martes, 12 de mayo de 2009
Que termine pronto, por favor
La campaña electoral es horrible. Incluso la minoría que se interesa por los vericuetos de la política está sintiendo alternativamente tedio e indignación. No recuerdo un momento más repetitivo y banal en las últimas décadas. Hubo momentos peores, más peligrosos o más decisivos. Por eso eran más interesantes. Así es imposible despertar la curiosidad de los votantes ni restablecer lazos entre vida cotidiana y política.
Porque de eso se trata. La política y la vida van por carriles diferentes. Millones de ciudadanos, incluso en la más republicana y democrática de las naciones occidentales, no están interesados por la política. Pero, en muchas partes, los políticos tratan de encender una chispa que despabile a esos ciudadanos ocupados en sus cosas. No piensan, como se piensa en Argentina, que enumerar los problemas que la gente conoce implica ofrecer soluciones. Toda la cuestión política hoy es volverse significativa para la vida social.
Si alguna vez supieron interpretar los signos de la sociedad, la mayoría de los políticos argentinos lo olvidaron. Confían en las encuestas y caminan, por lo tanto, en un paisaje chato, donde hay carteles con algunos títulos (trabajo, inflación, seguridad) pero sin soluciones porque, parece casi inútil decirlo, los problemas que la gente dice tener no vienen apareados con la resolución que necesitan. Los políticos están ansiosos por “conectar” pero han tirado a la basura las herramientas con las que se tejen las redes entre vida y representación política.
Esto promueve la extravagancia. El peronismo coloca a Nacha Guevara en su lista de la provincia de Buenos Aires, como si no fuera suficiente desvarío que el propio gobernador, Scioli, la encabece y el presidente “de facto” Néstor Kirchner llegue a integrarla en nombre de un modelo que es una especie de “significante flotante”, alrededor del cual gira el discurso del Gobierno y le permite organizar el campo de amigos y enemigos. Nadie sabe bien qué es hoy el modelo y, a lo sumo, se pueden enumerar algunas de las medidas tomadas en el pasado.
De todos modos, la fama mediática es clave en estas elecciones. Esto lo sabe o se lo enseñaron a Francisco de Narváez, que la adquiere pagando spots televisivos. De Narváez resulta el candidato más posmoderno de toda esta desdichada campaña, el que mejor ha entendido que ser famoso consiste sencillamente en ser famoso y que a eso se llega mediante los procedimientos del advertising. En ese sentido, De Narváez es más posmoderno que Nacha Guevara, porque finalmente la fama de la actriz tiene un contenido anterior a su conversión en candidata. Esto no quiere decir que ella sea más adecuada que él a la función, ya que no podría sentarse un minuto a una mesa de negociaciones políticas mientras que De Narváez puede ocupar su silla.
La aceptación de Gabriela Michetti es otro milagro del efecto fama. Nadie podría mencionar una acción política de Michetti. En el gobierno de Macri se sabe lo que hicieron muchos de sus ministros y de sus legisladores; se sabe qué hicieron los más distinguidos de los diputados nacionales de PRO, como Federico Pinedo. ¿Quién recuerda algo de Michetti? Como la fama, su vocación de diálogo es lo que los lingüistas llaman meta-discursiva. Al parecer, Michetti es experta en diálogo, una moderadora de grupos. Lamentablemente, desde que es vicejefa de Gobierno, nos privó de admirar esa virtud porque se abstuvo de presidir la Legislatura porteña. Es curioso, pero sólo esto, tan poco, siembra el miedo entre políticos más imaginativos y audaces.
Mientras tanto, los “poderes fácticos” reclaman sus lugares. Moyano llenó la 9 de Julio no sólo para asegurar la candidatura de Héctor Recalde. Luis D’Elía marchó y habló para reclamar, con todo derecho, que se lo tenga en cuenta en vez de llamarlo al celular simplemente cuando se necesita gente en la Plaza. Cobos se enoja si no le dan los lugares que reclama para los suyos. Con modales de inédito pintoresquismo, el vicepresidente de este gobierno opera en las listas de la oposición.
En este vacío relamido por insustancial y tóxico por sus consecuencias, no se puede pretender que los ciudadanos se interesen por la política. La mayoría de los medios audiovisuales, acostumbrados a una dieta de carne cruda, no tienen paciencia cuando un político quiere de verdad hablar de política porque temen que sus audiencias, alimentadas con la carne picada del chimento y la carne descompuesta del sensacionalismo, hagan zapping. Esta campaña es una kermés que interesa solamente a quienes nos gobierna el demonio de la política.
viernes, 24 de abril de 2009
Plataformas de lanzamiento

Beatriz Sarlo
Para LA NACIÓN
En julio de este año nadie recordará esta nota. Las elecciones habrán tenido lugar y las actuales peripecias rocambolescas de los candidatos se resumirán en los resultados, que, según parece hasta hoy, serán moderadamente adversos al kirchnerismo. La cuestión pasará a ser otra: cómo se ejerce un poder carcomido por el éxodo incluso de aquellos que juraban incondicionalidad. De todos modos, sólo una minoría sigue interesada en develar las razones efímeras de las inscripciones en el libro de pases.
No se trata simplemente de que una mayoría no tenga ni el tiempo ni la vocación de seguir esos arabescos; no se trata, como se acostumbra decir con simplificadora verdad, de que a la gente le interesen otros problemas; ni siquiera se trata de enumerarlos, porque todos sabemos que, en orden variable, conservar un puesto de trabajo o un subsidio, o conseguirlos, resguardar la capacidad adquisitiva de los ingresos, comer todos los días, en el caso de los indigentes, comer un poco mejor, en el caso de los pobres, no enfermarse, ir a la escuela y encontrar allí una educación digna, asegurarse la tranquilidad en el espacio público y privado, son los "temas de la gente". Esos temas no tienen solución fuera de la política y, por lo tanto, lo que sucede en su espacio decide si habrá o no salida para los millones que tienen que hacer algún reclamo. Los problemas que interesan a la gente son los problemas que deben resolver los gobiernos y, salvo en caso de dictadura, los gobiernos salen de las elecciones.
Hay tres elementos que acercan la sociedad a la política. No voy a enumerarlos por orden de importancia porque están entrelazados tanto en la tradición argentina como en la de muchas otras repúblicas. Para empezar por algún lado, está el carisma de una figura que logra traducir en lenguaje y práctica las necesidades colectivas y trasmite ideas que hasta ese momento no lo parecían, pero que se convierten en movilizadoras. Ese fue el caso de Alfonsín: creyó que la transición democrática tenía como pieza maestra el juicio a las tres juntas militares responsables del terrorismo de Estado. Hasta él, sólo grupos muy minoritarios lo reclamaban. Después, mayorías amplias creyeron, incluso, que se había hecho demasiado poco. En el terreno simbólico, fue también Alfonsín quien, prescindiendo de un discurso directamente pedagógico, trazó una genealogía de república democrática y avanzada, que comenzaba con Carlos Pellegrini, pasaba por Perón, por los socialistas y terminaba en su propia figura encarnando el radicalismo. También en este plano simbólico, reactivó el Preámbulo de la Constitución, que, hasta que él comenzó a recitarlo, no estaba dotado del poder que demostró en aquellos actos masivos.
El segundo elemento es la creación o reactivación de identidades. Durante sus primeros años de gobierno, Kirchner creyó posible prescindir de ese sustrato. Eran años en que soñaba con la transversalidad para no quedar encerrado dentro de un aparato partidario que no controlaba. La transversalidad no tuvo tiempo de realizarse y, hablando en serio, no tenía oportunidad ninguna si el proyecto lo encabezaba un hombre acostumbrado al apriete o la cooptación más que al diálogo con interlocutores diferentes. Por eso, Kirchner volvió, en un mismo acto, a la simbología y las oposiciones ideológicas de la vieja identidad peronista, al tiempo que conquistaba el aparato partidario bonaerense, que, bajo Duhalde, no le respondía. Las dos cosas sucedieron juntas y son inescindibles. La noche en que notables del duhaldismo, después de perder las elecciones, corrieron a la Casa Rosada a presentar su lealtad al nuevo señor fue una síntesis, si se quiere brutal, de ambos cambios.
El tercer elemento es, finalmente, el sistema de partidos. Es sabido que su representatividad está en crisis, algo que sucede también en otros países de Occidente. En el paisaje de partidos en crisis se implantan liderazgos posmodernos o neocarismáticos (carisma ejercido y recibido básicamente en los medios) que trabajan, según les convenga, adentro o fuera de las identidades políticas.
Si se piensa en Perón, Balbín, Palacios, Frondizi, Alfonsín o Menem, los liderazgos contemporáneos exhiben más diferencias que similitudes. En ocasiones, están apoyados en grandes prestigios ganados en largas campañas, en cualidades intelectuales o morales, en persistencia y tenacidad, en capacidad de decisión en los momentos precisos. Con alguna conciencia de que son distintos a los dirigentes históricos mencionados, el periodismo se refiere hoy a los "referentes", palabra no sólo menos ambiciosa, sino también menos comprometida con las cualidades que demostraban los carismáticos del pasado. La muerte de Alfonsín es el último ejemplo de liderazgo tradicional: como el Cid Campeador, ganó una batalla durante los días que duró su vigilia. Kirchner, a diferencia de Perón, no es amado ni admirado, sino temido; no se le reconoce sabiduría política ni originalidad, sino audacia, y, hasta hace dos años, buena suerte.
Nadie podría afirmar que Julio Cobos es un dirigente carismático. Sin embargo, se ha convertido en uno de los políticos populares de la Argentina. Esa popularidad la recibe en circunstancias completamente anormales y sin antecedentes: vicepresidente de un gobierno, vota en contra de una ley que ese gobierno considera fundamental. En cualquier otra circunstancia se hablaría de una traición, palabra sólo empleada por los más duros críticos. Enseguida, Cobos comienza un camino de retorno al partido radical, del cual había sido expulsado "de por vida" cuando decidió ofrecerse como candidato a la vicepresidencia de un gobierno kirchnerista. Ese camino de regreso está lleno de misterios: ¿va a hacer campaña contra el gobierno del que forma parte? Si renunciara, no pondría en juego la estabilidad de la República, ya que hay una sucesión constitucional que está ocupando sus lugares. Pero nadie sabe si va a renunciar; intríngulis en sí mismo completamente extraordinario, porque no lo asiste la única razón para quedarse, es decir, la estabilidad de las instituciones. O quizá piense que la presidencia puede caerle en las manos si una derrota electoral pusiera a los Kirchner, por propia decisión, fuera de la Casa Rosada, eventualidad que algunos de los hiperkirchneristas más torpes y sinceros han pronosticado públicamente, no se sabe si como amenaza o como promesa.
El dilema de Cobos es la ubicuidad. ¿Hasta cuándo es aceptable que sea vicepresidente? En ausencia de un sistema de partidos, este interrogante podría resolverse en soledad o con los consejos oficiosos que no se escuchan en los debates abiertos.
Un dilema menor, pero no menos interesante, apresó algunas semanas a Gabriela Michetti. De modo completamente pospolítico, Michetti no tiene asistencia perfecta a la Legislatura porteña, donde debería vérsela (es decir, que forma parte de los políticos más o menos ausentistas), pero goza de una popularidad cuyo origen y tema son casi únicos: el diálogo ayuda a resolver los conflictos y a través del diálogo se logran acuerdos incluso entre quienes, poco antes, ocupaban posiciones irreconciliables. Esta confianza blindada desafía todo realismo, ya que, en ocasiones, el diálogo no concilia posiciones; por eso, en las instituciones de la República se establece la votación. Michetti no ha salido a dialogar en ninguno de los casos calientes de la ciudad de Buenos Aires. Simplemente, no hace política activa, sino que demuestra su persuasión repitiéndola discursivamente y, por milagro del carisma mediático, mucha gente ha resuelto creerle (o eso informan los encuestadores a Mauricio Macri).
Tal es la convicción que Michetti exuda que Elisa Carrió, una política que sabe confrontar, una política intelectual y moderna, la ha rodeado de manifestaciones de afecto. El respeto entre políticos en competencia es importante; el afecto es un agregado que interesa menos, aunque en la etapa mediática de la política alguien como Carrió lo mencione con frecuencia y referido a distintos destinatarios. Pero todos saben también que Carrió, al hacerlo, está reconociendo en Michetti una competidora contra la que no le gustaría perder en su plaza; reconoce el misterio del atractivo sentimental y mediático.
Por su lado, Michetti trata de decir que su paso de vicejefa de gobierno a cabeza de lista como diputada nacional no responde a la misma lógica de los candidatos testimoniales inventados por Kirchner. La diferencia residiría en que ella va a renunciar y está dispuesta a asumir, mientras que Scioli no. Pero algo los asemeja: ambos están allí donde pueden contribuir a una victoria. Cuando Michetti fue elegida vicejefa de gobierno, Macri sólo quería ganar la ciudad; ahora quiere ganar un lugar en la próxima carrera presidencial. Esta instrumentalidad de los lugares ocupados por las personas es lo que iguala a Michetti y Scioli. Están donde conviene, no importan las obligaciones contraídas, sobre todo porque tanto Kirchner como Macri tienen la hipótesis de que pocos van a reclamar que se cumpla un compromiso.
En este paisaje, los esfuerzos de la UCR dirigida por Gerardo Morales, su congreso, sus elecciones internas, sólo a los cínicos podrían parecerles rémoras de un partido donde a los cuadros les encanta reunirse, discutir y votar no importa lo que suceda después. La existencia de un partido que no sea simplemente una plataforma de aterrizaje y despegue de candidaturas es, en sí misma, una reivindicación de la política que muchos llaman tradicional, adjetivo que puede tener varios sentidos y no todos necesariamente negativos. La misma observación podría hacerse de la paciente constancia con que Rubén Giustinani ha mantenido a la mayoría del Partido Socialista en su alianza con la Coalición Cívica.
Frente a la reorganización del partido radical, que muchos daban por muerto, el dinero de un millonario implanta una ley que antes no se conocía, operando con igual desparpajo. Por suerte, no se trata de recursos públicos; por desgracia, muestra que si no se cambian las normas de financiamiento de la política, las elecciones pueden convertirse en una mesa donde juegan los ricos por el hecho de serlo. Francisco de Narváez ha fundado su escudería. Así logró subordinar a un político con la trayectoria de Felipe Solá, que debió aceptar que la prepotencia de una inversión publicitaria le daba a De Narváez más puntos en las encuestas que el haber gobernado la provincia de Buenos Aires en la peor crisis argentina y, acto seguido, haber sido ninguneado por Kirchner.
La peor conclusión que podría sacarse es que quien tiene plata hace lo que quiere. Si fuera así, no es sorprendente que las candidaturas sean valencias libres que se asocian en móviles plataformas de lanzamiento para cada coyuntura electoral.
lunes, 21 de abril de 2008
Fue una provocación

Por Beatriz Sarlo
Para LA NACION
Estuve en la Plaza de Mayo más o menos a las once de la noche del martes. Poco después llegó una camioneta que transportaba un gran pasacalle con la leyenda “Sociedad Rural vergüenza nacional”.
A una señora que caminaba con su cacerola y su hija de seis o siete años le sugerí que se fuera porque iban a empezar las piñas. La señora quedó estupefacta, porque no sabía, ni nadie sabía en la Plaza de Mayo, que en el Obelisco ya le habían roto la cara a un manifestante. Que se venían las piñas era evidente para cualquiera que hubiera participado en alguna manifestación de los años setenta, experiencia que probablemente no realizó la mayoría de los que estaban allí en un comienzo.
La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.
Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas. Cuando terminaba la noche por huida y dispersión, una mujer de la edad de la Presidenta dijo: “No creo que esta mujer haya sido una dirigente política en su juventud, porque yo estaba en la política y discutir con los JP era difícil. Había que ganarles, mientras que esta mujer me parece que nunca le ganó a nadie una discusión mano a mano”.
En la Plaza de Mayo no se oyeron gritos pidiendo que se fueran todos, como los que transmitió la televisión desde Olivos, cuya concurrencia parecía mucho más ajustada a las clases pudientes que la que estaba en
Los fotógrafos y camarógrafos formaron para hacer su trabajo y durante casi media hora fueron la línea providencial que separó en dos a los manifestantes enfrentados. La policía de Aníbal Fernández formaba en
A un militante de D’Elía que me saludó le dije: “Esto es una provocación”. No entendió, y por cinco minutos discutimos: una provocación significa que un grupo organizado irrumpe en la manifestación de otro grupo para romperla, si es necesario con violencia. Le dije: “En la tradición progresista, la provocación fue un acto político despreciable, atribuido casi siempre a la policía o a los enemigos de clase. Hoy, en cambio, los provocadores son ustedes”.
Los manifestantes de la
Para el peronismo, la ocupación de la Plaza de Mayo tiene una carga simbólica enorme, cuya larga historia comienza el fundacional 17 de octubre de 1945.
Pérsico y D’Elía responden a una tradición que no hay que subestimar ni pensar que es totalmente instrumental: hay destellos de memoria y de identidades en conflicto, además de provocación e impunidad.
El 1° de mayo de 1974, los montoneros retiraron sus columnas de la Plaza de Mayo después de desatar una guerra de consignas mientras Perón estaba hablando. Se retiraron al grito de que volverían victoriosos. En cada acto peronista de esos años, la disputa por los lugares en la Plaza entre juventud peronista y juventudes sindicales incluyó desde el cuerpo a cuerpo, que avanza ganando metros por presión física, hasta el enfrentamiento a golpes o con armas.
Los bosques de Ezeiza fueron escenario, en 1973, de una disputa por el espacio que comenzó la noche anterior a la llegada de Perón: nuevamente juventudes peronistas y juventudes sindicales se toparon para colocarse en las primeras filas frente al palco que el líder no llegó a ocupar.
Finalmente, ese gigantesco forcejeo que cubrió hectáreas terminó con un enfrentamiento armado: desde el palco, grupos de la derecha peronista, que luego serían parapoliciales, tirotearon a los de abajo, donde también había algunas armas.
Si Cristina Fernández de Kirchner no ignora esta historia (o no la olvidó en los años pasados en Santa Cruz), debió elegir con más cuidado las palabras de su discurso del martes, que empezó así textualmente: “Las imágenes que me tocó ver especialmente en Semana Santa, siempre Semana Santa ha sido emblemática para los argentinos, como si fuera una señal pegada en esta oportunidad a una de las peores tragedias que tiene la historia argentina, y que fue la del 24 de marzo de 1976. Señales, tal vez, que se toma la historia, la casualidad, pero lo cierto es que en estos cinco días, el último día fue 24 de marzo”. La Presidenta les dio línea a Pérsico y D’Elía, que a los gritos acusaron a los manifestantes de haber apoyado la dictadura militar.
Se dice que Cristina Fernández de Kirchner habla bien. Su discurso no lo prueba, si hablar bien significa algo más que hablar de corrido, no vacilar ni confundirse con los tiempos de los verbos.
El comienzo de su discurso, al señalar un vínculo entre las manifestaciones ruralistas actuales y el golpe de Estado de 1976 tuvo dos defectos graves. En primer lugar, se trató de una sugerencia, como si una cuestión de esta magnitud pudiera ser dicha al pasar, sin tomar en cuenta que va a ser escuchada como línea interpretativa que puede dar paso a las acciones y no como la ocurrencia de alguien que visualiza “señales” sin ton ni son.
No era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.
Por otra parte, cuando un político pronuncia un discurso de esa dureza debe saber que cada uno de sus párrafos puede tener efectos poco controlables sobre quienes se sienten atacados y quienes se sienten expresados por sus palabras. Cuando la gente de Pérsico y D’Elía entró en la Plaza de Mayo para desalojar a los manifestantes, la consigna gritada contra ellos asimilándolos a la dictadura militar había estado sugerida por las “señales” que creyó descubrir la Presidenta, emanadas de una clásica oposición “oligarquía versus pueblo” que palpita, desde hace cincuenta años, en el corazón del peronismo. No era momento para reactivarla.
No puede decirse con certeza si los grupos de Pérsico y D’Elía fueron enviados allí. Lo que parece cierto es que el discurso duro de la Presidenta, la insinuación de coincidencia, las “señales” intuidas y la irrupción de los piqueteros constituyen un dispositivo político, más allá de quienes se mueven dentro de sus engranajes o quienes creen que pueden manejarlo.
