viernes, 27 de junio de 2008

León Gieco "Yo soy del campo"



Ala hora de trazar sus coordenadas de tiempo y espacio, León Gieco dice que está sin hacer nada y contando las horas para “ir a la presentación de Café de los Maestros”, la película de Walter Salles sobre proyecto de Gustavo Santaolalla.
Pero el cantautor santafesino sabe que lo más oportuno para hablar con él, un emergente del campesinado convertido en referencia de la canción testimonial, es el conflicto entre el Gobierno y el campo. También es de interés la cuestión porque él siempre se ha mostrado favorable a los actos de gobierno del matrimonio Kirchner. “El conflicto está en que en el campo no todos piensan igual. Es muy burdo decir ‘el campo nos ha dado de comer toda la vida’. No señor, fue la tierra. Porque hay mucha gente del campo que tiene depositada la plata en bancos de Norteamérica, ¿viste?”, es lo primero que expresa León con respecto a un cortocircuito que lleva más de 100 días.
Luego sigue: “El conflicto es antiguo, y viene de los tiempos de unitarios y federales. Y ahora, la pelea es ésta; no es una cuestión de retenciones sino de política. Está bueno que se haya armado este quilombo porque se pusieron muchas cosas en caja. Lo de las retenciones, que la presidenta haya mandado todo al Congreso, me parece que lo tendría que haber hecho de movida. ¿Y los congresistas que hicieron desde el vamos? Hay una quietud medio pelotuda por parte de la gente del Congreso. También hay gestos de arrogancia de algunos referentes del campo; de algunos”.

–¿Quiénes serían los no arrogantes?
–Yo soy del campo, mi abuelo me llevaba a arar con caballos. Nada de siembra directa. Sé cuál es el discurso representativo del campo, que es el que da De Angeli. No es oligarca, ni especulador. Es un pequeño empresario del campo, el que se banca las sequías, las inundaciones. Se banca eso de pasar dos años sin cosechar. De Angeli sabe de lo que habla. Después están los que tienen millones de hectáreas que son los que ponen la plata afuera y, por otro lado, el Gobierno, que tardó mucho para armar una comisión para atender los problemas del sector. No creo que los Fernández sepan tanto de campo para ser ellos mismos “la” comisión. La gente del campo no es toda lo mismo. No da para meterlos en la misma bolsa.

–Entonces no da poner “Bandidos rurales” como música de fondo de un informe televisivo.
–No, esa canción está referida a otra cuestión. El otro día, antes del discurso de Cristina pasaron Bandidos Rurales. Es un vivillo que dijo “pasemos esto”. Cuando lo escuché, lo único que atiné a decir fue “¡qué hijo de puta!”

León tiene un nuevo disco, aunque no de canciones inéditas. Se llama Por partida triple y consta de colaboraciones suyas para otros artistas. La edición es de disco triple y se ampara en tres preceptos: “rock, folklore y rutas”. De los tres, y teniendo en cuenta cuál es el tema más espinoso por estos días, conviene concentrarse en “folklore”.

–¿Considerás al folklore música emergente del campo?
–La base del folklore es la música del campo, como el folk americano. Allá, el jazz es capitalino y el country es de campo. Acá, el rock es lo capitalino tanto como el tango, mientras que el folklore es del campo. Lo que pasa es que los mercados confunden la cosa. No obstante, vamos a creer lo que decía Facundo Cabral: “No es lo mismo cantar una zamba debajo de un ombú que en un décimo piso”.

Fuente: La Voz del Interior

martes, 24 de junio de 2008

En busca de partidos estables

Timothy Garton Ash 28/10/2007

De vez en cuando, justo cuando estamos empezando a hartarnos, alguna cosa nos recuerda que la democracia es maravillosa। El domingo pasado, jóvenes polacos hicieron pacientemente cola no sólo en Varsovia y Wroclaw, sino en Dublín y Londres, para votar por una Polonia en la que puedan tener futuro। El placer más elemental de la democracia -nosotros, el pueblo, elegimos a nuestros gobernantes- les estuvo negado a sus padres hasta el fin del comunismo, en 1989। Los chicos de 18 y 19 años en esas colas también estaban experimentándolo por primera vez. La participación, aunque baja, fue la mayor desde las históricas elecciones de aquel año. Fueron sobre todo los jóvenes los que acudieron en un número que no se esperaba; el resultado ha sorprendido a todo el mundo.

Ya estaba bien. Había llegado el momento de cambiar. Así que, por utilizar una expresión rotunda, "expulsaron a los sinvergüenzas". El más moderado de los "gemelos terribles" sigue siendo presidente, pero Jaroslaw Kaczynski, más sanguinario y dado a las conspiraciones, ha dejado de ser primer ministro. Su partido, aunque obtuvo casi la tercera parte de los votos, sufrió una derrota inequívoca. E igualmente satisfactorio fue que dos pequeños partidos populistas y obstinados, el llamado Partido de Autodefensa y la Liga de Familias Polacas, consiguieran menos del 5%, por lo que no estarán representados en el Parlamento. La noche de las elecciones me gustó especialmente el momento en el que la televisión polaca conectó con el cuartel general del horrible Partido de Autodefensa para mostrar un salón totalmente iluminado y completamente desierto. No parecía que hubiera nadie aparte del periodista de la televisión y un melancólico portavoz con bigote. Se acabó la fiesta. El último, que apague las luces.

Éste es un buen resultado para la democracia, para Polonia y para Europa. En ciertos aspectos, la secuencia histórica no podría ser mejor. Una vez que Polonia está a salvo en la UE y la OTAN, la tendencia xenófoba, provinciana, retrógrada y germanófoba que siempre ha existido en la sociedad polaca tiene su oportunidad de gobernar. Lo estropea todo en sólo dos años. Entonces, una clara mayoría de votantes decide en elecciones libres y justas que ésa no es la Polonia en la que quiere vivir, no es el rostro que quieren enseñar al mundo. Quieren un país más moderno, más progresista, más europeo y más occidental. ¿Hay algo más claro y limpio que esta decisión libre? La democracia, como decía Karl Popper, es el sistema en el que la gente puede cambiar su Gobierno por medios pacíficos.

Por desgracia, los gemelos Kaczynski no se limitaron a empeorar las cosas para sí mismos; también empeoraron las cosas para un Estado débil, dominado por el sectarismo y la corrupción. Prometieron un país más fuerte y más limpio, y han dejado uno más débil y más sucio. El nuevo Gobierno polaco tendrá que trabajar enormemente para restaurar -mejor dicho, para instaurar desde cero- una buena práctica de gobierno, sujeta al imperio de la ley. No estoy seguro de que lo consigan. Ahora bien, por lo que respecta a la política exterior, el cambio debería ser más fácil. Dentro de la UE, este Gobierno seguirá estando más próximo a los euroescépticos, pero seguramente será moderado y razonable en la defensa de sus intereses nacionales. No se dejará llevar por un miedo anacrónico y decimonónico a Alemania. La tarea de incordiar en la UE volverá a recaer sobre su encargada tradicional, Gran Bretaña.

Existe otro aspecto en esta historia que tiene una dimensión más amplia. Desde el final del comunismo, la política polaca se ha caracterizado por su imposibilidad de consolidar partidos políticos grandes y duraderos, ni en el centro-izquierda, ni en el centro-derecha. A lo largo de los años ha habido partidos que han surgido y han desaparecido como solteros esperanzados en una sesión de citas rápidas. Los acrónimos no han dejado de bailar, como letras dentro de un caleidoscopio. Durante un tiempo pareció que los poscomunistas iban a crear un partido socialdemócrata moderno, pero todo se derrumbó en una ciénaga de escándalo y corrupción. Tampoco ha logrado este país abrumadoramente católico crear un partido democristiano moderno, como el de Alemania. Los políticos son siempre los mismos, los partidos cambian. El grupo que ha ganado en esta ocasión, la Plataforma Cívica, está en el Parlamento desde 2001. No hay más que un partido que haya estado presente de forma ininterrumpida desde 1989: el Partido Campesino (que es, por cierto, el socio más probable para formar Gobierno con la Plataforma). No creo que sea casual que este partido sea además el único que representa a un grupo social concreto y bien definido: los campesinos, benditos sean.

El caleidoscopio de acrónimos no es un fenómeno exclusivo de Polonia. Si se observan las elecciones de otros países poscomunistas, es frecuente ver una volatilidad parecida: menor en algunos sitios (la República Checa, Hungría) y casi equiparable en otros. Pero tampoco es sólo una cacofonía poscomunista. Piénsese en Italia, que al acabar la guerra fría sufrió un terremoto en su sistema político. Por lo que muestran las actas, ninguno de los partidos que se encontraban en la Cámara baja del Parlamento italiano en otoño de 1987 está todavía presente. El único que ha tenido escaños de forma ininterrumpida desde 1992 es el de Refundación Comunista (el segundo, que sólo estuvo ausente dos años, es el Partido Popular del Sur del Tirol, o Südtiroler Volkspartei; es decir, el premio es para los representantes de una minoría de habla germana y una ideología nacida en Alemania).

A principios de este mes, los italianos recibieron una invitación de otro partido nuevo. En un extraordinario sondeo de opinión, vagamente parecido a una primaria de Estados Unidos, más de 3,4 millones de votantes escogieron al alcalde de Roma, Walter Veltroni, para encabezar un nuevo partido de conjunto llamado (a la americana) Demócrata, que reúne a los antiguos Demócratas de Izquierdas y el antiguo Partido de la Margarita; es decir, a ex comunistas, ex democristianos, ex republicanos, ex liberales y ex socialistas (aunque tal vez, en el fondo de sus corazones, sigan siendo todas esas cosas). "No nos están pidiendo que seamos el siguiente escalón", dijo Veltroni, "sino que hagamos un partido completamente nuevo".

Para países como Gran Bretaña y Estados Unidos, que aguantan impasibles desde hace tiempo con los dos o tres mismos partidos, todo esto puede parecer una serie de mareantes danzas latinas y eslavas. Perder un partido político es comprensible, perderlos todos parece una auténtica dejadez. Por su parte, los politólogos disponen de complejos argumentos sobre la relación entre los sistemas electorales y los sistemas de partidos (por ejemplo, que las elecciones de tipo británico, en las que el ganador se queda con todo, son seguramente las que más favorecen un sistema de dos partidos).

Piénsenlo por un momento: si nuestros partidos tradicionales no existieran, ¿los inventaríamos? Lo más seguro es que no. Están ahí porque están ahí. Ya no representan a grupos sociales distintivos (es decir, el laborismo ya no representa a los trabajadores) ni principios característicos. En Gran Bretaña, laboristas y conservadores cruzan las líneas sin cesar en su lucha por ganarse el afecto de una (pequeña) clase media más o menos liberal. En la conferencia del Partido Laborista, el primer ministro, Gordon Brown, pronuncia un discurso propagandístico sobre la identidad británica, la ley y el orden, frente a un fondo azul y conservador; el líder conservador, David Cameron, se muestra descorbatado y progresista, aunque luego vuelve a arreglarse. Se roban uno a otro los planes políticos -el último, sobre la reducción de los impuestos de sucesión- como travestís que se pelearan por el mismo vestido de cóctel. Son meros aparatos para sumar intereses y prejuicios; máquinas para ganar elecciones, unidas sólo por la historia y el ansia común de poder. No obstante, tener un sistema de partidos estable sigue ofreciendo muchas ventajas. El problema es: ¿cómo crearlo si nunca se ha tenido, lo que ocurre en Polonia, o cómo recrearlo si se ha venido abajo, como en Italia?

lunes, 23 de junio de 2008

REPORTAJE a Santiago Kovadloff

Por Magdalena Ruiz Guiñazu

A lo largo de 15 libros y después de innumerables conferencias, en las que ha explicitado la lucidez de su pensamiento, Santiago Kovadloff llega ahora a las librerías con otro título: El enigma del sufrimiento, una encrucijada que los argentinos hemos transitado ya en demasiadas oportunidades।
—Yo he escrito, y escribo, cuentos para niños, poemas y muchos ensayos. Espero que este libro no sea el último, puesto que el terror de todo escritor, cuando finaliza una obra en la que ha trabajado durante mucho tiempo, es que junto con esa última obra él se despida de la posibilidad de crear. Usted sabe que la inspiración es frágil y, a la vez, indispensable...
—Pero, Kovadloff, en el país en que vivimos, la inspiración no le va a faltar... A veces, uno piensa que para los argentinos es difícil curarse del todo, por no poder cerrar viejas heridas...
—En este último libro, yo intento realzar el sentido fecundo del sufrimiento y lo distingo del dolor al que, en cambio, asocio al puro padecimiento. Aquí intento estudiar la viabilidad o no del tránsito del dolor al sufrimiento. El sufrimiento está asociado con la capacidad que un individuo o un pueblo tiene para elaborar sus dificultades. Y lo llamo “sufrimiento”, porque la huella de lo padecido siempre queda en quien va más allá de lo padecido.
—Y el miércoles 18, por ejemplo, en aquella multitudinaria Plaza de Mayo ¿dónde estaban las huellas del padecimiento?
—Yo creo que una de las grandes dificultades que tiene el oficialismo es la capitalizar los fracasos que la Argentina ha tenido en su transición a la vida democrática. El ex presidente Kirchner ha tratado de decir que, en la actualidad, se enfrentan el presente y el pasado. El asocia el pasado a la protesta que, siendo inicialmente campesina, desbordó hacia las ciudades y se convirtió en protesta ciudadana. En cuanto al presente, el Dr. Kirchner lo vincula con el posicionamiento del Gobierno. Yo creo que es exactamente al revés. Y le explico por qué. Me parece que la demanda de vida constitucional sólida, y de vida parlamentaria fecunda con democratización del debate, es un rasgo distintivo de la protesta que se origina en el campo y pasa a las ciudades. En cuanto al pasado entendido como reivindicación de lo inamovible, de lo intolerante, del autoritarismo, está presente en el discurso de este ex presidente que no conoce los matices de la convivencia. Kirchner está dispuesto a ejercer el poder a expensas del prójimo, y ha hecho de toda diferenciación de sus ideas un signo de hostilidad y de golpismo. La pobreza de los conceptos que emplea para caracterizar a quienes no coinciden con él prueba la densidad de su intolerancia al intercambio de ideas y al ejercicio democrático del poder.
—¿Usted no cree que Néstor Kirchner tiene características adolescentes muy acentuadas?
—¡Bueno, eso que usted dice va en desmedro de los adolescentes!
—¿Por qué?
—Simplemente, porque en los adolescentes la crisis va acompañada de una fuerte angustia, mientras que aquí hay una rigidez que es más bien característica de una adultez dogmática. Es un pensamiento que está más cerca del integrismo que de lo que podríamos llamar una crisis cabal. En la crisis cabal hay matices. De hecho, en la crisis social que vive la Argentina hay matices. Si de un lado están los voceros del ex presidente, como D’Elía, del otro lado, dentro de la comunidad, lo que podemos advertir es un afán de interdependencia entre los que son voceros del conflicto. Nadie quiere tener el monopolio de la palabra. ¡Y esto no es un rasgo del Gobierno!...
—Pero aquí surge (y no sé si usted estará de acuerdo) una especie de síndrome de abstinencia del poder. Daría la sensación de que esto obsesiona al Dr. K. Fíjese que el miércoles, después del acto en la Plaza de Mayo, pensando en que quizás se había cortado la cadena oficial, veíamos a Kirchner solo, en medio del escenario, agitando una Bandera argentina como si fuera un niño. Es, en cambio, un hombre grande que ha sido exitoso, pero que no puede abandonar el escenario...
—Mire, en filosofía hay un concepto, el de solipsismo, que encarna lo que usted acaba de describir. Le explico: el solipsismo es una corriente de pensamiento que caracteriza al individuo que está ensimismado, cerrado en su autorreferencia absoluta. El individuo para el cual, su “yo” es la totalidad de lo real. Este ensimismamiento profundo es muy insular, y caracteriza la formación cultural de individuos que han vivido en el aislacionismo característico de 16 años de administración de una provincia en la que, para afianzarse en el poder, la descalificación del prójimo como interlocutor ha sido esencial. Trasladar estos criterios a una República, pretender hacer de la totalidad del país un escenario monótonamente sometido, es confundir las demandas de un Gobierno intolerante con las necesidades de una República que tiene que crecer.
—Sí, pero ¿cómo crece un país? ¿Siempre tiene que ser a través del sufrimiento?
—Los países crecen capitalizando el dolor. Aprendiendo de sus experiencias y de sus errores. De sus experiencias frustradas. Mire, el gran capital de la maduración cívica es la meditación y el aprovechamiento de los errores pasados. Cuando caemos en el campo de la monotonía (es decir, de la reiteración de los criterios que van desde las entonaciones de voz hasta el repertorio de conceptos machacados), uno advierte que no se está trabajando por el crecimiento, sino por la duración. “Durar” es algo muy difícil de vivir. Es algo muy distinto a vivir. “Durar” es empeñarse en no perder protagonismo aunque la vitalidad del propio posicionamiento no sea rica. Y lo indispensable para poder “durar” es dirigirse al otro como si tampoco quisiera vivir. Como si sólo aspirara a durar. Entonces, una de las estrategias de la supervivencia, como es el prebendarismo, entra en escena para condenar al beneficiario a sostenerse en la duración. No se le habilita la posibilidad, por ejemplo, de crecer y desplegarse. Se lo condena a la inmovilidad de la dependencia. Este discurso paternalista y autoritario es un signo de la tendencia que los gobernantes muestran al aferrarse al pasado y al no aceptar los desafíos del porvenir.
—¿A usted le parece que la pareja presidencial (y me refiero a ellos en estos términos porque el miércoles, cuando los veía abrazarse en el escenario, parecían una pareja monárquica y reinante) comparte estos conceptos?
—Yo pienso que si en la intimidad no los comparten, de hecho, en la vida social y en la manifestación pública, no se advierten fisuras en los dos discursos. Hay una posición fundamental que es el maniqueísmo. Le explico: maniqueísmo es el capital básico compartido. La idea de que uno no está frente a un adversario, ¡sino frente al enemigo! Esta presunción obliga, entonces, a dividir el país en clases sociales, en ideologías irreconciliables y es la manifestación de una profunda pérdida de actualización. En la senilidad no hay nada más penoso que la pérdida del sentido de lo real. Y estas dos personas (Néstor y Cristina), si bien no son viejas, son seniles conceptualmente. ¿Por qué? Pues porque se mueven en un mundo que ya no tiene consistencia real, pero al que necesitan perpetuar para no perder el sentido de su propia identidad.
—¿Y cuál sería, a través de su mirada, la identidad que hoy tiene la Argentina como país?
—Yo diría que el rasgo positivo que advierto en esta crisis es la reivindicación inamovible de la institucionalidad. El deseo de inscribir los conflictos en un cauce institucional es una demanda con que la inmensa mayoría de la gente ha venido a reemplazar (con creces) aquel triste: “¡Que se vayan todos!”. Lo que la gente quiere, hoy, son instituciones. Un marco legal dentro del cual encarar los conflictos, porque la mera sectorialización de los problemas, cuando no se inscribe en el marco institucional, lleva a la democracia directa. Y la democracia directa les quita protagonismo a las inve stiduras de la República. Lo que yo advierto en quienes hoy no están situados en una posición de conformidad con el Gobierno es un enorme anhelo de institucionalidad.
—Sí, parecería ser algo bastante espontáneo, ¿pero cómo analiza la decisión de reanudar el paro que, en realidad, iba a terminar el 18 a la noche?
—¡La decisión de reanudar el paro es una medida tan drástica como la que tuvo la Presidenta al calificar a los dirigentes rurales más o menos como a cuatro caballeros del Apocalipsis! Yo creo que la respuesta que se les debe dar a las decisiones intolerantes es la amplitud y la constante demostración de que el diálogo no puede ser reemplazado por el abroquelamiento en la propia intransigencia.
—También aquí, Kovadloff, se da un fenómeno interesante y es que no hay una oposición vertebrada. La protesta y el enojo se dan, entonces, como usted bien dice, no en el fatídico “¡que se vayan todos!”, sino en un “¡que se queden todos, pero que se queden bien!”.
—Cuando advertimos en la gente una mayor demanda de fortaleza institucional, se le está haciendo directamente un reclamo a la oposición para que se ubique a la altura de las circunstancias y del ejemplo de interdependencia que han brindado las direcciones de las distintas agrupaciones campesinas que han sabido sostenerse en el marco de un conflicto tan profundo sin sufrir un desgaste en su convivencia. ¿Por qué no tenemos una oposición unida? Bueno, precisamente porque se ha privilegiado el liderazgo personal sobre los intereses colectivos.
—¿Usted no cree que la catástrofe de la Alianza también ha gravitado como un golpe casi mortal al pensamiento político?
—Creo que no, porque la estructura de la Alianza fue totalmente oportunista. La Alianza se vertebró para ganar una elección y no para sostener en el poder un ideal de convivencia. De hecho, apenas ganó las elecciones, se desintegró. Yo creo que ahora la situación es distinta. Hoy no estamos buscando una alianza oportunista para derrotar al oficialismo en las elecciones venideras. Estamos buscando una alternativa en la concepción del poder político. Y esa alternativa tiene, como signo distintivo, la demanda de consistencia institucional. Esto es lo que estamos pidiendo. En una palabra, que la vida institucional esté convalidada como el escenario exclusivo de la disidencia y de la coincidencia. Sólo un proyecto de mediano y largo plazo en la concepción de lo político puede ayudar a que el país se vertebre de verdad –Kovadloff se detiene, piensa y retoma con vehemencia–. Fíjese usted, lo que necesitamos es una oposición que venga desde el porvenir hacia el presente. Es decir, desde un ideal de futuro hasta una actualidad que se muestra muy difícil en función de ese ideal. ¡Hoy, la oposición está conceptualmente exigida por esta demanda popular que pide más civilidad y no necesariamente más poder!
—Más civilidad, pero también (algo muy interesante) más presencia de la Constitución...
—Es el centro de la demanda de más civilidad. La demanda de una vida constitucional rica es la que permite que el Parlamento tenga una vida real, y no de ficción. Hoy en día, estamos amenazados por la posibilidad de ver desplegado en el Parlamento un concepto de institucionalidad ficticia. Porque al estar los legisladores del oficialismo sometidos a una demanda de obediencia no crítica con respecto al Poder Ejecutivo, no contribuyen a otra cosa que a fortalecer la vida espectral del Congreso.
—Quizá dentro de esta tristeza haya algo saludable, y es que los legisladores tendrán que rendir cuenta, frente a sus votantes, de su desempeño en la banca. El país estará muy atento a lo que, a su vez, voten los legisladores...
—Es muy posible, pero esto también llevaría a una crisis muy profunda de la demanda del Poder Ejecutivo y las exigencias de la población que otorgó representatividad a los legisladores. Ojalá haya espacio para la reconsideración crítica de esta posición rígida con la que el Ejecutivo quiere que se encare el problema de las retenciones. Yo no soy muy optimista en cuanto a los resultados, porque me parece que si los legisladores aspiran a perpetuar su representatividad y el valor de su investidura, tendrían que haberse preparado a lo largo de mucho tiempo para reconsiderar lo que han hecho hasta hoy. Si actúan de un modo imprevisible para el oficialismo, es porque no han hecho otra cosa que intentar salvar su propio papel. Yo desearía más bien que la consideración de estas cuestiones, prolongándose en el tiempo y dando lugar a una reflexión madura, evidencie posiciones que no sean puramente circunstanciales.
—Es un toque de atención a la conciencia de cada uno. No sé si usted, cuando en su libro habla de sufrimiento, eso implica el esfuerzo por mantener una conducta coherente, llamémosle “moral”...
—Estoy de acuerdo. A mi visión del sufrimiento se asocia esta idea del esfuerzo que realiza un individuo para capitalizar sus padecimientos, para poder inscribirlos en un marco de aprendizaje. Una persona sufrida no es una persona doliente.
—¿Cuál es la diferencia?
—Una persona sufrida es aquella que evidencia las huellas que en ella ha dejado el duro aprendizaje que le impusieron el dolor y la adversidad.
—¿Usted definiría a la gente que fue el miércoles a la Plaza de Mayo como una masa sufriente o dolida?...
—Era una masa doliente, porque no era la demandante del discurso que se le destinó, sino la destinataria pasiva de la mayor parte del discurso que escuchó. Las voluntades se pueden comprar, y el precio se nota.
—¿Esto implica carencia de dirigentes?
—Sí, lógicamente. Mire, el gran “triunfo” de la dictadura militar fue haber vaciado de significación la vida cívica. La vida constitucional. Y no nos hemos repuesto de esto pese al enorme esfuerzo que realizó el gobierno del Dr. Alfonsín para transitar del autoritarismo a la vida democrática. El proceso no se pudo cumplir porque se privilegió la disputa por el poder, y no por el afianzamiento de la República. Entonces, esta carencia de líderes puede ir paliándose lentamente a medida que la demanda de otra calidad de liderazgo provenga no de los partidos, sino en dirección a los partidos. Y esto es lo que está ocurriendo hoy. Poco a poco, la exigencia de más calidad cívica y de una mejor vida constitucional está viniendo de las bases, de las clases medias que están pidiendo otro modo de gestionar lo político.
—Uno no puede dejar de pensar en las lecciones de la Historia. Por ejemplo, los países europeos, después de una terrible Segunda Guerra Mundial, ¿cómo se rehicieron? ¿Cómo apareció gente de transición como Adolfo Suárez en España después de la muerte de Franco? ¿Qué ingredientes mezclaron esos países para que aparecieran estos políticos?
—Bueno, comprendieron la esterilidad de los caminos que habían recorrido hasta ese momento. Y esto es fundamental: entender que transitando por el camino en el que veníamos no nos podemos encaminar hacia donde debemos. ¿Cuál es la dirección, entonces? En el orden nacional, regional y planetario, la demanda de la época es integración y convivencia. Esta es la gran demanda que está en el corazón de los desafíos del siglo XXI. Integración y convivencia significan entender que, en mi relación con el prójimo, constituyo mi identidad y no la subordino a mi poder, y constituyo mi poder si lo integro a mi identidad. Entonces, no tenemos todavía en la Argentina una cultura planetaria, capaz de inspirar estas soluciones nacionales. Y digo “cultura planetaria” porque significa una concepción de lo que la vida en el planeta está pidiendo en el presente, para que podamos aplicarla concretamente a nuestro país. Nuestro país necesita integración en el orden regional, provincial. Necesita federalismo, que es la expresión acabada de la convivencia en el nivel planetario. Es indispensable estar unidos, pero respetando las diferencias. Si no se respetan las diferencias, no hay unidad posible.

domingo, 22 de junio de 2008

El nacimiento del ciberactivismo político

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ 22/06/2008

Existe una notable efervescencia digital en la preparación de los congresos que la mayoría de las fuerzas políticas españolas (ERC, PP, PSOE, CDC...) han celebrado, están celebrando o van a celebrar antes de las vacaciones de verano. Se han llegado a debatir online diversas enmiendas de política 2.0 a las ponencias oficiales. En la mayoría de los casos, estas enmiendas abordaban el uso de las nuevas tecnologías en la acción política. Pero algunas han ido incluso más allá y, confiando en el potencial de cambio de las nuevas tecnologías, han propuesto repensar tanto el modelo organizativo de los partidos como sus fórmulas para el debate programático y sus mecanismos de relación con la ciudadanía.

Existe una fuerte convicción de oportunidad inaplazable. Las dificultades sociales y políticas a las que todos debemos enfrentarnos, en lo local y global, exigen que el talento y la creatividad latentes en la Red penetren y revitalicen las estructuras de los partidos democráticos para actualizar su concepción básica: la de servicio público. Hay hambre -y urgencia- de nuevas ideas para los nuevos desafíos. Y la Red palpita mientras las estructuras partidarias languidecen. Hay quien lo intuye y hay quien no quiere verlo aunque lo sabe.

El eco de la videopolítica y del activismo digital en la campaña para las elecciones generales del pasado 9 de marzo está muy presente en este contexto. Por primera vez, los partidos políticos utilizaron en España de forma masiva, estratégica y organizada diversas iniciativas en la Red para movilizar recursos humanos (descubrieron el potencial de los cibervoluntarios) y ensayaron acciones de comunicación viral muy efectivas. Asimismo, los medios de comunicación tradicionales, escritos o audiovisuales, experimentaron fórmulas de participación ciudadana basadas en el ciberespacio. Incluso se intentó, sin éxito, un debate digital entre los dos principales candidatos a la presidencia, Zapatero y Rajoy.

A esto se añade el que el apasionante duelo de las primarias demócratas norteamericanas ha impactado con fuerza en la política española, que se interroga sobre el capital de energía política y organizativa que suponen los ciberactivistas y la posibilidad de enrolarlos como cibermilitantes. Hay un gran consenso en que buena parte del éxito de Barack Obama ha radicado en el uso inteligente de las herramientas de la cultura 2.0. Obama ha comprendido la capacidad política de las redes sociales digitales, empezando por su capacidad para movilizar seguidores o para captar donaciones. Él ve las nuevas tecnologías no como un medio más, sino como el reflejo organizativo de una nueva cultura política. Y a ello se debe buena parte de la conexión del senador con los jóvenes y los sectores más dinámicos, que sienten que el candidato conversa con ellos a través de sus propios medios y sus propios códigos.

El momento es apasionante y sería imperdonable no aprovecharlo como palanca de renovación de la política española. Es una gran oportunidad para que los partidos acometan en profundidad un cambio de estilo y de cultura organizativa que sea capaz de hacerlos evolucionar hacia estructuras más abiertas, flexibles e innovadoras, como ya lo han hecho gran parte de las empresas, universidades y otras organizaciones en el marco de la sociedad de la información y la comunicación.

El anuncio, por ejemplo, del Plan de Modernización de las Agrupaciones con el que el PSOE está estudiando una reforma de su organización interna, ha creado un marco adecuado, en el espacio socialista, para este debate sobre el modelo de militancia en el siglo XXI. Las Casas del Pueblo no ofrecen hoy para muchos ciudadanos ningún atractivo, ni como espacio de socialización, diálogo o representación, ni como espacio de activismo político. Se han quedado casi sin pobladores y no reflejan la pluralidad sociológica y cultural de su entorno (especialmente en contextos urbanos). Mientras tanto, las causas y las ganas por comprometerse crecen en nuestra sociedad.

Otros partidos, como los catalanes PSC y CDC, también viven con intensidad la efervescencia de sus bases y se encuentran en pleno debate precongresual preguntándose cómo interpretar la pulsión de cambio y cómo acogerla sin defraudarla. Hay demanda de otra -y nueva- política. Hay urgencia de nuevas organizaciones.

Sin embargo, no todo el mundo participa de este ciberentusiasmo en el debate precongresual del PSOE. La enmienda 445 (impulsada por algunos socialistas valencianos) y la Facebook (animada por muchos activistas y recogida por varias federaciones) han recibido apoyos pero también fuertes rechazos. Hay miedo a que lo digital desborde y contamine. Algunos dirigentes, incluso jóvenes dirigentes, creen que los culos de hierro y los brazos de madera (en alusión al control orgánico de las asambleas de discursos interminables y votaciones unánimes) son más democráticos, "porque la gente está presente y da la cara". Y existe el recelo mal disimulado de que tanto hervor digital sea una moda, esté vacío de contenido político y sea prisionero de nuevos y elitistas dogmáticos que acaben ampliando la brecha digital. Pero los riesgos, algunos de ellos muy reales, no pueden ni deben paralizar los cambios necesarios y urgentes. La política formal puede llegar tarde y mal a lo emergente. Que no se extrañe entonces de ocupar el último lugar en la valoración social.

En este fuego cruzado, a algunos dirigentes tan sólo les tienta canalizar la energía de los activistas digitales para instrumentalizar su capacidad movilizadora, pero lateralizando su protagonismo y liderazgo. Creen que el espacio digital hay que colonizarlo, sin comprender que de lo que se trata es de influir y dejarse influir. Pretenden convertir lo digital en un nuevo espacio dogmático o de reclutamiento, pero así sólo se encontrarán con redes vacías de vitalidad. Otros identifican la Política 2.0 con propuestas sobre las TIC o con expresar simpatía con los defensores del software libre. Pero aquéllos y éstos se equivocarán (o se quedarán cortos) si simplifican o reducen la intensidad de estos cambios políticos a lo simplemente "tecnológico".

La cultura digital es una ola de regeneración social (de ahí su fuerza política) que conecta con movimientos muy de fondo en nuestra sociedad: placer por el conocimiento compartido y por la creación colectiva de contenidos; alergia al adoctrinamiento ideológico; rechazo a la verticalidad organizativa; fórmulas más abiertas y puntuales para la colaboración; nuevos códigos relacionales y de socialización de intereses; reconocimiento a los liderazgos que crean valor; sensibilidad por los temas más cotidianos y personales; visión global de la realidad local y creatividad permanente como motor de la innovación. Sí, hay esperanza de nuevos liderazgos. Pero en la Red sólo se reconoce la autoridad, no la jerarquía. Mejor las causas que los dogmas.

Así que no estamos hablando simplemente de nuevos militantes (cibermilitantes) o de un nuevo campo de batalla política (la Red). Tampoco se trata tan sólo de nuevas herramientas (blogs, wikis, twitter, redes, videopolítica...). Ni tampoco se resuelve esta cuestión con una nueva "sectorial" (la de la sociedad del conocimiento y la información). No, no hablamos sólo de tecnología. Hablamos de la política del futuro. De comprenderla nuevamente, de repensarla en la sociedad red.

Si se quiere, puede empezarse por el nombre de la cosa. ¿Cibermilitantes? Ahora que estamos en pleno periodo de celebración de congresos, sería una gran contribución hacer una pequeña renovación semántica. ¿Por qué no abandonar definitivamente la palabra "militante" y reivindicar la de "socio" o "activista"? A pesar del valor emocional y político que tuvo en el pasado, la palabra "militante" tiene hoy resonancias comunicativas de disciplina férrea, excluyente y acrítica. Además, no aparece ni una sola vez en la Ley de Partidos, que utiliza siempre el término "afiliados".

Ahora que están a tiempo, piénsenlo, por favor. Si quieren hacer ciberpolítica, no insistan en llamar cibermilitantes a los activistas. Empiecen por las palabras. No es un cambio menor. Y sigan luego con los otros. Ha llegado el momento.

viernes, 20 de junio de 2008

Historia de dos revoluciones Timothy Garton Ash 11/05/2008


Durante la revolución de terciopelo de 1989 vi un cartel improvisado en un escaparate de Praga. Mostraba el número "68" invertido y convertido en "89", con unas flechas que indicaban la rotación. Dos años, 1968 y 1989: la historia de dos revoluciones. O al menos, dos oleadas de lo que muchos llamaron en su día "revolución". Un cuadragésimo aniversario este año, un vigésimo aniversario el año que viene. ¿Cuál de los dos se recordará más? ¿Y cuál cambió verdaderamente más cosas?

El 68 será difícil de superar en cuanto a conmemoraciones. Ya ha corrido más tinta sobre el aniversario de 1968 que sangre en las guillotinas de París tras 1789. Al parecer, sólo en Francia se han publicado más de cien libros para recordar el drama revolucionario de Mayo del 68. Alemania también ha tenido su propia fiesta de la cerveza llena de intelectuales; Varsovia y Praga han revisitado las agridulces ambigüedades de sus respectivas primaveras; incluso el Reino Unido se las ha arreglado para tener un número retrospectivo de la revista Prospect, la principal revista mensual de ideas del país.

Las causas de esta orgía publicitaria no son difíciles de comprender. La generación del 68 es un grupo excepcionalmente bien definido en toda Europa, seguramente el mejor definido desde la que podríamos llamar del 39, quienes vieron alterada su vida para siempre por su experiencia juvenil en la II Guerra Mundial. Los que eran estudiantes en 1968, hoy tienen alrededor de 60 años y ocupan los puestos de mando de la producción cultural en la mayoría de los países europeos. ¿Creen que van a perder la ocasión de hablar sobre su juventud? Están de broma, ¿no? ¿Qué dice, que no soy importante, moi?

No existe una generación del 89 comparable. Los protagonistas de aquel año de las maravillas fueron otros: más variados y podría decirse que más sérieux. Disidentes veteranos, miembros de los aparatos, dirigentes eclesiásticos, hombres y mujeres trabajadores, de mediana edad, que ocuparon pacientemente las calles para decir, por fin, que ya estaba bien. Los estudiantes desempeñaron su papel en algunos lugares -entre otros, Praga, donde una manifestación estudiantil fue el detonante de la revolución de terciopelo- y, 20 años después, algunos de ellos ocupan lugares destacados en la vida pública de sus respectivos países. Pero los líderes del 89, en general, eran mayores, y de hecho muchos habían vivido ya el 68. Incluso los "héroes soviéticos de la retirada" del grupo de Mijaíl Gorbachov se inspiraron en los recuerdos de 1968.

Por regla general, los acontecimientos que recordamos con más intensidad son los que vivimos cuando éramos jóvenes. El amanecer que vimos a los 20 años, del brazo de una chica o un chico, puede ser falso, después de todo; el que presenciamos a los 50 puede cambiar el mundo para siempre; sin embargo, la memoria, esa sinvergüenza, siempre preferirá el primero. Además, mientras que 1968 se produjo en Europa occidental y oriental, en París y Praga, 1989 sólo se produjo en la mitad oriental. Los europeos occidentales, en su mayoría, fueron espectadores fascinados del 89, no actores participantes.

Desde el punto de vista político, el 89 cambió mucho más. Las primaveras de 1968 en Varsovia y Praga acabaron en derrota; las de París, Roma y Berlín acabaron en restauraciones parciales o cambios muy graduales. La manifestación más grande en París fue seguramente la del 30 de mayo de 1968, una manifestación de la derecha, a la que el electorado reinstauró en el poder a continuación durante otros 10 años. En Alemania Federal, parte del espíritu del 68 logró introducirse en la socialdemocracia reformista de Willy Brandt. En todos los países de Occidente, el capitalismo sobrevivió, se reformó y prosperó. Las revoluciones de 1989, en cambio, acabaron con el comunismo en Europa, el imperio soviético, la división de Alemania y una lucha ideológica y geopolítica -la guerra fría- que había determinado toda la política mundial durante medio siglo. Fue, en términos geopolíticos, tan importante como 1945 y 1914. En comparación, el 68 fue una nadería.

Vista desde hoy, gran parte de la retórica marxista, trotskista, maoísta y anarco-liberacionista del 68 parece verdaderamente ridícula, infantil y moralmente irresponsable. Es, para citar a George Orwell, como si se hubieran puesto a jugar con fuego unas personas que ni siquiera sabían que el fuego quema. Rudi Dutschke habló ante el congreso sobre Vietnam celebrado en Berlín Oeste y, tras evocar el inicio de un "periodo cultural-revolucionario de transición" -es decir, con la brutal y asesina revolución cultural del presidente Mao como modelo que Europa debía imitar- y describir el Vietcong como "fuerzas revolucionarias de liberación" contra el imperialismo estadounidense, dijo que esas verdades liberadoras se habían descubierto a través de "la relación específica de producción de los productores estudiantiles". La producción de majaderías, claro está. En la London School of Economics gritaban: "¿Qué queremos? Todo. ¿Cuándo lo queremos? Ya". Narcisos de bandera roja.

Los que en 1968 se mostraron tan duros respecto a la generación de sus padres (los del 39) por haber sido compañeros de viaje de los terrores del fascismo y del estalinismo podrían querer ahora, en este aniversario, hacer un pequeño examen de conciencia sobre su propia ligereza al comportarse como compañeros de viaje del terror en países remotos de los que sabían poca cosa. Pero en ese examen de conciencia hay que tener en cuenta también que muchos representantes destacados de la generación del 68 sí aprendieron de aquellos errores y frivolidades. En los mejores casos, se dedicaron durante los decenios posteriores a una política más seria de tipo liberal, socialdemócrata o de "nuevo evolucionismo" verde (por tomar prestada una expresión del polaco del 68 Adam Michnik), que incluyó el fin de un montón de regímenes autoritarios europeos, desde Portugal hasta Polonia, y la promoción de los derechos humanos y la democracia en países lejanos de los que aprendieron a saber más.

Un balance que califique el 68 como algo meramente frívolo, evanescente e inconsecuente, a diferencia de un 89 serio y lleno de consecuencias, es demasiado simplista. El arquetípico miembro del 68 Daniel Cohn-Bendit destaca un elemento crucial: "Vencimos en lo cultural y lo social, y afortunadamente perdimos en lo político". La revolución de 1989 produjo, con una asombrosa falta de violencia, una transformación trascendental de las estructuras políticas y económicas, tanto nacionales como internacionales. Desde el punto de vista cultural y social, fue más una restauración o, al menos, la reproducción o imitación de las sociedades de consumo occidentales. La revolución de 1968 no engendró ninguna transformación equiparable de las estructuras políticas y económicas, pero sí fue el catalizador de un profundo cambio cultural y social, tanto en Europa occidental como en la oriental (en realidad, 1968 representa aquí un fenómeno más amplio, "los sesenta", en los que la difusión de la píldora fue más importante que cualquier manifestación y cualquier barricada).

Un cambio de estas dimensiones no es nunca sólo positivo, y en nuestras sociedades actuales podemos ver algunas consecuencias negativas; no obstante, en conjunto, fue un paso adelante hacia la emancipación humana. En la mayoría de nuestras sociedades, la mayor parte del tiempo, las posibilidades de vida de las mujeres, los homosexuales y las lesbianas, de todo tipo de minorías y clases sociales que hasta el 68 se habían visto impedidas por una jerarquización rígida, son mucho mejores hoy que nunca. Incluso los críticos del 68 como Nicolas Sarkozy se han beneficiado de esa transformación (¿podría haber llegado a presidente un divorciado hijo de inmigrantes en el mundo idílico que, según él, existía antes del 68?)

A pesar de los enormes contrastes entre los dos movimientos, el resultado combinado del utópico 68 y el antiutópico 89 fue, en la mayor parte de Europa y gran parte del mundo, una versión globalizada de un capitalismo reformado, social y culturalmente progresista y políticamente socialdemócrata. Pero en este año de aniversario del 68 podemos observar problemas en la sala de máquinas de ese capitalismo reformado. ¿Y si esos problemas empeorasen el año próximo, justo a tiempo para el aniversario del 89? Eso sí que sería una revolución. -

"Hemos ganado" ENTREVISTA - Daniel Cohn-Bendit Eurodiputado y protagonista de Mayo del 68



ANDREU MISSÉ 11/05/2008

Daniel Cohn-Bendit (Montauban, Francia, 1945) es el referente más singular de Mayo del 68. Y sigue en la brecha 40 años después, pero ahora con nuevos horizontes: con los desafíos de la globalización, el cambio climático y la inmigración. Quizá por ello cree que hay que pasar la página de aquella rebelión, como explica en sus libros Forget 68 y La rebelión del 68, este último en colaboración con Rüdiger Dammann y que publicará próximamente en España Global Rhythm Press. Con su lucidez y estilo provocador, Cohn-Bendit, hoy copresidente del grupo Los Verdes del Parlamento Europeo, resume aquellos años con un categórico: "Hemos ganado", e incluye en la nómina de los beneficiarios al presidente francés, Nicolas Sarkozy.

Pregunta. Usted sostiene que Mayo del 68 no fue una revolución, sino una rebelión.

Respuesta. En todos los debates sobre Mayo del 68 es recurrente cuestionarse si fue una revolución. Para mí fue una rebelión. Sobre todo, una rebelión antiautoritaria que tuvo lugar un poco por todas partes. La rebelión de una juventud que había nacido después de la guerra y se revolvía contra el tipo de sociedad impuesto por las generaciones de la guerra. Los rebeldes eran diferentes en Polonia, en Estados Unidos, en Francia o en Alemania, pero el corazón fue precisamente esta rebelión antiautoritaria.

P. ¿Cuál es la diferencia?

R. La revolución supone un análisis clásico que pone siempre por delante el problema de la toma del poder, cuando precisamente la mayoría de la gente que estaba en la calle quería tomar el poder sobre sus vidas, y no el poder político. Por eso, la palabra rebelión es más adecuada.

P. Los sesentayochistas sustituyen consignas revolucionarias clásicas, como "abajo el capitalismo", por otras ideas como "está prohibido prohibir", "gozar sin trabas", "la burguesía no tiene otro placer que destruirlos todos" o "¡sed realistas, pedid lo imposible!". ¿Qué significa este cambio?

R. Creo que las palabras del orden tradicional continúan existiendo. Pero lo que es novedoso, lo que es precisamente esta novedad surrealista y que da una expresión poética a la revuelta, sobre todo a la de Mayo del 68, es su radicalización antiautoritaria.

P. ¿Sarkozy es un liquidador de la herencia del 68 o un producto contrariado del 68?

R. Sarkozy es un sesentayochista contrariado. Reinvidica para él una libertad de vida que es completamente de sesentayochista, pero que no tiene nada que ver con su política. Su ataque contra el 68 es un ataque contra natura, pues él se beneficia de todo lo que es el 68. Hace 40 años, un hombre dos veces divorciado no hubiera podido ser presidente de la República, era imposible.

P. En cierta medida, lo que sugiere es que los movimientos de liberación del 68 son los que han permitido el triunfo de un personaje como Sarkozy.

R. Sí. El movimiento del 68 ha cambiado de tal manera la sociedad, que un hombre como Sarkozy puede ser presidente.

P. ¿Por qué los movimientos de liberación relacionan el imperialismo estadounidense y el totalitarismo soviético?

R. Creo que una de las dimensiones fundamentales de la Francia del 68 fue la de poner juntos, uno al lado del otro, el capitalismo y el comunismo. El 68 es el principio de la deconstrucción del comunismo.

P. Para muchos, el 68 representa la revuelta de la vida cotidiana, la eclosión de la música, la nueva relación entre hombres y mujeres, la vida, la sexualidad...

R. El 68 quería precisamente que los individuos reivindicaran su libertad de vida cotidiana, que integra precisamente la música y una nueva visión lúdica de la vida.

P. ¿Sugiere usted que los revolucionarios quieren el poder político, mientras que los rebeldes del 68 querían el poder sobre sus vidas?

R. Así es. Y además muchos revolucionarios quieren el poder sobre los otros, mientras que los rebeldes del 68 lo quieren sobre su propia vida.

P. ¿El 68 supone el fin de las revoluciones y el principio de los movimientos de liberación?

R. El 68, de hecho, demuestra que el ciclo de las revoluciones de los siglos XIX y XX se ha acabado. Y que hoy estamos en un proceso de transformación de las sociedades, y esto no quiere decir que las rebeliones se hayan acabado. Pero las revueltas empujan a la transformación y la modernización de la sociedad. Y el mito de la revolución, de la toma del poder, es algo que precisamente ha desaparecido.

P. ¿Las elecciones, "una trampa para los gilipollas"? ¿O defiende usted las instituciones democráticas?

R. Hay que ir con cuidado. Seguramente en 1968 fue difícil imaginar otra solución que la de boicotear las elecciones. Pero fundamentalmente lo que había detrás era una incomprensión de lo que es el espacio institucional como garantía de democracia.

P. ¿Mayo del 68 fue un movimiento de la juventud contra las generaciones anteriores? ¿Tenían razón porque eran jóvenes?

R. No, yo no creo que las generaciones de la posguerra tuvieran razón. Los jóvenes no siempre tienen razón. Por ejemplo, también los jóvenes en las universidades hicieron la revolución hitleriana. No tenían razón por ser jóvenes.

P. ¿El 68 permite el triunfo del feminismo contra el machismo generalizado, incluido el de la izquierda?

R. Visto que hay una reivindicación precisamente de la apropiación de su vida, y de su autonomía, las mujeres se enfrentan al machismo izquierdista y también al de los hombres del interior del movimiento.

P. Gaullistas y comunistas, ¿ganadores o perdedores de la rebelión de Mayo del 68?

R. A largo plazo, perdedores; a corto plazo, ganadores. Creo que fueron victorias pírricas para los gaullistas y los comunistas, y que el fondo antiautoritario de la huelga los barrió a los dos.

P. Francia sigue siendo un país inmovilista, centralista y reacio a la evolución.

R. Sí, pero de una manera totalmente diferente. Aunque los problemas históricos continúan, es otra sociedad.

P. Hay todavía reflejos de esas estructuras en empresas tan influyentes como EDF.

R. Sí, es un reflejo de que el jacobinismo francés tiene una determinada idea de los servicios públicos. En el modelo francés, los servicios públicos están muy ligados a una concepción estatal de lo social, que está en camino de explosionar y nadie muy bien qué poner en su lugar.

P. Cuarenta años después de aquel mayo, ¿qué se ha ganado?

R. Tenemos otra sociedad. Por una parte, es más libre, pero tiene otros problemas. En Mayo del 68 no se conocían el sida, el paro, ni la degradación climática. La globalización desbocada que existe hoy tampoco se conocía. Así, pues, tenemos una sociedad con una libertad mucho mayor, y al tiempo se enfrenta a problemas de otra dimensión.

P. Usted dice también que hay que olvidar el 68. ¿Qué quiere decir con esto?

R. Simplemente quiero decir que el 68 fue formidable, pero hoy los retos son otros. Nos enfrentamos a otro mundo, otros problemas, y los instrumentos de la rebelión no responden a los problemas de hoy.

P. Algunos consideran que ciertas ideas del 68 pueden ser útiles todavía.

R. Sí, pero lo que a mí me interesa son las ideas de la democracia, de los derechos del hombre, etcétera. No me interesan tanto las raíces de las ideas, aunque hay gente que sigue con el empuje del 68. Ha habido mucha energía, mucho deseo de libertad, y todo esto continúa y continuará. Pero como son otras generaciones las que hacen política, querer ver todo lo que ocurre a través de las gafas del 68 no hace avanzar a nadie. -

domingo, 15 de junio de 2008

¿Es pecado llevar el pañuelo blanco y coincidir con Buzzi?

Darwinia Gallicchio*
15.06.2008

Como me siguen exigiendo explicaciones por mi presencia en la mayor concentración del pueblo argentino de los últimos tiempos, que ocurrió el día 25 de Mayo en el Parque Nacional a la Bandera de Rosario, afirmo que:

Fui con mi pañuelo, pañuelo de Abuelas, que forma parte de mi vida y de mi lucha incesante. Nada tiene que ver el pañuelo con un título, sólo tiene que ver con mi experiencia construida a partir de mi tragedia y de la tragedia instrumentada sobre el pueblo argentino. Además tengo la sensación de que están utilizando a mis compañeras, de y desde la Plaza, para cuestionar, distorsionar, subestimar y confundir mis convicciones, que coinciden con el reclamo que está encabezando el dirigente gremial de los pequeños y medianos productores, el señor Eduardo Buzzi, presidente de la FAA. Lo sectorial se expandió a los reclamos sociales e históricos de un proyecto de país para todos. En los actos públicos, seguí atentamente los discursos del dirigente y confirmé mi identificación con SU mensaje, porque se trata de coincidir con el mensaje en contra de la concentración de la riqueza, de la tierra, su extranjerización, y la asfixia de las economías regionales, orientaciones que sustentaban la lucha de nuestros hijos. Tengo que hacer visible lo visible: no estaba en el palco, como algunos dicen, sino entre la gente, sentada por mi avanzada edad. Nuevamente, una vez más, mi convicción es: los chacareros no generan el saqueo de la Argentina, sabemos quién es el enemigo. Estoy contra la concentración de la tierra y su extranjerización. Estoy contra la concentración de la riqueza.

¿Por qué no puedo coincidir con el reclamo en contra del desguace y la devastación sistemática de la cultura agraria? ¿Cuál es mi “pecado”? ¿Será que el marcapasos para mantenerme viva –que estrené hace un mes– me hace socia del pool de siembra que viaja en el avión presidencial?

No llegué a la Plaza ocasionalmente la semana pasada, ni por una habilitación conyugal, no me incorporé a la Plaza en los noventa, ni interrumpí por una dolencia mi testimonio en lo público, tampoco acepté un resarcimiento monetario del Gobierno por fusilamiento. Y cuando piso la vereda de la esquina de San Lorenzo y Dorrego donde se erige el edificio que se utilizó para someter al ser humano a la indignidad –el ex Servicio de Informaciones, actual CPM, al que considero la ESMA de Rosario–, pienso que no debo permitir que se lo despoje de sentido. Cuando me enteré de que mi sola presencia generó asco en algunos, me miré al espejo a ver si me había convertido en cucaracha. Cuando me dijeron que estaba con golpistas, me miré los pies, a ver si tenía botas. Cuando dicen de mis amigos “que dividieron la Plaza”, pensé: “Algo habrán hecho”. Cuando un medio me preguntó: “¿Sus hijos eran militantes?”, pensé en la “teoría de los dos demonios”. Finalmente parece que mi pequeña presencia dividió las aguas de tal manera que me sentí Moisés, nada más que, en lugar de conducir al “pueblo elegido”, estaba dirigiendo El padrino III. Y, por último, lamento que algunos fines sean justificados por los medios. Sin embargo, cuando recibí muchas adhesiones advertí que el fin justifica los medios.

En estas tres décadas, desde el 24 de marzo del 76, vimos: dirigentes, organizaciones, que se los podría señalar por tener un pasado de “coqueteo” con la Junta Militar, con el alfonsinismo, con el menemismo y hoy..., se definen integrantes del campo popular. Recuerdo a nuestros hijos y me acerco a Rodolfo Walsh: jamás me verán genuflexa cuando en tiempos difíciles debemos seguir testimoniando. Me invitan a cerrar la puerta, sin embargo, la abro. Todos los días vuelvo a salir a la calle, camino sobre las crujiente hojas del otoño, sobre mi vereda, el viento me abre intersticios, donde puedo puedo vislumbrar –todavía– las grietas.

*Abuela y madre de Plaza de Mayo.
Diario Crítica de la Argentina.

martes, 10 de junio de 2008

Campo, peronismo y golpes de Estado

Los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. Es grave, pero más grave aún es cuando los que pierden la memoria o cometen errores históricos son los profesores universitarios.


Raúl Faure Abogado

El Gobierno nacional y las autoridades del Partido Justicialista condenaron la reciente protesta rural y social, y atribuyeron a sus impulsores y adherentes intenciones golpistas. Es, también, la opinión del profesor universitario Salvador Treber (La Voz del Interior, edición del 6 de junio, página 14 A) quien cree que el conflicto reproduce mecánicamente “hechos semejantes acaecidos en la luctuosa década de 1970” y que las protestas empresarias a lo largo de 1975 y, en especial, el lock out del 16 de febrero de 1976 “fueron el caldo de cultivo para la consumación del golpe de Estado”, en alusión al que dieron las Fuerzas Armadas contra el gobierno de la señora Isabel viuda de Perón. Hay errores conceptuales e históricos en esas aseveraciones. El “caldo de cultivo” –para utilizar la metáfora del profesor Treber– se fue cocinando especialmente a partir de mayo de 1973, cuando las irreductibles disputas internas del peronismo transformaron al país en un vasto y cruel campo de batalla. El 20 de junio, los manifestantes que marchaban para dar la bienvenida a Perón (cuyo regreso puso fin a un placentero exilio) fueron atacados por comandos parapoliciales organizados por los sindicatos enfrentados con el peronismo montonero con un luctuoso saldo de más de 200 muertos y miles de heridos. El contraataque llegó tres meses después, cuando a horas de la victoria electoral que llevó a Perón por tercera vez a la presidencia, milicianos montoneros asesinaron a José Rucci, secretario general de la CGT. Innumerables y sangrientos hechos de violencia cometieron casi a diario los fanáticos que proclamaban “la patria peronista” y quienes sostenían la bandera de la “patria socialista”. En febrero de 1974, un motín policial –bendecido por el propio presidente de la Nación– suprimió la voluntad popular que sólo ocho meses antes había consagrado a Ricardo Obregón Cano y Atilio López como gobernador y vice de la provincia. El Día del Trabajo, en la Plaza de Mayo, Perón rompió con el autollamado Ejército Montonero y calificó a sus militantes de “imbéciles” cuando las protestas rozaron a su esposa y a su ministro López Rega. A partir de esos episodios y bajo la protección del Estado se multiplicaron las siniestras y criminales acciones punitivas de la Triple A, que eligió como blancos predilectos a los propios peronistas y a los dirigentes democráticos que denunciaban los procedimientos terroristas que ponían en riesgo la vida misma del Estado de derecho. La sucursal local de la Triple A (protegida por la intervención federal que había asumido el gobierno de Córdoba) dinamitó y destruyó la planta impresora de La Voz del Interior, un atentado perpetrado el inicio de 1975. A mediados de ese año (ya muerto Perón y con su viuda al frente del Poder Ejecutivo) se dispuso una devaluación de ciento por ciento. Se congelaron los salarios y se triplicaron los precios de los servicios públicos y de los alimentos. La crisis se descargó en mayor medida sobre las espaldas de los trabajadores y de los sectores medios. El “pacto social” firmado en junio de 1973 quedó hecho añicos. Los gremios se sublevaron. Por primera vez, se ejecutó una huelga general bajo un gobierno peronista. A partir de estos episodios, la fuerza reemplazó a la ley como método para dirimir los conflictos. La crisis arrasaba. Cuatro ministros se sucedieron entre junio de 1975 y marzo de 1976, la crisis arrasaba cuanto obstáculo se cruzaba en su camino y, en tanto, las organizaciones guerrilleras que actuaban en la “clandestinidad” asesinaban a policías, militares y empresarios y asaltaban cuarteles del Ejército. En noviembre, Frondizi renunció a seguir formando parte de la coalición política que llevó a Perón a la presidencia y reclamó, vanamente, que se adoptaran correcciones heroicas para evitar la quiebra del orden constitucional. Al mes siguiente, se sublevó la Fuerza Aérea para reclamar la renuncia de la presidenta. Para entonces, el embajador de Estados Unidos había informado a su gobierno que “la rapiña y la arrogancia con las que el pequeño entorno de la viuda de Perón se abalanzó sobre el Tesoro Nacional no tiene precedentes en la historia argentina”. Aseveró, también, que el golpe era inevitable, que sería encabezado por el general Videla y que tendría características “sangrientas”. El país se hundía en una ciénaga de crímenes y corrupción. La guerra civil podía estallar de un momento a otro. “La Argentina –dijo Félix Luna al prologar Montoneros, soldados de Perón, del historiador británico Gillespie– terminó convirtiéndose en un campo salvaje donde la lucha armada se exaltaba como un fin a sí mismo... y la competencia política era, simplemente, una apuesta a la calidad de las metralletas...”. De manera que cuando el campo y los más diversos sectores de la producción (incluidas nueve federaciones provinciales de empresarios peronistas que actuaban a través de la sigla CGE) decretaron el paro del 16 de febrero de 1976, el proceso de descomposición del gobierno y del peronismo era irreversible. No fue el campo, ni sus chacareros, ni siquiera la Sociedad Rural quienes planearon y dieron el golpe. El golpe se fue gestando en los despachos oficiales y dentro de las filas del peronismo, único partido político del planeta que incluye dentro de sus filas a las víctimas y a los victimarios. Como se gesta hoy, desde los máximos niveles de gobierno, un sectarismo desbordado que provocará gravísimos daños morales y patrimoniales al conjunto de la sociedad. El País, de Madrid (edición del 14 de enero de 2004), proporcionó una interpretación objetiva de los episodios evocados: “Isabel de Perón fue un títere de quienes condujeron al país a una fascistoide derechización... se intervinieron universidades, provincias, sindicatos, medios de comunicación... desaparecida Argentina como exportadora, sin reservas en el Banco Central, la inflación galopó sobre una deuda creciente y una corrupción desbocada... y acabó franqueando el paso al período más siniestro de la historia, la dictadura encabezada por el general Videla y otros de su calaña...”. “¡Pobre de los pueblos que olvidan su pasado!”, dice aparentemente compungido el profesor Treber. Cierto es que hay muchos desmemoriados y, ya se sabe, los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. Es grave, pero más grave aún es cuando los que pierden la memoria o cometen errores históricos son los profesores universitarios. © La Voz del Interior

domingo, 1 de junio de 2008

Reina electa y primer ministro

Susana Viau
Diario Crítica de la Argentina.
Se contó hace pocos días que los estrategas comunicacionales de la Presidenta, compelidos a mejorar su performance, buscaron inspiración en el ejemplo de Tony Blair. La vida, sin embargo, se empecina en dibujar otras imágenes: la de Cristina Fernández que, como una reina, sigue confinada a la representación del Estado, y la de Néstor Kirchner, arquitecto y ejecutor de la política de la Nación, como un primer ministro. A esta división del trabajo, el matrimonio le imprime un matiz que la diferencia de cualquier ejemplo universal: Cristina Fernández es una reina electa y su marido un primer ministro por la gracia de Dios. Por debajo de estas curiosidades que cada medio siglo colorean la historia argentina, corre un río de sospechas. La más inquietante es la que supone que, para el ex presidente, el único horizonte es su propio destino. En ese caso, todo será condicional; los réprobos de hoy pueden ser los elegidos de mañana, la amistad y el odio son permutables y las ideas se sostienen siempre y cuando sirvan a la acumulación de poder del jefe. Porque Néstor Kirchner respeta el poder, pero trata con desenfado a la república, una concepción que se puso de manifiesto en el “¿será pingüino o será pingüina?”, con que convirtió la sucesión presidencial –no sin razón– en un paso de comedia. Y volvió a asomar poco después, cuando eligió conducir el mayor conflicto de los cinco años de gestión no con la astucia del experimentado militante que es, sino con la picardía de un trilero.

El domingo por la noche, un soldado de las filas presidenciales se angustió al ver que las caras que asomaban para defender al Gobierno eran las de Edgardo Depetri, Luis D’Elía, Dante Gullo y Rubén Manusovich; que Salta se había despertado nublada pero en Rosario había brillado el sol; que, para mayor desgracia, autobuses procedentes de Jujuy habían chocado, con el saldo de un muerto y 90 heridos. El soldado kirchnerista, medio en broma, medio en serio, dedujo entonces que la suerte había cambiado, aunque le iba a ser imposible comunicarle esa corazonada a su jefe: Kirchner se niega a admitir el desgaste, rechaza las encuestas que revelan el desplome de la imagen de su esposa y encarga unas nuevas para que le adjudiquen entre un 40 y 60 por ciento de imagen positiva; la policía calculó en unas 45 mil personas los asistentes al acto de Salta, pero el ex presidente prefirió las cifras que le alcanzaron los organizadores que hablaban de 150 mil; “la Cámpora”, invención superestructural de su hijo Máximo K, adquiere rango de fuerza política; camioneros y piqueteros oficialistas, igual que la Sociedad del 10 de Diciembre –por rara casualidad Luis Bonaparte y Cristina Fernández asumieron el poder el mismo día, con 159 años de distancia–, peregrinan de acto en acto para aclamar al matrimonio y amenazar con escarmientos a los opositores. A modo de entremés, se cruzan cachiporrazos y trompadas en procura de un lugar en las inmediaciones de los palcos. Kirchner, replegado sobre el PJ, apadrina un documento que condena los golpes militares de 1930, 1955 y 1976. No incluye el de 1943, contra Ramón Castillo, ni el de 1966, contra Arturo Illia. Menuda encrucijada para los radicales K.

Un cronista parlamentario contaba días atrás que, siendo todavía senadora por Santa Cruz y primera dama desde hacía un año, Cristina Fernández concedió un off the record a dos periodistas. Entre muchas cosas les explicó que “gobernar es fácil. La cuestión es saber a quién se va a cagar y a quién se va a favorecer”. A la aseveración, simplista por cierto, le faltó un detalle para completar su cosmovisión. Debió decir “en cada momento”. Pensada en esos términos, la política es una aventura imprevisible.

lunes, 21 de abril de 2008

Carta abierta de Fernando Peña a Cristina Kirchner


Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme. Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país… Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.

Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.

Mi celular suena mucho menos que el suyo, y todavía por suerte tengo uno solo. Pero le quiero contar algo que ocurrió el miércoles pasado. Es que desde entonces mi celular no deja de sonar: Telefe, Canal 13, Canal 26, diarios, revistas, Télam… De pronto todos quieren hablar conmigo. Siempre quieren hablar conmigo cuando soy nota, y soy nota cuando me pasa algo feo, algo malo. Cuando estoy por estrenar una obra de teatro -mañana, por ejemplo- nadie llama. Para eso nadie llama. Llaman cuando estoy por morirme, cuando hago algún “escándalo” o, en este caso, cuando fui palangana para los vómitos de Luis D’Elía. Es que D’Elía se siente mal. Se siente mal porque no es coherente, se siente mal porque no tiene paz. Alguien que verbaliza que quiere matar a todos los blancos, a todos los rubios, a todos los que viven donde él no vive, a todos lo que tienen plata, no puede tener paz, o tiene la paz de Mengele.

Le cuento que todo empezó cuando llamé a la casa de D’Elía el miércoles porque quería hablar tranquilo con él por los episodios del martes: el golpe que le pegó a un señor en la plaza. Me atendió su hijo, aparentemente Luis no estaba. Le pregunté sencillamente qué le había parecido lo que pasó. Balbuceó cosas sin contenido ni compromiso y cortó.

Al día siguiente insistí, ya que me parecía justo que se descargara el propio Luis. Me saludó con un “¿qué hacés, sorete?” y empezó a descomponerse y a vomitar, pobre Luis, no paraba de vomitar. ¡Vomitó tanto que pensé que se iba a morir! Estaba realmente muy mal, muy descompuesto. Le quise recordar el día en el que en el cine Metro, cuando Lanata presentó su película Deuda, él me quiso dar la mano y fui yo quien se negó. Me negué, Cristina, porque yo no le doy la mano a gente que no está bien parada, no es mi estilo. Para mí, no estar bien parado es no ser consecuente, no ser fiel.

Acepto contradicciones, acepto enojos, peleas, puteadas, pero no tolero a las personas que se cruzan de vereda por algunos pesos. No comparto las ganas de matar. El odio profundo y arraigado tampoco. Las ganas de desunir, de embarullar y de confundir a la gente tampoco. Cuando me cortó diciéndome: “Chau, querido…”, enseguida empezaron los llamados, primero de mis amigos que me advertían que me iban a mandar a matar, que yo estaba loco, que cómo me iba a meter con ese tipo que está tan cerca de los Kirchner, que D’Elía tiene muuuucho poder, que es tremendamente peligroso. Entonces, por las dudas hablé con mi abogado. ¡Mi abogado me contestó que no había nada qué hacer porque el jefe de D’Elía es el ministro del Interior! Entonces sentí un poco de miedo. ¿Es así Cristina? Tranquilíceme y dígame que no, que Luis no trabaja para usted o para algún ministro. Pero, aun siendo así, mi miedo no es que D’Elía me mate, Cristina; mi miedo se basa en que lo anterior sea verdad. ¿Puede ser verdad que este hombre esté empleado para reprimir y contramarchar? ¿Para patotear? ¿Puede ser verdad? Ése es mi verdadero miedo. De todos modos lo dudo.

Yo soy actor, no político ni periodista, y a veces, aunque no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado. Toda la gente que me rodea, incluidos mis oyentes, que no son pocos, me dicen que sí, que es así. Eso me aterra. Vivir en un país de locos, de incoherentes, de patoteros. Me aterra estar en manos de retorcidos maquiavélicos que callan a los que opinamos diferente. Me aterra el subdesarrollo intelectual, el manejo sucio, la falta de democracia, eso me aterra Cristina. De todos modos, le repito, lo dudo.

Pero por las dudas le pido que tenga usted mucho cuidado con este señor que odia a los que tienen plata, a los que tienen auto, a los blancos, a los que viven en zona norte. Cuídese usted también, le pido por favor, usted tiene plata, es blanca, tiene auto y vive en Olivos. A ver si este señor cambia de idea como es su costumbre y se le viene encima. Yo que usted me alejaría de él, no lo tendría sentado atrás en sus actos, ni me reuniría tan seguido con él.

De todas maneras, usted sabe lo que hace, no tengo dudas. No pierdo las esperanzas, quiero creer que vivo en un país serio donde se respeta al ciudadano y no se lo corre con otros ciudadanos a sueldo; quiero creer que el dinero se está usando bien, que lo del campo se va a solucionar, que podré volver a ir a Córdoba, a Entre Ríos, a cualquier provincia en auto, en avión, a mi país, el Uruguay… por tierra algún día también.

Quiero creer que pronto la Argentina, además de los cuatro climas, Fangio, Maradona y Monzón, va a ser una tierra fértil, el granero del mundo que alguna vez supo ser, que funcionará todo como corresponde, que se podrá sacar un DNI y un pasaporte en menos de un mes, que tendremos una policía seria y responsable, que habrá educación, salud, piripipí piripipí piripipí, y todo lo que usted ya sabe que necesita un país serio. No me cabe duda de que usted lo logrará. También quiero creer que la gente, incluso mis oyentes, hablan pavadas y que Luis D’Elía es un señor apasionado, sanguíneo, al que a veces, como dijo en C5N, se le suelta la cadena. Esa nota la vio, ¿no? Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca. Quiero creer que nunca va a matar a alguien y que es un buen hombre. Quiero creer que ni usted ni nadie le pagan un centavo. Quiero creer que usted le perdona todo porque le tiene estima. Quiero creer que somos latinos y por eso un tanto irreverentes, a veces también agresivos y autoritarios. Quiero creer que D’Elía no me odia y que, la próxima vez que me lo cruce en un cine o donde sea, me haya demostrado que es un hombre coherente, trabajador decente con sueldo en blanco y buenas intenciones.

Cuando todo eso suceda, le daré la mano a D’Elía y gritaré: “Viva Cristina”… Cuántas ganas tengo que todo eso suceda. ¿Estaré pecando de inocente e ingenuo otra vez? Espero que no.

La saluda cordialmente,

Fernando Peña

Fue una provocación


Por Beatriz Sarlo
Para LA NACION

Estuve en la Plaza de Mayo más o menos a las once de la noche del martes. Poco después llegó una camioneta que transportaba un gran pasacalle con la leyenda “Sociedad Rural vergüenza nacional”.

A una señora que caminaba con su cacerola y su hija de seis o siete años le sugerí que se fuera porque iban a empezar las piñas. La señora quedó estupefacta, porque no sabía, ni nadie sabía en la Plaza de Mayo, que en el Obelisco ya le habían roto la cara a un manifestante. Que se venían las piñas era evidente para cualquiera que hubiera participado en alguna manifestación de los años setenta, experiencia que probablemente no realizó la mayoría de los que estaban allí en un comienzo.

La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.

Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas. Cuando terminaba la noche por huida y dispersión, una mujer de la edad de la Presidenta dijo: “No creo que esta mujer haya sido una dirigente política en su juventud, porque yo estaba en la política y discutir con los JP era difícil. Había que ganarles, mientras que esta mujer me parece que nunca le ganó a nadie una discusión mano a mano”.

En la Plaza de Mayo no se oyeron gritos pidiendo que se fueran todos, como los que transmitió la televisión desde Olivos, cuya concurrencia parecía mucho más ajustada a las clases pudientes que la que estaba en la Plaza. Cuando entraron los kirchneristas, sus columnas, que habían llegado con banderas argentinas, estandartes rojos y negros de la JP y el gran cartel contra la Sociedad Rural, avanzaron por Avenida de Mayo casi hasta la altura del Cabildo.

Los fotógrafos y camarógrafos formaron para hacer su trabajo y durante casi media hora fueron la línea providencial que separó en dos a los manifestantes enfrentados. La policía de Aníbal Fernández formaba en la calle Perú, con una disposición difícil de descifrar.

A un militante de D’Elía que me saludó le dije: “Esto es una provocación”. No entendió, y por cinco minutos discutimos: una provocación significa que un grupo organizado irrumpe en la manifestación de otro grupo para romperla, si es necesario con violencia. Le dije: “En la tradición progresista, la provocación fue un acto político despreciable, atribuido casi siempre a la policía o a los enemigos de clase. Hoy, en cambio, los provocadores son ustedes”.

Los manifestantes de la Plaza no tenían cultura de enfrentamiento físico (ni siquiera parecía que tuvieran cultura de cancha). Jóvenes que podrían haber reaccionado con cierta resistencia física salían disparando por la calle San Martín o corrían por Avenida de Mayo hacia la Diagonal. En poco rato quedó claro que la Plaza les pertenecía a D’Elía y a Pérsico. El que haya asistido a cualquier enfrentamiento por el espacio público sabe que podría haber habido mucha más violencia si los manifestantes solidarios con el campo hubieran resistido sólo un poco a los kirchneristas.

Para el peronismo, la ocupación de la Plaza de Mayo tiene una carga simbólica enorme, cuya larga historia comienza el fundacional 17 de octubre de 1945.

Pérsico y D’Elía responden a una tradición que no hay que subestimar ni pensar que es totalmente instrumental: hay destellos de memoria y de identidades en conflicto, además de provocación e impunidad.

El 1° de mayo de 1974, los montoneros retiraron sus columnas de la Plaza de Mayo después de desatar una guerra de consignas mientras Perón estaba hablando. Se retiraron al grito de que volverían victoriosos. En cada acto peronista de esos años, la disputa por los lugares en la Plaza entre juventud peronista y juventudes sindicales incluyó desde el cuerpo a cuerpo, que avanza ganando metros por presión física, hasta el enfrentamiento a golpes o con armas.

Los bosques de Ezeiza fueron escenario, en 1973, de una disputa por el espacio que comenzó la noche anterior a la llegada de Perón: nuevamente juventudes peronistas y juventudes sindicales se toparon para colocarse en las primeras filas frente al palco que el líder no llegó a ocupar.

Finalmente, ese gigantesco forcejeo que cubrió hectáreas terminó con un enfrentamiento armado: desde el palco, grupos de la derecha peronista, que luego serían parapoliciales, tirotearon a los de abajo, donde también había algunas armas.

Si Cristina Fernández de Kirchner no ignora esta historia (o no la olvidó en los años pasados en Santa Cruz), debió elegir con más cuidado las palabras de su discurso del martes, que empezó así textualmente: “Las imágenes que me tocó ver especialmente en Semana Santa, siempre Semana Santa ha sido emblemática para los argentinos, como si fuera una señal pegada en esta oportunidad a una de las peores tragedias que tiene la historia argentina, y que fue la del 24 de marzo de 1976. Señales, tal vez, que se toma la historia, la casualidad, pero lo cierto es que en estos cinco días, el último día fue 24 de marzo”. La Presidenta les dio línea a Pérsico y D’Elía, que a los gritos acusaron a los manifestantes de haber apoyado la dictadura militar.

Se dice que Cristina Fernández de Kirchner habla bien. Su discurso no lo prueba, si hablar bien significa algo más que hablar de corrido, no vacilar ni confundirse con los tiempos de los verbos.

El comienzo de su discurso, al señalar un vínculo entre las manifestaciones ruralistas actuales y el golpe de Estado de 1976 tuvo dos defectos graves. En primer lugar, se trató de una sugerencia, como si una cuestión de esta magnitud pudiera ser dicha al pasar, sin tomar en cuenta que va a ser escuchada como línea interpretativa que puede dar paso a las acciones y no como la ocurrencia de alguien que visualiza “señales” sin ton ni son.

No era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.

Por otra parte, cuando un político pronuncia un discurso de esa dureza debe saber que cada uno de sus párrafos puede tener efectos poco controlables sobre quienes se sienten atacados y quienes se sienten expresados por sus palabras. Cuando la gente de Pérsico y D’Elía entró en la Plaza de Mayo para desalojar a los manifestantes, la consigna gritada contra ellos asimilándolos a la dictadura militar había estado sugerida por las “señales” que creyó descubrir la Presidenta, emanadas de una clásica oposición “oligarquía versus pueblo” que palpita, desde hace cincuenta años, en el corazón del peronismo. No era momento para reactivarla.

No puede decirse con certeza si los grupos de Pérsico y D’Elía fueron enviados allí. Lo que parece cierto es que el discurso duro de la Presidenta, la insinuación de coincidencia, las “señales” intuidas y la irrupción de los piqueteros constituyen un dispositivo político, más allá de quienes se mueven dentro de sus engranajes o quienes creen que pueden manejarlo.

La plaza fatídica

Raúl Faure
Abogado

Durante tres semanas, la protesta de los productores, trabajadores, comerciantes y pobladores de localidades vinculadas al agro paralizaron el país. Cuando este acontecimiento sea analizado con la perspectiva que da el paso del tiempo, se lo valorará como la más firme y vasta protesta civil de nuestra historia.

La rebelión rural, además, prescindió de consideraciones retóricas y abordó los verdaderos problemas que afrontamos, llamando a las cosas por su nombre. Así, denunció la iniquidad de nuestro sistema impositivo (que grava al consumo popular y al trabajo y exime a las operaciones financieras) y hasta se calificó de “unitario” al sistema que somete a los estados provinciales a la condición de colonias.

La señora Presidenta respondió presidiendo un acto partidario. En su discurso, eludió toda consideración sobre esos reclamos concretos limitándose a denunciar que tras las protestas se esconden intenciones golpistas. Era innecesario. Ningún argentino sensato fomenta el uso de métodos violentos para sustituir la voluntad expresada en los comicios. Contrariamente, es el propio Gobierno el empeñado en vaciar las instituciones republicanas al ejercer, sin contrapesos ni controles, las facultades extraordinarias conferidas por un Congreso domesticado.

Utilizar un acto partidario para amedrentar a los opositores y a la prensa es un grave error. Es retomar prácticas que, en el pasado, sólo sirvieron para profundizar rencores. Además, la Presidenta (quien se define como “hegeliana”) no ignora que el filósofo alemán que admira predicó, entre otras cosas, que la historia es cíclica y que, por ello, suele repetirse en ocasiones. Pensamiento que Carlos Marx completó diciendo: “Es cierto, la historia se repite, pero no de la misma manera, una vez lo hace como tragedia, otra vez como farsa”. La farsa (es decir, la tramoya que se exhibe para engañar) aun cuando se monte en la venerable Plaza de Mayo no sirve para resolver los graves problemas que afronta el país.

Lo cierto es que, en muchas circunstancias de nuestra historia, la innoble utilización de la Plaza de Mayo la convirtió en un recinto fatídico. Sobran los ejemplos, de ayer y de antes de ayer. Es inevitable que vuelvan a la memoria algunos episodios. El 8 de setiembre de 1930 ante una muchedumbre enfervorizada prestó juramento como jefe del Estado el general Uriburu (“muchas botas, poca cabeza”, según la ingeniosa expresión utilizada por Cárcano para condenar sus inclinaciones antirrepublicanas), luego de derrocar al presidente Yrigoyen. Poco tiempo después, esa misma plaza enmudeció cuando se pretendió imponer al país un régimen fascista y sus propios camaradas lo despidieron sin honores.

A partir del 17 de octubre de 1945 fue la “plaza de Perón” el sitio emblemático donde se celebraban los fastos de la “nueva Argentina”, se coronaban reinas y se anatematizaba a los “contreras” que se atrevían a denunciar los abusos que suprimían las garantías constitucionales. Fue en esa misma plaza, el 31 de agosto de 1955, cuando el país se paralizó de terror al escuchar al presidente Perón. Tal vez despechado porque la oposición puso condiciones a su plan pacificador luego del sangriento ataque de la aviación naval a la Casa Rosada, dijo: “Les hemos ofrecido la paz y no la han querido. Ahora hemos de ofrecerles la lucha... pero sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que los hayamos aniquilado y aplastado... el que intente alterar el orden ... puede ser muerto por cualquier argentino... y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”. Veinte días después dimitió y buscó refugio en la embajada paraguaya.

Vencedores y vencidos. El 21 de setiembre la plaza volvió a llenarse, ahora para vitorear al jefe de la insurrección cívico-militar triunfante, el intrépido y noble general Eduardo Lonardi, quien afirmó: “No hay vencedores ni vencidos”. Para enmudecer semanas después cuando se enteró que sus camaradas le habían despedido para imponer la consigna “vencedores y vencidos”.

Inmovilizada por la prepotencia de las armas (y la indiferencia de gran parte de la sociedad) la plaza asistió al derrocamiento de los presidentes Frondizi e Illia. Y el 1° de mayo de 1974, en ejercicio del tercer mandato presidencial, Perón condenó sin contemplaciones las disidencias que brotaban en el interior de su propio partido calificando a los montoneros y a sus simpatizantes de “imbéciles e imberbes”.

Dos meses después falleció Perón, dejando el poder a su esposa, quien sólo un año después, en ese mismo escenario, fue repudiada por negarse a homologar los convenios celebrados para atenuar los efectos de una incontenible inflación y el consiguiente aumento de los precios. Ocho meses después, la plaza, otra vez enmudecida asistió a su derrocamiento mientras se desataba la más cruel represión de la que se tenga memoria.

También convocó a la plaza el dictador Galtieri para anunciar el desembarco en las Islas Malvinas y desafiar al poderío militar del Reino Unido. Semanas después, la rendición lo privó del poder y sus camaradas lo juzgaron convirtiéndolo en un convicto.

Más cerca, la plaza albergó a las multitudes que fueron a apoyar la investidura del romántico presidente Alfonsín, que debieron callar cuando se enteraron que el precio del acuerdo con los militares sublevados se pagó con la sanción de las leyes de punto final y obediencia debida.

Sí, la Plaza de Mayo es fatídica. El coro de enfervorizados asistentes muchas veces mutó por el silencio de las muchedumbres desilusionadas. Por eso la señora Presidenta no debe otorgarle un valor absoluto a su reciente convocatoria. Cuando la inflación se desboque, incontrolable, y el costo de vida pulverice los aumentos obtenidos por los trabajadores en las paritarias de este año, tendrá un amargo despertar. A la plaza no irán los adulones ni los piqueteros alquilados, en ella reclamarán trabajadores y productores empobrecidos. Entonces comprenderá que con sólo discursos (como decía Lisandro de la Torre, discursos insustanciales que sólo exhiben la riqueza de Craso en materia de lugares comunes y la pobreza de Job en materia de ideas) no se puede gobernar.

© La Voz del Interior

Carta a los fachoprogresistas

por Eduardo Antin (Quintín)

Los acontecimientos de dominio público, algunos artículos de prensa y, sobre todo, ciertos comentarios hechos en LLP y otros blogs motivan mi deseo de escribirles. Para que no queden dudas, me refiero bajo este título a los que apoyan al gobierno y se oponen al paro del campo invocando un supuesto pensamiento de izquierda. A los que llaman oligarcas a los chacareros, a los que repiten que el aumento a las retenciones tiene fines redistributivos, a los que festejan las incursiones de la patota de D’Elía en la Plaza de Mayo, a los que entienden este momento histórico como una lucha del pueblo contra la clase dominante o de la patria contra el colonialismo. A los que repiten los argumentos sin consistencia del gobierno, a los que festejan sus amenazas y sus golpizas, a los que aplauden el discurso de una presidenta de actitud autista y de sus ministros aislados en una burbuja de soberbia que ha vaciado la política de toda capacidad de mediación. A ustedes quiero decirles que se han convertido en sordos y ciegos. Peor aun, su adhesión al kirchnerismo los ha vuelto no sólo autoritarios sino insensibles socialmente. Hay una palabra para representar su papel en la política argentina de hoy: son reaccionarios. Se oponen a la libertad y al progreso en nombre de los restos fósiles de una utopía y de los viejos eslóganes de un movimiento popular usurpado por malas caricaturas. Los Kirchner son ajenos al espíritu de modernidad, de igualdad y solidaridad que significó el peronismo. Por elcontrario, sólo encarnan las que fueron su peores facetas a lo largo de la historia: el verticalismo y la obediencia, la propaganda y la persecución, la corrupción y la violencia, la censura y la mentira.

Lamento decirles que han dejado de ser progresistas, peronistas, marxistas o cualquier otra filiación que impulse la justicia social y de la que crean formar parte. El kirchnerismo confeso o implícito en sus comentarios revela que la ignorancia, la sordera y la ceguera políticas de las que son víctimas son consecuencia de un mal todavía más grave. Se han hecho insensibles, están quebrados. No son capaces ya de distinguir un reclamo justo, han olvidado cómo ser solidarios con los más débiles, se han acostumbrado a apostar por el poder político y la lógica económica dominantes a espaldas de sus víctimas.

El paro del campo es el perfecto ejemplo de que han perdido el rumbo, de que prefieren engañarse con oxidadas descripciones de la sociología de bolsillo antes que mirar el país y el mundo real. El conflicto del campo es transparente: un caso antropológico, un proyecto de ingeniería social que implica la eliminación de una forma de vida. El aumento de las retenciones —brutal, inconsulto, abusivo— acentúa el proceso de liquidación de los pequeños productores por parte de las grandes empresas agroindustriales. Los chacareros han sabido reconocer con auténtica inteligencia política y social que vienen por ellos, que terminarán perdiendo el campo y han reaccionado espontánea y unánimemente, desbordando a los dirigentes. Exigen lo que los sujetos del progresismo político han exigido toda la vida: el derecho a trabajar y a continuar con un modo de producción que contribuye a su bienestar, al de su entorno y al del país entero. No hay manera de no verlo, salvo que uno prefiera refugiarse en la imagen de un par de vecinos de barrio norte golpeando cacerolas para no advertir que es una parte sustancial del país profundo la que se ha alzado contra la política oficial. Es más, aun haciendo centro en la Sociedad Rural y en algunos residuos de la vieja aristocracia que conforman la minoría de la unánime protesta del campo, ustedes han logrado la hazaña de quedar a la derecha de esas expresiones: en este caso son ustedes, bajo la infantil excusa de la batalla entre dos supuestos modelos económicos y de una lucha de clases que opera exactamente en el sentido contrario al que predican, los que defienden la lógica del capitalismo monopólico y la complicidad de este gobierno con sus peores prácticas, las que día a día aumentan la exclusión y ensanchan la brecha entre ricos y pobres. Se han vuelto tan estúpidos como para levantar el dedo acusador frente a las 4×4 del campo mientras permanecen insensibles a las manifestaciones cada vez más ostentatorias del lujo en la ciudad, de las que participan sin tapujos los miembros del elenco gobernante.

La tradición ideológica en la que se van encerrando cada vez más desprecia las formas de la democracia. Parece no importarles que el Congreso Nacional sea capaz de humillarse hasta declarar, por orden del Ejecutivo, que la valija de Antonini Wilson era parte de una conspiración yanqui o que hoy esa mayoría automática convalide la exacción al campo, la negación al diálogo y las amenazas de todo tipo contra los que se oponen a la arbitrariedad y la torpeza de un modo de gobernar. No les preocupa que gobernadores, intendentes, legisladores y dirigentes de todo tipo se encuentren amenazados por el chantaje del que son víctimas por parte de las autoridades nacionales, lo que configura una inédita y peligrosa concentración del poder en muy pocas manos. Pero ustedes la quieren y la promueven, hasta en sus gestos exteriores como la arrogancia de la presidenta, su marido y sus ministros. Tampoco parece importarles tener como imagen y vanguardia a una figura como D’Elía ni sus provocaciones amparadas por las fuerzas policiales. Vengadores implacables de los 70, no son capaces de advertir que están mucho más cerca de López Rega que de Agustín Tosco, ni que la intimidación y el autoritarismo de hoy poseen una lógica intrínseca que va camino a la dictadura, aunque ustedes sigan fingiendo creer que vivimos en una democracia cabal porque los Kirchner obtuvieron una mayoría circunstancial en las elecciones. Pero no se engañen, la camisa negra de D’Elía, con su escolta y su actitud mussoliniana, son el símbolo que hoy los representa y los invita a ser parte de su fuerza de choque como intelectuales: están del lado de la crueldad y de la muerte y, lo que es peor, no les importa. Sin embargo, la imbecilidad política no es excusa: aún tienen tiempo, en nombre de los ideales que declaman, de asquearse frente a lo que han elegido como bandera.