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martes, 6 de octubre de 2009

Los que defienden el pluralismo ideológico tienen de qué preocuparse

Por: Beatriz Sarlo, ENSAYISTA


No hay que ser particularmente leguleyo para opinar que el proyecto sobre medios audiovisuales fue votado de atropellada. Incluso si los foros hubieran funcionado como asambleas de ciudadanos de la república ateniense, la Cámara de Diputados no es un foro más, dato evidente si, en vez de citar a Giovanni Sartori y Umberto Eco (pensadores no extremadamente compatibles, pero bueno, nadie puede estar en todos los detalles), se entendiera un poco la Constitución y otro poco la dinámica de los foros donde los militantes sociales expresan legítimos intereses sectoriales y, también, pasan por alto cuestiones fundamentales.

Muchos de los argumentos parecían inventados ad hoc. Súbitamente, una cantidad importante de diputados descubría que el país se volvía irrespirable si vivíamos unas semanas más con la "ley de la dictadura", argumento que los obligó a manotear la oportunidad que los despertaba de tal pesadilla. Si les queda tiempo libre, podrían ahora revisar todas las leyes vigentes desde la época de la dictadura y derogarlas, no sea cosa que el día de mañana aprueben otro proyecto de apuro porque se despabilaron con una "ley de la dictadura" sobre el pupitre.

Las palabras no reemplazan a la realidad y la palabra "dictadura" no reprime las libertades y el pluralismo tanto como una dictadura verdadera. Demasiado Foucault oratorio y demasiado olvido de que, como enseñó Saussure, la palabra "caballo" no trota.

De todos los aspectos que han sido discutidos, el proyecto incluye uno que no recibió mayor consideración. Ni las empresas ni los defensores de la ley afinaron la vista sobre las disposiciones referidas a la Radio y Televisión Argentina Sociedad del Estado, creada bajo la jurisdicción del Poder Ejecutivo Nacional.

Miguel Bonasso sostuvo de esta manera su abstención: "Aclaro en forma terminante que no voy a ceder al punto de la autoridad de aplicación de la Ley de Radiodifusión. El reemplazo del viejo y desprestigiado Comfer debe ser un ente autárquico, federal, controlado por el Parlamento y asociaciones de la sociedad civil. Nunca bajo la órbita del Poder Ejecutivo, ni de este, ni de ningún gobierno".

Lo que para Bonasso es uno de los peligros más evidentes de la Ley reaparece, como si estuviera calcado, en el organismo que se hará cargo de la televisión y la radio del Estado nacional. En efecto, el Poder Ejecutivo también obtendrá fácilmente la mayoría simple en este organismo que, por otra parte, funciona dentro de su esfera para que no pueda colarse allí ningún viento desorganizador. Es comprensible que para las empresas del sector privado este aspecto del proyecto no se convierta en el centro de sus reclamos. No se desvelan con la radio y televisión estatales, como las preocupa, justificadamente, la misma mayoría sencilla que el Poder Ejecutivo tendrá en el órgano cuyas disposiciones caen sobre los medios comerciales.

Sin embargo, el destino de Canal 7 y de Radio Nacional debería preocupar a todos aquellos que juran por los valores del pluralismo cultural e ideológico, es decir, a muchos de los defensores del proyecto.

La nueva ley era ocasión de legislar sobre la autoridad que dirigirá la sociedad de medios nacionales, proponiendo una jurisdicción independiente para impedir que éstos se conviertan en medios del Gobierno, sea éste el que sea. Sin duda, esta posibilidad de Canal 7 no va a preocupar a las emisoras privadas, que piensan que a más gubernamental, menos audiencia. Pero debería preocuparnos a los televidentes.

Subrayo este aspecto del problema porque el órgano que controlará y dispondrá la actividad de los medios del Estado será dirigido por el Poder Ejecutivo por la sencilla razón de que nombrará directamente a su presidente y director; el Parlamento nombrará a tres representantes, uno de ellos por la primera minoría, que es la del Ejecutivo. Sobre siete miembros, y tomando resoluciones sólo sobre la base de una mayoría simple, el Ejecutivo tiene casi todo en sus manos para mandar. Habrá que implorar al destino para que ninguno de los miembros del Consejo se engripe o salga de viaje.

Por otra parte, los diputados que votaron este proyecto deberían estar ya mismo preparando una ley orgánica de los medios estatales que tenga un poco más de contenido y regale un poco menos de control al Ejecutivo, aunque no los apuren como los apuraron en estos días.

Naturalmente, las notas a pie de página de la ley, tan desordenadas como las de una monografía estudiantil en borrador, dan casos de legislación comparada donde también hay representación del Poder Ejecutivo en este tipo de organismos: Australia o Chile, por ejemplo. Pero la legislación comparada se vuelve abstracta si no se la completa con un poco de política comparada: el Poder Ejecutivo de Australia y Chile tiene tradiciones de mayor autolimitación que el Ejecutivo personalista y concentrado de la Argentina. Si un alumno presentara estos ejemplos de legislación comparada, cualquier profesor le sugeriría hacer también un poco de historia comparada, ya que se legisla para un país no para una historieta de ficción política.

Quienes parecen más entusiasmados por el proyecto de ley son los académicos de las carreras de Comunicación y fue uno de ellos, Gabriel Mariotto, llegado de la Universidad de Lomas de Zamora al Comfer, quien la dibujó siguiendo el borrador de los Kirchner. Sería insidioso pensar que los académicos se entusiasman porque el proyecto les asegura un lugar en cada uno de los organismos propuestos. Creo que las ideas juegan su papel.

Por ejemplo, la reserva de un tercio del espacio audiovisual para las organizaciones de la sociedad civil, disposición de la ley que es más progresista pero no menos erizada de dificultades.

Es lindo creer que allí no sólo crecerán flores envenenadas por la cooptación política o los intereses sindicales, sino organizaciones casi escandinavas, orgullosamente fuertes e independientes que encontrarán también en la sociedad civil fuentes de financiación voluntaria, convirtiendo a este país de avaros en todo lo que sea apoyo a lo público, en una república de ciudadanos encantadores, dispuestos a donar quinientos pesos anuales a la emisora de su preferencia, como sucede, sin ir más lejos, en Estados Unidos.

Los entusiastas de las radios comunitarias las ven salir de las penosas condiciones en que hoy sobrevive la mayoría de ellas para convertirse en sólidas emisoras independientes que produzcan buena información y buenos contenidos locales, nacionales e internacionales, indispensables porque los medios privados ya no podrán cubrir todo el territorio con sus redes.

Y si esas emisoras independientes no logran hacerlo, el Poder Ejecutivo, que ocupa la cabina de mando en Canal 7, no será tan mezquino como para negarles programación y apoyo. Este mundo maravilloso pasa por alto la necesidad de sentarse a pensar de qué modo es posible fortalecer las posibilidades técnicas y económicas de las pequeñas organizaciones de la sociedad civil (comenzando por las de los pueblos originarios, que la ley nombra a cada rato como si fuera un mantra). Esas radios del sector público, si no pertenecen en el futuro a sindicatos y corporaciones poderosas, pasarán por el remolino de los subsidios.

Los veloces diputados nos deben ahora una legislación que asegure la asistencia técnica y económica a las pequeñas emisoras garantizando su independencia (porque nadie quiere radios que reproduzcan la lógica de lo que fue el piqueterismo oficialista).

Cuando se menciona tantas veces a los pueblos originarios como lo hace este proyecto, es bueno recordar que los hombres y mujeres reales de esos pueblos son los que más probabilidades tienen de vivir en la pobreza.

sábado, 11 de julio de 2009

El perdedor radical


Por Fernando Iglesias*

Para el que se atribuye a sí mismo una superioridad tradicionalmente incuestionada y no se ha resignado a que el plazo de esa primacía haya caducado, será infinitamente difícil asumir su pérdida de poder. Al fracasado le queda resignarse a su suerte y claudicar; a la víctima, reclamar satisfacción; al derrotado, prepararse para el asalto siguiente. El perdedor radical, por el contrario, se aparta de los demás, se vuelve invisible, cuida su quimera, concentra sus energías y espera su hora. Puede estallar en cualquier momento. La única solución imaginable para su problema consiste en acrecentar el mal que le hace sufrir.

Resulta que el violento es extremadamente susceptible en lo que se refiere a sus propias emociones. Una mirada o un chiste son suficientes para herirle. No es capaz de respetar los sentimientos de los demás, mientras que los suyos son sagrados para él. A sus ojos, no son los otros a quienes continuamente se ofende, humilla y rebaja, sino que es siempre él, el perdedor radical, quien sufre tales atropellos.

La pregunta de por qué esto es así contribuye a sus tormentos. Es incapaz de imaginarse que quizá tenga que ver con él. Por eso tiene que encontrar a los culpables de su mala suerte.

No es de extrañar que suela responsabilizar de ese proceso a un mundo exterior hostil. Según esa interpretación, la culpa recae única y exclusivamente en una larga retahíla de agresores.

La creencia en la superioridad propia colisiona con la inmensa debilidad propia. Esto da origen a una herida narcisista que reclama alguna compensación. Atribuciones de culpa, teorías de conspiración y proyecciones de toda clase forman, por tanto, parte de su economía emocional colectiva.

De acuerdo con esas estrategias, el mundo exterior hostil no tiene otro propósito que el de humillarlo. Por consiguiente, reacciona con irritabilidad extrema a cualquier ofensa, supuesta o real. El respeto es reivindicado a voz en cuello, pero no se concede a los otros. Todas las características suficientemente conocidas de otros contextos reaparecen: la misma de- sesperación por el fracaso propio, la misma búsqueda de chivos expiatorios, la misma pérdida de la realidad, el mismo machismo, el mismo sentimiento de superioridad con carácter compensatorio.

¿Quiénes son, pues, esos agresores anónimos y superpoderosos? Responder a esta punzante pregunta desborda a ese ser singularizado, reducido a sí mismo. ¿Y no habrá también maquinaciones de un enemigo invisible y sin nombre?

¿Y qué sucede cuando el perdedor radical supera su aislamiento, cuando se socializa y encuentra una patria de perdedores con cuya comprensión e incluso reconocimiento pueda contar, un colectivo de congéneres que le dé la bienvenida, que lo necesite?

Entonces la energía destructiva encerrada en él se potencia hasta la más brutal ausencia de escrúpulos; se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de omnipotencia calamitoso.

Para ello se necesita sin embargo una especie de detonador ideológico que haga estallar al perdedor radical. Como la historia ha demostrado, nunca han faltado ofertas de ese género. Su contenido es lo que menos importa.

Sean doctrinas religiosas o políticas, dogmas nacionalistas, comunistas o racistas, cualquier forma del sectarismo más cerril es capaz de movilizar la energía latente del perdedor radical. Este desconoce cualquier solución de conflicto o compromiso que pueda involucrarlo en un tejido de intereses normales y desactivar así su energía destructiva. Cuantas menos perspectivas tiene su proyecto, tanto más fanáticamente se agarra de él.

No. No es lo que piensan. Ni soy yo quien ha escrito estas líneas, ni hablan de lo que parecen hablar. Se trata del brillante pensador alemán Hans Magnus Enzensberger intentando explicar y explicarse las razones del fundamentalismo islámico. Cualquier parecido con la actualidad argentina es obra de la más pura casualidad.

*Diputado de la Coalición Cívica y autor de Kirchner y yo.

viernes, 3 de julio de 2009

El cesarismo democrático en América Latina




TOMÁS ELOY MARTÍNEZ 02/07/2009

La última campaña electoral ha confirmado en la Argentina el papel inagotable del cesarismo en las naciones que aún tienen instituciones débiles en América Latina. Es decir, casi todas.

Si se toma la definición de Antonio Gramsci, "el cesarismo expresa siempre la solución arbitraria, confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectivas catastróficas".

Para el marxista italiano puede haber cesarismos progresistas -Julio César y Napoleón I- o regresivos -Napoleón III y Bismarck-, pero en todos los casos se trata de una salida encabezada por un líder militar, aunque no sólo militar, a una situación desesperada y excepcional.

De ahí que la figura -llámese cesarismo, bonapartismo, bismarckismo- sea tan familiar en América Latina, donde, desde las revoluciones independentistas, la mayor parte de las naciones, castigadas por sucesivas crisis políticas y escenarios de transición, conocieron más caudillos que soluciones institucionales.

Esas tierras han sido fértiles en autócratas de gran popularidad que, en los tiempos modernos, han ido expandiendo y afianzando su poder mediante el control de la corrupción, de la policía y de la facultad para repartir los recursos del Estado como les conviene.

No hay mayor símbolo de cesarismo democrático que el régimen del venezolano Juan Vicente Gómez, uno de cuyos ministros, Laureano Vallenilla Lanz, estableció la validez del término en un libro de 1919. Gómez inspiró a Gabriel García Márquez el personaje del dictador de su sexta novela, El otoño del patriarca, y es la encarnación favorita del hombre fuerte de las tierras pobres para artistas plásticos como Fernando Botero y Pedro León Zapata.

Cuando llegué a Venezuela en 1975, la figura de Gómez seguía ocupando el centro de la imaginación nacional, y ahora, que ha encontrado en Hugo Chávez a su mejor discípulo, casi no pasa semana sin que la oposición invoque el término. Gómez creció al lado de su predecesor, Cipriano Castro, quien inició el siglo XX enfrentando una poderosa amenaza internacional al no poder pagar la deuda contraída con empresas extranjeras expropiadas. Buques de bandera inglesa, italiana y alemana bloquearon el puerto de La Guaira en 1902 y Venezuela logró zafarse de la asfixia cuando invocó la Doctrina Drago, que dictamina la ilegalidad del cobro violento de las deudas por parte de las grandes potencias en detrimento de la soberanía, estabilidad y dignidad de los Estados débiles.

Al convertirse en adalid del nacionalismo, Gómez pudo dar el salto a la vicepresidencia. Cuando Cipriano Castro debió

someterse a una cirugía delicada en Alemania, lo traicionó con un golpe que lo instaló en la jefatura del Gobierno durante 27 años. Allí, en el sillón patriarcal, murió en 1935.

Su ideólogo Vallenilla Lanz, un sociólogo positivista, intentó argumentar que pueblos como el venezolano no estaban capacitados para respirar una atmósfera republicana; sólo "el gendarme necesario" -como definió a su modelo de César- podía sacarlos de la miseria y de la anomia. Dictaminó que "el Caudillo constituye la única fuerza de conservación social" y que "el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor" es una necesidad fatal "en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta".

Como eficaz vocero de la ideología oficial, Vallenilla Lanz no se refiere a Gómez en su ensayo de manera directa. Se ampara en cambio en la figura tutelar de Simón Bolívar, quien propuso la presidencia vitalicia. Escribe que Bolívar "nunca abrigó la más ligera esperanza" de que "aquellas constituciones de papel" pudieran establecer el orden. Sus críticos, como el exiliado Rómulo Betancourt, del Partido Revolucionario Venezolano -luego presidente constitucional-, lo llamó "Maquiavelo tropical empastado en papel higiénico". Lejos de ofenderse, Vallenilla Lanz agradeció la comparación con el autor de El Príncipe.

Chávez no es el único heredero de la idea de un César avalado periódicamente por elecciones libres. Decidido a concentrar férreamente todo el poder en sus solas manos, lleva por ahora 10 años en el Gobierno, el mismo tiempo que Carlos Menem.

Figuras como Alberto Fujimori o Álvaro Uribe, por distintas que sean, han visto en la perpetuación presidencial el vehículo para modelar sus países a la medida de sus deseos. Qué decir de Fidel Castro, quien no logró hallar un sucesor que no llevara su sangre.

Si Brasil ha logrado superar, con los Gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, la herencia del autoritarismo populista de Getulio Vargas, en la Argentina el ejemplo de Perón impregna demasiado al partido que él fundó y que ya se confunde con el Estado.

Ayudan, y mucho, las torpezas de una oposición que muestra menos interés en la construcción de la democracia que en el asalto a los privilegios que confiere la cosa pública, así como parece tener menos convicción para reintegrar a los marginales al mundo de la ciudadanía que en reemplazar a un firmante de los Decretos de Necesidad y Urgencia por otro que haga lo mismo.

Néstor Kirchner, como Gómez, ha intentado prolongar sus planes de hegemonía alternándose con sus parientes en el Gobierno, tal como hizo al decidir la candidatura de la actual presidenta, su mujer. Ahora sale a defender el modelo agitando el fantasma de un conflicto de intereses entre grupos y clases que sólo una figura providencial, el César, podría contener. "Tengan en claro", declaró el líder del justicialismo antes de las elecciones de este domingo pasado, "que (...) no es una elección más. O es la vuelta al pasado para tratar de imponer proyectos que no tienen nada que ver con el pueblo, o es la consolidación de un proyecto nacional y popular que devuelva la justicia social".

Ese juego al todo o nada fue explotado ya por Carlos Menem en 2003. Es, de alguna manera, el juego bonapartista, una de las formas del cesarismo. Luego de las revoluciones de 1848, Luis Bonaparte fue elegido -el primer voto universal en Europa- presidente de la Segunda República Francesa. Sus constantes convocatorias a referendos desnaturalizaron la representatividad republicana y cimentaron su popularidad. El 2 de diciembre de 1851 aplastó a la creciente oposición monárquica al llamar a un plebiscito con la pregunta "¿Queréis ser gobernados por Bonaparte? ¿Sí o No?". Un año más tarde, previa reforma constitucional, se convirtió en emperador autoritario.

La presidenta Cristina Fernández conoce bien la historia de Napoleón III, pues ha citado la obra de Carlos Marx sobre su golpe de Estado, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, evocando la famosa frase según la cual, cuando la historia se repite, primero lo hace como tragedia y luego como farsa. La influencia del estilo cesarista de su marido, para quien disentir equivale a traicionar, amenaza la estabilidad institucional tanto como la falta de ideas de la oposición.

Desde su púlpito partidario, el ex presidente Kirchner no ha vislumbrado otros futuros que el caos o la continuidad del modelo impuesto por la voluntad del César. Nada se ha empobrecido tanto en la Argentina como la imaginación de sus políticos.

© 2009, Tomás Eloy Martínez. Distribuido por The New York Times Syndicate.

miércoles, 1 de julio de 2009

Marcos Novaro: "Los Kirchner destruyeron su propia herencia"

MARCOS NOVARO
Sociólogo e historiador
Doctor en Filosofía y profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA.
Libros : El derrumbe político en el ocaso de la convertibilidad, La dictadura militar (en colaboración con Vicente Palermo), Historia de la Argentina contemporánea.

Para LA NACION


Para el sociólogo e historiador Marcos Novaro, los esposos Kirchner destruyeron su propia herencia. "Es interesante trazar un paralelo entre Néstor Kirchner y Carlos Menem. Los dos se fueron transformando en parodias de sí mismos y en los peores defensores de su herencia. Los Kirchner no eran tan ideológicos cuando tenían éxito. Eran, más bien, pragmáticos. Lo mismo Menem: se fue transformando en un neoliberal furioso, pero no había sido así al principio. Habría que preguntarse por qué tanto Menem como Kirchner terminaron destruyendo su herencia."

En la entrevista con La Nacion, este profesor de Teoría Política en la Universidad de Buenos Aires, de 44 años, vaticinó que el Gobierno deberá pagar caro el apoyo político recibido de los gobernadores, del mismo modo que sucedió con Menem después de la derrota de 1997: "Un ciclo se termina y se abre otro, en el que habrá nuevos debates, líderes y conflictos y en el que, necesariamente, tendrán más peso las provincias. La política argentina suele tener ciclos pronunciados de poder concentrado en torno a líderes fuertes en el gobierno, seguidos por etapas de provincialización, fragmentación de partidos y federaciones de caudillos locales. Entramos en la fase de predominio de los caudillos locales. Pero con un riesgo: que pasemos abruptamente de la concentración política a la desconcentración caótica, y que ese desorden político se replique en un descalabro fiscal", advierte Novaro, investigador independiente del Conicet y director del Programa de Historia Política del Instituto Gino Germani en la UBA.

Novaro tiene especialización en Ciencia Política en el Centro de Estudios Constitucionales de Madrid, y un doctorado en Filosofía de la UBA. En 2007, ganó la Beca Guggenheim y un año antes publicó su último libro hasta hoy, Historia de la Argentina Contemporánea . Dirige el Centro de Investigaciones Políticas (Cipol), desde el que difunde sus ideas a través de un blog: El agente de Cipol .

-¿Cuáles serán las claves en esta etapa de auge de los caudillos territoriales?

-Será más fácil para los gobernadores la formación de mayorías en el Congreso. Y, claro, tener compensaciones financieras por el apoyo político al gobierno nacional. Es probable que al Gobierno no logre aprobar leyes que mantengan su salud fiscal (como la ley del cheque, el presupuesto, los superpoderes) a menos que esté dispuesto a dar mucho a cambio. Uno de los problemas serios de este escenario, que habría que tratar de evitar, es que se reproduzca lo que le pasó a Menem en su segundo mandato, en el que también tuvo un auge federal con la derrota de 1997. En una palabra: hay peligro de pasar de la concentración del poder a la desconcentración caótica, y de que ese ciclo político desordenado se reproduzca en un ciclo fiscal de desequilibrio creciente.

-¿Cuánto se tardará en construir una nueva mayoría política?

-Eso depende de muchos factores: de cómo el Gobierno absorba el golpe, que fue inapelable e irremontable -creo que la renuncia de Kirchner a la jefatura del PJ fue una buena señal-, de cómo se produzca la transición dentro del peronismo, de cómo se resuelva la lucha por el liderazgo y de si se reunifica la UCR. Estamos ante un panorama plural, dinámico y de conflicto: una nueva mayoría tardará en aparecer porque hay mucha competencia intrapartidaria e interpartidaria. Una clave será cómo resolverá el PJ su crisis interna y si lo hará dentro del peronismo o trasladará su interna, una vez más, a la sociedad. El cierre de este ciclo dependerá de todos esos factores. Los Kirchner se han ido convirtiendo en una parodia de sí mismos, igual que Menem. Cuando tenían éxito no eran tan ideológicos. Eran más pragmáticos, más moderados: un poco de Lula y un poco de Chávez. Lo mismo con Menem: con el tiempo, se fue convirtiendo en un neoliberal furioso. No había sido así al principio.

-La oposición acusa al Gobierno de autismo. ¿Qué pasa si se fortalece la fórmula de un kirchnerismo aislado del peronismo?

-Si se resisten a tomar medidas que sinceren la situación y siguen con esta táctica de tapar los problemas con soluciones absurdas, podemos asistir a la continuidad de un kirchnerismo populista cada vez más alejado del PJ. Y a que el PJ no quiera colaborar en esas condiciones. Será un gobierno que pierde sustento institucional, que se aísla de la opinión pública y sigue con su tesitura: si la opinión pública no nos acompaña, ya van a ver qué va a pasar. Seguramente, encontrarán los intelectuales adecuados para argumentar en estos términos y darle pasto a esa idea. Ahí, los problemas objetivos puede que no sean tan graves, pero la política puede convertirlos en graves.

-No habló todavía del PJ. ¿Qué pasa si no resuelve rápidamente el problema de su sucesión? Duhalde vaticinó que el próximo presidente no será peronista...

-Bueno, eso sería en el caso de que el Gobierno enfrentara muy mal la crisis y de que, a la vez, el PJ se fragmentara mucho. Entonces, en el marco de una crisis mal llevada por un gobierno de signo peronista, más la imposibilidad del propio PJ de articularse, ahí quedaría abierta la puerta para una coalición no peronista. Me parece el escenario más improbable.

-Algunas interpretaciones de intelectuales oficialistas describen al kirchnerismo como una fuerza transformadora que no pudo imponer un nuevo orden y que uno de esos obstáculos fueron los medios. ¿Cómo lo ve?

-Absurdo. Al contrario: creo que el kirchnerismo es una fuerza profundamente conservadora que quiso cambiar la política, pero no pudo cambiar las políticas. Me refiero a las políticas públicas: hay ministerios que están dibujados. Por lo demás, la Argentina no es un país con un orden consolidado que hay que destruir, sino que lo que predomina es el desorden. En todo caso, si algo hace falta es construir un orden nuevo, con sus propias reglas del juego.

martes, 16 de junio de 2009

El KIRCHNERISMO COMO CONSERVADURISMO

Roberto Gargarella

La invitación era para pensar sobre el presente político, y la acepto a través de uno de los pocos modos en los que me siento cómodo haciéndolo, esto es decir, recurriendo al pasado, situando al presente en un contexto histórico más amplio. Me interesa sugerir algunas claves para pensar mejor la actual coyuntura y para eso, voy a partir de una cierta reconstrucción histórica, polémica y disputable como tantas otras.

En nuestro país, como en otros países de la región, la política estuvo marcada, desde sus orígenes, por la disputa entre al menos tres orientaciones políticas diferentes y parcialmente opuestas entre sí. Encontramos allí al proyecto conservador-autoritario, de raíces hispánicas; a un proyecto liberal descendiente del liberalismo norteamericano; y finalmente a otro proyecto de rasgos populistas-mayoritaristas, que en sus orígenes estuvo asociado con el pensamiento revolucionario francés.

Cada uno de tales modelos enfrentó, políticamente, su propio drama. El mayoritarismo de origen radical encontró insalvables problemas para hacer frente al terror generado por su amenazante presencia –terror que terminaría no sólo generando políticas represivas en su contra, sino forzando, además, un acercamiento entre las otras dos fuerzas, tradicionalmente enemigas. El conservadorismo tuvo siempre dificultades para contener las pulsiones autoritarias que habitaban en su interior, y que se desataban cada vez que llegaba al poder. El liberalismo, por su parte, fue incapaz de generar las bases de su propia estabilidad.

De aquellos tres proyectos, aquí voy a escoger sólo a uno, el liberalismo, para referirme, en primer lugar, al dilema que acostumbró a enfrentar para resolver su propio drama. En cada ocasión en que se acercaron al poder, los liberales latinoamericanos se plantearon cómo hacer para ganar la estabilidad política que, presumían, eran incapaces de asegurarse por sí mismos. ¿Tenía sentido, entonces, buscar y apelar al respaldo de las mayorías o resultaba conveniente, en cambio, buscar refugio en el altar del conservadurismo? La respuesta de los liberales tendió a ser, sistemática e inequívocamente, siempre idéntica: sólo el conservadorismo podía garantizarles la perdurabilidad que anhelaban y que se sentían incapaces de garantizar de otra forma, por medios propios.

Esa fue la respuesta habitual del liberalismo frente a su principal drama, pero también el origen de su tragedia. Una y otra vez, el abrazo al conservadorismo se convirtió en un abrazo mortal: aliados con los conservadores, los liberales prorrogaron su estadía en el poder, pero a un precio demasiado alto que implicó, normalmente, que el liberalismo resultara fagocitado, al poco tiempo, por su fuerza rival.

Esta referencia histórica fue la que me vino en mente en los primeros días del kirchnerismo, cuando trataba de desentrañar hacia dónde iría dicha corriente, y me preguntaba si tenía sentido confiar en ella. En ese entonces, a mi parecer, el kirchnerismo se presentaba como una alternativa con ribetes liberales, frente al conservadurismo duhaldista: pedía renovar la justicia (lo que le llevaría a cambiar la Corte, su medida más inmediata y atractiva), criticaba duramente al “aparato” peronista tradicional, pedía por la renovación política generacional y alentaba en consecuencia una reforma política profunda. Fueron días, nada más, lo que duró esa ilusión reformista. Inmediatamente, el kirchnerismo se enfrentó con el drama de siempre: cómo estabilizarse en el poder, sobre todo en una situación tan difícil (veníamos, recordemos, de la explosión política del 2001). De modo poco sorpresivo, Kirchner se preguntó cuál de dos alternativas seguir: tratar de expandir su base de apoyo popular —una estrategia que, como a tantos, se le ocurrió una apuesta volátil, escurridiza, finalmente incierta— o buscar lo que parecía más seguro, abrazándose al conservadorismo —en este caso, el conservadorismo representado por el “aparato” justicialista poco antes repudiado.

La decisión de Kirchner fue inmediata en favor de la opción conservadora, y ésa es la tragedia que hoy enfrentamos. La reforma política se archivó; se tomaron medidas sistemáticas que vaciaron la política de sentido y realidad (notablemente, destruyendo las cifras estadísticas oficiales, que son las que, por caso, permiten planificar una política); se pasó a amenazar a los jueces a través de la toma de control del Consejo de la Magistratura; se socavó la autoridad del Congreso trasladándole al Ejecutivo el control discrecional del presupuesto.

La retórica del kirchnerismo, desde un comienzo, apeló a valores progresistas pero fue, en cada área, indudable y decididamente, favorable a los grandes grupos económicos y a una de las peores versiones del capitalismo “de derrame”: se habló de ecología, pero se vetó la ley de glaciares; se habló del medio ambiente, mientras se le abría el camino a la explotación minera a cielo abierto; se habló de una reforma de avanzada en materia de medios de comunicación, mientras se distribuía la publicidad oficial de modo discrecional y se renovaban las licencias de los grandes medios; se inauguró una guerra retórica contra “el campo,” luego de tomar al monocultivo de soja como única política agrícola (de 30 millones de hectáreas cultivables, el área de la soja aumentó un 50%, en los años de Kirchner, de 10 a 15 millones de hectáreas!). Se invocaron los derechos humanos como si ellos se agotaran en el juzgamiento de los crímenes del pasado (una iniciativa que tampoco se respaldó como se debía, con más personal, más jueces, mejores reglas, más infraestructura, más recursos, y un programa de protección de testigos), y como si ello amparase la consistente violación de derechos humanos presentes (derechos económicos y sociales, por caso). Lo peor de todo ello: el país crecía a un 8% anual pero la desigualdad —durante todo el período— se mantenía o aumentaba. Ello, en condiciones en donde los peor situados quedaban en su piso más bajo de décadas, con el control, solamente, del 20% de la “torta” económica nacional (es bueno recordar que la participación de los trabajadores en la riqueza generada llegó a casi el 50% con el primer peronismo y se mantuvo en esos niveles durante años, para bajar al 25% durante la última dictadura, y subir al 30% durante la presidencia de Alfonsín). La pregunta que uno se hace es: ¿si el gobierno impidió cambios progresistas en la distribución de la riqueza durante épocas de bonanza económica, quién puede esperar cambios progresistas, redistributivos, en épocas de recesión?

Tales datos representan, para mí, señales inequívocas del conservadorismo kirchnerista. Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno. Según tratara de sostener, el kirchnerismo, en la práctica, no aparece atenazado entre dos fuerzas contradictorias —una regresiva, la otra progresiva. Lo que hay, en todo caso, es una retórica de apelación progresista, frente a una práctica permanente, indubitable, y sistemática, de orientación conservadora: conservadora en la preservación de una desigualdad extrema, en tiempos de crecimiento económico; conservadora en su decisión de entregar la economía a pocas manos (los dueños de las empresas mineras y petroleras, por caso); conservadora en su política agraria; conservadora en su política de medios; conservadora en términos de política institucional. ¿Es que las alternativas son mucho peores? No, ése es otro mito que conviene erradicar, ya que hay alguna vida interesante fuera de los planteles del gobierno. De todos modos, sobre eso, podemos volver en otra oportunidad.

miércoles, 3 de junio de 2009

Autoritarismos colorados

Por Alfredo Leuco


Las relaciones carnales con el chavismo actuaron como una bomba de fragmentación en la campaña electoral de Néstor Kirchner. Obligaron al Gobierno nacional a soportar el papelón de tener que fingir que creen que lo que Chávez le dijo a Lula era realmente una jodita para “Gran Cuñado”. El que se acuesta con Chávez amanece mojado. Son los peligros del infantilismo bolivariano. No es la primera vez que granadas de este tipo les estallan en las manos a los Kirchner. La valija negra llena de verdes de Antonini y PDVSA en el avión de Enarsa comandado por Claudio Uberti fue el ejemplo más popular. Pero el daño mayor en nuestra economía fue la bicicleta ilegal que los venezolanos hicieron con el dólar paralelo y el remate de los bonos argentinos en un santiamén. Conviene recordar que, además, nos habían cobrado intereses más usurarios que socialistas aprovechando que los Kirchner tenían cerradas todas las ventanillas del crédito internacional. Pero esta vez, a sólo 30 días de una elección clave para el futuro del Proyecto K, fue patético ver al Gobierno sin otro camino que la complicidad con un Chávez que le tomó el pelo y subestimó la inteligencia del pueblo argentino.

El otro costo que tuvieron que pagar los Kirchner fue haber utilizado la palabra “fondos” para cuestionar al grupo Techint por “ser argentinos para pedir pero extranjeros para depositar”, en referencia a los primeros 400 millones de dólares que cobraron de Venezuela por la indemnización de Sidor y que no regresaron a nuestro país. La falta de documentación probatoria de la ruta del dinero que los Kirchner cobraron por regalías petroleras mal liquidadas es absoluta. No han mostrado nunca ni una boleta de depósito. Ni un resumen de cuenta con los intereses ganados. Jamás explicaron el rol que jugó Aldo Ducler en esas inversiones. Ducler, en su momento, tuvo un pedido de captura de la Interpol mexicana por una investigación por narcolavado del cartel de Juárez. Justo los Kirchner que son tan obsesivos con el dinero no han podido despejar tantas incógnitas. Cada vez que los medios de comunicación se pusieron a investigar, los funcionarios implicados se paralizaron de miedo y sellaron sus labios como si el mismísmo Néstor les dijera: “No aclaren que oscurece”. El senador nacional por el radicalismo santacruceño y ex intendente de Río Gallegos, Alfredo Martínez, confirmó que “a excepción de dos fideicomisos que se hicieron, el resto de ese dinero jamás volvió, nunca hubo rendición de cuentas y el gobierno actual de Daniel Peralta está pidiendo un crédito por 2 mil millones de pesos”.

La memoria colectiva asocia rápidamente la palabra fondos a Santa Cruz, más allá de los desesperados intentos de censura y del primitivismo intelectual de creer que lo que no se nombra no existe. Néstor Kirchner sabe que el día que pierda poder político este tristemente célebre tema lo empujará a recorrer los Tribunales para dar las explicaciones correspondientes.

Las nacionalizaciones venezolanas tuvieron un solo efecto positivo. Permitieron comprobar que muchos empresarios argentinos y sus asociaciones no habían perdido el habla. Durante mucho tiempo fueron las estrellas aplaudidoras de cuanto anuncio hiciera Néstor o Cristina. Algunos empresarios, como Juan José Aranguren, tuvieron el coraje de defender su dignidad y no arrodillarse ni ante Guillermo Moreno ni ante Néstor Kirchner. Pero muchos desertaron de la verdadera responsabilidad social que tienen, que es la de participar del debate público que sugiera rumbos estratégicos como hace, por ejemplo, la poderosa burguesía nacional brasileña.

La cobardía eterna del capital hizo que muchos empresarios importantes miraran para otro lado mientras incrementaban sus fortunas. Ahora están probando la misma medicina que muchos sectores como el campo o el periodismo, entre otros, vienen probando amargamente hace mucho. Siempre cuesta más reclamar solidaridad cuando no se fue solidario.

Todos estos padecimientos para el Gobierno vinieron del frente externo. Pero fronteras adentro, en los últimos días, puede registrarse una mayor cohesión de sus filas y cierto crecimiento en sus votos en el Conurbano bonaerense. Esto significa que el kirchnerismo, con ese capital electoral, podría neutralizar parte de su mala actuación en el interior de la provincia de Buenos Aires y en los grandes distritos con mayor presencia de clases medias urbanas y rurales.

Simultáneamente, se viene produciendo un “amesetamiento” y una leve caída –por ahora– de la intención de voto por Francisco de Narváez y un crecimiento de la boleta que lleva a Margarita Stolbizer y a Ricardo Alfonsín. No es casual que algunas consultoras hayan vuelto a hablar de “triple empate”. La novedad es que el Acuerdo Cívico y Social, con recursos muy austeros, está tocando bocina y pidiendo paso a Unión-PRO, que viene perdiendo lentamente la etiqueta de “peronismo disidente”. Eso genera discusiones internas que por sus decibeles son muy difíciles de ocultar y muestran la fragilidad de ese acuerdo que hace mella, incluso, en la figura de Gabriela Michetti, que también está padeciendo el crecimiento de la boleta de Alfonso Prat-Gay en Capital.

Ya no se trata sólo de que Francisco de Narváez haya dejado afuera de la publicidad al único peronista con una antigüedad superior a los ocho años como Felipe Solá. El estilo de imponer decisiones sentado sobre la chequera los lleva en muchos casos a equivocarse. Que De Narváez le haya sacado tarjeta roja a Jorge Sarghini, uno de los diputados más capacitados y activos del Parlamento, fue sólo la punta del iceberg. Con la idea de exterminar todo vestigio de duhaldismo (menos los duhaldistas del dueño de la pelota), han barrido con cientos de cuadros peronistas de muchísimos pueblos y ciudades. Ni siquiera les permitieron presentar lista a históricos dirigentes justicialistas con trabajos de años en el territorio. Y todo con decisiones autoritarias tipo patrón de estancia, al más puro estilo kirchnerista, o con excusas insólitas, como las de haber extraviado la documentación en el camino. La propia Chiche Duhalde, que no movería ni una hoja que beneficiara a Néstor Kirchner, aceptó que va a votar a De Narváez pero que la lista no la conforma. El resultado es que una parte del aparato del peronismo no kirchnerista va a empezar a expresar esta semana su repudio a Francisco de Narváez llamando a no votarlo. “Ni Kirchner ni De Narváez” es la postura de muchos de ellos que algunos miles de votos mueven. ¿Cortarán boletas? ¿Castigarán a los dos apoyando el Acuerdo Cívico? ¿Algunos volverán con el caballo cansado al kirchnerismo?

Todavía el avispero está muy revolucionado. La bronca es grande y hay poco tiempo y espacio para tomar decisiones. Pero está claro que eso impacta en la capacidad movilizadora y organizativa de la lista de De Narváez. Tal vez por eso tuvieron que apelar a un nuevo spot publicitario donde piden fiscales para controlar las elecciones. “¿Me ayudás?”, pregunta el Colorado al final. “Cómo te vamos a ayudar si vos no ayudás a nadie”, contestan quienes han quedado al margen del armado electoral.

Esa “desperonización” de la lista peronista disidente generó más resistencia porque muchos cargos fueron cubiertos con mucha gente de Capital que jamás pisó la Provincia y con gente elegante acostumbrada a trajinar más reuniones de directorio que el barro. Eso favorece a Kirchner, que hace todo lo contrario y potencia su identidad peronista; y a Elisa Carrió, que registró ese fenómeno y salió a buscar el voto de los peronistas independientes. Hay que ver cuál es la real dimensión del fenómeno. Lo cierto es que parece haber encontrado su techo la política sustentada en lo abultado de las cuentas bancarias.

El diputado de la Coalición Cívica Fernando Iglesias puso el dedo en la llaga al respecto: “Una República basada en la idea de igualdad presupone que todos los ciudadanos, también los ricos, tengan derecho a acceder a cargos públicos, ya que es falsa la pretensión populista de que sólo los pobres pueden representar los intereses de las mayorías. Pero algo completamente diferente sucede cuando la posesión de enormes sumas de dinero se torna una precondición del acceso a las principales candidaturas, lo que destruye la idea de República, institución que presupone la igualdad. Menem, De la Rúa y Duhalde son millonarios. Cristina y Néstor son multimillonarios. No ricos. No de clase alta o media-alta. Multimillonarios. Multimillonarios dispuestos a usar su dinero ilegalmente para financiar sus campañas”.

De “La Ferrari es mía, mía, mía” a “La billetera es mía, mía, mía”, dijo Iglesias, en referencia a la antológica respuesta de De Narváez cuando el periodismo tuvo la osadía de pedirle una rendición de sus gastos en propaganda electoral. Hasta ahora ni un dato. Cualquier similitud entre la actitud frente a los fondos de Santa Cruz y los fondos de Las Cañitas no es pura coincidencia. Iglesias terminó su reflexión en Radio Continental recordando el artículo 16 de la Constitución Nacional: “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base de las cargas públicas”.

La luz de alarma hay que encenderla cuando la tragedia no se produce de milagro. En Tandil se pudo ver a dos grupos dispuestos a enfrentarse a golpes de puños, a palazos o de cualquier manera. De un lado estaban los que defendían al campo y del otro lado La Cámpora o la Agrupación Evita que bancaba al Gobierno.

Lo de Lobería superó todos los límites cuando Daniel Scioli fue agredido con huevazos, piedras y alguna trompada. El gobernador-candidato les hizo una advertencia y puso todo en términos más dramáticos todavía: “Tendrán que pegarme un tiro en la cabeza para que deje de trabajar, pero apunten bien o derriben el avión para que dejemos de viajar al interior”.

El diputado Agustín Rossi, en Reconquista, sufrió un ataque de similar cobardía. A esta altura los productores agropecuarios que apelan a esa metodología no tienen ninguna justificación. Cometen delitos que deben ser sancionados. Su actitud, igual que la de Néstor Kirchner durante el conflicto con el campo, consigue los resultados opuestos a los buscados. Si quieren manifestar su repudio a la política del oficialismo hacia los pueblos del interior deberían organizarse, ofrecerse como fiscales y tratar de conseguir la mayor cantidad de votos posibles. Pero a esta altura, el que va a escrachar a un kirchnerista es un antidemocrático que además perjudica al campo. Por más bronca e inexperiencia que tengan, a esta altura ya no tienen ninguna justificación, y la Mesa de Enlace debe ser contundente y descarnada en su repudio.

En Córdoba, el Frente para la Victoria compró todo el talonario que rifa el cuarto lugar para el 28 de junio. Las huestes de Luis Juez, Juan Schiaretti y el radicalismo tienen el podio asegurado aunque pelean por los escalones mayores. Cristina quiere ayudar a su gente pero muestran una importante desorientación. Tuvieron que suspender a último momento un acto en Embalse, utilizando como excusa las recomendaciones del Ministerio de Salud para evitar las multitudes que podrían multiplicar la gripe porcina. En Córdoba todavía no se ha registrado ningún caso y resulta inexplicable por qué se pueden hacer actos en Mendoza con la Presidenta y en Embalse, no. La explicación más razonable la aportó el candidato a senador Eduardo Mondino: “Lo de la gripe es una falsedad del Gobierno. Quisieron cooptar al intendente de Embalse y como se negó le suspendieron el acto. Federico Alesandri es un viejo compañero peronista que no quiso alinearse con los Kirchner y pagó las consecuencias”. De todas maneras, el daño institucional fue irreparable. Cristina visitó Río Tercero y ni siquiera le avisaron al gobernador. A la hora de la venganza, los Kirchner violan hasta las más elementales formas de convivencia republicana. Y castigan mucho más ferozmente a aquellos a los que consideran traidores porque los abandonaron en el camino que a sus históricos enemigos ideológicos. Si lo sabrá el vicepresidente Julio Cobos, quien decidió lanzarse con toda claridad a la precandidatura presidencial como para contrarrestar la fama de lento e indeciso que le hace su caricatura en el programa de Tinelli. Cobos le está poniendo el cuerpo a la campaña en Mendoza porque sabe que sólo un triunfo de su gente lo pondría en la maratón que él quiere correr. Si llega a perder su espacio, queda liberado para Elisa Carrió o Hermes Binner, también según les vaya en la feria.

lunes, 11 de mayo de 2009

Anticipando el juicio de la historia

Robert A. Potash
Para LA NACION
Historiador norteamericano, especialista en temas argentinos

Cuando los historiadores argentinos del futuro miren hacia atrás y analicen la era de Néstor Kirchner -un término que probablemente apliquen tanto a los cuatro años durante los que fue jefe del Poder Ejecutivo Nacional como a los años durante los que su mujer fue más una presidenta de ceremonial que un mandatario que toma decisiones-, ¿a qué conclusiones o generalizaciones llegarán? ¿Dirán que, después de Perón, Kirchner fue el peronista más habilidoso que ejerció la presidencia, un político que en 2003 fue elegido apenas con el 22% de los votos y que sin embargo se las ingenió para controlar la vida política argentina hasta un punto nunca visto desde la finalización de la dictadura militar? ¿Concordarán con el ministro del Interior, quien recientemente aseguró que Kirchner era el mejor presidente argentino de los últimos veinte años? ¿Tomarán nota de que fue bajo su liderazgo que la Argentina emergió del caos posterior a 2001 y que año tras año el país disfrutó de índices de crecimiento económico sin precedente, similares a los de las economías asiáticas?
¿O al analizar retrospectivamente los años de Kirchner se concentrarán en los aspectos negativos, en el daño causado a las instituciones nacionales? Aunque durante su campaña presidencial de 2007 Cristina Fernández de Kirchner prometió fortalecer las instituciones, la realidad es que la situación ha empeorado. Salvo una vez, el Congreso siguió dando el visto bueno a las iniciativas del Poder Ejecutivo, el Poder Judicial siguió bajo amenaza de represalias si tomaba decisiones adversas para el oficialismo o los amigos del Gobierno y el sistema de partidos políticos profundizó aún más su deterioro. Hasta las elecciones fueron transformadas en una parodia cuando Néstor Kirchner, como cabeza del partido oficialista, intentó hacer de las elecciones parlamentarias de junio de 2009 un plebiscito de apoyo a la gestión de Cristina, postulando a reconocidas personalidades para que se presenten a competir por cargos que no tienen intenciones de ejercer.
El éxito inicial de Kirchner en construir su base de poder y su popularidad se debe tanto al momento de su aparición en el escenario nacional como a su capacidad de liderazgo. Desilusionada por el colapso financiero de 2001 y la consecuente inestabilidad política y económica, la opinión pública argentina estaba esperando un líder fuerte, algo así como un caudillo civil, y por lo tanto insensible a desviaciones institucionales o constitucionales. Además, a diferencia de sus predecesores de la década de 1990, los años de Kirchner coincidieron con un extraordinario boom del comercio internacional. Esta tendencia se originó en otros países, especialmente en China, y provocó una demanda de materias primas que habría beneficiado a la Argentina sin importar quién fuera su presidente. Empujada por su sector agrícola, la economía argentina creció a un ritmo inusitado, y en ese proceso generó un superávit fiscal y una reserva de divisas que facilitaron a los Kirchner la tarea de gobernar.
Los historiadores se preguntarán seguramente si el gobierno de Kirchner hizo buen uso de esas reservas. Un ejemplo notable es la decisión de utilizar 8000 millones de dólares de reservas del Banco Central para pagar la deuda que el país tenía con el Fondo Monetario Internacional. Kirchner, que veía en el FMI al gran villano detrás del colapso de 2001, creyó aparentemente que la balanza comercial favorable continuaría indefinidamente. Sentía que al pagarle al FMI toda la deuda no sólo daba un paso decisivo en pos de la independencia económica, sino que también eliminaba los cuestionamientos externos a su política económica. La miopía de esa decisión quedó demostrada muy poco tiempo después, cuando su gobierno tuvo que tomar un préstamo del gobierno de Venezuela a una tasa de interés que triplicaba la que venía pagando al FMI.
Podría decirse que ese pensamiento de corto plazo también subyace a muchas de sus decisiones en materia de política interior. En el área de bienestar social, los pagos directos a las familias carenciadas y a los desempleados fueron una respuesta adecuada, pero el Gobierno mostró poco interés por invertir a largo plazo en áreas como educación y salud pública, que podrían haber tenido un impacto permanente en la vida de los pobres. También optó por subsidiar diversas actividades económicas en lugar de resolver los problemas básicos de esas industrias. Esto fue especialmente cierto en el caso del sector energético, que necesitaba una enorme inyección de capital para hacer frente a la creciente demanda. Aquí, los prejuicios antiextranjeros de Kirchner lo llevaron a posponer la necesidad de nuevas y significativas inversiones, pues implicaba aceptar que las empresas de servicios públicos de capital extranjero aumentaran sus tarifas. Finalmente, durante la presidencia de Cristina, el Gobierno no tuvo otra alternativa que permitir esa suba. Los historiadores quizás adviertan aquí cierto paralelo con el presidente Juan Domingo Perón, quien se opuso a abrir la industria del petróleo al capital internacional durante su primer mandato para terminar dando marcha atrás y aceptándolo durante el segundo.
La habilidad de Kirchner para crear la red de lealtades políticas que le permitió dominar el poder dependía en definitiva de una distribución selectiva de los fondos públicos. Los líderes políticos de las naciones democráticas han recurrido con frecuencia a esta práctica, pero en el caso de Kirchner implicó el uso de los poderes de la emergencia económica mucho tiempo después de que la emergencia había pasado. Kirchner estaba por lo tanto en condiciones de recompensar a las provincias cuyos representantes apoyaban sus iniciativas en el Congreso y de castigar a quienes se oponían a ellas. El apoyo de sus seguidores en el Congreso le permitió sobre todo eludir las exigencias legales que regulan la distribución de los ingresos fiscales a las provincias por medio de la subestimación de la cifra de ingresos de la ley de presupuesto. Los millones de pesos que se recaudaban y que excedían las previsiones presupuestarias iban a parar a la famosa "caja" que Kirchner utilizaba para ganarse o retener el apoyo de gobernadores, intendentes y otros políticos.
El estilo confrontativo de Kirchner para lidiar con los sectores que él consideraba enemigos potenciales -y esto incluía a los medios de comunicación, los militares, la iglesia y ciertos grupos empresarios- no lo ayudó en nada a ganarse el afecto de quienes no integraban las filas de sus colaboradores inmediatos o no se beneficiaban de su generosidad. Pero sus adversarios políticos estaban tan debilitados por sus diferencias ideológicas y sus rivalidades personales que fueron incapaces de impedir que lograra su objetivo. En 2005, al conseguir que su esposa, Cristina Fernández de Kirchner -quien ya era senadora por la provincia de Santa Cruz-, conquistara una banca de senadora por la provincia de Buenos Aires, Kirchner logró arrebatarle el control del aparato político del peronismo a Eduardo Duhalde. En julio de 2007, hizo saber que no aspiraría a un segundo mandato, y sin hacer siquiera la parodia de un proceso de elecciones internas anunció que ella era su candidata para sucederlo. En las elecciones de octubre, Cristina Fernández de Kirchner obtuvo la presidencia con el 45% necesario de votos para evitar una segunda vuelta.
Para entonces, sin embargo, ya comenzaban a verse las fisuras del manejo económico de Kirchner. Frente a un creciente índice inflacionario que lo hubiese obligado a aumentar los pagos a los tenedores de bonos externos, el presidente reemplazó por medio de su secretario de Comercio a la plana mayor del Instituto Nacional de Estadística y Censos. El organismo anunció entonces una cifra de inflación inferior a la anteriormente anticipada, minando así la credibilidad interna e internacional de sus guarismos. Pero la mayor pérdida de prestigio de los Kirchner llegó en 2008, con la pelea con el sector agrícola por un decreto que elevaba las retenciones a las exportaciones de soja del 35% mínimo que existía hasta entonces hasta el 90%, dependiendo del precio internacional de ese producto. Los historiadores advertirán que los grandes y pequeños productores agropecuarios protestaron contra el decreto con huelgas y cortes de rutas, pero como Néstor Kirchner lo consideraba más una amenaza a su poder que un asunto en el que era posible ceder, se negó a hacer cualquier tipo de concesiones. Después de meses de tensión, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner concedió enviar el decreto al Congreso para que fuese refrendado. Para entonces, el tema había inflamado tanto a la opinión pública de las provincias agroexportadoras que los senadores usualmente leales a los Kirchner tuvieron que tomar una difícil decisión. El inesperado resultado de la votación en el Congreso arrojó un empate y el vicepresidente de la Nación, ex gobernador radical de la provincia de Mendoza y un aliado político, votó en contra de la propuesta del Gobierno. Fue un momento histórico que marcó el principio del fin para el dominio de Kirchner sobre la vida política argentina.
Al momento de escribir este artículo, faltan todavía seis semanas para las elecciones legislativas de junio. Mientras tanto, los peronistas disidentes se han organizado para enfrentar a los candidatos oficiales en varias provincias, y los líderes de los partidos de la oposición, sobreponiéndose a sus tradicionales diferencias, están tratando de encolumnarse detrás de una lista única de candidatos. Queda por verse cuando se haga el recuento de votos hasta qué punto quedará menguado el sistema de gobierno hegemónico de los Kirchner. Si pierden el control del Congreso, ¿Néstor abandonará su línea dura y permitirá que Cristina haga las concesiones normales en un sistema democrático? En resumen, ¿serán capaces de adaptarse a una nueva configuración del poder, en la que Néstor ya no pueda decirse a sí mismo "aquí mando yo"? Los historiadores del futuro sabrán la respuesta.

sábado, 9 de mayo de 2009

No alcanzó para los pobres

Mientras esté en el poder, Kirchner nunca blanqueará los números del INDEC. Debería asumir el mayor costo político de su gestión: reconocer que hace dos años que crece la pobreza, como en la década menemista. Moreno borró 4 millones de pobres de las estadísticas. Otra apuesta fallida al derrame. Y un Estado que sólo asiste a los que están dentro del sistema.

Maximiliano Montenegro

Néstor Kirchner nunca permitirá mientras esté en el poder que se blanqueen los números del INDEC que Guillermo Moreno dibuja desde principios de 2007. Si lo hiciera, debería asumir el mayor costo político de su gestión: reconocer que, inflación mediante, hace dos años que la pobreza crece, incluso por encima de los niveles de la década menemista.

Desde el segundo trimestre de 2007, el organismo oculta la base de datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), insumo necesario para elaborar las cifras de pobreza, indigencia y distribución del ingreso.

Desde entonces, la pobreza aumentó por el salto en los precios de la canasta de alimentos. Aunque el organismo oficial no lo registre en sus partes de inflación.

Según el INDEC, hoy la pobreza alcanza al 17,8% de la población. Es decir que reconoce 7,2 millones de pobres en la Argentina. Sin embargo, para Artemio López, el encuestador favorito de Kirchner, la pobreza se ubicaría en el 28%, con lo cual habría 11,2 millones de pobres. Para el economista Claudio Lozano, que realizó una estimación con información aportada por técnicos desplazados del INDEC, la pobreza llega ya al 31,3%: 12,5 millones de personas. Ernesto Kritz, director de la Sociedad de Estudios Laborales, realiza un cálculo similar: 32% de la población.

El INDEC de Moreno barre bajo la alfombra entre 4 y 5 millones de pobres en la Argentina.

El kirchnerismo tampoco revirtió la tendencia a la concentración de la riqueza que se experimenta desde mediados de la década del setenta. Incluso la profundizó. La brecha de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre pasó de 7 veces en 1974 a 10,8 veces en 1990; a 13,5 veces en 1998; se mantuvo en esta última proporción en 2004, y creció a 13,9 veces en 2006. Es el último dato que se puede elaborar sobre la base de la EPH del INDEC, antes de que Moreno se llevara a su casa los resultados de la encuesta. Desde entonces, la inflación licuó los ingresos de los trabajadores informales de la base de la pirámide y amplió la desigualdad. Según técnicos del organismo, la brecha se elevó a 14,5 veces a fines de 2008.

La razón de la continuidad de la intervención en el INDEC, que los intelectuales K consideran un capricho inexplicable, se encuentra en el ocultamiento de estas y otras estadísticas sociales. Es algo más que un capricho de Kirchner.

DERRAME. La revista de humor Barcelona, con el estilo ácido que la caracteriza, tituló: “La redistribución ya se hizo. Lamentablemente no alcanzó para los pobres”. Es una excelente definición de lo que fue el patrón distributivo de la era K.

Como en la década menemista, otra vez fracasó la teoría del derrame: la idea de que el crecimiento a tasas chinas, por sí solo, resolvería el drama de la pobreza y la desigualdad. La caída drástica de la desocupación desde 2002 redujo durante cuatro años los índices de pobreza frente a los picos poscrisis. Pero la creación de empleo no bastó para perforar los pisos de miseria y desigualdad cimentados durante la década del noventa. Con casi el 40% de los ocupados en negro, la pobreza se convirtió en un drama de los empleados, en puestos precarios y de baja remuneración. Mientras que se amplió la brecha de ingresos entre los trabajadores en blanco y en negro. Durante todos esos años las empresas embolsaron ganancias extraordinarias. Y a partir de 2007 la inflación frenó cualquier progreso social, empeorando la situación de aquellos que se quedaron relegados frente a la carrera de los precios.

Ahora bien, ¿qué se hizo desde el Estado para incidir en la distribución en un contexto de crecimiento a tasas chinas? Veamos.

A favor de una mejor distribución:

• Plan de inclusión jubilatoria: 1,5 millones de jubilados sin aportes provisionales.

• Reforma jubilatoria 2007: regresó a los aportantes de menores recursos al Estado, evitando así la expropiación que significaban las comisiones de las AFJP sobre los sueldos más bajos.

Entre las políticas que por acción u omisión no favorecieron una mejor distribución del ingreso se cuentan las siguientes:

• Subsidios a las tarifas de luz y gas de sectores medios altos y altos: según el propio Julio De Vido, cuando se anunció de golpe el descongelamiento tarifario, el costo fue de $ 2.400 millones anuales (casi $ 10.000 millones en cuatro años).

• Eliminación de la tablita de Machinea: $ 2.500 millones anuales que deja de percibir el Estado y van al bolsillo de los que cobran más de 7.200 pesos mensuales. Es un monto equivalente a lo que se planeaba recaudar con la famosa resolución 125, descontadas las “compensaciones” para los pequeños y medianos productores.

• Se mantuvo intacta la exención del impuesto a las Ganancias para operaciones financieras (intereses de títulos públicos, obligaciones negociables, plazos fijos): son más de $ 4.000 millones anuales los que se pierde de recaudar el fisco.

• Se preservó la exención impositiva a las ganancias de capital: compraventa de empresas (acciones) y de propiedades. Por ejemplo, cuando Néstor Kirchner multiplicó su patrimonio gracias a los terrenos en El Calafate y los inmuebles que compró barato y vendió caro, no abonó un centavo de impuesto a las Ganancias. Lo mismo Amalita, cuando vendió en u$s 800 millones sus acciones en Loma Negra a un grupo brasileño.

• No se restituyó el impuesto a la Herencia, que derogó la dictadura y existe en países como Estados Unidos y Chile, el modelo “neoliberal” del continente.

• Con los aportes jubilatorios de la estatización de las AFJP, como dice Claudio Lozano, Kirchner creó su propia AFJP para negociar con las empresas. Pero no implicó ninguna redistribución para los sectores carenciados. En los últimos meses, la ANSES otorgó préstamos destinados a los sectores medios con poder adquisitivo, al Tesoro para cancelar deudas y a las empresas. En el mejor de los casos, más teoría del derrame.

• En lugar de destinar fondos a una recomposición de haberes jubilatorios (ocho de cada diez jubilados cobran la mínima de $ 770 mensuales). O en lugar de orientar recursos a financiar un subsidio para los hijos de familias pobres, lo cual, además de mejorar la distribución, tendría un efecto reactivador más inmediato y eficaz.

• Mientras tanto, se licuó el poder de compra de los planes Jefas y Jefes de Hogar, cuyo monto permanece congelado en 150 pesos desde abril de 2002.

En Inglaterra hace varios años y, después de la caída del muro de Wall Street, en Estados Unidos también sectores políticos progresistas vienen presionando con el lema “1% para los chicos” (“One percent for kids”): la idea es que los gobiernos destinen esa porción del PBI en un subsidio universal a la niñez, como política para disminuir la pobreza.

Por su estructura impositiva y de subsidios, en la Argentina todavía prevalece el Estado “Hood Robin” menemista. En un interesante estudio Kritz demuestra que la mitad de los niños del 30% más pobre de la población no recibe ninguna asignación estatal. En cambio, sólo el 3% de de los hijos de las familias de mayores ingresos (el 10% más alto de la distribución) se encuentra desprovisto de un beneficio estatal. En este segmento casi todos los hijos están alcanzados por asignaciones familiares y, fundamentalmente, por la deducción de carga de familia en el impuesto a las Ganancias ($ 5.000 por año por hijo).

Hace cinco años que la CTA propone un subsidio a la niñez, para romper la lógica de que toda la asistencia estatal se destina (vía asignaciones familiares, subsidios al empleo, etc.) a los asalariados en blanco, mientras que en el universo de más de 4 millones de trabajadores en negro y desocupados se consolida un núcleo duro de la pobreza. Los hogares pobres son los de más hijos a cargo: 2,1 hijos promedio frente a 0,4 en las familias de mejores ingresos.

Sin embargo, la administración K nunca lo implementó, además de negar la personería jurídica a esa central gremial para fortalecer su alianza con la CGT, que sólo reclama por los incluidos en el sistema.

Para el caso argentino, el 1% del PBI equivale a $ 11.000 millones de pesos. Ya que Kirchner no se animó a eliminar exenciones bochornosas al impuesto a las Ganancias, la medida se podría financiar, transitoriamente, con una parte de los recursos corrientes de la estatización de las AFJP. Sería una manera de cambiar a un Estado que casi siempre aporta dinero por arriba de la pirámide, esperando que derrame.

martes, 10 de junio de 2008

Campo, peronismo y golpes de Estado

Los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. Es grave, pero más grave aún es cuando los que pierden la memoria o cometen errores históricos son los profesores universitarios.


Raúl Faure Abogado

El Gobierno nacional y las autoridades del Partido Justicialista condenaron la reciente protesta rural y social, y atribuyeron a sus impulsores y adherentes intenciones golpistas. Es, también, la opinión del profesor universitario Salvador Treber (La Voz del Interior, edición del 6 de junio, página 14 A) quien cree que el conflicto reproduce mecánicamente “hechos semejantes acaecidos en la luctuosa década de 1970” y que las protestas empresarias a lo largo de 1975 y, en especial, el lock out del 16 de febrero de 1976 “fueron el caldo de cultivo para la consumación del golpe de Estado”, en alusión al que dieron las Fuerzas Armadas contra el gobierno de la señora Isabel viuda de Perón. Hay errores conceptuales e históricos en esas aseveraciones. El “caldo de cultivo” –para utilizar la metáfora del profesor Treber– se fue cocinando especialmente a partir de mayo de 1973, cuando las irreductibles disputas internas del peronismo transformaron al país en un vasto y cruel campo de batalla. El 20 de junio, los manifestantes que marchaban para dar la bienvenida a Perón (cuyo regreso puso fin a un placentero exilio) fueron atacados por comandos parapoliciales organizados por los sindicatos enfrentados con el peronismo montonero con un luctuoso saldo de más de 200 muertos y miles de heridos. El contraataque llegó tres meses después, cuando a horas de la victoria electoral que llevó a Perón por tercera vez a la presidencia, milicianos montoneros asesinaron a José Rucci, secretario general de la CGT. Innumerables y sangrientos hechos de violencia cometieron casi a diario los fanáticos que proclamaban “la patria peronista” y quienes sostenían la bandera de la “patria socialista”. En febrero de 1974, un motín policial –bendecido por el propio presidente de la Nación– suprimió la voluntad popular que sólo ocho meses antes había consagrado a Ricardo Obregón Cano y Atilio López como gobernador y vice de la provincia. El Día del Trabajo, en la Plaza de Mayo, Perón rompió con el autollamado Ejército Montonero y calificó a sus militantes de “imbéciles” cuando las protestas rozaron a su esposa y a su ministro López Rega. A partir de esos episodios y bajo la protección del Estado se multiplicaron las siniestras y criminales acciones punitivas de la Triple A, que eligió como blancos predilectos a los propios peronistas y a los dirigentes democráticos que denunciaban los procedimientos terroristas que ponían en riesgo la vida misma del Estado de derecho. La sucursal local de la Triple A (protegida por la intervención federal que había asumido el gobierno de Córdoba) dinamitó y destruyó la planta impresora de La Voz del Interior, un atentado perpetrado el inicio de 1975. A mediados de ese año (ya muerto Perón y con su viuda al frente del Poder Ejecutivo) se dispuso una devaluación de ciento por ciento. Se congelaron los salarios y se triplicaron los precios de los servicios públicos y de los alimentos. La crisis se descargó en mayor medida sobre las espaldas de los trabajadores y de los sectores medios. El “pacto social” firmado en junio de 1973 quedó hecho añicos. Los gremios se sublevaron. Por primera vez, se ejecutó una huelga general bajo un gobierno peronista. A partir de estos episodios, la fuerza reemplazó a la ley como método para dirimir los conflictos. La crisis arrasaba. Cuatro ministros se sucedieron entre junio de 1975 y marzo de 1976, la crisis arrasaba cuanto obstáculo se cruzaba en su camino y, en tanto, las organizaciones guerrilleras que actuaban en la “clandestinidad” asesinaban a policías, militares y empresarios y asaltaban cuarteles del Ejército. En noviembre, Frondizi renunció a seguir formando parte de la coalición política que llevó a Perón a la presidencia y reclamó, vanamente, que se adoptaran correcciones heroicas para evitar la quiebra del orden constitucional. Al mes siguiente, se sublevó la Fuerza Aérea para reclamar la renuncia de la presidenta. Para entonces, el embajador de Estados Unidos había informado a su gobierno que “la rapiña y la arrogancia con las que el pequeño entorno de la viuda de Perón se abalanzó sobre el Tesoro Nacional no tiene precedentes en la historia argentina”. Aseveró, también, que el golpe era inevitable, que sería encabezado por el general Videla y que tendría características “sangrientas”. El país se hundía en una ciénaga de crímenes y corrupción. La guerra civil podía estallar de un momento a otro. “La Argentina –dijo Félix Luna al prologar Montoneros, soldados de Perón, del historiador británico Gillespie– terminó convirtiéndose en un campo salvaje donde la lucha armada se exaltaba como un fin a sí mismo... y la competencia política era, simplemente, una apuesta a la calidad de las metralletas...”. De manera que cuando el campo y los más diversos sectores de la producción (incluidas nueve federaciones provinciales de empresarios peronistas que actuaban a través de la sigla CGE) decretaron el paro del 16 de febrero de 1976, el proceso de descomposición del gobierno y del peronismo era irreversible. No fue el campo, ni sus chacareros, ni siquiera la Sociedad Rural quienes planearon y dieron el golpe. El golpe se fue gestando en los despachos oficiales y dentro de las filas del peronismo, único partido político del planeta que incluye dentro de sus filas a las víctimas y a los victimarios. Como se gesta hoy, desde los máximos niveles de gobierno, un sectarismo desbordado que provocará gravísimos daños morales y patrimoniales al conjunto de la sociedad. El País, de Madrid (edición del 14 de enero de 2004), proporcionó una interpretación objetiva de los episodios evocados: “Isabel de Perón fue un títere de quienes condujeron al país a una fascistoide derechización... se intervinieron universidades, provincias, sindicatos, medios de comunicación... desaparecida Argentina como exportadora, sin reservas en el Banco Central, la inflación galopó sobre una deuda creciente y una corrupción desbocada... y acabó franqueando el paso al período más siniestro de la historia, la dictadura encabezada por el general Videla y otros de su calaña...”. “¡Pobre de los pueblos que olvidan su pasado!”, dice aparentemente compungido el profesor Treber. Cierto es que hay muchos desmemoriados y, ya se sabe, los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. Es grave, pero más grave aún es cuando los que pierden la memoria o cometen errores históricos son los profesores universitarios. © La Voz del Interior

lunes, 21 de abril de 2008

Carta abierta de Fernando Peña a Cristina Kirchner


Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme. Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país… Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.

Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.

Mi celular suena mucho menos que el suyo, y todavía por suerte tengo uno solo. Pero le quiero contar algo que ocurrió el miércoles pasado. Es que desde entonces mi celular no deja de sonar: Telefe, Canal 13, Canal 26, diarios, revistas, Télam… De pronto todos quieren hablar conmigo. Siempre quieren hablar conmigo cuando soy nota, y soy nota cuando me pasa algo feo, algo malo. Cuando estoy por estrenar una obra de teatro -mañana, por ejemplo- nadie llama. Para eso nadie llama. Llaman cuando estoy por morirme, cuando hago algún “escándalo” o, en este caso, cuando fui palangana para los vómitos de Luis D’Elía. Es que D’Elía se siente mal. Se siente mal porque no es coherente, se siente mal porque no tiene paz. Alguien que verbaliza que quiere matar a todos los blancos, a todos los rubios, a todos los que viven donde él no vive, a todos lo que tienen plata, no puede tener paz, o tiene la paz de Mengele.

Le cuento que todo empezó cuando llamé a la casa de D’Elía el miércoles porque quería hablar tranquilo con él por los episodios del martes: el golpe que le pegó a un señor en la plaza. Me atendió su hijo, aparentemente Luis no estaba. Le pregunté sencillamente qué le había parecido lo que pasó. Balbuceó cosas sin contenido ni compromiso y cortó.

Al día siguiente insistí, ya que me parecía justo que se descargara el propio Luis. Me saludó con un “¿qué hacés, sorete?” y empezó a descomponerse y a vomitar, pobre Luis, no paraba de vomitar. ¡Vomitó tanto que pensé que se iba a morir! Estaba realmente muy mal, muy descompuesto. Le quise recordar el día en el que en el cine Metro, cuando Lanata presentó su película Deuda, él me quiso dar la mano y fui yo quien se negó. Me negué, Cristina, porque yo no le doy la mano a gente que no está bien parada, no es mi estilo. Para mí, no estar bien parado es no ser consecuente, no ser fiel.

Acepto contradicciones, acepto enojos, peleas, puteadas, pero no tolero a las personas que se cruzan de vereda por algunos pesos. No comparto las ganas de matar. El odio profundo y arraigado tampoco. Las ganas de desunir, de embarullar y de confundir a la gente tampoco. Cuando me cortó diciéndome: “Chau, querido…”, enseguida empezaron los llamados, primero de mis amigos que me advertían que me iban a mandar a matar, que yo estaba loco, que cómo me iba a meter con ese tipo que está tan cerca de los Kirchner, que D’Elía tiene muuuucho poder, que es tremendamente peligroso. Entonces, por las dudas hablé con mi abogado. ¡Mi abogado me contestó que no había nada qué hacer porque el jefe de D’Elía es el ministro del Interior! Entonces sentí un poco de miedo. ¿Es así Cristina? Tranquilíceme y dígame que no, que Luis no trabaja para usted o para algún ministro. Pero, aun siendo así, mi miedo no es que D’Elía me mate, Cristina; mi miedo se basa en que lo anterior sea verdad. ¿Puede ser verdad que este hombre esté empleado para reprimir y contramarchar? ¿Para patotear? ¿Puede ser verdad? Ése es mi verdadero miedo. De todos modos lo dudo.

Yo soy actor, no político ni periodista, y a veces, aunque no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado. Toda la gente que me rodea, incluidos mis oyentes, que no son pocos, me dicen que sí, que es así. Eso me aterra. Vivir en un país de locos, de incoherentes, de patoteros. Me aterra estar en manos de retorcidos maquiavélicos que callan a los que opinamos diferente. Me aterra el subdesarrollo intelectual, el manejo sucio, la falta de democracia, eso me aterra Cristina. De todos modos, le repito, lo dudo.

Pero por las dudas le pido que tenga usted mucho cuidado con este señor que odia a los que tienen plata, a los que tienen auto, a los blancos, a los que viven en zona norte. Cuídese usted también, le pido por favor, usted tiene plata, es blanca, tiene auto y vive en Olivos. A ver si este señor cambia de idea como es su costumbre y se le viene encima. Yo que usted me alejaría de él, no lo tendría sentado atrás en sus actos, ni me reuniría tan seguido con él.

De todas maneras, usted sabe lo que hace, no tengo dudas. No pierdo las esperanzas, quiero creer que vivo en un país serio donde se respeta al ciudadano y no se lo corre con otros ciudadanos a sueldo; quiero creer que el dinero se está usando bien, que lo del campo se va a solucionar, que podré volver a ir a Córdoba, a Entre Ríos, a cualquier provincia en auto, en avión, a mi país, el Uruguay… por tierra algún día también.

Quiero creer que pronto la Argentina, además de los cuatro climas, Fangio, Maradona y Monzón, va a ser una tierra fértil, el granero del mundo que alguna vez supo ser, que funcionará todo como corresponde, que se podrá sacar un DNI y un pasaporte en menos de un mes, que tendremos una policía seria y responsable, que habrá educación, salud, piripipí piripipí piripipí, y todo lo que usted ya sabe que necesita un país serio. No me cabe duda de que usted lo logrará. También quiero creer que la gente, incluso mis oyentes, hablan pavadas y que Luis D’Elía es un señor apasionado, sanguíneo, al que a veces, como dijo en C5N, se le suelta la cadena. Esa nota la vio, ¿no? Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca. Quiero creer que nunca va a matar a alguien y que es un buen hombre. Quiero creer que ni usted ni nadie le pagan un centavo. Quiero creer que usted le perdona todo porque le tiene estima. Quiero creer que somos latinos y por eso un tanto irreverentes, a veces también agresivos y autoritarios. Quiero creer que D’Elía no me odia y que, la próxima vez que me lo cruce en un cine o donde sea, me haya demostrado que es un hombre coherente, trabajador decente con sueldo en blanco y buenas intenciones.

Cuando todo eso suceda, le daré la mano a D’Elía y gritaré: “Viva Cristina”… Cuántas ganas tengo que todo eso suceda. ¿Estaré pecando de inocente e ingenuo otra vez? Espero que no.

La saluda cordialmente,

Fernando Peña

Fue una provocación


Por Beatriz Sarlo
Para LA NACION

Estuve en la Plaza de Mayo más o menos a las once de la noche del martes. Poco después llegó una camioneta que transportaba un gran pasacalle con la leyenda “Sociedad Rural vergüenza nacional”.

A una señora que caminaba con su cacerola y su hija de seis o siete años le sugerí que se fuera porque iban a empezar las piñas. La señora quedó estupefacta, porque no sabía, ni nadie sabía en la Plaza de Mayo, que en el Obelisco ya le habían roto la cara a un manifestante. Que se venían las piñas era evidente para cualquiera que hubiera participado en alguna manifestación de los años setenta, experiencia que probablemente no realizó la mayoría de los que estaban allí en un comienzo.

La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.

Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas. Cuando terminaba la noche por huida y dispersión, una mujer de la edad de la Presidenta dijo: “No creo que esta mujer haya sido una dirigente política en su juventud, porque yo estaba en la política y discutir con los JP era difícil. Había que ganarles, mientras que esta mujer me parece que nunca le ganó a nadie una discusión mano a mano”.

En la Plaza de Mayo no se oyeron gritos pidiendo que se fueran todos, como los que transmitió la televisión desde Olivos, cuya concurrencia parecía mucho más ajustada a las clases pudientes que la que estaba en la Plaza. Cuando entraron los kirchneristas, sus columnas, que habían llegado con banderas argentinas, estandartes rojos y negros de la JP y el gran cartel contra la Sociedad Rural, avanzaron por Avenida de Mayo casi hasta la altura del Cabildo.

Los fotógrafos y camarógrafos formaron para hacer su trabajo y durante casi media hora fueron la línea providencial que separó en dos a los manifestantes enfrentados. La policía de Aníbal Fernández formaba en la calle Perú, con una disposición difícil de descifrar.

A un militante de D’Elía que me saludó le dije: “Esto es una provocación”. No entendió, y por cinco minutos discutimos: una provocación significa que un grupo organizado irrumpe en la manifestación de otro grupo para romperla, si es necesario con violencia. Le dije: “En la tradición progresista, la provocación fue un acto político despreciable, atribuido casi siempre a la policía o a los enemigos de clase. Hoy, en cambio, los provocadores son ustedes”.

Los manifestantes de la Plaza no tenían cultura de enfrentamiento físico (ni siquiera parecía que tuvieran cultura de cancha). Jóvenes que podrían haber reaccionado con cierta resistencia física salían disparando por la calle San Martín o corrían por Avenida de Mayo hacia la Diagonal. En poco rato quedó claro que la Plaza les pertenecía a D’Elía y a Pérsico. El que haya asistido a cualquier enfrentamiento por el espacio público sabe que podría haber habido mucha más violencia si los manifestantes solidarios con el campo hubieran resistido sólo un poco a los kirchneristas.

Para el peronismo, la ocupación de la Plaza de Mayo tiene una carga simbólica enorme, cuya larga historia comienza el fundacional 17 de octubre de 1945.

Pérsico y D’Elía responden a una tradición que no hay que subestimar ni pensar que es totalmente instrumental: hay destellos de memoria y de identidades en conflicto, además de provocación e impunidad.

El 1° de mayo de 1974, los montoneros retiraron sus columnas de la Plaza de Mayo después de desatar una guerra de consignas mientras Perón estaba hablando. Se retiraron al grito de que volverían victoriosos. En cada acto peronista de esos años, la disputa por los lugares en la Plaza entre juventud peronista y juventudes sindicales incluyó desde el cuerpo a cuerpo, que avanza ganando metros por presión física, hasta el enfrentamiento a golpes o con armas.

Los bosques de Ezeiza fueron escenario, en 1973, de una disputa por el espacio que comenzó la noche anterior a la llegada de Perón: nuevamente juventudes peronistas y juventudes sindicales se toparon para colocarse en las primeras filas frente al palco que el líder no llegó a ocupar.

Finalmente, ese gigantesco forcejeo que cubrió hectáreas terminó con un enfrentamiento armado: desde el palco, grupos de la derecha peronista, que luego serían parapoliciales, tirotearon a los de abajo, donde también había algunas armas.

Si Cristina Fernández de Kirchner no ignora esta historia (o no la olvidó en los años pasados en Santa Cruz), debió elegir con más cuidado las palabras de su discurso del martes, que empezó así textualmente: “Las imágenes que me tocó ver especialmente en Semana Santa, siempre Semana Santa ha sido emblemática para los argentinos, como si fuera una señal pegada en esta oportunidad a una de las peores tragedias que tiene la historia argentina, y que fue la del 24 de marzo de 1976. Señales, tal vez, que se toma la historia, la casualidad, pero lo cierto es que en estos cinco días, el último día fue 24 de marzo”. La Presidenta les dio línea a Pérsico y D’Elía, que a los gritos acusaron a los manifestantes de haber apoyado la dictadura militar.

Se dice que Cristina Fernández de Kirchner habla bien. Su discurso no lo prueba, si hablar bien significa algo más que hablar de corrido, no vacilar ni confundirse con los tiempos de los verbos.

El comienzo de su discurso, al señalar un vínculo entre las manifestaciones ruralistas actuales y el golpe de Estado de 1976 tuvo dos defectos graves. En primer lugar, se trató de una sugerencia, como si una cuestión de esta magnitud pudiera ser dicha al pasar, sin tomar en cuenta que va a ser escuchada como línea interpretativa que puede dar paso a las acciones y no como la ocurrencia de alguien que visualiza “señales” sin ton ni son.

No era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.

Por otra parte, cuando un político pronuncia un discurso de esa dureza debe saber que cada uno de sus párrafos puede tener efectos poco controlables sobre quienes se sienten atacados y quienes se sienten expresados por sus palabras. Cuando la gente de Pérsico y D’Elía entró en la Plaza de Mayo para desalojar a los manifestantes, la consigna gritada contra ellos asimilándolos a la dictadura militar había estado sugerida por las “señales” que creyó descubrir la Presidenta, emanadas de una clásica oposición “oligarquía versus pueblo” que palpita, desde hace cincuenta años, en el corazón del peronismo. No era momento para reactivarla.

No puede decirse con certeza si los grupos de Pérsico y D’Elía fueron enviados allí. Lo que parece cierto es que el discurso duro de la Presidenta, la insinuación de coincidencia, las “señales” intuidas y la irrupción de los piqueteros constituyen un dispositivo político, más allá de quienes se mueven dentro de sus engranajes o quienes creen que pueden manejarlo.

La plaza fatídica

Raúl Faure
Abogado

Durante tres semanas, la protesta de los productores, trabajadores, comerciantes y pobladores de localidades vinculadas al agro paralizaron el país. Cuando este acontecimiento sea analizado con la perspectiva que da el paso del tiempo, se lo valorará como la más firme y vasta protesta civil de nuestra historia.

La rebelión rural, además, prescindió de consideraciones retóricas y abordó los verdaderos problemas que afrontamos, llamando a las cosas por su nombre. Así, denunció la iniquidad de nuestro sistema impositivo (que grava al consumo popular y al trabajo y exime a las operaciones financieras) y hasta se calificó de “unitario” al sistema que somete a los estados provinciales a la condición de colonias.

La señora Presidenta respondió presidiendo un acto partidario. En su discurso, eludió toda consideración sobre esos reclamos concretos limitándose a denunciar que tras las protestas se esconden intenciones golpistas. Era innecesario. Ningún argentino sensato fomenta el uso de métodos violentos para sustituir la voluntad expresada en los comicios. Contrariamente, es el propio Gobierno el empeñado en vaciar las instituciones republicanas al ejercer, sin contrapesos ni controles, las facultades extraordinarias conferidas por un Congreso domesticado.

Utilizar un acto partidario para amedrentar a los opositores y a la prensa es un grave error. Es retomar prácticas que, en el pasado, sólo sirvieron para profundizar rencores. Además, la Presidenta (quien se define como “hegeliana”) no ignora que el filósofo alemán que admira predicó, entre otras cosas, que la historia es cíclica y que, por ello, suele repetirse en ocasiones. Pensamiento que Carlos Marx completó diciendo: “Es cierto, la historia se repite, pero no de la misma manera, una vez lo hace como tragedia, otra vez como farsa”. La farsa (es decir, la tramoya que se exhibe para engañar) aun cuando se monte en la venerable Plaza de Mayo no sirve para resolver los graves problemas que afronta el país.

Lo cierto es que, en muchas circunstancias de nuestra historia, la innoble utilización de la Plaza de Mayo la convirtió en un recinto fatídico. Sobran los ejemplos, de ayer y de antes de ayer. Es inevitable que vuelvan a la memoria algunos episodios. El 8 de setiembre de 1930 ante una muchedumbre enfervorizada prestó juramento como jefe del Estado el general Uriburu (“muchas botas, poca cabeza”, según la ingeniosa expresión utilizada por Cárcano para condenar sus inclinaciones antirrepublicanas), luego de derrocar al presidente Yrigoyen. Poco tiempo después, esa misma plaza enmudeció cuando se pretendió imponer al país un régimen fascista y sus propios camaradas lo despidieron sin honores.

A partir del 17 de octubre de 1945 fue la “plaza de Perón” el sitio emblemático donde se celebraban los fastos de la “nueva Argentina”, se coronaban reinas y se anatematizaba a los “contreras” que se atrevían a denunciar los abusos que suprimían las garantías constitucionales. Fue en esa misma plaza, el 31 de agosto de 1955, cuando el país se paralizó de terror al escuchar al presidente Perón. Tal vez despechado porque la oposición puso condiciones a su plan pacificador luego del sangriento ataque de la aviación naval a la Casa Rosada, dijo: “Les hemos ofrecido la paz y no la han querido. Ahora hemos de ofrecerles la lucha... pero sepan que esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que los hayamos aniquilado y aplastado... el que intente alterar el orden ... puede ser muerto por cualquier argentino... y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”. Veinte días después dimitió y buscó refugio en la embajada paraguaya.

Vencedores y vencidos. El 21 de setiembre la plaza volvió a llenarse, ahora para vitorear al jefe de la insurrección cívico-militar triunfante, el intrépido y noble general Eduardo Lonardi, quien afirmó: “No hay vencedores ni vencidos”. Para enmudecer semanas después cuando se enteró que sus camaradas le habían despedido para imponer la consigna “vencedores y vencidos”.

Inmovilizada por la prepotencia de las armas (y la indiferencia de gran parte de la sociedad) la plaza asistió al derrocamiento de los presidentes Frondizi e Illia. Y el 1° de mayo de 1974, en ejercicio del tercer mandato presidencial, Perón condenó sin contemplaciones las disidencias que brotaban en el interior de su propio partido calificando a los montoneros y a sus simpatizantes de “imbéciles e imberbes”.

Dos meses después falleció Perón, dejando el poder a su esposa, quien sólo un año después, en ese mismo escenario, fue repudiada por negarse a homologar los convenios celebrados para atenuar los efectos de una incontenible inflación y el consiguiente aumento de los precios. Ocho meses después, la plaza, otra vez enmudecida asistió a su derrocamiento mientras se desataba la más cruel represión de la que se tenga memoria.

También convocó a la plaza el dictador Galtieri para anunciar el desembarco en las Islas Malvinas y desafiar al poderío militar del Reino Unido. Semanas después, la rendición lo privó del poder y sus camaradas lo juzgaron convirtiéndolo en un convicto.

Más cerca, la plaza albergó a las multitudes que fueron a apoyar la investidura del romántico presidente Alfonsín, que debieron callar cuando se enteraron que el precio del acuerdo con los militares sublevados se pagó con la sanción de las leyes de punto final y obediencia debida.

Sí, la Plaza de Mayo es fatídica. El coro de enfervorizados asistentes muchas veces mutó por el silencio de las muchedumbres desilusionadas. Por eso la señora Presidenta no debe otorgarle un valor absoluto a su reciente convocatoria. Cuando la inflación se desboque, incontrolable, y el costo de vida pulverice los aumentos obtenidos por los trabajadores en las paritarias de este año, tendrá un amargo despertar. A la plaza no irán los adulones ni los piqueteros alquilados, en ella reclamarán trabajadores y productores empobrecidos. Entonces comprenderá que con sólo discursos (como decía Lisandro de la Torre, discursos insustanciales que sólo exhiben la riqueza de Craso en materia de lugares comunes y la pobreza de Job en materia de ideas) no se puede gobernar.

© La Voz del Interior

Carta a los fachoprogresistas

por Eduardo Antin (Quintín)

Los acontecimientos de dominio público, algunos artículos de prensa y, sobre todo, ciertos comentarios hechos en LLP y otros blogs motivan mi deseo de escribirles. Para que no queden dudas, me refiero bajo este título a los que apoyan al gobierno y se oponen al paro del campo invocando un supuesto pensamiento de izquierda. A los que llaman oligarcas a los chacareros, a los que repiten que el aumento a las retenciones tiene fines redistributivos, a los que festejan las incursiones de la patota de D’Elía en la Plaza de Mayo, a los que entienden este momento histórico como una lucha del pueblo contra la clase dominante o de la patria contra el colonialismo. A los que repiten los argumentos sin consistencia del gobierno, a los que festejan sus amenazas y sus golpizas, a los que aplauden el discurso de una presidenta de actitud autista y de sus ministros aislados en una burbuja de soberbia que ha vaciado la política de toda capacidad de mediación. A ustedes quiero decirles que se han convertido en sordos y ciegos. Peor aun, su adhesión al kirchnerismo los ha vuelto no sólo autoritarios sino insensibles socialmente. Hay una palabra para representar su papel en la política argentina de hoy: son reaccionarios. Se oponen a la libertad y al progreso en nombre de los restos fósiles de una utopía y de los viejos eslóganes de un movimiento popular usurpado por malas caricaturas. Los Kirchner son ajenos al espíritu de modernidad, de igualdad y solidaridad que significó el peronismo. Por elcontrario, sólo encarnan las que fueron su peores facetas a lo largo de la historia: el verticalismo y la obediencia, la propaganda y la persecución, la corrupción y la violencia, la censura y la mentira.

Lamento decirles que han dejado de ser progresistas, peronistas, marxistas o cualquier otra filiación que impulse la justicia social y de la que crean formar parte. El kirchnerismo confeso o implícito en sus comentarios revela que la ignorancia, la sordera y la ceguera políticas de las que son víctimas son consecuencia de un mal todavía más grave. Se han hecho insensibles, están quebrados. No son capaces ya de distinguir un reclamo justo, han olvidado cómo ser solidarios con los más débiles, se han acostumbrado a apostar por el poder político y la lógica económica dominantes a espaldas de sus víctimas.

El paro del campo es el perfecto ejemplo de que han perdido el rumbo, de que prefieren engañarse con oxidadas descripciones de la sociología de bolsillo antes que mirar el país y el mundo real. El conflicto del campo es transparente: un caso antropológico, un proyecto de ingeniería social que implica la eliminación de una forma de vida. El aumento de las retenciones —brutal, inconsulto, abusivo— acentúa el proceso de liquidación de los pequeños productores por parte de las grandes empresas agroindustriales. Los chacareros han sabido reconocer con auténtica inteligencia política y social que vienen por ellos, que terminarán perdiendo el campo y han reaccionado espontánea y unánimemente, desbordando a los dirigentes. Exigen lo que los sujetos del progresismo político han exigido toda la vida: el derecho a trabajar y a continuar con un modo de producción que contribuye a su bienestar, al de su entorno y al del país entero. No hay manera de no verlo, salvo que uno prefiera refugiarse en la imagen de un par de vecinos de barrio norte golpeando cacerolas para no advertir que es una parte sustancial del país profundo la que se ha alzado contra la política oficial. Es más, aun haciendo centro en la Sociedad Rural y en algunos residuos de la vieja aristocracia que conforman la minoría de la unánime protesta del campo, ustedes han logrado la hazaña de quedar a la derecha de esas expresiones: en este caso son ustedes, bajo la infantil excusa de la batalla entre dos supuestos modelos económicos y de una lucha de clases que opera exactamente en el sentido contrario al que predican, los que defienden la lógica del capitalismo monopólico y la complicidad de este gobierno con sus peores prácticas, las que día a día aumentan la exclusión y ensanchan la brecha entre ricos y pobres. Se han vuelto tan estúpidos como para levantar el dedo acusador frente a las 4×4 del campo mientras permanecen insensibles a las manifestaciones cada vez más ostentatorias del lujo en la ciudad, de las que participan sin tapujos los miembros del elenco gobernante.

La tradición ideológica en la que se van encerrando cada vez más desprecia las formas de la democracia. Parece no importarles que el Congreso Nacional sea capaz de humillarse hasta declarar, por orden del Ejecutivo, que la valija de Antonini Wilson era parte de una conspiración yanqui o que hoy esa mayoría automática convalide la exacción al campo, la negación al diálogo y las amenazas de todo tipo contra los que se oponen a la arbitrariedad y la torpeza de un modo de gobernar. No les preocupa que gobernadores, intendentes, legisladores y dirigentes de todo tipo se encuentren amenazados por el chantaje del que son víctimas por parte de las autoridades nacionales, lo que configura una inédita y peligrosa concentración del poder en muy pocas manos. Pero ustedes la quieren y la promueven, hasta en sus gestos exteriores como la arrogancia de la presidenta, su marido y sus ministros. Tampoco parece importarles tener como imagen y vanguardia a una figura como D’Elía ni sus provocaciones amparadas por las fuerzas policiales. Vengadores implacables de los 70, no son capaces de advertir que están mucho más cerca de López Rega que de Agustín Tosco, ni que la intimidación y el autoritarismo de hoy poseen una lógica intrínseca que va camino a la dictadura, aunque ustedes sigan fingiendo creer que vivimos en una democracia cabal porque los Kirchner obtuvieron una mayoría circunstancial en las elecciones. Pero no se engañen, la camisa negra de D’Elía, con su escolta y su actitud mussoliniana, son el símbolo que hoy los representa y los invita a ser parte de su fuerza de choque como intelectuales: están del lado de la crueldad y de la muerte y, lo que es peor, no les importa. Sin embargo, la imbecilidad política no es excusa: aún tienen tiempo, en nombre de los ideales que declaman, de asquearse frente a lo que han elegido como bandera.