domingo, 17 de mayo de 2009
miércoles, 6 de mayo de 2009
Jorge Luis y Raul Ricardo, entre otros

Publicado por Ezequiel Martinez el 3/04/09 en "en Minúscula", Blog de la Revista Ñ.
Hace pocos meses recibí en mi casilla de correo un mail de remitente desconocido, encabezado por un asunto que tenía todas las características de un spam: "Pedido insólito", decía. Estuve a punto de borrarlo sin más cuando un click equivocado me hizo abrirlo.
Me encontraba por esos días en México (era mediados de noviembre del año pasado) cubriendo los homenajes a Carlos Fuentes por sus 80 años. La remitente del mail, a quien nunca conocí personalmente, había leído alguna de mis crónicas publicadas en Clarín desde allí, y decidió escribirme. Era Margarita Ronco, la asistente de toda la vida del ex presidente Raúl Alfonsín.
Lo único que pretendía, deshaciéndose en disculpas, era saber si yo podía entregarle en mano a Carlos Fuentes una carta que Alfonsín -aun en su agonía- quería hacerle llegar al escritor para sumar su abrazo fraternal a los festejos. Por supuesto, así lo hice.
Conservo una copia de esa carta por el simple azar de haber sido su paloma mensajera. En sus párrafos finales le escribía Alfonsín al autor de Terra nostra:
"Usted es un intelectual comprometido con su tiempo que no es indiferente a las luces y las sombras de la realidad. Recuerdo nuestras conversaciones al respecto, sus denuncias que expresaban la indignación de un hombre conmovido por la realidad.
Le envío un fuerte abrazo desde este Buenos Aires, donde tantos momentos gratos supo pasar, allá lejos y hace tiempo.
Como dicen en Cuba, 'sigamos acumulando juventud'. A mí me está costando una gran pelea, pero como buen gallego, no aflojo aunque la enfermedad venga degollando...".
Ese era también Alfonsín, un hombre con un apetito intelecual que en la cuesta abajo de su vida, no dejaba pasar por alto un gesto de amistad lejana, pero sincera, hacia un escritor que admiraba.
Después de él, ningún otro mandatario argentino demostró tanto compromiso con la cultura. Tuvimos uno que incluyó en un discurso oficial un comentario sobre su lectura de las novelas de Borges; y otros de mismo apellido que quebraron la tracidión presidencial de asistir a cada inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires, entre otras torpezas y burradas.
Mucho se le endilgó a Alfonsín el desliz de no haber recibido a Julio Cortázar cuando, en diciembre de 1983, el autor de Rayuela caminó por última vez las calles de Buenos Aires. El país, y su presidente recién elegido, vivían una efervescencia donde los asesores del primer mandatario sopesaban otras urgencias.
Sin embargo, apenas asumió, Alfonsín comenzó a prestarle atención a los intelectuales, a recibir a escritores y artistas, a recomponer una cultura amordazada y deshilachada durante años. En el libro Quince años de democracia (Norma, 1998) compilado por el periodista Roman Lejtman, escribe Santiago Kovadloff:
"Luego de que Raúl Alfonsín ganara las elecciones, escritores y artistas fuimos convocados a reunirnos con él en el Hotel Presidente, donde se hospedaba antes de asumir. Recuerdo muy bien la escena: estábamos en un salón amplio, sentados frente a Alfonsín, a una distancia considerable. El, con su mujer al lado, y Jorge Luis Borges frente a ellos. Nosotros rodeábamos a Borges, quien casi apoyaba el mentón en el bastón que tenía entre sus manos. Las manos le temblaban levemente. Alfonsín y Borges parecían Pericles y Sófocles; el paradigma de la cultura".
¿Se acuerdan cómo llamaban a los intelectuales cercanos al gobierno de Alfonsín? "La patota cultural". Prefiero mil veces esas patotas a las que vinieron después.
miércoles, 1 de octubre de 2008
martes, 30 de septiembre de 2008
La seriedad del humor


JORGE EDWARDS 30/09/2008
La virtud central del capitalismo clásico era el trabajo. Marx partió de ahí, de esa noción burguesa esencial, para elaborar sus ideas sobre el materialismo dialéctico y el socialismo. El capitalismo moderno estaba relacionado con la revolución protestante, con el calvinismo, con una ética del rigor, del esfuerzo. Hay que leer a los clásicos, desde Adam Smith hasta Max Weber. Y entender a Carlos Marx y a Federico Engels. Pero tengo la impresión de que los teóricos de la economía actual se olvidaron de los autores fundamentales, de los maestros, de los grandes precursores. El valor del trabajo se degradó y se convirtió en el de la especulación, de las burbujas financieras, de la riqueza fácil. He leído y recordado en estos días algunas páginas de humor sobre la crisis de 1929, además de algunas anécdotas reveladoras. Groucho Marx, que no pertenece a la misma familia que Carlos Marx, describe en sus memorias una época en que las acciones de Wall Street, todos los valores bursátiles, subían todos los días. Todo el mundo quería comprar en la Bolsa, y él mismo Groucho fue contagiado por la fiebre especulativa. Cerraba los ojos, ponía un dedo en algún lugar de la lista, compraba la acción respectiva y ganaba. Todos ganaban y compraban como locos. Groucho no sabía, hasta ese momento, que se podía vivir en el lujo, en la opulencia, en la extravagancia, sin trabajar, pero había comenzado a saberlo. Hasta que un día cualquiera, un inversionista cualquiera, un poco preocupado, dominado por un soplo vago de incertidumbre, hizo cálculos y resolvió vender. Otra persona se contagió con su pesimismo, o al menos con su vacilación, con su incertidumbre, y también puso sus acciones en venta. Hasta que la Bolsa de Wall Street, un buen día, o un día negro, para decirlo de un modo más preciso, se derrumbó en forma estrepitosa.
Los economistas nos hablan en difícil, pero Groucho Marx es tanto o más certero que ellos. Porque Groucho nos habla de la crisis desde adentro, como persona que participaba en el delirio colectivo y que de repente, de un día para otro, perdió hasta la camisa. Hemos vivido rodeados de gurús, de magos de las finanzas, de poseedores de ciencias infusas, de ricos repentinos y que se han reído de los valores tradicionales, y de pronto se han caído al suelo como sacos de papas o de patatas. Me parece que la explicación de un humorista, aunque no tenga terminachos, aunque huya de la jerga técnica, es mejor que muchas otras. Una vez, hace ya largos años, di una conferencia en algún recinto madrileño o de las Islas Canarias, ya no me acuerdo con exactitud, y conseguí que la audiencia se riera a carcajadas. Al final de la charla se me acercó el escritor y ensayista Juan Marichal, marido de Soledad, Solita, Salinas, hija del gran poeta Pedro Salinas, y me dijo las siguientes palabras textuales: "Es que la gente no se ha dado cuenta de que el humor es una cosa muy seria".
Leí hace poco una anécdota de Kennedy el mayor, el padre de los hermanos Kennedy. En vísperas de la crisis, Kennedy el mayor po-
seía una cantidad importante de acciones de Wall Street. Una mañana se dirigió a los recintos de la Bolsa y se detuvo en una esquina, en la mitad de su camino, para lustrarse los zapatos. El lustrabotas, mientras le pasaba cera y le sacaba lustre, le hacía comentarios sobre sus propias compras en la Bolsa y sobre las alzas que habían obtenido los títulos suyos. Kennedy el mayor, con sus zapatos relucientes, se dirigió de inmediato a la oficina de sus corredores y les ordenó que vendieran todo. Si hasta los lustrabotas compraban acciones, algo estaba podrido en el Reino de Dinamarca. Vendió todo, y esa decisión de vender a tiempo fue uno de los pilares más sólidos de su futura fortuna. Pero el problema, claro está, consiste en vender a tiempo, y en comprar a tiempo. Parece fácil, pero no lo es tanto. El capitalismo especulativo es uno de los grandes vicios del mundo moderno (para citar al poeta Nicanor Parra). Y el otro, el de los calvinistas, el de los artesanos hugonotes, el de los banqueros de la Comedia Humana de Honorato de Balzac, pertenece a un pasado remoto, anacrónico, desaparecido.
Lula, el presidente brasileño, nos habló en la Asamblea General de las Naciones Unidas de fiebre especulativa, y Michelle Bachelet, en tonos acusatorios, recurrió a los conceptos de codicia y desidia. Fueron nociones éticas, severas, esgrimidas en la mayor tribuna internacional. Pero el problema de gobernar consiste en conocer la naturaleza humana y actuar para controlarla, encauzarla, llevarla por caminos decentes, de solidaridad, de justicia, de progreso auténtico. Porque si usted coloca a un gato en una carnicería, no puede pedirle que se abstenga de comer la carne. Es necesario, en consecuencia, conocer la naturaleza de los seres humanos, y la naturaleza de los gatos. En mis años de formación, el héroe de la economía moderna, a lo largo y lo ancho del mundo capitalista, era John Maynard Keynes. Parecía que Keynes había sacado al capitalismo de su etapa salvaje, descontrolada, primitiva, y lo había canalizado, moderado, humanizado. En resumidas cuentas, si la crisis derivaba de un estado anterior de libertinaje, los keynesianos aplicaban medidas para salvar en definitiva, en sus componentes básicos, el sistema. Era otra versión de lo que proponía el Príncipe de Salina en El Gatopardo: cambiar para que todo siga igual. Es lo que sostiene ahora el Gobierno de Washington, pero lo sostiene tarde, con voz alterada y sofocada, con manotazos de ahogado. No hacer nada, dice, es lo peor y lo más peligroso que podemos hacer. Y lo dice mientras hace esfuerzos desesperados para tapar los hoyos, los feroces agujeros financieros, inmobiliarios, hipotecarios, con el dinero de los contribuyentes.
Lo que ocurre es que lo más abstracto del mundo, lo más enigmático del mundo, son las altas finanzas. Se barajan cifras en un tablero electrónico, se hacen fortunas y se deshacen en cuestión de horas, pero, ¿dónde están los respaldos, el oro, el dinero efectivo? Muchas veces, casi siempre, no están en ninguna parte. En la Comedia Humana, para volver a Balzac, hay dos especies de personajes: los avaros, los que atesoran riquezas lenta y trabajosamente, los Primos Pons, que guardan una fortuna en muebles, en cristalerías y porcelanas, en cuadros, en luises de oro, debajo de los colchones, en espacios de pocos metros cuadrados, y los barones del primer imperio, los Nuncingen, que especulan y manejan valores puramente abstractos, y que anuncian algunos de los rasgos del capitalismo de este siglo XXI. Algunos comentan, con visible entusiasmo, con acentos triunfalistas, que los fanáticos del neoliberalismo quedaron en evidencia. Quizá sea verdad. Pero tiendo a ver las cosas de otro modo. Toda la economía, en casi todas partes, en Occidente, pero también en China, en Rusia, en la India, había entrado en una forma de delirio, en una fiebre que iba en aumento y que nos contagiaba a todos. Y de repente, por la fuerza de los hechos, por obra de las circunstancias, hemos despertado y nos hemos tenido que restregar los ojos. ¡Adiós, sombras fugaces!, hemos exclamado, como los personajes del drama clásico. Despertamos, aterrizamos en la realidad, y la fuerza, el drama de la experiencia viva y reciente, nos marea y nos perturba. En Chile, dice alguien, estamos más preparados que antes, que en 1982 y en 1929, para resistir la crisis. Más preparados hasta cierto punto, y siempre que las cosas no lleguen a mayores. Pero lo más probable es que no se salve nadie, y que no consigamos, tampoco, al final del tormentoso recorrido, aprender nada.
viernes, 26 de septiembre de 2008
La ley de la calle 13

JAUME RODRÍGUEZ 26/09/2008
El reggaeton es el estilo más vituperado del mundo. Vende millones de discos pero se considera retrógrado y machista. Dos hermanastros de Puerto Rico, Calle 13, se han empeñado en dotarle de dignidad y conciencia. Publican su tercer álbum: Los de atrás vienen conmigo. Más claro, imposible.
CALLE 13 quema suela a una velocidad de vértigo: gracias a las ventas millonarias de sus dos discos son solicitados por Alejandro Sanz o Nelly Furtado. El segundo, Residente o visitante, destronó a Jennifer López de lo más alto de la lista latina de Billboard, entró en lo mejor de 2007 para The New York Times y logró varios grammys latinos por mencionar algunos de sus precoces logros.
Fue en la ceremonia de estos premios, interpretando una de sus canciones junto a un grupo de indios araucos venidos desde Colombia, cuando iluminaron el rostro de su ídolo Rubén Blades. Una gran noche para Eduardo José Cabra Martínez y su hermanastro René Pérez Joglar, dos puertorriqueños de 30 años. Ahí fue cuando el mito panameño accedió a rapear en La perla, uno de los temas del inminente Los de atrás vienen conmigo. Tercera etapa de un camino sin fin a la vista que, nuevamente, recorren junto a una imprevisible lista de colaboradores. Un nuevo disco que traspasa definitivamente las fronteras del reggaeton. La cumbia y el hip-hop siguen presentes, pero ahora cambian el tango que capitalizó parte de Residente o visitante por una paleta de sonidos más amplia. Siguen expandiendo su punto de mira panamericano por todo el globo. Y con la misión de siempre: descubrir su país al mundo y descubrir el mundo a su país.
Llegaron ayer a Madrid de Puerto Rico y aún no han parado de dar entrevistas para presentar Los de atrás vienen conmigo. Eduardo devora una milanesa de pollo en un elegante restaurante italiano de Madrid mientras el jet lag le devora a él. Quien tira de reservas para, una vez más, llevar la voz cantante es su hermanastro René, licenciado en Arte por cuya cabeza transitan los cuadros de Bacon, el cine de Medem y Lynch o los libros de Chomsky y compañero sentimental de la ex Miss Universo Denise Quiñones.
Llama la atención la colección de tatuajes que lleva en sus gimnásticos brazos. En el derecho, por citar alguno, un cuadro anónimo de Basquiat y una figura femenina de Matisse. En el otro, los nombres de sus siete hermanos y, presidiendo, el rostro de su madre, la actriz de teatro Flor Joglar. "Eso en Puerto Rico no significa nada. Ahora trabaja en un hospital, de recepcionista", dice sacando pecho por su familia. "Me llena de orgullo. Nos criamos todos juntos, incluso comíamos en una mesa redonda para que supuestamente fluyera la energía. A los dos nos critican bastante, pero nos ayudan mucho a mantener los pies en el suelo".
Y si en lo musical vuelven a dar un paso adelante, las letras no podían ser menos. Con Atréve-te-te, el gran éxito hasta la fecha del dúo boricua, demostraron cómo despertar conciencias desde la pista de baile. Hedonismo y compromiso siguen conviviendo sin chirriar gracias a la retórica inventiva de René, En el universo actual de Calle 13 habitan cuentos para niños de 40 años a lo Tim Burton, ráfagas verbales contra el latino que reniega de su identidad y sólo ansía ser gringo. Fiestas de locos en las que encontramos curas pedófilos y "un anciano corriendo en bicicleta en calzoncillos con viagra en los bolsillos".
Y política. Ya habían hecho denuncia frontal como la de Querido FBI, una canción lanzada a las 30 horas de la muerte a manos de esa agencia de Filiberto Ojeda Ríos, el puertorriqueño más buscado por el Gobierno Federal de Estados Unidos, un anciano que fue trompetista y terminó siendo líder del Ejército Popular Boricua. O Tributo a la policía tras la muerte el año pasado del mejor amigo de René. "Me molesta la gente de mi país que es indiferente, que le da igual cualquier cosa", dice su autor. "La mayoría no quiere ser independiente. Yo hablo de eso y me convierto en comunista".
Un discurso que desde fuera cuesta imaginar en boca de alguien que vive en la burbuja del éxito masivo: "Estando donde estamos, la cuestión de los que vienen de atrás se nota todavía más. Antes no era tan consciente, quizás porque estaba bien metido ahí. Pero ahora, cada vez que voy a Estados Unidos, me doy cuenta de quiénes son los que limpian el piso de los hoteles y las cocinas de los restaurantes. Yo no estoy barriendo un edificio para ganarme la vida ¿entiendes?, pero sí lo veo. Es como observar una pintura de cerca o hacerlo de lejos: vas a apreciar lo mismo, pero de diferente manera" René, el aludido, quiere disparar la duda:
Es el proceso de enriquecimiento de dos personas que siguen chupando de todas las fuentes: "Este último año y medio no hemos parado de viajar. Y eso se nota. De nuestro paso por un festival en Nueva Orleans nos quedamos con el dixieland de Ven y critícame. Los ritmos ochenteros de Electro movimiento tienen que ver con nuestras visitas a Miami. También está la cumbia villera, fuimos mucho a Argentina. Y a Uruguay, por eso lo del candombe en el tema de Rubén", resume Eduardo. Pero como reconocen ambos, la gran novedad es la inclusión de los ritmos balcánicos: "Nunca hemos estado ahí, eso tiene que ver con Kusturika. Yo le conocía por su música y por la película Underground, pero luego vi un concierto que dio en Buenos Aires y aluciné. Me interesaba coger esa música, meterle un rap chévere y hacer una onda así medio teatral", dice René. Y, como siempre, con un ejército de amigos, admiradores y colaboradores: Si en el anterior se rodearon de La Mala Rodríguez, Orishas o el oscarizado Gustavo Santaolalla, ahora, además del gran Rubén Blades, encontramos a Café Tacuba y casi al mismísimo Juanes, "ésa al final se cayó. Política, líos de poder, burocracia de disquera, boberías que no deberían afectar", se lamenta René. "Pero él es un tío superfácil, buen músico, no le costó adaptarse a nuestra onda. Era un tema bailón, como una samba hecha con 30 músicos argentinos y una guitarra a lo Fela Kuti. No sé, quizás salga en un futuro".
Son las cuatro de la tarde. René apura un tiramisú y el vaso de leche que ha pedido para relajarse. A Eduardo y a él "sólo" les quedan unas entrevistas para la televisión, otra más de prensa y una última dentro de la furgoneta que les llevará al aeropuerto de Barajas. Y de ahí, rumbo a Barcelona. El mismo sitio al que en 2003 llegó René para estudiar cine atraído por su novia de entonces y que dejó. "Llevaba tiempo escribiendo rap y tenía en mente un proyecto en plan urbano para hacer en Puerto Rico". En la Ciudad Condal más entrevistas, un concierto por la noche y a la mañana siguiente de vuelta a casa para coger aire antes de empezar un nuevo periplo entre periodistas por México, Argentina y el resto del continente americano.
Menos abiertos son a la hora de dejarse vestir por los estilistas. Un par de horas antes, a poco de empezar la sesión de fotos que ves en estas páginas, le proponen a Eduardo un modelo en base a una bata y unos shorts muy shorts de cuadros escoceses. Y a René, un plumas de camuflaje militar a juego con otros pantalones cortos. No. "Somos bien difíciles", comenta René sonrojado mientras Eduardo, soñoliento en un sofá, le recuerda con sorna que no lleva las piernas depiladas. "Las giras de promoción son lo peor de mi trabajo", confiesa su hermano.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Con el jazz no se meta

Martín Caparrós24.09.2008
Me gusta que la Presidenta explique en su reunión de jefes de Estado que el Mercado solito no puede arreglar todo y que el Estado también debe intervenir. Ya lo decíamos cuando ella y su marido gobernaban menemistas y vendían el petróleo nacional, pero me alegra que ahora se haya dado cuenta o, por lo menos, que lo diga. Me gustaría más, claro, si usara menos dinero de Su Estado para pagarle al FMI, al Club de París y a los ahorristas italianos, y un poco más para que en la Argentina funcionen escuelas y hospitales, pero ya me explicaron intelectuales varios que este gobierno es el mejor de los peores y que esto es lo que hay y que lo disfrutemos.
Así que nada, un placer escucharla dar lecciones en la ONU y, de últimas, si quiere joder a millones de argentinos, su derecho: los argentinos son grandes y supongo que saben defenderse. En cambio lo que no puedo soportar es que se meta con el jazz.
¿Qué es ese invento del “efecto jazz”, señora mandataria, para bautizar la crisis de la economía más central y dominante del planeta? No subrayemos que ahora usted dice que la crisis de Wall Street “se expande desde el centro hacia el resto del mundo” cuando, hace unos días, todavía entre nosotros, decía que esa crisis no nos iba a tocar.
Son contradicciones menores, las habituales, del estilo a los bonistas no les vamos a pagar nunca –hasta hace unas semanas–, y ahora les pagamos. El tema no es ése; son detalles sin importancia. Pero, en cambio, el jazz: con el jazz no se meta, su excelencia.
¿Usted sabe, señora mandataria, qué es el jazz? ¿Usted tiene por ventura alguna idea sobre la música más negra de un país donde los negros que la inventaron no podían subirse al colectivo o comer en los restoranes o estudiar en las escuelas de los blancos? ¿Usted sabe que estuvo prohibida en cantidad de lugares, perseguida en cantidad de lugares, hasta que empezó a ser aceptada y que, de todos modos, siguió siendo un arte marginal? ¿Usted sabe que nunca fue un buen negocio, que subsiste por pura tozudez de sus cultores? ¿Usted sabe que muchos de sus grandes fueron pobres, drogones, izquierdistas? ¿Que muchos de sus mejores tuvieron que dejar su país para seguir viviendo de su música? ¿Usted se da cuenta de la injusticia que ha cometido al asociar esa música de ex esclavos con lo más despiadado del sistema capitalista americano? ¿Usted no cree que las palabras significan y que uno debe saber qué está diciendo? ¿Usted sigue creyendo, muy señora mía, que puede decir cualquier verdura? Sí, claro, está visto que puede: cite a Marx al revés, báñese en la laguna equivocada, insista en que redistribuye, dibuje, invente, siga usando la lógica del redactor publicitario –una fórmula vale más que media idea–, pero no se meta con el jazz. Sí, le puede parecer una tontería. Y es una tontería. Su función no le asegura el monopolio: a mí también me gusta, cuando puedo, decir tonterías.
PD: así que, ya que estamos, podríamos hacer un casting de nombres para la crisis financiera americana. Ofrezco un par para empezar: efecto marine –por su fuerza de choque planetaria–, efecto hamburguesa –porque nos hicieron carne picada y les cayó espantoso–, efecto cocacola –porque nos vendieron pura burbuja–. Son horribles. Si alguien quiere mandar alguno bueno, Criticadigital los espera bañadita.
viernes, 29 de agosto de 2008
Szyk, el caricaturista que encaró a Hitler




Berlín exhibe la obra de Arthur Szyk, el dibujante que arremetió contra el nazismo desde las páginas de la prensa estadounidense
EFE - Berlín - 28/08/2008
El Museo de Historia Alemán inaugura hoy una exposición con las caricaturas políticas de Arthur Szyk, dibujante judío polaco que alcanzó fama mundial gracias a sus ácidas viñetas contra Adolf Hitler y el nacionalsocialismo, publicadas entre 1939 y 1945 en la prensa norteamericana. Por primera vez llega a Alemania la obra de uno de los caricatuistas políticos más laureados durante los años del conflicto bélico, que centró su atención en la figura de Adolf Hitler y en los horrores del holocausto judío en Europa.
El Museo de Historia Alemán inaugura este viernes una exposición con las caricaturas políticas de Arthur Szyk, dibujante judío polaco que alcanzó fama mundial gracias a sus ácidas viñetas contra Adolf Hitler y el nacionalsocialismo, publicadas entre 1939 y 1945 en la prensa norteamericana. Por primera vez llega a Alemania la obra de uno de los caricatuistas políticos más laureados durante los años del conflicto bélico, que centró su atención en la figura de Adolf Hitler y en los horrores del holocausto judío en Europa.
Dibujando contra el nacionalsocialismo es el título de la exposición, que reúne cerca de 220 obras de Szyk, quien se valió de su lápiz para luchar contra los horrores cometidos por los nazis. Sus caricaturas muestran la maldad personificada en el Führer, a quien representaba disfrazado de tenebrosos personajes como el malvado Atila (406-452), rey de los hunos.
Un ejército de un solo hombre
Con su trabajo, Szyk contribuyó a la propaganda estadounidense para intentar mejorar el ánimo entre la población y los soldados en tiempos de guerra. Sus viñetas, que fueron publicadas en muchos de los diarios y revistas de mayor tirada de Estados Unidos, consiguieron que el público norteamericano tomara consciencia de lo que estaba sucediendo en Europa, en especial de los horrores relacionados con la masacre de los judíos.
"¿Cómo se puede esperar de mí que dibuje paisajes y flores cuando el mundo está en llamas?, solía decir Szyk en aquellos años. Hilter era "Alemania sin máscara", llegó a afirmar Szyk, quien fue definido por la esposa del presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, Eleanor, como "un ejército de un solo hombre".
Nacido en la localidad polaca de Lodz, Szyk (1894-1951) estudió arte en París y se fijó, desde finales de los años veinte, en la situación de los judíos en Europa, así como el valor de la democracia y la libertad. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Polonia por las tropas nazis, Szyk decidió emigrar a Estados Unidos junto a su familia. La exposición, que permanecerá abierta al público hasta el 4 de enero del año próximo, se ha organizado en colaboración con la Arthur Society, con sede en Burlingame (California).
sábado, 16 de agosto de 2008
Pienso, luego... ¡mosquis!

Las enseñanzas filosóficas implícitas en los personajes de Los Simpsons
JORDI SOLER - Barcelona - 16/08/2008
En la Universidad de Berkeley, en California, se imparte un curso de filosofía fundamentado en la vida cotidiana de la familia Simpson. El maestro y sus alumnos van tomando nota, a lo largo de un semestre, de los actos y los diálogos que la tribu de Homer va desvelando semanalmente en la televisión; este conocimiento, aparentemente superfluo, les sirve para comprender, y luego aplicar, los engranajes del pensamiento filosófico. Matt Groening, artífice de esta familia dolorosamente arquetípica, sostiene: "Los Simpson es un programa que te recompensa si pones suficiente atención". Sus célebres episodios pueden entenderse en distintos niveles, divierten a niños, a adultos y a filósofos; tres datos sobre la inversión que lleva cada capítulo de esta serie dan una idea de su complejidad: 300 personas, que trabajan durante 8 meses, con un costo de 1,5 millones de dólares.
La misma idea de convertir a la familia Simpson en materia de especulación filosófica es el tema de un curioso libro, The Simpsons and philosophy: the D'oh of Homer (ese D'oh se traduce en la versión española por "mosquis", la célebre interjección de Homer). Una nueva editorial, Blackie, lo publicará en España en invierno con el título de Los Simpson y la filosofía. En este volumen, un éxito de ventas en EE UU e Italia, 20 filósofos, de diversas universidades de Estados Unidos, ensayan sobre esta familia y su entorno en la desternillante ciudad de Springfield. El compilador de este proyecto de reflexión colectiva es William Irwin, profesor de filosofía del Kings College, en Pensilvania, con la participación de Mark T. Conrad y Aeon J. Skoble; Irwin es también autor de un célebre ensayo, en la misma línea de filosofía pop, titulado Seinfeld and philosophy (Seinfeld y la filosofía), donde, en un ejercicio a caballo entre la reflexión y la enajenación que produce mirar tantas horas la tele, desmonta filosóficamente la vida del solterón neoyorquino y el grupo de solterones que lo rodean.
Los Simpson y la filosofía comienza con un ensayo de Raja Halwani dedicado a rescatar, filosóficamente, lo que Homer tiene de admirable, y el punto de partida para esta empresa imposible es Aristóteles, ni más ni menos. "Los hombres fallan a la hora de discernir en la vida qué es el bien"; esta idea aristotélica consuena con esta idea homérica, de Homer Simpson: "Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo, las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio". La interesantísima radiografía filosófica de Homer que hace Halwani viene salpicada con diálogos y situaciones que hacen ver al lector lo que ya había notado al ver Los Simpson en la televisión: que Homer, fuera de algunos momentos de intensa vitalidad, casi todos asociados con la cerveza Duff, no tiene nada de admirable. "Brindo por el alcohol, que es la causa y la solución de todos los problemas de la vida", dice Homer en un momento festivo, con una jarra de cerveza en la mano, y unos capítulos más tarde se sincera con Marge, su esposa: "Mira Marge, siento mucho no haber sido mejor esposo; estoy arrepentido del día en que intenté hacer salsa en la bañera y de la vez en que le puse cera al coche con tu vestido de novia... Digamos que te pido perdón por todo nuestro matrimonio hasta el día de hoy".
El libro se divide en cuatro grandes secciones: personajes, temas simpsonianos, la ética de los Simpson y los Simpson y los filósofos. El resultado, como suele suceder en los libros de varios autores, es desigual y ligeramente repetitivo; sin embargo, su lectura puede ser muy instructiva para los millones de forofos de esta serie que desde 1989 presenta una visión de la sociedad en dibujos que se parece bastante a la realidad de la familia occidental; en sus episodios, además de la lúcida disección que se hace del zoo humano, se tratan temas muy serios como la inmigración, los derechos de los homosexuales, la energía nuclear, la polución, y todo teñido de una sátira política que al final, como sucede casi siempre en los ambientes de Hollywood, resulta ser más demócrata que republicana.
Hace unos años, Matt Groening declaró que el gran subtexto de Los Simpson es éste: "La gente que está en el poder no siempre tiene en mente tu bienestar". La serie está basada en la desconfianza que siente el ciudadano común frente al poder, en todas sus manifestaciones, y en la necesidad que éste tiene de preservar a su familia que, por disfuncional que sea, termina siendo el último refugio posible. En los capítulos que se ocupan de los personajes de la serie, los filósofos autores de este libro aprovechan para revisar el antiintelectualismo yanqui a la luz de Lisa, o el silencio de Maggie a partir de esa idea de Wittgenstein que dice "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"; también hay una sesuda reflexión sobre Marge, esposa y madre, como referente moral de la familia Simpson, y del pueblo de Springfield; en uno de los episodios aparece este diálogo, debidamente consignado en el libro, entre Marge y el tabernero Moe:
Moe: "He perdido las ganas de vivir".
Marge: "Oh, eso es ridículo, Moe. Tienes muchas cosas por las que vivir".
Moe: "¿De verdad?, no es lo que me ha dicho el reverendo Lovejoy. Gracias Marge, eres buena".
Bart Simpson es analizado con óptica nietzscheana; Mark T. Conrad intenta armonizar la vida gamberra de este niño con el rechazo de Nietzsche a la moral tradicional. "Yo no lo hice. Nadie me ha visto hacerlo. No hay manera de que tú puedas probar nada", se defiende Bart en uno de los episodios, ignorando esta contundente línea de Nietzsche que lo justifica: "No existen los hechos, sólo las interpretaciones".
Además de Nietzsche y Aristóteles, Los Simpson y la filosofía echa mano de Kierkegaard, Camus, Sartre, Heidegger, Popper, Bergson, Husserl, Kant y Marx, y este último filósofo da sustancia al divertido capítulo Un (Karl, no Groucho) marxista en Springfield, donde James M. Wallace llega a la conclusión de que los Simpson son capitalistas y, simultáneamente, críticos marxistas de la sociedad capitalista. A la hora de desmontar filosóficamente a Homer, Raja Halwani llega a la conclusión de que el tipo de carácter que tiene este personaje, desde el punto de vista aristotélico, es el vicioso, su escaso autocontrol frente a la ira, la alegría, el sexo o la cerveza, sus mentiras y su cobardía histérica en las situaciones en que tendría que responder como jefe de la tribu, lo sitúan como la antítesis de la templanza. Esta línea, dicha por él mismo cuando peligraba su integridad física, describe bien al entrañable personaje: "¡Oh, Dios mío; criaturas del espacio! ¡No me coman, tengo esposa e hijos!; ¡cómanselos a ellos!".
La sabiduría amarilla, en frases
Una selección de algunas de las frases más memorables de Homer Simpson:
- ?Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo: las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio...?.
- ?Brindo por el alcohol: que es la causa y la solución de los problemas de la vida?.
- ?Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso?.
- ?Normalmente no rezo, pero si estás ahí, por favor sálvame, Superman?.
- A Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins: ?¿Sabes? Mis hijos piensan que eres fantástico. Y gracias a tu música depresiva han dejado de soñar con un futuro que no puedo darles?.
- ?¿Cuándo aprenderé? Las respuestas de la vida no están en el fondo de una botella. ¡Están en el televisor!?.
- ?Sólo porque no me importe no significa que no lo entienda?.
- ?Si cuesta trabajo hacerlo, es que no merece la pena?.
- ?Quiero decirte las tres frases que te acompañarán en la vida. Uno, ?cúbreme?; dos, ?jefe, qué gran idea?; tres, ?así estaba cuando llegué??.
- ?Hijo, una mujer es como una cerveza. Huelen bien, se ven bien, ¡y matarías a tu madre por una! Y no puedes tener sólo una. Querrás beber a otra mujer?.
miércoles, 6 de agosto de 2008
Tony Soprano, jefe insurgente

06 agosto, 2008 - Lluís Bassets
No se puede hablar de guerra civil en Irak. Tienen razón Bush y sus amigos. La cruda realidad es mucho peor. En Irak ha habido una escalada de varias guerras, civiles casi todas ellas y difíciles de enumerar y numerar, expandiéndose en el marco más amplio de otras varias guerras que están a punto de estallar en toda la región. Ha habido una guerra de la insurgencia árabe suní contra las tropas americanas, a las que consideran una fuerza de ocupación a desalojar. Está el terrorismo de Al Qaeda, dirigido contra Estados Unidos por una parte y a instigar el enfrentamiento entre chiíes y suníes por el otro. Hay una guerra, ésta plenamente civil, entre chiíes y suníes, en forma de atentados, matanzas en masa y asesinatos singulares. Y también una guerra civil chií dentro de la guerra civil, entre el ejército de El Mahdi de Múqtada al Sáder y la Brigada Badr del Consejo Supremo de la Revolución que dirige Abdul Aziz al Hakim. También hay una panoplia de bandas criminales, confundidas con los grupos terroristas y los insurgentes, que se dedican a saquear, secuestrar y matar como el que más. Y la policía y el ejército iraquíes, infiltrados y divididos por las fronteras sectarias, que ponen de su parte, al igual que los servicios de seguridad de los distintos ministerios.
Basta leer el informe del Grupo de Estudios sobre Irak, publicado a finales de 2006, para enterarse de esta tenebrosa realidad, entre muchas otras realidades tenebrosas. El informe acude al humor de un anónimo funcionario americano para caracterizar esta multiplicidad bélica que prolifera en Irak: "Si en Nueva Jersey hubiera fuerzas de ocupación, Tony Soprano sería un líder de la insurgencia". Y sin embargo, la precisa pero a la vez delicada pluma de James Baker y de Lee Hamilton, los dos copresidentes del GEI, no habla ni una sola vez de guerra civil en Irak, hasta tal punto levantaba ronchas esta expresión y causaba daños morales en la moral de los americanos. Pero su diagnóstico no puede ser más sombrío y pesimista. Hay otra guerra civil musulmana que puede declararse en todos los países donde conviven las dos grandes ramas del islam, lo que significa todos los países del Golfo, pero también Afganistán y Pakistán, además de Líbano. Como hay una guerra civil palestina que ha conducido al control de Gaza por Hamas y el de Cisjordania por Al Fatha. Y está, por supuesto, la guerra mayor y antigua, continua e intermitente, que nunca ha dejado apagar sus rescoldos y se despliega de nuevo una vez y otra en distintas direcciones a partir del conflicto palestino-israelí. A intervalos regulares, la prensa israelí asegura que Siria está preparándose para la eventualidad de entrar en combate.
Sin embargo el peligro más serio no tiene fronteras con el Estado israelí y lo constituye el régimen de los ayatolás de Irán, con su amenaza nuclear ya en marcha y la amenaza ideológica y moral de su negacionismo de la exterminación de los judíos en Europa por parte de Hitler, el Holocausto. Israel, por su parte, no se quedó corta y creó un ministerio de Amenazas Estratégicas, con un ciudadano de origen ruso y de ideas extremistas y xenófobas en su frente. Y ha hecho algo todavía más grave: no se sabe si voluntariamente o por descuido, ha permitido por primera vez que brillaran descaradamente los dientes de sus 200 cabezas nucleares.
Tienen razón Bush y sus amigos. No es una, son varias. Y hay una amenaza de guerra generalizada en toda la región, que se agrava cada día que pasa sin que cambie el rumbo de la intervención americana. "El tiempo se está acabando", dice con discreta alarma el informe de Baker. Pero Bush nunca ha tenido prisas y no le gustó ni una pizca que el informe contuviera requerimientos y plazos. La primera de sus 79 recomendaciones ponía fecha precisa: antes del 31 de diciembre de 2006 Estados Unidos debía lanzar una Nueva Ofensiva Diplomática para empezar a resolver la crisis de toda la región. Fue la primera ocasión para comprobar hasta qué punto desobedece la pauta que le marca quien ha sido el consigliere suyo y de la familia en tantas ocasiones comprometidas, como fue el caso de la propia elección presidencial en Florida.
Bush es el "externalizador en jefe", según le llamó Paul Krugman en una provocativa columna del Times de Nueva York. El informe Baker-Hamilton fue una excelente ocasión para comprobar si su pereza política e intelectual le llevaba incluso a externalizar la presidencia en manos de los consejeros de su padre. No se atrevió del todo, pero echó a Rumsfeld; nombró a uno de los autores del informe, Robert Gates, para sustituirlo en el Pentágono y luego, discretamente, sin que se notara, ha ido aplicando algunas de esas recomendaciones tan desagradables y difíciles de escuchar. No hay nada más amargo que verse obligado a seguir el consejo que no se ha pedido
domingo, 13 de julio de 2008
El ascenso imparable de unos dinamiteros del jazz
EST desmiente los tópicos con un brillante disco en directo
J. M. GARCÍA MARTÍNEZ - Hamburgo - 01/03/2008
Mucho más que un conjunto de jazz. El trío del pianista Esbjörn Svensson, EST para los amigos, constituye un fenómeno sociológico digno de estudio. Un grupo de jazz sueco que vende discos como el que más, llena grandes auditorios y gusta, incluso, a los aficionados al jazz. Para el líder (aunque no se reconozca como tal), la explicación es muy sencilla: "No existe ningún otro trío en ningún lugar del mundo como el nuestro. Ni en América, Japón, Suecia o en España va nadie a encontrar otro EST. Si quieres escuchar a EST tienes que escuchar a EST".
Svensson, Dan Berglund (contrabajo) y Magnus Öström (batería) acudieron recientemente a Hamburgo para presentar su nuevo disco. Una elección obvia teniendo en cuenta que se trata de una grabación en vivo realizada en esta ciudad. Cualquiera podría llevarse la falsa impresión de que la llamada Venecia del Norte constituye un fetiche para Svensson: "En los ochenta recorrí Europa por Interrail con mi novia y siempre teníamos que pasar por Hamburgo", recuerda el pianista. "Por algún motivo, la ciudad no me gustaba demasiado y todo lo que quería era subir al tren y salir pitando. Pero ahora he descubierto que es un sitio estupendo".
Para la presentación, escogieron el Indra, un diminuto habitáculo con apariencia de club de alterne de los años cincuenta que fue el escenario de la primera actuación de unos tales Beatles fuera del Reino Unido. Para Svensson, "ha sido la oportunidad de volver a saborear el feeling de tocar en un club", "un lujo" que ya no se pueden permitir, reconoce Svensson. "Los clubes de jazz suelen ser lugares muy pequeños con lo que tendríamos que estar de gira eternamente. Nuestro reto es crear la atmósfera precisa para hacer sentir a quienes van a escucharnos que no están en un lugar inmenso sino en un club o en la sala de estar de su casa y que nosotros no estamos allí; hasta que, de repente, abre los ojos y comprueba que está rodeado por otros 500".
El "culpable" de que todos estemos aquí -músicos, ejecutivos y prensa venida de toda Europa- se llama Siegfried, Siggi, Loch, un aristócrata, antiguo presidente de WEA-Europa que en 1992 lo dejó todo para fundar ACT, cumpliendo con su sueño de convertirse en productor de discos de jazz. Svensson reconoce que fue gracias al empeño de Loch que EST live in Hamburg vio la luz: "Yo no estaba demasiado entusiasmado con la idea de editar la grabación del concierto pero Siggi insistía en que teníamos que escucharla, que había sido algo grande, y, efectivamente, lo había sido".
Svensson recuerda la primera vez que EST tocó en Madrid: en un club, un domingo por la tarde-noche, ante una docena de espectadores. "Es algo que uno no debe olvidar. El riesgo de crecer como nosotros lo hemos hecho es que acabes ocupándote más de los deseos de la gente que de la música. La filosofía del grupo es justo la contraria: lo único que importa es la música y lo que sentimos y lo que queremos tocar. Si seguimos así seguro que la audiencia seguirá estando ahí".
Su música puede sonar tanto en una sala de conciertos como en un garito del "barrio rojo" de Hamburgo o en un after en Ibiza... pero, toquen donde toquen, siempre cabrá la duda de si calificarles como un grupo de jazz con apariencia de conjunto pop o como un grupo pop que improvisa. "El problema del jazz es que todo el mundo sabe qué está ocurriendo a cada momento. Con EST no está tan claro qué es un solo y qué la melodía, lo que me encanta. Las formas tradicionales del jazz me aburren. Nos inspira la música afroamericana, por supuesto, pero también la música clásica europea, la música electrónica, el pop, el rock and roll..., si alguien piensa que no es jazz, por mí vale, y si piensa que sí, pues también".
Las cifras cantan: EST ofrece más de 100 conciertos al año por todo el mundo, una presumible tortura para alguien que afirma "odiar a muerte" las repeticiones. "Sería aburrido si fuera lo mismo todas las noches pero no lo es", confiesa Svensson. "No hay una sola noche en que no ocurra algo que te lleve a preguntarte qué está pasando. Todo lo tocamos en vivo y sin trampa, no tenemos loops ni nada parecido. Cualquiera puede empezar cualquier cosa y tienes que estar absolutamente concentrado porque corres el riesgo de perderte. Basta que pares un minuto a fumarte un cigarrillo para que ya no sepas dónde estás"Esbjörn Svensson, el gran renovador del jazz europeo

Pianista y compositor, el líder del grupo sueco EST se inspiraba en todo tipo de música, desde la clásica a la afroamericana, el pop y el rock
J. M. GARCÍA MARTÍNEZ 17/06/2008
La noticia ha caído como un jarro de agua fría. Esbjörn Svensson, de 44 años, murió el pasado domingo 15 de junio, mientras practicaba buceo en la isla de Ingarö, cercana a Estocolmo. El jazzista sueco fue rescatado de las aguas con vida y trasladado de urgencia a un hospital donde falleció.
La noticia ha caído como un jarro de agua fría. Esbjörn Svensson, de 44 años, murió el pasado domingo 15 de junio, mientras practicaba buceo en la isla de Ingarö, cercana a Estocolmo. El jazzista sueco fue rescatado de las aguas con vida y trasladado de urgencia a un hospital donde falleció. Las reacciones ante esta muerte abrupta no se han hecho esperar. Para Burkhard Hopper, manager del fallecido pianista y compositor, existía "una cierta mística en torno a su música. Svensson era musicalmente la luz que iluminaba al mundo porque lo que hizo fue romper barreras". Hopper ha anunciado la apertura de una investigación policial en torno a las circunstancias de la muerte.
Svensson saltó a la fama con EST (formalmente, Esbjörn Svensson Trio), un trío de jazz sui géneris cuya música bebe de múltiples fuentes: "Estamos inspirados por la música afroamericana, por supuesto, pero también por la música clásica europea, por la música electrónica, el pop, el rock and roll..., si alguien piensa que no es jazz, por mí vale, y si piensa que sí, pues también".
EST -el primer grupo de jazz europeo en ocupar la portada de la revista Down Beat- venía a ofrecer una media de más de 100 conciertos al año por todo el mundo y, aunque las cifras ya no son como las de antes, las ventas de sus discos superaban a las de cualquier agrupación o solista de jazz conocidos, con muy pocas excepciones. También en nuestro país: "Se supone que porque venimos del Norte deberíamos ser fríos o cerebrales, pero no hay más que escucharnos para darse cuenta de que no somos así. ¡También los vikingos sabemos hacer música caliente!".
En diciembre de 2007, Esbjörn convocó a los medios de comunicación de toda Europa a las oficinas de la compañía que distribuye sus discos en la ciudad alemana de Hamburgo. El motivo era la presentación del álbum grabado por su trío en la susodicha urbe. Uno tras otro, fueron pasando los representantes de la prensa y la radio francesa, sueca, danesa..., en el momento de recibir a quien esto suscribe, era ya noche cerrada. La entrevista, que comenzó, como las restantes, en un despacho habilitado al efecto, terminó en el taxi que llevaba al pianista de vuelta al hotel para su diaria ración de Glenn Gould interpretando a Bach.
Semejante situación ciertamente insólita sirvió al jazzista para recordar la primera vez que EST tocaron en Madrid: en un club, un domingo por la tarde-noche, ante una docena escasa de espectadores; días después de la entrevista volverían a hacerlo, en un céntrico auditorio de la ciudad, con el aforo totalmente vendido y un rosario de seguidores mendigando a las puertas del recinto una entrada por caridad. Para el líder del trío (aunque no se reconociera como tal), la explicación a semejante éxito era muy sencilla: "No existe ningún otro trío en ningún lugar del mundo como EST. Ni en América, ni en Japón, ni en Suecia o en España va nadie a encontrar otro EST. Si quieres escuchar a EST, tienes que escuchar a EST".
Los ecos de la entrevista publicada en este mismo periódico llevaron a que la gira de EST prevista para el próximo mes de noviembre se ampliara en varias fechas, además del concierto que el grupo tenía programado este mes de agosto, en la localidad alicantina de Xàbia, con ocasión de su festival de jazz. A mayor abundamiento, el trío iba a presentar nuevo disco, Leukocyte, el duodécimo en su carrera: "Esbjörn estaba muy contento con el resultado", ha puntualizado Hopper.
Queda la incógnita acerca del futuro de quienes compartieron con el pianista y compositor más tiempo que sus propios hijos, sus compañeros de trío, Dan Berglund (contrabajo) y Magnus Öström (batería): "EST somos como un matrimonio que lleva demasiado tiempo juntos. Hemos madurado juntos, nos hemos divertido juntos y sabemos cómo hacer cuando nos enfadamos. Quizá deberíamos tocar algo menos en el futuro".
Esbjörn Svensson ha fallecido: comienza la leyenda.
Herbie Hancock

“El jazz es saludable para el alma humana”
IKER SEISDEDOS 13/07/2008
El pianista vive uno de los mejores momentos de sus casi cincuenta años de brillante carrera. Inesperado ganador del Grammy al mejor disco del año por su álbum de homenaje a Joni Mitchell, llega de gira a España.
Una reciente tarde de primavera, Herbie Hancock, leyenda del jazz y pianista extraordi¬¬nario, sostenía arqueado sobre su propio eje Memorando al futuro presidente: ¿cómo podemos restaurar el liderazgo y la reputación de América?, de Madeleine Albright. Un ejemplar dedicado. “Para Herbie. Un tipo al que ojalá los presidentes de este gran país escuchasen más a menudo. No sólo su música, sino también sus opiniones acerca del jazz y de la vida en general”. Resulta que cuando Hancock está en Washington siempre se las apaña para quedar con la primera mujer en alcanzar, en 1997 y con la Administración de Clinton, la secretaría de Estado. Juntos, aseguró, gustan de “escabullirse a cualquier garito a escuchar buena música”.
Aquél era uno de esos días del pianista en la capital administrativa del mundo, ciudad tan poco jazzística como el jazz últimamente. Desde su suite se adivinaba la silueta de la Casa Blanca, una imagen que se antojaba metáfora del brillante porvenir del viejo músico, quien, parafraseando el emocionante standard, últimamente casi podría en los “días claros ver para siempre”. Este 2008, el pianista ha logrado un Grammy al mejor disco (a secas) del año por River: the Joni letters (Verve / Universal). Es, además de un emocionante y delicado homenaje a la cantautora canadiense Joni Mitchell, el primer disco de jazz que obtuvo el máximo reconocimiento de la industria en 44 años (Getz / Gilberto, de Stan Getz, fue el último, gracias a un fenómeno llamado The girl from Ipanema). Una joya que podrá disfrutarse este mes sobre escenarios españoles: el próximo martes en el festival de Vitoria, el 26 en el de Porta Ferrada (Sant Feliu de Guixols, Girona) y el 27 en Valencia.
Estos meses han sido también los de su elección como uno de los 100 personajes más influyentes de la revista Time, o su distinción como artista del año por la Universidad de Harvard. Dos días después de la entrevista ingresó como “leyenda viva” en la Biblioteca del Congreso, y en mayo, su disco Headhunters (su álbum más vendido, de 1973) fue incluido por esa institución en un lote de 25 grabaciones que “deben ser preservadas para siempre” (desde un discurso de Harry Truman de 1948, hasta el disco que se envió al espacio con el transbordador Challenger en 1977 o el Thriller de Michael Jackson).
Lo cierto es que Hancock reúne las cualidades necesarias para tanto reconocimiento. Después de todo es, muy probablemente, el artista de jazz que más muescas le ha hecho a la historia de eso que llaman cultura pop. Como decía la campaña publicitaria de cierta banda australiana de pop, seguramente co¬¬nozca más canciones de Herbie Hancock de las que cree. Es autor de la banda sonora de Blow up (1966), obra maestra de Michelangelo Antonioni y pieza fundamental del movimiento mod. En los setenta abanderó la bastardización del jazz con Headhunters, que marcó época con su millón de copias vendidas. Y si en los ochenta popularizó el scratch, técnica empleada por los disc jockeys de rap, en Rockit, un tema que asaltó por la fuerza a la generación MTV; en los noventa vio cómo su trabajo para el sello Blue Note en los inicios de su carrera fue apropiado por el hip-hop y el acid jazz para conquistar a una nueva clase de oyentes.
De aquellos días, este camaleónico artista, miembro del inolvidable segundo quinteto de Miles Davis a finales de los sesenta, acaso la mejor formación jazzística en pisar la tierra, conserva las manos finas que atraían el foco en la elegante y lejana portada de su primer disco como líder, de 1962. Fue entonces cuando el mundo descubrió a un prodigioso pianista de Chicago de formación clásica. Un improvisador infatigable capaz de introducir a Debussy en el más arraigado discurso de la música negra.
Por lo demás, aún viste de oscuro y luce una envidiable forma física dos días antes de su 68º cumpleaños. Mata el tiempo con revistas de divulgación científica y dobla la chaqueta del visitante como un jazzman de los de antes. Pobres, pero bien planchados.
¿Qué ha cambiado en su forma de ver el mundo, ahora que sabe que es una le¬¬yenda viva? Nada [Carcajada]. Es muy agradable el reconocimiento que he recibido. Sobre todo lo de los Grammy, que ha sido fundamental, entre otras cosas, para darle una nueva vida comercial al disco [sus ventas se han doblado hasta alcanzar los 450.000 ejemplares]. ¿Sabe? Todo el mundo ve en este país la dichosa ceremonia, igual que se ven los Oscar o la Super Bowl. Para un músico es el más grande premio dentro de los grandes premios. Todos quedaron muy sorprendidos, y más que nadie, yo mismo. ¡Gané a Amy Winehouse, que es cien veces más conocida! Pero si me lo pregunta, no sé si merezco tanta atención. Pero sí que el jazz la merece. Yo veo que este premio es una señal de que el jazz se hace por fin más visible en América. Lo cual es maravilloso.
Ese logro se ha atribuido muy a menudo a los “popularizadores” oficiales del género, como Wynton Marsalis, trompetista, o el documentalista Ken Burns. Quienes, dicho sea de paso, suelen contar una historia del jazz un tanto sesgada, edulcorada, por así decir. Puede que sí. Lo que yo siento es que el jazz es muy saludable para el alma humana, porque va realmente de li¬¬berar almas. Es como si el espíritu no obtuviese satisfacción suficiente con otras formas musicales, que pueden ser maravillosas, pero, sinceramente, no le alcanzan al jazz. Todos los géneros son válidos, pero hay algo muy especial en este al que he dedicado mi vida. No va de competir, sino de confiar en ti mismo y en los músicos que te acompañan. Es una caída libre y necesitas compañeros en los que apoyarte. Es la música del momento y nunca juzga a nadie. No conozco a ninguna persona que se meta en esto por la fama, las joyas o las mujeres. Lo demás, aparte de esas bellas cualidades, me trae sin cuidado.
¿A qué atribuye entonces que ese reconocimiento a la expresión cultural más perdurable y original de su país llegue tan tarde? Recuerdo cuando tocaba con Miles [Davis] en los sesenta. El jazz aún era una música que se tocaba en los clubs, lejos de los grandes festivales. Éramos tipos con clase y hacíamos una música que no se vendía a nadie. Yo tenía veintitantos años y todo era respeto. Luego, el jazz se convirtió en demasiado virtuoso. Y la gente normal lo asimiló a algo complicado. Llegó el rock and roll y se acabó la historia.
¿Tuvo que ver la irrupción del ‘free jazz’, que vino a hacer saltar todo por los aires? Me sentí fascinado con aquella locura, y en cierto modo, me involucré en tocar con Eric Dolphy, por ejemplo. La banda de Miles estaba influenciada por el avant-garde y también por el free jazz.
Aunque a él todos aquellos músicos le parecieran, por decirlo de un modo suave, unos fantoches. Sí, pero incorporó elementos de su lenguaje en nuestra música. Tampoco muchos entendían lo que hacíamos nosotros en aquel grupo…
¿Y usted? ¿Alcanzaba a sus 25 años a entender la importancia de aquella música? Disfrutábamos al explorar, al meternos en áreas que nadie había frecuentado. La idea de explorar nuevos territorios está aún muy presente para mí. Incluso con River, que puede verse como un álbum más fácil de escuchar. O con el anterior [Possibilities], que fue muy criticado, porque colaboré con artistas como Christina Aguilera. Decían que carecía de un centro. Que abarcaba mucho y apretaba poco. Como si eso fuese algo intrínsecamente malo. Para mí, eso es precisamente lo que hay que hacer ahora mismo. Es el signo de los tiempos que marcan las descargas di¬¬gitales. Ya nadie escucha los álbumes enteros. Sólo se atiende a las canciones. Por eso hice un disco en el que parecía que cada tema provenía de un disco distinto.
¿Por qué homenajea la música de Joni Mitchell, precisamente ahora, cuando el público y la industria parecen ignorarla más que nunca? Fue una idea de Dahlia Ambach, la A&R [encargada de artistas y repertorio] de Verve. “Sé que sois amigos y que la respetas”, me dijo. Me interesó el reto. Porque normalmente nunca hago caso a las canciones. Sólo a las armonías, a los arreglos, nunca a la letra. Las palabras no las escucho. Cuando escucho una canción, simplemente soy incapaz de asimilar las palabras. Es muy normal entre los músicos de jazz, salvo si eres Lester Young o Wayne Shorter, mi gran amigo [con él militó en la banda de Miles Davis y colabora en el disco]. Dahlia fue también la que propuso al productor, Larry Klein…
Y ex marido de Joni Mitchell… A pesar de lo cual son amigos, no se vaya a creer. Supongo que son raros en eso. Hay cosas que uno no puede evitar encontrar insoportables del otro, incluso ya divorciados. Con ellos no parece pasar.
No pretenderá hablar por su propia experiencia de consumado hombre de familia. Yo llevo cuarenta años con la misma mujer. Pero no me mire con admiración. Es simplemente la persona adecuada, ¿sabe? No tiene el menor mérito. La clave, hijo, es no hacer depender tu felicidad de la otra persona. Tu felicidad es asunto tuyo, no es trabajo del otro [risas]. Esperar que el otro te suministre felicidad es el más corto camino hacia el divorcio. Mi consejo para una relación de larga duración es: permite a la otra persona que sea lo que es. No trates de cambiarla para adecuarla a lo que tú quieres o necesitas. Deja que se desarrolle.
Además de monógamo, usted siempre ha parecido el tipo cabal, el que se mantenía alejado de las drogas, el de las decisiones correctas… Una imagen que, en aquella época, no era la clásica en un ‘jazzman’… No éramos ángeles, desde luego. Y no se crea, yo hice algunas de las cosas que nos tocaba hacer. Fue una época dura. Y algunos se quedaron en el camino.
¿Se hacía difícil convivir con algunos de ellos? Sobre todo con los que se engancharon a la heroína. Muchos salieron del atolladero gracias al islam.
¿Usted nunca se convirtió? A principios de los setenta flirteé con ello. Me hacía llamar Mwanddishi, en suajili, pero era más un gesto de solidaridad con la lucha política de la comunidad negra.
¿Cómo recuerda a la joven Joni Mitchell? ¿Fue bien recibida la cantautora rubia de ‘folk’ cuando empezó a mezclarse con músicos de jazz? Muchos, al principio, se mostraban fríos con ella, porque la habían escuchado en la radio y no entendían qué se le había perdido allí. Era una hippy con una guitarra. Yo, personalmente, no la había escuchado demasiado antes de conocerla. Nacer en 1940 es pertenecer a la generación previa al rock and roll. Es una mera cuestión de cinco años. Re¬¬cuerdo que estaba haciendo su disco Mingus (1979) cuando fui a un ensayo. [El bajista] Jaco Pastorius me llamó. Ellos ya habían trabajado juntos antes. Dijo: “Tío, estamos haciendo un disco de homenaje al bueno de Charlie Mingus”. Yo pensé, ¿y esta chica para qué se mete en esta historia? Jaco me dijo: “Wayne Shorter está conmigo”. Si Wayne estaba allí, nada malo podía suceder. Así que fui.
¿Era Jaco Pastorius uno de esos tipos incómodos a los que se refería antes? Muchos eran yonquis. Jaco no era exactamente así. Probablemente tomó heroína. Y cocaína también. Pero lo suyo era más grave. Tenía un desequilibrio químico en su cabeza. Acabó loco. Pero cuando yo lo conocí era un tipo muy normal. Vivía en Florida, tenía mujer y dos hijos, John y Mary. Era un joven marido que tocaba el bajo como los ángeles. Se enroló en Weather Report y aquél fue el mejor vehículo para su fenomenal desarrollo. Hacían música asombrosa, reconocida por la crítica y por las audiencias de jazz. Era un público grande para un grupo como ése, pero no una gran audiencia tipo rock. Y Jaco era una estrella del rock. Sobre todo en el escenario. No obtuvo la atención que esperaba. Creo que eso minó su frágil personalidad hasta acabar con él.
Un caso muy distinto al de Joni Mitchell. Ella siempre pareció incómoda con los grandes públicos. Lo tiene todo para gustar, pero, según ella misma, su música es sólo querida por los gays y los negros. ¡Será que tiene pruebas! Puedo entender por qué lo dice. Su sentimiento es que los negros siempre entendieron mejor su música que los blancos. Alguna vez me ha contado lo que las mujeres negras le dicen por la calle, que sus letras parecen escritas por una de ellas. Que dice cosas que les llegan muy adentro. Los blancos entran en la parte más intelectual de su música, supongo, y los negros, en el alma. En cuanto a los gays, y voy a generalizar, probablemente haya un alto grado de respeto por las formas artísticas.
Perdone, pero todo eso, los blancos intelectuales, los negros pasionales y los homosexuales sensibles ‘per se’, suena a horroroso tópico. Pero es verdad. Es difícil explicar por qué, pero es así.
¿Hay un reconocimiento a todos ellos implícito en el éxito de su disco? Creo que sí. No sé por qué, pero nunca había pensado en ello.
Pues fue saludado como “el ‘grammy’ más adecuado para la era Barack Obama”. Nadie esperaba que un negro fuese candidato en EE UU, como nadie hubiese apostado por un viejo músico de jazz para el Grammy. Ambos son signos de cambio en una América que está necesitada de pasar página.
¿Tiene que ver con asuntos raciales? Es sólo una parte del problema. Incluye cuestiones como el color de la piel, sin duda, pero no es sólo eso. También está implicado el género. Es un buen y saludable signo. Había creído que vería a una mujer presidenta, o a una candidata mu¬¬jer, pero no a un negro… no, señor.
Ni siquiera cuando Jesse Jackson estuvo a punto de ser candidato en 1988… Nunca creí en él. Nunca me pareció trigo limpio, ni siquiera el hombre adecuado. Obama, en cambio, sí lo es. Pero no es por el color de su piel. Tengo muchos amigos con los que he hablado de este tema. Algunos lo apoyaron porque lo consideraban parte de los suyos. Pero otros, simplemente, aducían las razones que yo aduzco. Es el tipo correcto, está despertando la conciencia de un montón de votantes jóvenes. Eso es todo. Nadie lo había logrado antes. Quizá sólo Kennedy. A quien yo, por supuesto, voté en su día. Tenía poco más de 20 años y me convenció…
¿Era Jesse Jackson el tipo inadecuado por demasiado beligerante, y Obama, el correcto porque representa la parte amable de las aspiraciones negras? Creo que Jesse estaba demasiado imbricado en la comunidad negra para ser presidente de Estados Unidos. Tienes que ser un presidente para todos los americanos. Sus ideas no eran las adecuadas. Y la época, tampoco. Ha llegado la hora, por fin. Es maravilloso sentirse orgulloso de tu país de nuevo.
Y el jazz… ¿Ha perdido su beligerancia? Nunca creo que el jazz en su integridad haya sido nunca beligerante. Ha habido partes que sí, pero…
Solía ser una cosa que ponía los pelos de punta a los padres y mucho me temo que hace ya tiempo que no… ¿Dónde se ha quedado esa peligrosidad? Fue airado en su momento, sí. En los sesenta había discos que representaban la protesta. Aún hoy los hay, pero son menos. En cuanto a la peligrosidad de la que habla, es cierto que el jazz se ha deslizado hacia la comercialidad. Que alguien quiera vender discos es una intención noble si lo piensas. Es cierto que las cadenas de radio con jazz auténtico están muriendo. Que los chavales lo consideran de¬¬masiado limpio y aburrido a veces. Pero no es algo que se pueda achacar a todo el jazz. No sería justo cargar tantos problemas deriva¬¬dos del smooth jazz a todos los músicos que se ganan la vida como pueden en los clubes.
¿Por qué no consiguen conectar con los jóvenes? Estoy empezando a ver más gente joven en los conciertos gracias a programas de educación e iniciativas de ese tipo. Puede que no sea lo más beatnick del mundo, pero tampoco es intrínsecamente malo que se estudie el jazz en las escuelas.
Usted es probablemente el artista de jazz que más veces ha impreso su huella en la cultura pop sin traicionarse… Es que si todos nosotros nos quedásemos en nuestra torre de marfil tocando una y otra vez Round midnight, el jazz acabaría mu¬¬rien¬¬do. No se engancharían los nuevos oyentes. Los músicos se harían mayores y acabarían por desaparecer. ¿Cuál sería el resultado de algo así? El jazz moriría sin remedio.
Lo que no parece muy probable es que personalidades tan irrepetibles como Joe Zawinul, Teo Macero u Oscar Peterson (todos ellos han muerto en los últimos meses) tengan fácil recambio. Para mí éstos han sido meses muy duros. Pero supongo que todo ello forma parte del proceso de hacerse viejo. Conozco esta experiencia gracias a mi padre. Él murió a los 90 años. Y cuando tenía ochenta y tantos me decía continuamente: “Todo el mundo que conocí, hijo, todos, salvo tu madre, están muertos”. Ella era seis años más joven que mi padre. Y él se sentía muy solo… Para eso, el único remedio que he hallado es la fe. Gracias a la fe budista Nichiren, que profeso desde 1972, he aprendido que es importante saber lo máximo sobre la vida y la muerte. No dejarlo para cuando ya eres mayor. Lo mejor es hacerlo cuanto antes. El nacimiento y la muerte son los mayores eventos de nuestra vida [carcajada]. Mucho más que lograr un Grammy, de eso no hay duda. Aunque mejor que ganar un premio es incluso levantarse por la mañana y respirar. Si me ofreciesen levantarme por la mañana y respirar o levantarme por la mañana y recibir un importante premio, elegiría lo primero sin dudarlo. [Risas]
En todo caso, no todos los músicos de jazz pueden presumir de una vejez tan dorada como la suya. El otro día, durante un concierto de Billy Cobham en San Francisco, el batería se mostró bastante desgraciado ante el hecho de, al término del recital, tener que vender sus discos a la entrada por sí mismo. Pues yo veo la crisis como una oportunidad. Por ejemplo, mi anterior disco lo grabé con un sello que creé, de modo que el máster es mío. Para distribuirlo hice un acuerdo con Starbucks, con Warner Records y con otra empresa llamada Vector. Algo inimaginable hace unos años. Y si careces de un contrato discográfico puedes encontrar un montón de maneras de venderlo. El problema está, supongo, en atraer a la gente a tu web. Porque la Red está llena de gente gritando: “Yo, yo, yo”. Ahora puedes prevender un disco. Sacarle dinero a las entrevistas que incluyes en el CD extra. Es algo que nunca se les hubiera ocurrido a las discográficas. De todos modos, ésta es una época confusa. Yo aún recuerdo cuando sólo había cuatro canales de televisión.
¿Qué clase de espectáculo traerá en su gira por España? Se llama Un río de posibilidades, y es la suma del repertorio de mis dos últimos discos. Me he enterado de que en Vitoria coincidiré con Wayne. Será divertido. Él y yo nunca competimos. Nos amamos demasiado.
¿Es que usted no tiene enemigos? Sí. Yo mismo [risas]. Aparte de eso, si los tuviera, mi primera pregunta sería, ¿de qué modo estoy contribuyendo a ello?
