyes. El argumento, relata Reinaldo Vanossi, abrió una brecha en sus propias filas, y Pablo Ramella, otro constituyente peronista, refutó a su compañero pero no logró cambiar las cosas. Contra las consideraciones de Sampay, el derecho de huelga adquiere rango constitucional en el artículo 158 de la Carta Magna de Brasil, el 185 de la de Ecuador, el 57 de la de Uruguay, el 23 de la de México, el 126 de la boliviana, enumera Vanossi. El derecho natural tampoco fue un impedimento para que estuviera contenido en las constituciones francesa e italiana.
Pero la omisión del derecho de huelga no fue la única zona oscura de aquella reforma constitucional que, además, iba a torpedear el instituto de la interpelación parlamentaria al establecer en el artículo 64 que el Poder Ejecutivo podía negarse a concurrir al recinto y quedaba facultado para responder por escrito, si lo creía conveniente. El artículo 29, por su parte, borroneó los límites de la justicia castrense colocando bajo su jurisdicción a los civiles que hubieran incurrido en los delitos previstos en el Código de Justicia Militar y amplió los supuestos del estado de excepción al agregar al “estado de sitio” un estadio inferior, previo y gaseoso: el de “prevención y alarma”.
En la sesión del 8 de marzo, el radical Moisés Lebensohn enrostró a Sampay que su intervención ponía de manifiesto el verdadero objetivo de la reforma de la Constitución: el artículo 77 y el propósito último de habilitarle a Perón una secuencia indefinida de reelecciones. El gobierno contaba con 109 convencionales y la UCR con 48. El reclamo de ilegitimidad de la Constituyente formulado por la minoría tuvo apenas una función testimonial: la ley 13.233 que la convocó, dijeron los radicales con razón, no había sido aprobada por los dos tercios de los miembros de las dos cámaras, tal como exigía el artículo 30 de la Constitución aún vigente, sino con los dos tercios “de los presentes”. La UCR se retiró del debate. Durante los tres días siguientes –9, 10 y 11 de marzo–, el peronismo sesionó en soledad, presidido por Domingo Mercante, hijo de un dirigente de la Unión Ferroviaria, oficial del Ejército, hombre de confianza de Perón, gobernador de la provincia de Buenos Aires y “purgado” dos años más tarde porque el Presidente recelaba de sus ambiciones. Además de Sampay y Ramella, entre los miembros más connotados de la bancada de constituyentes peronistas estaban los miembros de la Suprema Corte, Luis Longhi, Rodolfo Valenzuela (ex titular de la Confederación de Deportes), Justo Álvarez Rodríguez (ex ministro de Mercante y cuñado de Perón) y Felipe Santiago Pérez y los abogados Vicente Bagnasco, Ítalo Luder y Atilio Pessagno. La reforma se sancionó el 16 de marzo de 1949. El afiche de la CGT propone otro interrogante: ¿dónde deben nuclearse los trabajadores que no crean que su libertad es peronista?
Un gran afiche azul firmado por la CGT ha comenzado a tapizar las calles del centro de la ciudad recordando que un 11 de marzo de hace sesenta años finalizaron las deliberaciones de la reforma que dio origen a la Constitución justicialista de 1949. Lo preside un eslogan: “La libertad es peronista”. Un auténtico hallazgo: Hugo Moyano, los jefes de la CGT, sus filósofos y pensadores han descubierto que la libertad está subordinada a la idea totalizadora de “peronismo”, es cobijada por ésta, se nutre de ella. El peronismo no es hijo de la libertad sino al contrario, la libertad es hija del peronismo, el peronismo circunscribe el amplio, informe, abstracto concepto de libertad, lo limita, le da carnadura, lo pone en escala humana, lo coloca a la mano. Para los dirigentes sindicales, el peronismo es algo más que una identidad política, es la madre y el padre de todas las cosas. Por eso peronistas son los obreros y también los patronos; peronista es la relación entre ambos, binaria y no antagónica, complementaria, sencillamente peronista. Como peronistas son la bondad, el universo, el alma de los hombres puros, la lealtad y hasta el tiempo, porque si el sol brilla y el aire es leve, será un día peronista. No hace falta más para comprender la devoción de la Confederación General del Trabajo por una “ley suprema” que dejó fuera de su corpus el derecho a la huelga.
Si el capítulo III de la Constitución de 1949, dedicado a los “Derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad y de la educación y la cultura”, reconocía el derecho a trabajar, a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de la familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales, ¿por qué razón excluía lo que la historia había mostrado como el arma más formidable con que contaban los trabajadores? Arturo Sampay, miembro informante de la mayoría justicialista, esbozó una fundamentación absurda: tratándose de un derecho natural no correspondía adjudicarle el carácter de derecho positivo, si era consustancial a la condición humana no tenía por qué ser recogido en un conjunto de leyes. El argumento, relata Reinaldo Vanossi, abrió una brecha en sus propias filas, y Pablo Ramella, otro constituyente peronista, refutó a su compañero pero no logró cambiar las cosas. Contra las consideraciones de Sampay, el derecho de huelga adquiere rango constitucional en el artículo 158 de la Carta Magna de Brasil, el 185 de la de Ecuador, el 57 de la de Uruguay, el 23 de la de México, el 126 de la boliviana, enumera Vanossi. El derecho natural tampoco fue un impedimento para que estuviera contenido en las constituciones francesa e italiana.
Pero la omisión del derecho de huelga no fue la única zona oscura de aquella reforma constitucional que, además, iba a torpedear el instituto de la interpelación parlamentaria al establecer en el artículo 64 que el Poder Ejecutivo podía negarse a concurrir al recinto y quedaba facultado para responder por escrito, si lo creía conveniente. El artículo 29, por su parte, borroneó los límites de la justicia castrense colocando bajo su jurisdicción a los civiles que hubieran incurrido en los delitos previstos en el Código de Justicia Militar y amplió los supuestos del estado de excepción al agregar al “estado de sitio” un estadio inferior, previo y gaseoso: el de “prevención y alarma”.
En la sesión del 8 de marzo, el radical Moisés Lebensohn enrostró a Sampay que su intervención ponía de manifiesto el verdadero objetivo de la reforma de la Constitución: el artículo 77 y el propósito último de habilitarle a Perón una secuencia indefinida de reelecciones. El gobierno contaba con 109 convencionales y la UCR con 48. El reclamo de ilegitimidad de la Constituyente formulado por la minoría tuvo apenas una función testimonial: la ley 13.233 que la convocó, dijeron los radicales con razón, no había sido aprobada por los dos tercios de los miembros de las dos cámaras, tal como exigía el artículo 30 de la Constitución aún vigente, sino con los dos tercios “de los presentes”. La UCR se retiró del debate. Durante los tres días siguientes –9, 10 y 11 de marzo–, el peronismo sesionó en soledad, presidido por Domingo Mercante, hijo de un dirigente de la Unión Ferroviaria, oficial del Ejército, hombre de confianza de Perón, gobernador de la provincia de Buenos Aires y “purgado” dos años más tarde porque el Presidente recelaba de sus ambiciones. Además de Sampay y Ramella, entre los miembros más connotados de la bancada de constituyentes peronistas estaban los miembros de la Suprema Corte, Luis Longhi, Rodolfo Valenzuela (ex titular de la Confederación de Deportes), Justo Álvarez Rodríguez (ex ministro de Mercante y cuñado de Perón) y Felipe Santiago Pérez y los abogados Vicente Bagnasco, Ítalo Luder y Atilio Pessagno. La reforma se sancionó el 16 de marzo de 1949. El afiche de la CGT propone otro interrogante: ¿dónde deben nuclearse los trabajadores que no crean que su libertad es peronista?
miércoles, 4 de marzo de 2009
¿Cómo se forman las mayorías?

ADELA CORTINA 17/02/2009
La regla de la mayoría es tan absurda como sus detractores le acusan de serlo". Así empieza un célebre texto de John Dewey, que continúa aclarando: "Lo que importa es cómo una mayoría llega a serlo". Y, a mi juicio, caben al menos tres caminos: el debate sereno y la discusión pública bien argumentada, la agregación de intereses individuales y grupales o, pura y llanamente, la manipulación de los sentimientos. En el primer caso estamos ante una democracia deliberativa, en el segundo, ante una democracia agregativa, y en el tercero, ante lo que podríamos llamar la democracia emotiva, en la que reina el arte de la manipulación.
Claro que en la vida real las tres se dan de algún modo mezcladas, pero también es cierto que una de esas dimensiones puede imponerse a las restantes hasta el punto de imprimirles su sello.
Creo que llevaba razón Dewey. La democracia representativa no es el gobierno del pueblo, en ningún lugar de la tierra gobierna el pueblo. Es más bien, como se ha dicho, el gobierno querido por el pueblo, y ni siquiera eso: es el gobierno querido por la mayoría del pueblo, incluso por la minoría cuando los partidos en el poder no tienen mayoría absoluta. Cómo se forma esa mayoría cuyos representantes pactan con las minorías es un gran problema.
Puede hacerse por agregación de los intereses de los votantes. Los partidos políticos compiten por sus votos tratando de sacar a la luz cuáles pueden ser los intereses de los distintos sectores y les aseguran que van a satisfacerlos. Las gentes sopesan bien las diferentes ofertas, las estudian y optan por las que les parecen mejores para ellas. El deliberacionista critica esta forma de actuar porque la considera equivocada de plano. No nacemos ya con intereses que después agregamos, sino que los intereses se forman socialmente, ni es auténtica democracia aquella en que las gentes buscan su interés particular, como si no fuera posible forjarse una voluntad común mediante la deliberación y el intercambio de argumentos. Esto es lo propio de un pueblo, de un demos, el poder decir "sí, nosotros queremos", y sin él no hay democracia posible.
Sólo que el deliberacionista suele ser estadounidense y contar con el suelo de un patriotismo indiscutible con el que no contamos otros, con un sentido del "nosotros", ligado a valores universales, que impregnaba el discurso de Obama. Aquí no hay nosotros que valga, y cuando lo hay, es contra otros.
Pero tampoco es muy seguro que estemos forjando una democracia agregativa inteligente, tampoco es muy seguro que las gentes estemos mostrando el caletre necesario para sopesar qué nos interesa, para estudiar las propuestas y pedir responsabilidades cuando no se cumplen. Estamos más bien en manos de quien nos sepa manipular.
Como el colesterol, que puede ser malo o bueno, hay una buena retórica y una mala. La primera trata de conocer los sentimientos de los interlocutores para que puedan entender el mensaje que se les quiere transmitir y por qué les beneficia. El mensaje, claro está, ha de ser bueno para ellos. Si no se logra la sintonía, si no se alcanza la comunicación, entonces el buen mensaje no llega. La mala retórica, por su parte, trata también de conocer los sentimientos de los interlocutores, pero para intentar colocarles el producto que interesa al retórico sin que se den ni cuenta, aunque se produzca con ello un daño irreparable. Es todo un arte el de la mala retórica, que en román paladino puede y debe llamarse manipulación.
En él tienen un papel clave los medios de comunicación con sólo destacar unos sucesos u otros, con sólo subrayar unas frases y callar otras.
Que un país sumido en una brutal crisis económica, con un índice de paro que es el sufrimiento cotidiano de personas concretas y de familias enteras, al que se amenaza con excluirle de la zona euro, tenga como portada en los diarios, como primera plana, el fallo del Tribunal Supremo sobre Educación para la Ciudadanía es, a mi juicio, un síntoma pésimo, el de un país que no tiene pueblo, sino masa, dispuesta a seguir bailando a cualquier flautista embaucador.
Algunos hemos venido diciendo desde hace tiempo que EpC no va a forjar ciudadanos comprometidos ni detritus sociales, que el asunto son los manuales y quién imparte la asignatura, y sobre todo que el problema de la educación no se reduce a enseñar el uso del preservativo, que es lo que al parecer les importa a representantes visibles de los dos grandes partidos. Cuando la educación en su conjunto es deplorable y los alumnos llegan a la Universidad con un nivel cada vez más bajo.
Hay muchas tareas pendientes para la construcción de una democracia: crear partidos democráticos, capaces de contagiar a la sociedad democracia y pluralismo, poner trabas al gobierno de las minorías, quitar fuerza a los aparatos de los partidos, promover una ciudadanía activa. Pero la más importante consiste, a mi juicio, en formar mayorías cultivando pueblo y no masa.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, directora de la Fundación ÉTNOR y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
domingo, 22 de febrero de 2009
Del 'prohibido fumar' al 'prohibido pensar'
MOISÉS NAÍM 22/02/2009
En Estados Unidos, el 76% de la población piensa que la guerra contra las drogas ha fracasado. Al mismo tiempo, una igualmente abrumadora mayoría piensa que las políticas en las que se basa la guerra contra las drogas (represión de la producción, interdicción de las importaciones, prohibición del consumo y criminalización) no se pueden cambiar. Esta contradicción no es sólo de los estadounidenses.
Las encuestas revelan que estas ideas forman parte de las creencias de altos porcentajes de la población en muchos países: pobres y ricos, exportadores e importadores de narcóticos, democráticos y autoritarios, asiáticos, europeos o americanos.
¿Cómo explicar esta irracionalidad? ¿Cómo es posible estar en contra de cambiar una política pública que se sabe que no funciona? Mi respuesta es que la prohibición de todo lo relacionado con las drogas ha creado un clima donde también está vedado pensar libremente sobre alternativas a la prohibición. Un senador estadounidense que me habló con la condición de que no revelara su identidad me dijo: "Muchos de mis colegas y yo sabemos que los esfuerzos que se hacen para combatir el narcotráfico y el consumo de drogas no sólo no funcionan sino que tienen efectos contraproducentes. Pero esta es una posición políticamente suicida. Si lo digo públicamente es casi seguro que pierda mis próximas elecciones".
Y no son sólo los políticos: "¿Por qué a pesar de los esfuerzos, la situación en Afganistán se ha deteriorado tanto? En mi opinión la principal causa es el tráfico de drogas, que es sin duda alguna la fuerza económica que nutre el resurgimiento de los talibanes... Cuando estuve allí en 2006 no podíamos ni mencionar el tema. Era un asunto sobre el que nadie quería hablar". Esto lo dijo el general James Jones, ex comandante del Cuerpo de Marines (1999-2003) y comandante supremo de la Alianza Atlántica (2003-2006). Cabe notar que esta declaración la hizo meses antes de saber que iba a ser nombrado por el presidente Barack Obama asesor para la Seguridad Nacional.
La manera en la que el mundo enfoca el problema del tráfico y consumo de drogas es indefendible. Todos los analistas objetivos que han examinado el tema concluyen que el régimen actual requiere una urgente y profunda reforma. El problema es que cualquier propuesta en este sentido es usualmente contestada con acusaciones de ingenuidad, complacencia con los narcotraficantes y hasta de complicidad con ellos. Sin embargo, la realidad y los números son abrumadores. A pesar de los inmensos esfuerzos no hay evidencia alguna de que se estén alcanzando los objetivos de disminuir la producción o el consumo de drogas. Recientemente, el Gobierno británico informó de que en ese país la abundancia de cocaína es tal que estaba costando menos que una cerveza o una copa de vino. En Estados Unidos, uno de cada 100 ciudadanos está en la cárcel, la inmensa mayoría por tenencia de drogas. (Cada recluso le cuesta al Estado 34.000 dólares al año -unos 26.000 euros-, mientras que el costo anual de tratar a un adicto a las drogas es de 3.400 dólares). La violencia que se vive en México, Colombia o en cualquiera de los barrios pobres de América Latina, África y Asia es en gran medida un daño colateral causado por la guerra contra las drogas. La situación es insostenible y necesita un nuevo enfoque.
Esto es lo que acaba de proponer la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, un grupo de 17 latinoamericanos del cual formo parte. La comisión, presidida por tres muy respetados ex presidentes, Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Cesar Gaviria, de Colombia y Ernesto Zedillo, de México, divulgó sus recomendaciones después de casi un año de trabajo, que incluyó la revisión de la mejor evidencia disponible y de amplias consultas con científicos, policías, médicos, militares, alcaldes y expertos en salud pública. Por favor, lea el informe en www.drogasydemocracia.org.
La comisión no cree que existan políticas alternativas a la prohibición que estén exentas de costos y riesgos. Pero sí cree que hay que considerar y probar otros enfoques que traten al problema de las drogas más como un asunto de salud pública que como una guerra.
Hablar genéricamente de "legalización de las drogas" es superficial e irresponsable y sólo sirve para banalizar y estancar la discusión. Pero prohibir la discusión racional de los costos y beneficios de descriminalizar la tenencia de marihuana para el consumo individual, por ejemplo, es aún más irresponsable.
El consumo de drogas es una maldición contra la cual hay que luchar. Pero hay que hacerlo bien. Y eso no sucederá mientras exista la prohibición de pensar libremente en qué significa hacerlo bien.
mnaim@elpais.es
En Estados Unidos, el 76% de la población piensa que la guerra contra las drogas ha fracasado. Al mismo tiempo, una igualmente abrumadora mayoría piensa que las políticas en las que se basa la guerra contra las drogas (represión de la producción, interdicción de las importaciones, prohibición del consumo y criminalización) no se pueden cambiar. Esta contradicción no es sólo de los estadounidenses.
Las encuestas revelan que estas ideas forman parte de las creencias de altos porcentajes de la población en muchos países: pobres y ricos, exportadores e importadores de narcóticos, democráticos y autoritarios, asiáticos, europeos o americanos.
¿Cómo explicar esta irracionalidad? ¿Cómo es posible estar en contra de cambiar una política pública que se sabe que no funciona? Mi respuesta es que la prohibición de todo lo relacionado con las drogas ha creado un clima donde también está vedado pensar libremente sobre alternativas a la prohibición. Un senador estadounidense que me habló con la condición de que no revelara su identidad me dijo: "Muchos de mis colegas y yo sabemos que los esfuerzos que se hacen para combatir el narcotráfico y el consumo de drogas no sólo no funcionan sino que tienen efectos contraproducentes. Pero esta es una posición políticamente suicida. Si lo digo públicamente es casi seguro que pierda mis próximas elecciones".
Y no son sólo los políticos: "¿Por qué a pesar de los esfuerzos, la situación en Afganistán se ha deteriorado tanto? En mi opinión la principal causa es el tráfico de drogas, que es sin duda alguna la fuerza económica que nutre el resurgimiento de los talibanes... Cuando estuve allí en 2006 no podíamos ni mencionar el tema. Era un asunto sobre el que nadie quería hablar". Esto lo dijo el general James Jones, ex comandante del Cuerpo de Marines (1999-2003) y comandante supremo de la Alianza Atlántica (2003-2006). Cabe notar que esta declaración la hizo meses antes de saber que iba a ser nombrado por el presidente Barack Obama asesor para la Seguridad Nacional.
La manera en la que el mundo enfoca el problema del tráfico y consumo de drogas es indefendible. Todos los analistas objetivos que han examinado el tema concluyen que el régimen actual requiere una urgente y profunda reforma. El problema es que cualquier propuesta en este sentido es usualmente contestada con acusaciones de ingenuidad, complacencia con los narcotraficantes y hasta de complicidad con ellos. Sin embargo, la realidad y los números son abrumadores. A pesar de los inmensos esfuerzos no hay evidencia alguna de que se estén alcanzando los objetivos de disminuir la producción o el consumo de drogas. Recientemente, el Gobierno británico informó de que en ese país la abundancia de cocaína es tal que estaba costando menos que una cerveza o una copa de vino. En Estados Unidos, uno de cada 100 ciudadanos está en la cárcel, la inmensa mayoría por tenencia de drogas. (Cada recluso le cuesta al Estado 34.000 dólares al año -unos 26.000 euros-, mientras que el costo anual de tratar a un adicto a las drogas es de 3.400 dólares). La violencia que se vive en México, Colombia o en cualquiera de los barrios pobres de América Latina, África y Asia es en gran medida un daño colateral causado por la guerra contra las drogas. La situación es insostenible y necesita un nuevo enfoque.
Esto es lo que acaba de proponer la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, un grupo de 17 latinoamericanos del cual formo parte. La comisión, presidida por tres muy respetados ex presidentes, Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Cesar Gaviria, de Colombia y Ernesto Zedillo, de México, divulgó sus recomendaciones después de casi un año de trabajo, que incluyó la revisión de la mejor evidencia disponible y de amplias consultas con científicos, policías, médicos, militares, alcaldes y expertos en salud pública. Por favor, lea el informe en www.drogasydemocracia.org.
La comisión no cree que existan políticas alternativas a la prohibición que estén exentas de costos y riesgos. Pero sí cree que hay que considerar y probar otros enfoques que traten al problema de las drogas más como un asunto de salud pública que como una guerra.
Hablar genéricamente de "legalización de las drogas" es superficial e irresponsable y sólo sirve para banalizar y estancar la discusión. Pero prohibir la discusión racional de los costos y beneficios de descriminalizar la tenencia de marihuana para el consumo individual, por ejemplo, es aún más irresponsable.
El consumo de drogas es una maldición contra la cual hay que luchar. Pero hay que hacerlo bien. Y eso no sucederá mientras exista la prohibición de pensar libremente en qué significa hacerlo bien.
mnaim@elpais.es
sábado, 7 de febrero de 2009
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