viernes, 3 de julio de 2009

El cesarismo democrático en América Latina




TOMÁS ELOY MARTÍNEZ 02/07/2009

La última campaña electoral ha confirmado en la Argentina el papel inagotable del cesarismo en las naciones que aún tienen instituciones débiles en América Latina. Es decir, casi todas.

Si se toma la definición de Antonio Gramsci, "el cesarismo expresa siempre la solución arbitraria, confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectivas catastróficas".

Para el marxista italiano puede haber cesarismos progresistas -Julio César y Napoleón I- o regresivos -Napoleón III y Bismarck-, pero en todos los casos se trata de una salida encabezada por un líder militar, aunque no sólo militar, a una situación desesperada y excepcional.

De ahí que la figura -llámese cesarismo, bonapartismo, bismarckismo- sea tan familiar en América Latina, donde, desde las revoluciones independentistas, la mayor parte de las naciones, castigadas por sucesivas crisis políticas y escenarios de transición, conocieron más caudillos que soluciones institucionales.

Esas tierras han sido fértiles en autócratas de gran popularidad que, en los tiempos modernos, han ido expandiendo y afianzando su poder mediante el control de la corrupción, de la policía y de la facultad para repartir los recursos del Estado como les conviene.

No hay mayor símbolo de cesarismo democrático que el régimen del venezolano Juan Vicente Gómez, uno de cuyos ministros, Laureano Vallenilla Lanz, estableció la validez del término en un libro de 1919. Gómez inspiró a Gabriel García Márquez el personaje del dictador de su sexta novela, El otoño del patriarca, y es la encarnación favorita del hombre fuerte de las tierras pobres para artistas plásticos como Fernando Botero y Pedro León Zapata.

Cuando llegué a Venezuela en 1975, la figura de Gómez seguía ocupando el centro de la imaginación nacional, y ahora, que ha encontrado en Hugo Chávez a su mejor discípulo, casi no pasa semana sin que la oposición invoque el término. Gómez creció al lado de su predecesor, Cipriano Castro, quien inició el siglo XX enfrentando una poderosa amenaza internacional al no poder pagar la deuda contraída con empresas extranjeras expropiadas. Buques de bandera inglesa, italiana y alemana bloquearon el puerto de La Guaira en 1902 y Venezuela logró zafarse de la asfixia cuando invocó la Doctrina Drago, que dictamina la ilegalidad del cobro violento de las deudas por parte de las grandes potencias en detrimento de la soberanía, estabilidad y dignidad de los Estados débiles.

Al convertirse en adalid del nacionalismo, Gómez pudo dar el salto a la vicepresidencia. Cuando Cipriano Castro debió

someterse a una cirugía delicada en Alemania, lo traicionó con un golpe que lo instaló en la jefatura del Gobierno durante 27 años. Allí, en el sillón patriarcal, murió en 1935.

Su ideólogo Vallenilla Lanz, un sociólogo positivista, intentó argumentar que pueblos como el venezolano no estaban capacitados para respirar una atmósfera republicana; sólo "el gendarme necesario" -como definió a su modelo de César- podía sacarlos de la miseria y de la anomia. Dictaminó que "el Caudillo constituye la única fuerza de conservación social" y que "el gendarme electivo o hereditario de ojo avizor" es una necesidad fatal "en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta".

Como eficaz vocero de la ideología oficial, Vallenilla Lanz no se refiere a Gómez en su ensayo de manera directa. Se ampara en cambio en la figura tutelar de Simón Bolívar, quien propuso la presidencia vitalicia. Escribe que Bolívar "nunca abrigó la más ligera esperanza" de que "aquellas constituciones de papel" pudieran establecer el orden. Sus críticos, como el exiliado Rómulo Betancourt, del Partido Revolucionario Venezolano -luego presidente constitucional-, lo llamó "Maquiavelo tropical empastado en papel higiénico". Lejos de ofenderse, Vallenilla Lanz agradeció la comparación con el autor de El Príncipe.

Chávez no es el único heredero de la idea de un César avalado periódicamente por elecciones libres. Decidido a concentrar férreamente todo el poder en sus solas manos, lleva por ahora 10 años en el Gobierno, el mismo tiempo que Carlos Menem.

Figuras como Alberto Fujimori o Álvaro Uribe, por distintas que sean, han visto en la perpetuación presidencial el vehículo para modelar sus países a la medida de sus deseos. Qué decir de Fidel Castro, quien no logró hallar un sucesor que no llevara su sangre.

Si Brasil ha logrado superar, con los Gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, la herencia del autoritarismo populista de Getulio Vargas, en la Argentina el ejemplo de Perón impregna demasiado al partido que él fundó y que ya se confunde con el Estado.

Ayudan, y mucho, las torpezas de una oposición que muestra menos interés en la construcción de la democracia que en el asalto a los privilegios que confiere la cosa pública, así como parece tener menos convicción para reintegrar a los marginales al mundo de la ciudadanía que en reemplazar a un firmante de los Decretos de Necesidad y Urgencia por otro que haga lo mismo.

Néstor Kirchner, como Gómez, ha intentado prolongar sus planes de hegemonía alternándose con sus parientes en el Gobierno, tal como hizo al decidir la candidatura de la actual presidenta, su mujer. Ahora sale a defender el modelo agitando el fantasma de un conflicto de intereses entre grupos y clases que sólo una figura providencial, el César, podría contener. "Tengan en claro", declaró el líder del justicialismo antes de las elecciones de este domingo pasado, "que (...) no es una elección más. O es la vuelta al pasado para tratar de imponer proyectos que no tienen nada que ver con el pueblo, o es la consolidación de un proyecto nacional y popular que devuelva la justicia social".

Ese juego al todo o nada fue explotado ya por Carlos Menem en 2003. Es, de alguna manera, el juego bonapartista, una de las formas del cesarismo. Luego de las revoluciones de 1848, Luis Bonaparte fue elegido -el primer voto universal en Europa- presidente de la Segunda República Francesa. Sus constantes convocatorias a referendos desnaturalizaron la representatividad republicana y cimentaron su popularidad. El 2 de diciembre de 1851 aplastó a la creciente oposición monárquica al llamar a un plebiscito con la pregunta "¿Queréis ser gobernados por Bonaparte? ¿Sí o No?". Un año más tarde, previa reforma constitucional, se convirtió en emperador autoritario.

La presidenta Cristina Fernández conoce bien la historia de Napoleón III, pues ha citado la obra de Carlos Marx sobre su golpe de Estado, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, evocando la famosa frase según la cual, cuando la historia se repite, primero lo hace como tragedia y luego como farsa. La influencia del estilo cesarista de su marido, para quien disentir equivale a traicionar, amenaza la estabilidad institucional tanto como la falta de ideas de la oposición.

Desde su púlpito partidario, el ex presidente Kirchner no ha vislumbrado otros futuros que el caos o la continuidad del modelo impuesto por la voluntad del César. Nada se ha empobrecido tanto en la Argentina como la imaginación de sus políticos.

© 2009, Tomás Eloy Martínez. Distribuido por The New York Times Syndicate.

miércoles, 1 de julio de 2009

Marcos Novaro: "Los Kirchner destruyeron su propia herencia"

MARCOS NOVARO
Sociólogo e historiador
Doctor en Filosofía y profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA.
Libros : El derrumbe político en el ocaso de la convertibilidad, La dictadura militar (en colaboración con Vicente Palermo), Historia de la Argentina contemporánea.

Para LA NACION


Para el sociólogo e historiador Marcos Novaro, los esposos Kirchner destruyeron su propia herencia. "Es interesante trazar un paralelo entre Néstor Kirchner y Carlos Menem. Los dos se fueron transformando en parodias de sí mismos y en los peores defensores de su herencia. Los Kirchner no eran tan ideológicos cuando tenían éxito. Eran, más bien, pragmáticos. Lo mismo Menem: se fue transformando en un neoliberal furioso, pero no había sido así al principio. Habría que preguntarse por qué tanto Menem como Kirchner terminaron destruyendo su herencia."

En la entrevista con La Nacion, este profesor de Teoría Política en la Universidad de Buenos Aires, de 44 años, vaticinó que el Gobierno deberá pagar caro el apoyo político recibido de los gobernadores, del mismo modo que sucedió con Menem después de la derrota de 1997: "Un ciclo se termina y se abre otro, en el que habrá nuevos debates, líderes y conflictos y en el que, necesariamente, tendrán más peso las provincias. La política argentina suele tener ciclos pronunciados de poder concentrado en torno a líderes fuertes en el gobierno, seguidos por etapas de provincialización, fragmentación de partidos y federaciones de caudillos locales. Entramos en la fase de predominio de los caudillos locales. Pero con un riesgo: que pasemos abruptamente de la concentración política a la desconcentración caótica, y que ese desorden político se replique en un descalabro fiscal", advierte Novaro, investigador independiente del Conicet y director del Programa de Historia Política del Instituto Gino Germani en la UBA.

Novaro tiene especialización en Ciencia Política en el Centro de Estudios Constitucionales de Madrid, y un doctorado en Filosofía de la UBA. En 2007, ganó la Beca Guggenheim y un año antes publicó su último libro hasta hoy, Historia de la Argentina Contemporánea . Dirige el Centro de Investigaciones Políticas (Cipol), desde el que difunde sus ideas a través de un blog: El agente de Cipol .

-¿Cuáles serán las claves en esta etapa de auge de los caudillos territoriales?

-Será más fácil para los gobernadores la formación de mayorías en el Congreso. Y, claro, tener compensaciones financieras por el apoyo político al gobierno nacional. Es probable que al Gobierno no logre aprobar leyes que mantengan su salud fiscal (como la ley del cheque, el presupuesto, los superpoderes) a menos que esté dispuesto a dar mucho a cambio. Uno de los problemas serios de este escenario, que habría que tratar de evitar, es que se reproduzca lo que le pasó a Menem en su segundo mandato, en el que también tuvo un auge federal con la derrota de 1997. En una palabra: hay peligro de pasar de la concentración del poder a la desconcentración caótica, y de que ese ciclo político desordenado se reproduzca en un ciclo fiscal de desequilibrio creciente.

-¿Cuánto se tardará en construir una nueva mayoría política?

-Eso depende de muchos factores: de cómo el Gobierno absorba el golpe, que fue inapelable e irremontable -creo que la renuncia de Kirchner a la jefatura del PJ fue una buena señal-, de cómo se produzca la transición dentro del peronismo, de cómo se resuelva la lucha por el liderazgo y de si se reunifica la UCR. Estamos ante un panorama plural, dinámico y de conflicto: una nueva mayoría tardará en aparecer porque hay mucha competencia intrapartidaria e interpartidaria. Una clave será cómo resolverá el PJ su crisis interna y si lo hará dentro del peronismo o trasladará su interna, una vez más, a la sociedad. El cierre de este ciclo dependerá de todos esos factores. Los Kirchner se han ido convirtiendo en una parodia de sí mismos, igual que Menem. Cuando tenían éxito no eran tan ideológicos. Eran más pragmáticos, más moderados: un poco de Lula y un poco de Chávez. Lo mismo con Menem: con el tiempo, se fue convirtiendo en un neoliberal furioso. No había sido así al principio.

-La oposición acusa al Gobierno de autismo. ¿Qué pasa si se fortalece la fórmula de un kirchnerismo aislado del peronismo?

-Si se resisten a tomar medidas que sinceren la situación y siguen con esta táctica de tapar los problemas con soluciones absurdas, podemos asistir a la continuidad de un kirchnerismo populista cada vez más alejado del PJ. Y a que el PJ no quiera colaborar en esas condiciones. Será un gobierno que pierde sustento institucional, que se aísla de la opinión pública y sigue con su tesitura: si la opinión pública no nos acompaña, ya van a ver qué va a pasar. Seguramente, encontrarán los intelectuales adecuados para argumentar en estos términos y darle pasto a esa idea. Ahí, los problemas objetivos puede que no sean tan graves, pero la política puede convertirlos en graves.

-No habló todavía del PJ. ¿Qué pasa si no resuelve rápidamente el problema de su sucesión? Duhalde vaticinó que el próximo presidente no será peronista...

-Bueno, eso sería en el caso de que el Gobierno enfrentara muy mal la crisis y de que, a la vez, el PJ se fragmentara mucho. Entonces, en el marco de una crisis mal llevada por un gobierno de signo peronista, más la imposibilidad del propio PJ de articularse, ahí quedaría abierta la puerta para una coalición no peronista. Me parece el escenario más improbable.

-Algunas interpretaciones de intelectuales oficialistas describen al kirchnerismo como una fuerza transformadora que no pudo imponer un nuevo orden y que uno de esos obstáculos fueron los medios. ¿Cómo lo ve?

-Absurdo. Al contrario: creo que el kirchnerismo es una fuerza profundamente conservadora que quiso cambiar la política, pero no pudo cambiar las políticas. Me refiero a las políticas públicas: hay ministerios que están dibujados. Por lo demás, la Argentina no es un país con un orden consolidado que hay que destruir, sino que lo que predomina es el desorden. En todo caso, si algo hace falta es construir un orden nuevo, con sus propias reglas del juego.

domingo, 28 de junio de 2009

Ideas para la izquierda


Daniel Innerarity 28/06/2009


El fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, precisamente por haber afectado a todos los países, remite a algunas causas ideológicas de carácter general. La pregunta que se plantea con irritación y desconcierto sería la siguiente: ¿cómo explicar que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha?

Pienso que la raíz de esa curiosa decepción, que se reparte tan asimétricamente, está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha.

Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces incluso demasiado. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no sólo libertad sino también equidad. La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego. Es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto (en términos de desigualdad, por ejemplo), le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un "capitalismo compasivo" para paliar algunas situaciones intolerables.

Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas. La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo.

Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción. La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas.

Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política. Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes.

La izquierda debería politizar, en el mejor sentido del término, frente a una derecha a la que no le interesa demasiado el tratamiento "político" de los temas. La derecha hoy exitosa en Europa es una derecha que promueve, indirecta o abiertamente, la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, orden, flexibilidad, recurso al saber de los técnicos...). Lo que la izquierda debería hacer es luchar, a todos los niveles (frente al imperialismo del sistema financiero, contra los expertos que achican el espacio de lo que es democráticamente decidible, contra la frivolidad mediática...) para recuperar la centralidad de la política.

Hoy no es que haya una política de izquierdas y otra de derechas; el verdadero combate se libra actualmente en un campo de juego que está dividido entre aquellos que desean que el mundo tenga un formato político y aquellos a los que no les importaría que la política resultara insignificante, un anacronismo del que pudiéramos prescindir. Por eso la defensa de la política se ha convertido en la tarea fundamental de la izquierda; la derecha está cómodamente instalada en una política reducida a su mínima expresión, a la que le han reducido enormemente sus espacios el poder de los expertos, las constricciones de los mercados y el efectismo mediático. Para la izquierda, que el espacio público tenga calidad democrática es un asunto crucial, en el que se juega su propia supervivencia.

La idea de que la izquierda está por lo general menos movilizada se ha convertido en un tópico que a veces revela una concepción mecánica y paternalista (cuando no militar) de la política. Hay quien entiende la movilización como una especie de hooliganización, como si la ciudadanía fuera una hinchada, y, llegado el momento, propone suministrar la dosis oportuna de miedo o ilusión para que la clientela se comporte debidamente. Este automatismo no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una izquierda que se está acostumbrando a chapotear en una ciudadanía de baja intensidad.

Lo que la gente necesita no son impulsos mecánicos sino ideas que le ayuden a comprender el mundo en el que vive y proyectos en los que valga la pena comprometerse. Y la actual socialdemocracia europea no tiene ni ideas ni proyectos (o los tiene en una medida claramente insuficiente).

No quiero caer en un platonismo barato y exagerar el papel de las ideas en política, pero si la izquierda no se renueva en este plano seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores.

domingo, 21 de junio de 2009

Los hijos de la revolución


TIMOTHY GARTON ASH 21/06/2009

Independientemente de lo que ocurra a partir de ahora, Irán ya ha escrito un nuevo capítulo en la historia del poder popular. Cada hombre y cada mujer iraní que ha atravesado una barrera personal de miedo para manifestarse pacíficamente por las calles de Teherán, Isfahán y Shiraz con un brazalete verde ha hecho historia. A solas, un individuo es impotente. Juntos, la fuerza de los números hace que -aunque sólo sea por unas horas- sean capaces de desconcertar totalmente al Estado y todo su violento poder de represión. Ni siquiera los brutales matones de la milicia basij pueden golpear en la cabeza a tantos seres humanos. Mientras las protestas de verde sigan siendo no violentas, como lo están siendo en su gran mayoría, y mientras la gente siga saliendo en masa, Mahatma Gandhi aplaudirá desde su tumba. Porque significará que han aprendido la lección fundamental de Gandhi sobre el poder de los impotentes.

La quintaesencia del poder popular es la misma desde hace mucho tiempo, pero cada capítulo de su historia aporta una novedad. La innovación iraní de este año es el uso de las últimas tecnologías de la información y la comunicación. Los detalles sobre los lugares de convocatoria, las tácticas y los eslóganes se transmiten a través de Twitter, redes sociales como Facebook y mensajes de teléfono móvil. Se cuelgan vídeos de las manifestaciones y los tiroteos en YouTube y otras páginas web, a las que se puede acceder desde fuera del país y desde las que se pueden volver a emitir dentro de él. El David digital lucha contra el Goliat teocrático.

Todo eso no quiere decir que los jóvenes iraníes que utilizan Twitter para luchar por la libertad vayan a tener éxito a corto plazo. Ni que los matones basij no vayan a seguir atacando y asesinando a más estudiantes en sus residencias, como ya ha ocurrido. Ni que en Occidente debamos apresurarnos a aplicar la etiqueta de "revolución verde" y compararla con el derrocamiento del Sha hace 30 años. Ni que debamos ser ingenuos sobre los motivos de conspiradores clericales como Hashemi Rafsanyani, cuyas maniobras ocultas forman parte importante de esta historia.

Los movimientos populares, muchas veces, fracasan, al menos a corto plazo. Como las protestas de 2007 en Birmania, pasan a formar parte de la memoria como recuerdos e imágenes conmovedoras de un breve momento de poder; hasta que, quizá décadas más tarde, logran ocupar por fin su lugar en la mitología retrospectiva de un país liberado.

En este caso, no tengo duda de que los jóvenes que aportan gran parte de la energía en las manifestaciones de oposición acabarán triunfando. Dos de cada tres iraníes tienen menos de 30 años. Muchos nacieron en una época en la que los mulás exhortaban a las familias a tener más hijos -pequeños "soldados del imán oculto", los llamaban los propagandistas- para fortalecer el nuevo régimen islámico y sustituir a los mártires de la guerra con Irak. Gracias a una enorme expansión de la educación superior en la República Islámica, millones de esos jóvenes han llegado a la universidad. Aproximadamente la mitad de esos licenciados son mujeres. Y más de dos tercios de los habitantes de Irak viven en las ciudades.

Esta población joven, urbana y cada vez más educada quiere trabajo, vivienda, oportunidades y más libertad. Cualquiera que haya viajado por Irán y haya hablado con los jóvenes sabe que están muy insatisfechos. La semana pasada lo vio todo el mundo: sobre todo en los rostros y las palabras inolvidables de esas iraníes que, como mujeres en un Estado islámico, necesitan doblemente el poder de los impotentes.

Nos encontramos, pues, con que la revolución islámica ha engendrado los hijos que acabarán devorándola. Los que tenían que haber sido los "soldados del imán oculto" acabarán expulsando, un día, a los autodesignados soldados de ese imán oculto, como Mahmud Ahmadineyad. Pero no parece probable que eso vaya a ocurrir hoy ni mañana.

Por ahora, concentrémonos en las elecciones robadas. La escala y el descaro del fraude electoral han convertido un momento político en un momento histórico. Si el régimen hubiera amañado las votaciones para que Ahmadineyad hubiera ganado por poco, digamos un 52%, y los candidatos de la oposición hubieran ganado en sus circunscripciones de origen, habría habido protestas, pero seguramente no de esta dimensión. Muchos, incluidos los gobiernos occidentales, quizá habrían aceptado los resultados y habrían reconocido que Ahmadineyad cuenta con un nivel significativo de apoyo real. Pero el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, autorizó esta victoria abrumadora y fraudulenta e incluso la bendijo y dijo que era un "juicio divino".

Como consecuencia del supremo error político del líder supremo, los protagonistas del cambio disponen hoy de dos grandes ventajas. Primero, hacen un llamamiento claro y sencillo que atrae el respaldo de millones de iraníes ordinarios que quizá no están de acuerdo en muchas más cosas: "Han tratado mi voto con desprecio. Deben respetarlo". Segundo, el régimen está profundamente dividido, y eso siempre ha sido crucial para el éxito de otros movimientos populares.

Los iraníes que desean el cambio se enfrentan ahora al reto de continuar la presión popular pacífica y mantenerla estratégicamente centrada en la exigencia de Musaví de que se celebren nuevas elecciones. Un momento fundamental se producirá la próxima semana o la siguiente, cuando el Consejo de los Guardianes, que está revisando el "juicio divino" hasta el punto de haber ordenado un recuento parcial, decida que Ahmadineyad ha ganado pero por un margen menor de falsificación divina. ¿Qué sucederá entonces? ¿Hay suficiente energía, entre una juventud que se ha movilizado a sí misma a través de las redes, la gente de Musaví y las facciones desafectas del régimen, para seguir exigiendo nuevas elecciones? ¿O se desinflará todo el movimiento, derrotado por una mezcla de represión, censura, agotamiento y desunión?

Sólo el pueblo de Irán puede responder a esta pregunta. Sólo ellos tienen derecho a responderla. Si los gobiernos occidentales mostrasen explícitamente su apoyo a Musaví y los manifestantes -como habría hecho George W. Bush, y como pretende ahora que se haga John McCain-, proporcionarían al régimen un palo con el que golpear a los demócratas iraníes. Estamos hablando, al fin y al cabo, de un Estado que lleva decenios culpando de todos los males a las maquinaciones de los Satanes occidentales, el grande (Estados Unidos) y el pequeño (Reino Unido). Por el contrario, hacer como China y Rusia, que han reconocido la victoria fraudulenta de Ahmadineyad -en un intento equivocado de poner el interés inmediato de las negociaciones nucleares por delante del interés a largo plazo de la democratización-, sería dar una bofetada a los iraníes desposeídos. Como, por suerte, hemos podido ver tantas veces durante los últimos cinco meses, Barack Obama ha dado con el punto medio necesario.

Sin embargo, sí hay una cosa que los gobiernos democráticos pueden y deben hacer, sin necesidad de decir nada directamente relacionado con las autoridades en Irán. Se trata de mantener y mejorar la infraestructura mundial de la información que en este siglo XXI permite a los iraníes -apoyen al candidato que apoyen- mantenerse en contacto unos con otros y averiguar lo que sucede verdaderamente en su país. Hace unos días, estuve en el estudio londinense del servicio de televisión en persa de la BBC viendo cómo colgaban en la red y emitían impactantes imágenes de vídeo, comentarios de blog y mensajes enviados por iraníes desde el interior de su país. Seguramente, lo más importante que ha hecho el Departamento de Estado norteamericano por Irán en los últimos tiempos fue ponerse en contacto con Twitter durante el fin de semana y pedirle que aplazara unos trabajos de actualización que tenía previstos y que podrían haber dejado sin servicio a los iraníes durante unas horas cruciales de las protestas populares. Bienvenidos a la nueva política del siglo XXI.

martes, 16 de junio de 2009

El KIRCHNERISMO COMO CONSERVADURISMO

Roberto Gargarella

La invitación era para pensar sobre el presente político, y la acepto a través de uno de los pocos modos en los que me siento cómodo haciéndolo, esto es decir, recurriendo al pasado, situando al presente en un contexto histórico más amplio. Me interesa sugerir algunas claves para pensar mejor la actual coyuntura y para eso, voy a partir de una cierta reconstrucción histórica, polémica y disputable como tantas otras.

En nuestro país, como en otros países de la región, la política estuvo marcada, desde sus orígenes, por la disputa entre al menos tres orientaciones políticas diferentes y parcialmente opuestas entre sí. Encontramos allí al proyecto conservador-autoritario, de raíces hispánicas; a un proyecto liberal descendiente del liberalismo norteamericano; y finalmente a otro proyecto de rasgos populistas-mayoritaristas, que en sus orígenes estuvo asociado con el pensamiento revolucionario francés.

Cada uno de tales modelos enfrentó, políticamente, su propio drama. El mayoritarismo de origen radical encontró insalvables problemas para hacer frente al terror generado por su amenazante presencia –terror que terminaría no sólo generando políticas represivas en su contra, sino forzando, además, un acercamiento entre las otras dos fuerzas, tradicionalmente enemigas. El conservadorismo tuvo siempre dificultades para contener las pulsiones autoritarias que habitaban en su interior, y que se desataban cada vez que llegaba al poder. El liberalismo, por su parte, fue incapaz de generar las bases de su propia estabilidad.

De aquellos tres proyectos, aquí voy a escoger sólo a uno, el liberalismo, para referirme, en primer lugar, al dilema que acostumbró a enfrentar para resolver su propio drama. En cada ocasión en que se acercaron al poder, los liberales latinoamericanos se plantearon cómo hacer para ganar la estabilidad política que, presumían, eran incapaces de asegurarse por sí mismos. ¿Tenía sentido, entonces, buscar y apelar al respaldo de las mayorías o resultaba conveniente, en cambio, buscar refugio en el altar del conservadurismo? La respuesta de los liberales tendió a ser, sistemática e inequívocamente, siempre idéntica: sólo el conservadorismo podía garantizarles la perdurabilidad que anhelaban y que se sentían incapaces de garantizar de otra forma, por medios propios.

Esa fue la respuesta habitual del liberalismo frente a su principal drama, pero también el origen de su tragedia. Una y otra vez, el abrazo al conservadorismo se convirtió en un abrazo mortal: aliados con los conservadores, los liberales prorrogaron su estadía en el poder, pero a un precio demasiado alto que implicó, normalmente, que el liberalismo resultara fagocitado, al poco tiempo, por su fuerza rival.

Esta referencia histórica fue la que me vino en mente en los primeros días del kirchnerismo, cuando trataba de desentrañar hacia dónde iría dicha corriente, y me preguntaba si tenía sentido confiar en ella. En ese entonces, a mi parecer, el kirchnerismo se presentaba como una alternativa con ribetes liberales, frente al conservadurismo duhaldista: pedía renovar la justicia (lo que le llevaría a cambiar la Corte, su medida más inmediata y atractiva), criticaba duramente al “aparato” peronista tradicional, pedía por la renovación política generacional y alentaba en consecuencia una reforma política profunda. Fueron días, nada más, lo que duró esa ilusión reformista. Inmediatamente, el kirchnerismo se enfrentó con el drama de siempre: cómo estabilizarse en el poder, sobre todo en una situación tan difícil (veníamos, recordemos, de la explosión política del 2001). De modo poco sorpresivo, Kirchner se preguntó cuál de dos alternativas seguir: tratar de expandir su base de apoyo popular —una estrategia que, como a tantos, se le ocurrió una apuesta volátil, escurridiza, finalmente incierta— o buscar lo que parecía más seguro, abrazándose al conservadorismo —en este caso, el conservadorismo representado por el “aparato” justicialista poco antes repudiado.

La decisión de Kirchner fue inmediata en favor de la opción conservadora, y ésa es la tragedia que hoy enfrentamos. La reforma política se archivó; se tomaron medidas sistemáticas que vaciaron la política de sentido y realidad (notablemente, destruyendo las cifras estadísticas oficiales, que son las que, por caso, permiten planificar una política); se pasó a amenazar a los jueces a través de la toma de control del Consejo de la Magistratura; se socavó la autoridad del Congreso trasladándole al Ejecutivo el control discrecional del presupuesto.

La retórica del kirchnerismo, desde un comienzo, apeló a valores progresistas pero fue, en cada área, indudable y decididamente, favorable a los grandes grupos económicos y a una de las peores versiones del capitalismo “de derrame”: se habló de ecología, pero se vetó la ley de glaciares; se habló del medio ambiente, mientras se le abría el camino a la explotación minera a cielo abierto; se habló de una reforma de avanzada en materia de medios de comunicación, mientras se distribuía la publicidad oficial de modo discrecional y se renovaban las licencias de los grandes medios; se inauguró una guerra retórica contra “el campo,” luego de tomar al monocultivo de soja como única política agrícola (de 30 millones de hectáreas cultivables, el área de la soja aumentó un 50%, en los años de Kirchner, de 10 a 15 millones de hectáreas!). Se invocaron los derechos humanos como si ellos se agotaran en el juzgamiento de los crímenes del pasado (una iniciativa que tampoco se respaldó como se debía, con más personal, más jueces, mejores reglas, más infraestructura, más recursos, y un programa de protección de testigos), y como si ello amparase la consistente violación de derechos humanos presentes (derechos económicos y sociales, por caso). Lo peor de todo ello: el país crecía a un 8% anual pero la desigualdad —durante todo el período— se mantenía o aumentaba. Ello, en condiciones en donde los peor situados quedaban en su piso más bajo de décadas, con el control, solamente, del 20% de la “torta” económica nacional (es bueno recordar que la participación de los trabajadores en la riqueza generada llegó a casi el 50% con el primer peronismo y se mantuvo en esos niveles durante años, para bajar al 25% durante la última dictadura, y subir al 30% durante la presidencia de Alfonsín). La pregunta que uno se hace es: ¿si el gobierno impidió cambios progresistas en la distribución de la riqueza durante épocas de bonanza económica, quién puede esperar cambios progresistas, redistributivos, en épocas de recesión?

Tales datos representan, para mí, señales inequívocas del conservadorismo kirchnerista. Y por ello, es importante rechazar la invitación que nos hacen muchos amigos progresistas, cuando argumentan que el mismo encierra en su seno fuerzas contradictorias, y nos dicen que le corresponde al progresismo trabajar (desde adentro) para consolidar las corrientes de avanzada que recorren las estructuras del gobierno. Según tratara de sostener, el kirchnerismo, en la práctica, no aparece atenazado entre dos fuerzas contradictorias —una regresiva, la otra progresiva. Lo que hay, en todo caso, es una retórica de apelación progresista, frente a una práctica permanente, indubitable, y sistemática, de orientación conservadora: conservadora en la preservación de una desigualdad extrema, en tiempos de crecimiento económico; conservadora en su decisión de entregar la economía a pocas manos (los dueños de las empresas mineras y petroleras, por caso); conservadora en su política agraria; conservadora en su política de medios; conservadora en términos de política institucional. ¿Es que las alternativas son mucho peores? No, ése es otro mito que conviene erradicar, ya que hay alguna vida interesante fuera de los planteles del gobierno. De todos modos, sobre eso, podemos volver en otra oportunidad.

viernes, 5 de junio de 2009

Hacia un 'New Deal' global

JOAQUÍN ESTEFANÍA 05/06/2009 ha dirigido el Informe sobre la Democracia en España 2009, de la Fundación Alternativas, titulado Pactos para una nueva prosperidad. Hacia un New Deal global.


En cuanto han surgido los primeros brotes verdes que indicarían que la crisis económica ha tocado fondo, bien o malintencionadamente han empezado a multiplicarse las declaraciones de que "hay que volver a la senda de la prosperidad de la que hemos salido". Es un poco prematura tal reflexión porque los brotes verdes, si fueran inequívocos y menos volátiles, señalarían sólo que se ha tocado fondo y que a partir de ahora el deterioro será menos rápido, pero no que se ha iniciado la recuperación.

La nostálgica voluntad de volver a la prosperidad perdida anuncia que no hemos aprendido la lección, que la voluntad reformadora de lo que ha funcionado mal era fingida, sobrevenida y forzada, y que no se comparte que aquella senda es la que nos ha conducido a estos resultados. Ante una crisis de la profundidad y velocidad que soportamos hay que cambiar el modelo y las reglas a nivel global. No se puede volver a este funcionamiento de casino financiero sin semáforos. Los dioses del pasado han resultado ser falsos y hay quien pretende regresar al delirio de su adoración.

Un pacto entre las principales fuerzas políticas que recoja los estímulos necesarios para salir de la Gran Recesión y que introduzca una mayor regulación de la arquitectura financiera constituye la prioridad para superar esta crisis global que tiene el potencial de ser la más destructiva desde la Gran Depresión de la década de los treinta del siglo pasado. Ese pacto sería el equivalente, en el marco de la globalización, de los acuerdos que tras la Segunda Guerra Mundial concluyeron los socialdemócratas y los democristianos europeos y que condujeron a la llamada edad dorada del capitalismo y a la creación de los modernos Estados de bienestar. Con ese pacto se trataría de evitar que una vez que la inicial crisis financiera ha devenido en una crisis de la economía real (recesión, y tal vez una depresión aguda y duradera en algunas partes del planeta), el resultado acabe siendo una crisis política, como ha sucedido en otros momentos de la historia.

Ese pacto fue calificado por Gordon Brown, en la primera visita que un líder europeo hizo al nuevo presidente de EE UU, Barack Obama, como una especie de New Deal global. El New Deal fue la política económica aplicada por el presidente Franklin Delano Roosevelt a partir del año 1933 para sacar a EE UU de la Gran Depresión que había comenzado con el crash bursátil de 1929. Cuentan los historiadores que en un principio nadie tenía mucha idea de lo que significaba new deal; uno de los asesores del presidente demócrata escribió ese difuso concepto en el discurso de aceptación que Roosevelt había de pronunciar en Chicago a mediados de 1932, sin pensar mucho en su significación profunda. Pero el nuevo paradigma prendió y ha llegado con mucha fuerza hasta nuestros días. El New Deal consistió, en líneas generales, en una serie de medidas de salvamento del sector financiero y de estímulo a la agricultura y a la industria, pasando por la conservación de la naturaleza y por la devolución de cierta influencia a unos sindicatos por entonces demediados. Por ello, una parte de la derecha americana detestó y temió a Roosevelt y sus reformas: estimaban que con las inversiones públicas destinadas a poner fin al paro, con las reformas destinadas a aumentar el bienestar social, con sus ataques a los centros más tradicionales de los poderes fácticos y sus apoyos a los sindicatos, estaba conduciendo a EE UU a "las malolientes aguas del socialismo". Seguramente esa derecha no conocía el estupendo ensayo del sociólogo alemán Werner Sombart, titulado expresivamente ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? (recientemente reeditado en España, Capitán Swing Libros).

Sin embargo, con la distancia que da el tiempo, los analistas más ponderados han concluido que con el New Deal, Roosevelt salvó al capitalismo americano (transformándolo, regulándolo y humanizándolo) y logró que EE UU acabase por aceptar las responsabilidades que conlleva un poder que en buena parte se ejerce a escala mundial.

Brown declaró en la visita citada que se recordará a Obama por su trabajo en la recuperación económica. Obama se ha inspirado sin duda en el New Deal de Roosevelt. ¿En qué ha consistido hasta ahora su trabajo en política económica?

Primero, en poner las bases para la recuperación del sistema financiero, afectado por una crisis de solvencia, mediante una serie de medidas heterogéneas, entre las cuales se pueden citar como las más importantes la adquisición de activos de alto riesgo y la capitalización de entidades a través de su nacionalización.

Segundo, en instrumentar un plan de estímulo a la economía real con el objetivo prioritario de crear millones de puestos de trabajo. Ese programa aporta un mayor equilibrio entre el mercado y el Estado después de un cuarto de siglo de hegemonía absoluta del primero, sometido a escasas normas de regulación. Durante ese tiempo los partidarios de la revolución conservadora declaraban que el Estado era el problema y el mercado la solución, y que el Estado debía limitarse a administrar lo que le indicase el mercado.

Ahora, por el contrario, el Estado tiene que intervenir con inyecciones masivas de gasto público en infraestructuras clásicas, en nuevas fuentes de energía renovable, en sostenibilidad, en las tecnologías de la información y la comunicación avanzadas, en educación y formación, en el rescate de industrias estratégicas como la del automóvil, así como con reducciones de impuestos a las capas más bajas de la población y a la clase media, compensadas por incrementos de los gravámenes a las capas más ricas y a las ganancias de capital.

Por último, se espera una reforma profunda en el sistema sanitario público estadounidense, de modo que se incorporen al mismo los más de 50 millones de ciudadanos pobres excluidos hasta ahora de cobertura.

El conjunto del plan de estímulo de EE UU multiplicará el endeudamiento público (déficit y deuda) hasta niveles desconocidos, prohibidos hasta ahora por la ortodoxia dominante en este pasado cuarto de siglo. Se prevé que el déficit público de EE UU supere el 12% o el 13%, del PIB, pero también que sea uno de los primeros países en salir de la Gran Recesión, gracias a esta política económica.

El juego de ayudas al sector financiero para que no quiebre, y de medidas de apoyo a la demanda para que la economía reaccione y disminuyan los porcentajes de paro, está siendo básicamente aplicado por la mayor parte de los países del mundo, independientemente de la ideología de sus gobiernos. Las diferencias están en la letra pequeña y en si se deben anteponer los esfuerzos reguladores al incremento del gasto público, o viceversa. Pero en la primera década del siglo XXI "todos somos keynesianos", como declaró hace tres décadas el presidente republicano Richard Nixon. Ello supone la ruptura del modelo neoliberal o de "fundamentalismo de mercado" (Stiglitz), predominante desde principios de los ochenta de la anterior centuria, cuya tendencia a la desregulación y a los excesos del mercado ha sido considerado muy mayoritariamente como la principal razón de la crisis económica. Por eso resultan sospechosas las rápidas llamadas "a la vuelta a la senda de prosperidad de la que hemos salido".

Incluso si este pacto para un New Deal global existiera y tuviera éxito, no sería suficiente para hacer frente a los problemas específicos que arrastra cada economía. Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. La crisis ha parecido homogeneizar los problemas, pero cada economía presenta unas características particulares que serán determinantes a la hora de definir su futuro una vez superada la fase álgida de la Gran Recesión. En el caso español habrá que reconducir un modelo de crecimiento de baja productividad. Cuando se acaba de cumplir el primer aniversario de las elecciones generales de marzo de 2008, que parecieron poner fin a la época de la crispación, las condiciones políticas para llegar a un pacto nacional no parecen las más adecuadas por la falta de liderazgo y de convencimiento del Gobierno y por la incomparecencia de la oposición. Pero ésta es ya otra historia.

miércoles, 3 de junio de 2009

Autoritarismos colorados

Por Alfredo Leuco


Las relaciones carnales con el chavismo actuaron como una bomba de fragmentación en la campaña electoral de Néstor Kirchner. Obligaron al Gobierno nacional a soportar el papelón de tener que fingir que creen que lo que Chávez le dijo a Lula era realmente una jodita para “Gran Cuñado”. El que se acuesta con Chávez amanece mojado. Son los peligros del infantilismo bolivariano. No es la primera vez que granadas de este tipo les estallan en las manos a los Kirchner. La valija negra llena de verdes de Antonini y PDVSA en el avión de Enarsa comandado por Claudio Uberti fue el ejemplo más popular. Pero el daño mayor en nuestra economía fue la bicicleta ilegal que los venezolanos hicieron con el dólar paralelo y el remate de los bonos argentinos en un santiamén. Conviene recordar que, además, nos habían cobrado intereses más usurarios que socialistas aprovechando que los Kirchner tenían cerradas todas las ventanillas del crédito internacional. Pero esta vez, a sólo 30 días de una elección clave para el futuro del Proyecto K, fue patético ver al Gobierno sin otro camino que la complicidad con un Chávez que le tomó el pelo y subestimó la inteligencia del pueblo argentino.

El otro costo que tuvieron que pagar los Kirchner fue haber utilizado la palabra “fondos” para cuestionar al grupo Techint por “ser argentinos para pedir pero extranjeros para depositar”, en referencia a los primeros 400 millones de dólares que cobraron de Venezuela por la indemnización de Sidor y que no regresaron a nuestro país. La falta de documentación probatoria de la ruta del dinero que los Kirchner cobraron por regalías petroleras mal liquidadas es absoluta. No han mostrado nunca ni una boleta de depósito. Ni un resumen de cuenta con los intereses ganados. Jamás explicaron el rol que jugó Aldo Ducler en esas inversiones. Ducler, en su momento, tuvo un pedido de captura de la Interpol mexicana por una investigación por narcolavado del cartel de Juárez. Justo los Kirchner que son tan obsesivos con el dinero no han podido despejar tantas incógnitas. Cada vez que los medios de comunicación se pusieron a investigar, los funcionarios implicados se paralizaron de miedo y sellaron sus labios como si el mismísmo Néstor les dijera: “No aclaren que oscurece”. El senador nacional por el radicalismo santacruceño y ex intendente de Río Gallegos, Alfredo Martínez, confirmó que “a excepción de dos fideicomisos que se hicieron, el resto de ese dinero jamás volvió, nunca hubo rendición de cuentas y el gobierno actual de Daniel Peralta está pidiendo un crédito por 2 mil millones de pesos”.

La memoria colectiva asocia rápidamente la palabra fondos a Santa Cruz, más allá de los desesperados intentos de censura y del primitivismo intelectual de creer que lo que no se nombra no existe. Néstor Kirchner sabe que el día que pierda poder político este tristemente célebre tema lo empujará a recorrer los Tribunales para dar las explicaciones correspondientes.

Las nacionalizaciones venezolanas tuvieron un solo efecto positivo. Permitieron comprobar que muchos empresarios argentinos y sus asociaciones no habían perdido el habla. Durante mucho tiempo fueron las estrellas aplaudidoras de cuanto anuncio hiciera Néstor o Cristina. Algunos empresarios, como Juan José Aranguren, tuvieron el coraje de defender su dignidad y no arrodillarse ni ante Guillermo Moreno ni ante Néstor Kirchner. Pero muchos desertaron de la verdadera responsabilidad social que tienen, que es la de participar del debate público que sugiera rumbos estratégicos como hace, por ejemplo, la poderosa burguesía nacional brasileña.

La cobardía eterna del capital hizo que muchos empresarios importantes miraran para otro lado mientras incrementaban sus fortunas. Ahora están probando la misma medicina que muchos sectores como el campo o el periodismo, entre otros, vienen probando amargamente hace mucho. Siempre cuesta más reclamar solidaridad cuando no se fue solidario.

Todos estos padecimientos para el Gobierno vinieron del frente externo. Pero fronteras adentro, en los últimos días, puede registrarse una mayor cohesión de sus filas y cierto crecimiento en sus votos en el Conurbano bonaerense. Esto significa que el kirchnerismo, con ese capital electoral, podría neutralizar parte de su mala actuación en el interior de la provincia de Buenos Aires y en los grandes distritos con mayor presencia de clases medias urbanas y rurales.

Simultáneamente, se viene produciendo un “amesetamiento” y una leve caída –por ahora– de la intención de voto por Francisco de Narváez y un crecimiento de la boleta que lleva a Margarita Stolbizer y a Ricardo Alfonsín. No es casual que algunas consultoras hayan vuelto a hablar de “triple empate”. La novedad es que el Acuerdo Cívico y Social, con recursos muy austeros, está tocando bocina y pidiendo paso a Unión-PRO, que viene perdiendo lentamente la etiqueta de “peronismo disidente”. Eso genera discusiones internas que por sus decibeles son muy difíciles de ocultar y muestran la fragilidad de ese acuerdo que hace mella, incluso, en la figura de Gabriela Michetti, que también está padeciendo el crecimiento de la boleta de Alfonso Prat-Gay en Capital.

Ya no se trata sólo de que Francisco de Narváez haya dejado afuera de la publicidad al único peronista con una antigüedad superior a los ocho años como Felipe Solá. El estilo de imponer decisiones sentado sobre la chequera los lleva en muchos casos a equivocarse. Que De Narváez le haya sacado tarjeta roja a Jorge Sarghini, uno de los diputados más capacitados y activos del Parlamento, fue sólo la punta del iceberg. Con la idea de exterminar todo vestigio de duhaldismo (menos los duhaldistas del dueño de la pelota), han barrido con cientos de cuadros peronistas de muchísimos pueblos y ciudades. Ni siquiera les permitieron presentar lista a históricos dirigentes justicialistas con trabajos de años en el territorio. Y todo con decisiones autoritarias tipo patrón de estancia, al más puro estilo kirchnerista, o con excusas insólitas, como las de haber extraviado la documentación en el camino. La propia Chiche Duhalde, que no movería ni una hoja que beneficiara a Néstor Kirchner, aceptó que va a votar a De Narváez pero que la lista no la conforma. El resultado es que una parte del aparato del peronismo no kirchnerista va a empezar a expresar esta semana su repudio a Francisco de Narváez llamando a no votarlo. “Ni Kirchner ni De Narváez” es la postura de muchos de ellos que algunos miles de votos mueven. ¿Cortarán boletas? ¿Castigarán a los dos apoyando el Acuerdo Cívico? ¿Algunos volverán con el caballo cansado al kirchnerismo?

Todavía el avispero está muy revolucionado. La bronca es grande y hay poco tiempo y espacio para tomar decisiones. Pero está claro que eso impacta en la capacidad movilizadora y organizativa de la lista de De Narváez. Tal vez por eso tuvieron que apelar a un nuevo spot publicitario donde piden fiscales para controlar las elecciones. “¿Me ayudás?”, pregunta el Colorado al final. “Cómo te vamos a ayudar si vos no ayudás a nadie”, contestan quienes han quedado al margen del armado electoral.

Esa “desperonización” de la lista peronista disidente generó más resistencia porque muchos cargos fueron cubiertos con mucha gente de Capital que jamás pisó la Provincia y con gente elegante acostumbrada a trajinar más reuniones de directorio que el barro. Eso favorece a Kirchner, que hace todo lo contrario y potencia su identidad peronista; y a Elisa Carrió, que registró ese fenómeno y salió a buscar el voto de los peronistas independientes. Hay que ver cuál es la real dimensión del fenómeno. Lo cierto es que parece haber encontrado su techo la política sustentada en lo abultado de las cuentas bancarias.

El diputado de la Coalición Cívica Fernando Iglesias puso el dedo en la llaga al respecto: “Una República basada en la idea de igualdad presupone que todos los ciudadanos, también los ricos, tengan derecho a acceder a cargos públicos, ya que es falsa la pretensión populista de que sólo los pobres pueden representar los intereses de las mayorías. Pero algo completamente diferente sucede cuando la posesión de enormes sumas de dinero se torna una precondición del acceso a las principales candidaturas, lo que destruye la idea de República, institución que presupone la igualdad. Menem, De la Rúa y Duhalde son millonarios. Cristina y Néstor son multimillonarios. No ricos. No de clase alta o media-alta. Multimillonarios. Multimillonarios dispuestos a usar su dinero ilegalmente para financiar sus campañas”.

De “La Ferrari es mía, mía, mía” a “La billetera es mía, mía, mía”, dijo Iglesias, en referencia a la antológica respuesta de De Narváez cuando el periodismo tuvo la osadía de pedirle una rendición de sus gastos en propaganda electoral. Hasta ahora ni un dato. Cualquier similitud entre la actitud frente a los fondos de Santa Cruz y los fondos de Las Cañitas no es pura coincidencia. Iglesias terminó su reflexión en Radio Continental recordando el artículo 16 de la Constitución Nacional: “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base de las cargas públicas”.

La luz de alarma hay que encenderla cuando la tragedia no se produce de milagro. En Tandil se pudo ver a dos grupos dispuestos a enfrentarse a golpes de puños, a palazos o de cualquier manera. De un lado estaban los que defendían al campo y del otro lado La Cámpora o la Agrupación Evita que bancaba al Gobierno.

Lo de Lobería superó todos los límites cuando Daniel Scioli fue agredido con huevazos, piedras y alguna trompada. El gobernador-candidato les hizo una advertencia y puso todo en términos más dramáticos todavía: “Tendrán que pegarme un tiro en la cabeza para que deje de trabajar, pero apunten bien o derriben el avión para que dejemos de viajar al interior”.

El diputado Agustín Rossi, en Reconquista, sufrió un ataque de similar cobardía. A esta altura los productores agropecuarios que apelan a esa metodología no tienen ninguna justificación. Cometen delitos que deben ser sancionados. Su actitud, igual que la de Néstor Kirchner durante el conflicto con el campo, consigue los resultados opuestos a los buscados. Si quieren manifestar su repudio a la política del oficialismo hacia los pueblos del interior deberían organizarse, ofrecerse como fiscales y tratar de conseguir la mayor cantidad de votos posibles. Pero a esta altura, el que va a escrachar a un kirchnerista es un antidemocrático que además perjudica al campo. Por más bronca e inexperiencia que tengan, a esta altura ya no tienen ninguna justificación, y la Mesa de Enlace debe ser contundente y descarnada en su repudio.

En Córdoba, el Frente para la Victoria compró todo el talonario que rifa el cuarto lugar para el 28 de junio. Las huestes de Luis Juez, Juan Schiaretti y el radicalismo tienen el podio asegurado aunque pelean por los escalones mayores. Cristina quiere ayudar a su gente pero muestran una importante desorientación. Tuvieron que suspender a último momento un acto en Embalse, utilizando como excusa las recomendaciones del Ministerio de Salud para evitar las multitudes que podrían multiplicar la gripe porcina. En Córdoba todavía no se ha registrado ningún caso y resulta inexplicable por qué se pueden hacer actos en Mendoza con la Presidenta y en Embalse, no. La explicación más razonable la aportó el candidato a senador Eduardo Mondino: “Lo de la gripe es una falsedad del Gobierno. Quisieron cooptar al intendente de Embalse y como se negó le suspendieron el acto. Federico Alesandri es un viejo compañero peronista que no quiso alinearse con los Kirchner y pagó las consecuencias”. De todas maneras, el daño institucional fue irreparable. Cristina visitó Río Tercero y ni siquiera le avisaron al gobernador. A la hora de la venganza, los Kirchner violan hasta las más elementales formas de convivencia republicana. Y castigan mucho más ferozmente a aquellos a los que consideran traidores porque los abandonaron en el camino que a sus históricos enemigos ideológicos. Si lo sabrá el vicepresidente Julio Cobos, quien decidió lanzarse con toda claridad a la precandidatura presidencial como para contrarrestar la fama de lento e indeciso que le hace su caricatura en el programa de Tinelli. Cobos le está poniendo el cuerpo a la campaña en Mendoza porque sabe que sólo un triunfo de su gente lo pondría en la maratón que él quiere correr. Si llega a perder su espacio, queda liberado para Elisa Carrió o Hermes Binner, también según les vaya en la feria.

jueves, 28 de mayo de 2009

La democracia delegativa

Guillermo O´Donnell es profesor emérito de Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame (EE.UU.)


Hace unos 15 años, al tratar de entender los gobiernos de Menem; de Collor, en Brasil, y la primera presidencia de Alan García, en Perú, argumenté que estaba surgiendo un nuevo tipo de democracia, a la que llamé delegativa para diferenciarla de la que está ampliamente estudiada: la democracia representativa. Se trata de una concepción y una práctica del poder político que es democrática porque surge de elecciones razonablemente libres y competitivas; también lo es porque mantiene, aunque a veces a regañadientes, ciertas importantes libertades, como las de expresión, asociación, reunión y acceso a medios de información no censurados por el Estado o monopolizados.

Este tipo de democracia, como la que vive hoy la Argentina, tiene sus riesgos: los líderes delegativos suelen pasar, rápidamente, de una alta popularidad a una generalizada impopularidad.

Los líderes delegativos suelen surgir de una profunda crisis, pero no toda crisis produce democracias delegativas; para ello también hacen falta líderes portadores de esa concepción y sectores de opinión pública que la compartan. La esencia de esa concepción es que quienes son elegidos creen tener el derecho ?y la obligación? de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. Creen que éstos les delegan plenamente esa autoridad durante ese lapso. Dado esto, todo tipo de control institucional es considerado una injustificada traba; por eso los líderes delegativos intentan subordinar, suprimir o cooptar esas instituciones.

Estos líderes a veces fracasan de entrada (Collor en Brasil), pero otras logran superar la crisis, o al menos sus aspectos más notorios. En la medida que superan la crisis logran amplios apoyos. Son sus momentos de gloria: no sólo pueden y deben decidir como les parece; ahora ese apoyo les demuestra, y debería demostrar a todos, que ellos son quienes realmente saben qué hacer con el país. Respaldados en sus éxitos, los líderes delegativos avanzan entonces en su propósito de suprimir, doblegar o neutralizar las instituciones que pueden controlarlos.

Aquí se bifurcan las historias de estos presidentes. Algunos de ellos, como Kirchner (y Menem en su momento), tuvieron la gran ventaja de lograr mayoría en el Congreso. Sus seguidores en este ámbito repiten escrupulosamente el discurso delegativo: ya que el presidente ha sido electo libremente, ellos tienen el deber de acompañar a libro cerrado los proyectos que les envía "el Gobierno". Olvidan que, según la Constitución, el Congreso no es menos gobierno que el Ejecutivo; producen entonces la mayor abdicación posible de una legislatura, conferir (y renovar repetidamente) facultades extraordinarias al Ejecutivo.

En cuanto al Poder Judicial (en el caso nuestro, a contrapelo de buenas decisiones iniciales en la designación de miembros de la Suprema Corte y reducción de su número), se van apretando controles sobre temas tales como el presupuesto de esa institución y, crucialmente, las designaciones y promociones de jueces. Asimismo, con relación a las instituciones estatales de accountability (rendición de cuentas), auditorías, fiscalías, defensores del pueblo y semejantes, se apunta a capturarlas con leales seguidores del presidente, al tiempo que se cercenan sus atribuciones y presupuestos. Todo esto ocurre con entera lógica: para esta concepción supermayoritaria e hiperpresidencialista del poder político, no es aceptable que existan interferencias a la libre voluntad del líder.

Por momentos, el líder delegativo parece todopoderoso. Pero choca con poderes económicos y sociales con los que, ya que ha renunciado en todos los planos a tratamientos institucionalizados, se maneja con relaciones informales. Ellas producen una aguda falta de transparencia, recurrente discrecionalidad y abundantes sospechas de corrupción.

En verdad, ese líder no puede tener verdaderos aliados. Por un lado, tiene que lidiar con los nunca confiables señores territoriales. Ellos deben proveer votos, así como un control de sus territorios que, sin importarle demasiado al líder cómo, no genere crisis nacionales. Por supuesto, los gobernadores (no pocos de ellos también delegativos, si no abiertamente autoritarios) pasan por esto facturas cuyo monto depende del cambiante poder del presidente; así se pone en recurrente y nunca finalmente resuelta cuestión la distribución de recursos entre la Nación y las provincias.

En cuanto a los colaboradores directos de estos líderes, ellos tampoco son verdaderos aliados. Deben ser obedientes seguidores que no pueden adquirir peso político propio, anatema para el poder supremo del líder. Tampoco tiene en realidad ministros, ya que ello implicaría un grado de autonomía e interrelación entre ellos que es, por la misma razón, inaceptable.

Asimismo, el líder suele necesitar el apoyo electoral de otros partidos políticos, algunos de los cuales se tientan con la posibilidad de beneficiarse de la popularidad de aquél. Pero estos partidos tampoco pueden ser verdaderos aliados; su a veces ostensible oportunismo los hace poco confiables, y el propio hecho de que sean otros partidos muestra al líder que tampoco lo son para acompañarlo plenamente en su gran tarea de salvación nacional. Además, si fueran realmente tales aliados, el líder tendría que negociar con ellos importantes decisiones de gobierno, lo cual implicaría renunciar a la esencia de su concepción delegativa.

Los líderes delegativos inicialmente exitosos generan importantes cambios, algunos de ellos, en casos como el nuestro, de signo e impactos positivos. Pero por eso mismo van apareciendo nuevas demandas y expectativas, junto con el resurgimiento de antiguos problemas. La complejidad de los temas resultantes exigiría tomar complejas decisiones; pero ellas sólo son posibles con participación de sectores sociales y políticos que sólo pueden hacerlo ejerciendo una autonomía que el líder delegativo no está dispuesto a reconocerles.

De esta manera, los líderes se van encerrando en un estrecho grupo de colaboradores, que quedan cada vez más atados al supremo valor de la "lealtad" al líder. A su vez, quienes en el Estado y desde el llano apoyan desinteresadamente al líder comienzan a dar señales de desconcierto y preocupación. Comienzan a resentir que sólo se los convoque para aclamar las decisiones del Gobierno. Es típico de estos casos que a períodos iniciales de alta popularidad suceden abruptas caídas y, con ello, una cascada de "deserciones" de quienes hasta hacía poco proclamaban incondicional lealtad al líder.

Cuando aparece la crisis de estos gobiernos, el país se encuentra con debilidades institucionales que el líder delegativo se ha ocupado de acentuar. Entonces, los señores territoriales empiezan a tomar distancia de ese líder. Por su parte, los partidos que creyeron ser aliados y descubren que sólo podían ser subordinados instrumentos, comienzan a recorrer un complicado camino de Damasco hacia otras latitudes políticas.

Desde su creciente aislamiento, el líder reprocha la "ingratitud" de quienes, luego de haberlo aplaudido, ahora resienten la reemergencia de graves problemas y las maneras abruptas e inconsultas con que intenta encararlos (si no negarlos como malicioso invento de condenables intereses expresados en los nunca tan molestos medios de comunicación). Este es un estilo de gobernar que corresponde rigurosamente a la constitutiva vocación antiinstitucional de la democracia delegativa.

De hecho, el líder tiende a adoptar un mecanismo psicológico bien estudiado, típico de estas situaciones: no logra distinguir caminos alternativos y se aferra a seguir haciendo lo mismo y de la misma manera que no hace mucho funcionó razonablemente bien. A esta altura de los acontecimientos, otros líderes delegativos se encontraron huérfanos de todo apoyo organizado. En cambio, entre nosotros, el matrimonio presidencial tiene la ventaja de contar con parte del Partido Justicialista; pero, mostrando la raigambre de sus visiones, éste es manejado con la misma discrecionalidad que su gobierno.

A medida que avanza la crisis, el líder apela al apoyo de los verdaderos "leales" y arroja al campo del mal no ya sólo a los eternos herejes de la causa nacional, sino también a los "tibios". El líder ya no vacila en proclamar que el principal contenido de toda la oposición es ser la antipatria, de las que nos quiere salvar. La imagen asustadora del retorno a la crisis de la que nació su gobierno -el caos- aparece en su discurso. En cuanto a la oposición, tiende a aglomerar, entre otros, a sectores sociales y actores políticos que aquél justificadamente criticó. De allí resultan incómodas compañías, intentos de diferenciación y apuestas en pro y en contra de la polarización que impulsa el líder delegativo.

Entonces también surge uno de los riesgos de la democracia delegativa: en respuesta a la crispación que produce a su líder la para él/ella injustificable aparición de aquellas oposiciones, le tienta amputar o acotar seriamente las libertades cuya vigencia la mantienen en la categoría de democrática. Que este riesgo no es baladí se muestra en el desemboque autoritario de Fujimori en Perú y de Putin en Rusia, y en el similar desemboque hacia el que hoy Chávez empuja a Venezuela. Felizmente, la Argentina no tiene las condiciones propicias para ese desenlace, pero no es ocioso recordar que la democracia también puede morir lentamente, no ya por abruptos golpes militares sino mediante una sucesión de medidas, poco espectaculares pero acumulativamente letales.

En la lógica delegativa, las elecciones no son el episodio normal de una democracia representativa, en las que se juegan cambios de rumbo pero no la suerte de gestas de salvación nacional. Para una democracia delegativa, hasta las elecciones parlamentarias adquieren auténtico dramatismo: de su resultado se cree que depende impedir el surgimiento de poderes que abortarían esa gesta y devolverían el país a la gran crisis precedente. Hay que jugar todo contra esta posibilidad porque, para esta concepción, todo está realmente en juego. Es importante entender que estos argumentos no son sólo recursos electorales; expresan auténticos sentimientos.

La repetición de estos episodios no es casual; obedece al despliegue de una manera de concebir y ejercer el poder que se niega a aceptar los mecanismos institucionales, los controles, los debates pluralistas y las alianzas políticas y sociales que son el corazón de una democracia representativa. En el transcurso de su crisis, cuando acentúa su discurso polarizante y amedrentador, esta manera de ejercer el poder recibe apoyos cada vez más escasos y endebles, al tiempo que acumula enojos de los poderes e instituciones, políticos y sociales, que ha ido agrediendo, despreciando y/o intentando someter. El período de crisis de las democracias delegativas es de gran aceleración de los tiempos de la política; no deja de ser paradójico, aunque entendible dentro de esta concepción, que sea el líder delegativo quien más contribuye a esa aceleración -como todo le parece en juego, casi todo pasa a ser permitido-.

Con estas reflexiones expreso una honda preocupación. Estoy persuadido de que el futuro de nuestro país depende de avanzar hacia una democracia representativa. No sé si será posible moverse de inmediato en esa dirección. Esta duda se refiere a un Poder Ejecutivo que parece poco dispuesto a reconducir su gestión. También incluye una oposición que contiene importantes franjas que han demostrado compartir estas mismas concepciones y prácticas delegativas, y no es seguro que las abandonen si triunfan en estas y futuras elecciones. Queda abierta la gran cuestión -que algunas campañas electorales por cierto no despejan- de si el aprendizaje de los defectos y costos de la democracia delegativa se encarnará efectivamente en comportamientos y acuerdos que la superen.

Típicamente, los períodos de visible crisis del poder delegativo, recomponible o no, reencauzable o no, son de gran incertidumbre. Con ellos tendremos que vivir, sin perder la esperanza de que, aunque mediante oblicuos y ya largos caminos, nuestro país se encamine hacia una democracia representativa. Ella vale por sí misma; es también condición necesaria para ir dando solución a los múltiples problemas que nos aquejan.

miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Y tú para qué sirves?


Juan Carlos Rodríguez Ibarra 27/05/2009 ex presidente de la Junta de Extremadura-España

"Qué hay de lo mío?", es la pregunta que formulan muchos jóvenes universitarios cuando provistos de un certificado, llamado título, expendido por cualquiera de nuestras universidades, se asoman al mercado laboral. La respuesta podría ser a la gallega: "¿Y lo tuyo qué es? ¿Tú qué sabes hacer? ¿Tú para qué sirves? Ese certificado que llevas en el bolsillo acredita que tienes un nivel de información sobre una serie de materias que has cursado, con más o menos éxito, en la facultad o escuela en la que te matriculaste hace cinco o tres años, o para ser más exacto, hace siete o cuatro años...", ya que un porcentaje elevadísimo de universitarios no termina sus estudios en el plazo estipulado por la universidad oferente de dicha titulación.

Leí no hace mucho tiempo un estudio que describía el posible alargamiento del dedo pulgar de la mano de los niños que nacieron a finales del siglo XX. Decía el estudio que ese dedo pulgar, cuando pasen varias generaciones, será un dedo superior en tamaño al resto de los dedos de la mano, como consecuencia de la reiteración y velocidad que demuestran nuestros hijos en el manejo de las maquinitas, el Internet, la Wii, la Nintendo, mensajes SMS, etcétera. Darwin no toleraría esa teoría pero, pulgares al margen, de lo que no hay duda es de que con mucha más celeridad está cambiando el cerebro de nuestros niños y adolescentes y, en consecuencia, su forma de enfrentarse a la nueva sociedad que, aceleradamente, se está creando en estos momentos a la vista de todos.

Escribí hace unos meses, en estas mismas páginas, que si resucitáramos a un profesor del siglo XIX, éste reconocería fácilmente un aula de cualquiera de nuestros centros escolares y podría incorporarse a su labor docente, pero seguramente no esperaría la siguiente pregunta de sus alumnos: "¿Por qué cree señor profesor, que usted sabe más que Google, por ejemplo? Todo lo que nos ha contado a lo largo del curso lo hemos encontrado en cualquier buscador por Internet, que además dice muchísimas más cosas de las que usted nos ha explicado". Ese profesor encontraría la misma escuela, pero la sociedad que alberga esa escuela es radicalmente diferente de la que él abandonó en el siglo XIX y muy diferente de la del siglo XX.

Esa nueva realidad, combinación de lo físico y de lo virtual, está generando una nueva forma de entender, de comprender, de aprender, de enfrentarse al mundo por parte de nuestros hijos y por parte de nuestros alumnos, que es necesario que los educadores, a todos los niveles, la descubramos y explotemos al máximo posible. Zapatero acaba de anunciar una medida, un ordenador para cada alumno, que nos sitúa en un reto interesantísimo y que nos abre el camino a un mundo nuevo. Desgraciadamente, cadavez que defiendo esta tesis -y lo he hecho a lo largo de los últimos 10 años- muchos se fijan en el cacharro, en el aparato, en el ordenador, al estilo de lo que ocurría cuando se inventó la televisión. Cuando hablo del ordenador para cada alumno, no estoy hablando del aparato, ni del cacharro, sino del significado que esa tecnología nueva está suponiendo en la forma de actuar de nuestros alumnos y de nuestros jóvenes. Cuando se inventa la máquina de vapor, en el siglo XIX, y comienza el desarrollo de la sociedad industrial, la gente no se ensimismó con la máquina, no se hablaba de la máquina, de los componentes de la máquina, de cómo funcionaban las bielas, los pistones... Por eso, no llego a comprender por qué, ante la aparición de otra nueva tecnología, en este caso la virtual, la digital, la gente se queda pensando y mirando al ordenador, que no deja de ser un cacharro más, sin necesidad de que se esté todo el día analizando su conveniencia.

Escuché un día a un joven estudiante decir: "A mí lo que de verdad me apasiona es la astrología pero como ustedes dicen que la mejor salida es la medicina pues renuncio a mi pasión y la cambio por la salida profesional, aunque yo me mareo cuando veo sangre". Es decir, ese chico podrá ser un excelente licenciado en medicina, pero no será un apasionado de la medicina. Podrá aportar sus conocimientos, pero no podrá aportar pasión, ni motivación, ni una actitud hacia algo que no es lo suyo; no digo nada del 25% que se ve obligado a estudiar la segunda o tercera opción, porque su expediente y nota de selectividad no le alcanza para estudiar la primera. En una sociedad como la que está surgiendo, sin pasión, sin actitud, sin convicción, es bastante difícil hacer algo que nos permita un desarrollo superior.

La educación, sin duda, es donde veremos la mayor revolución en los menores plazos. Nuestros alumnos dispondrán de conexión a Internet en todas las aulas; así es, desde hace años, en Extremadura, por ejemplo. Algunos profesores tienen aversión a Internet, no por dificultades de manejo, sino porque Internet transmite más información que ellos. Si la autoridad docente se basa en la información y una máquina acumula más información, se pierde el respeto en beneficio de la máquina. Lo que no sabe Internet es generar conocimiento a partir de esa información. Ésa es la función del educador, enseñar a transformar la información en conocimiento, enseñar a pescar a los alumnos en el océano de Internet. La inmensa mayoría de los universitarios termina sus estudios con una actitud incomprensible, desde el punto de vista de la nueva sociedad. No se puede salir de la Universidad exigiendo con el siguiente discurso: "Ya me he licenciado, ¿cómo me va a resolver la sociedad mi problema de vida? Como tengo un papel que me habilita como profesional, yo exijo que me den un trabajo en esa área, a poder ser cerca de mi casa y con estabilidad total".

El conocimiento que concede una titulación no es garantía de innovación, que es lo que se necesita en la nueva sociedad y la condición indispensable para salir de la crisis actual. El conocimiento es estándar, se da por supuesto; un universitario sale de su facultad y se sabe que atesoró conocimiento, pero la primera condición para innovar es la actitud, la motivación, la pasión y, difícilmente, se puede tener una actitud innovadora, motivada, por algo que apasiona, si la primera opción que se elige no es la que se quiere, sino la que interesa profesionalmente. ¿Qué motivación, qué actitud, qué pasión se va a tener cuando se decide estudiar algo, porque era lo que estaba a su alcance, según el baremo alcanzado en años de aprendizaje escolar? Cuando un joven licenciado pregunta, con su título, "¿qué hay de lo mío?", la respuesta que se impone es "¿y qué es lo tuyo?".

Sería obligatorio que el sistema educativo encontrara el procedimiento para descubrir la actitud, la motivación, la pasión de todos aquellos alumnos que pasan por nuestras aulas y sería necesario que a la Universidad llegaran aquellos que están deseando desarrollar científicamente la actitud, la motivación, la pasión que le descubrieron y potenciaron en la escuela. Eso no será posible mientras se estudie lo que no motiva, pero garantiza salida al mercado laboral o mientras se estudie la tercera opción, porque la segunda o la primera no casaba con el baremo.

Ésa sería la mejor contribución que el uso del ordenador podría hacer al desenlace de esta crisis y a la superación de las frustraciones personales y profesionales que se producen en nuestro sistema educativo.

domingo, 17 de mayo de 2009

Defender la Alegria- Homenaje a Mario Benedetti

Recuperar el porvenir


DANIEL INNERARITY 17/05/2009 Profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.

Una de las cosas que la crisis económica ha puesto de manifiesto es que tenemos, en tanto que sociedades, grandes dificultades para relacionarnos con nuestro propio futuro, que estamos insistentemente distraídos con el corto plazo. Vivimos en la tiranía del presente, es decir, de la actual legislatura, el corto plazo, el consumo, nuestra generación, la proximidad... Es la economía que privilegia la lógica financiera, el beneficio frente a la inversión, la reducción de costes frente a la cohesión de la empresa. Practicamos un imperialismo que ya no es espacial sino temporal, del tiempo presente, que lo coloniza todo.

A la vista de todo ello, tiene sentido preguntarse si la democracia en su forma actual está en condiciones de desarrollar una conciencia suficiente del futuro para evitar situaciones de peligro alejadas en el tiempo.

La consecuencia lógica de la tiranía del presente es que el futuro queda desatendido, que nadie se ocupa de él. El futuro distante deja de ser un objeto relevante de la política y la movilización social. Lo que está demasiado presente impide la percepción de las realidades latentes o anticipables, y que muchas veces son más reales que lo que ocupa actualmente toda la escena. ¿O es que resulta razonable prestar tal atención a las amenazas presentes que dejemos de percibir los riesgos futuros? ¿Estamos realmente dispuestos a que las posibilidades actuales arruinen las expectativas del futuro?

La principal urgencia de las democracias contemporáneas no es acelerar los procesos sociales sino recuperar el porvenir. Hay que volver a situar al futuro en un lugar privilegiado de la agenda de las sociedades democráticas. El futuro debe ganar peso político. Sin esa referencia al futuro no serían posibles muchas cosas específicamente humanas, como todas las que requieren previsión o suponen la capacidad de anticipar escenarios futuros.

Configurar una suerte de responsabilidad respecto del futuro es una tarea para la cual la política es fundamental. El problema estriba en que el futuro es políticamente débil, ya que no cuenta con abogados poderosos en el presente, y son las instituciones las que deben hacerlo valer. Las sociedades contemporáneas tienen una enorme capacidad de producir futuros, es decir, de condicionarlos o posibilitarlos. Por contraste, el conocimiento de esos futuros es muy limitado. El alcance potencial de sus acciones y los efectos de sus decisiones son difícilmente anticipables. Como el futuro no puede ser conocido, la responsabilidad suele quedar fuera de consideración. Pero esta dificultad de conocer la repercusión real de nuestras acciones en el futuro no nos exime del esfuerzo deponderarlas desde una perspectiva temporal más amplia.

Vivimos en una sociedad tan dinámica que, sin el esfuerzo de la imaginación, el futuro podría escapársenos en el ajetreo de las ocupaciones cotidianas. La elevada complejidad empuja hacia un presentismo sin perspectiva. El ejercicio rutinario de las instituciones, dominado en gran medida por los imperativos de la economía mundial, y su transposición sin la menor perspectiva de futuro impide la corrección de las anomalías no deseadas y el aprovechamiento de las oportunidades comunes.

Y es que el instantaneísmo impide tomar decisiones coherentes. Cuando la perspectiva es temporalmente estrecha corremos el riesgo de someternos a la "tiranía de las pequeñas decisiones" (Kahn), es decir, ir sumando decisiones que, al final, conducen a una situación que inicialmente no habíamos querido, algo que sabe cualquiera que haya examinado cómo se produce, por ejemplo, un atasco de tráfico. Cada consumidor, mediante su consumo privado, puede estar colaborando a destruir el medio ambiente, y cada votante puede contribuir a destruir el espacio público, lo que no quieren y que, además, haría imposible la satisfacción de sus necesidades. Si hubieran podido anticipar ese resultado y anular o, al menos, moderar su interés privado inmediato habrían actuado de otra manera.

Cuando las decisiones son adoptadas con una visión de corto plazo, sin tener en cuenta las externalidades negativas y las implicaciones en el largo plazo, cuando los ciclos de decisión son demasiados cortos, la racionalidad de los agentes es necesariamente miope. Hay bienes comunes que sólo se pueden asegurar articulando medidas inmediatas con el largo plazo: el medio ambiente, la paz, la estabilidad institucional, la confianza económica, la sostenibilidad en general... Su gestión requiere cambios a nivel individual, colectivo e institucional para incluir en nuestras consideraciones y prácticas una perspectiva temporal más amplia.

Pero para ello necesitamos una diferente base conceptual a la hora de pensar nuestra relación con el futuro y su configuración. Con los debates acerca del cambio climático, la energía nuclear, la ingeniería genética, la gestión de los riesgos financieros, el futuro ha irrumpido en la política del presente. Para la conducción de ese debate ya no valen las clásicas instituciones que diseñaron el futuro de las democracias liberales: ni la ciencia determinista, ni la economía que tiende a ver el futuro como un recurso más, ni el derecho que entiende la justicia como el resultado del contrato entre los contemporáneos y carece de instrumentos para anticipar los derechos de quienes vienen después. Ninguno de estos sistemas están hoy por hoy equipados con los procedimientos para entender y regular un ámbito temporal en el que el futuro juega un papel decisivo.

El futuro se ha convertido en un problema en las sociedades contemporáneas, quizás nuestro mayor problema, pero tal vez también la vía de solución para proceder a una reforma de la política. Nuestro mayor desafío consiste en volver a pensar y articular en la práctica la relación entre acción, conocimiento y responsabilidad. Tenemos que proceder a una relegitimación de nuestras intervenciones en el futuro, de nuestras condiciones de producción de futuro, en los nuevos escenarios sociales de una mayor complejidad, incertidumbre e interdependencia.

No se trata de predecir el futuro, algo cada vez más difícil, si es que alguna vez esa pretensión ha tenido sentido; lo que se nos exige es convertirlo en una categoría reflexiva, incluirlo, con toda su carga de incertidumbre y contingencia, en nuestros horizontes de pensamiento y acción. El futuro ha de ser gestionado mediante procesos que representen una gran innovación institucional.

jueves, 14 de mayo de 2009

Gregorio Klimovsky, científico defensor de la democracia argentina


SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 24/04/2009



Fue el iniciador de la filosofía de la ciencia y la epistemología en Argentina, discípulo de Julio Rey Pastor, y un hombre firmemente implicado en la defensa de la democracia y la lucha contra la dictadura militar. Gregorio Klimovsky bromeaba hasta el final con su récord más difícil: fue expulsado nueve veces de la Universidad de Buenos Aires por sus compromisos éticos, docentes y políticos.

Fue el iniciador de la filosofía de la ciencia y la epistemología en Argentina, discípulo de Julio Rey Pastor, y un hombre firmemente implicado en la defensa de la democracia y la lucha contra la dictadura militar. Gregorio Klimovsky, que falleció el 19 de abril en Buenos Aires, a los 86 años, bromeaba hasta el final con su récord más difícil: fue expulsado nueve veces de la Universidad de Buenos Aires por sus compromisos éticos, docentes y políticos.

Klimovsky contaba que fue Rey Pastor, uno de los grandes matemáticos españoles del siglo XX, instalado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), quien le orientó para que abandonara los estudios de ingeniería y se dedicara a la matemática. "Lo que sucedía es que yo tenía, además, vocación filosófica y por eso me dirigí hacia la lógica", relató en la ultima entrevista que concedió, publicada en Página 12. Bajo su impulso, y el de otros profesores, como Rolando García, la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA se convirtió, en los años cincuenta-sesenta, en uno de los mejores centros de investigación de América Latina. Fue la época dorada de la ciencia argentina, simbolizada magníficamente por la editorial Eudeba, que permitió que centenares de científicos, tanto latinoamericanos como españoles (que padecían la dictadura franquista), accedieran a libros esenciales para su formación, en ediciones baratas y traducciones formidables.

Pablo Jacovkis, ex decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, cuenta que Klimovsky no tuvo nunca títulos, que su aprendizaje fue prácticamente autodidacta, pero que resultó ser una de las personalidades más importantes de Argentina, precisamente, en el ámbito académico.

Fue un símbolo de toda lucha contra la intolerancia y la dictadura. Renunció, por primera vez, a la Universidad en el golpe de Onganía (que acabó con el régimen constitucional del presidente Illia). La famosa Noche de los Bastones Largos (la ocupación militar de varias facultades porteñas), que acabó con la emigración de más de 300 profesores universitarios, 200 de ellos relacionados con las ciencias, le llevó también a buscar refugio en clases particulares y en actividades diversas. El regreso momentáneo de la democracia no le solucionó los problemas. "Volví a la Universidad, pero en el intervalo entre la caída de la dictadura de Onaindía y la aparición del otro golpe, el de Videla, hubo un momento en el que los montoneros se quedaron con la Universidad... fue un periodo inaguantable, porque esos chicos tenían unas ideas muy extrañas sobre cómo se deben enseñar las ciencias y formar a los alumnos", relataba el irreductible Klimovsky en la entrevista de Página 12.

Su desacuerdo con los montoneros no le impidió abandonar la Universidad, una vez más, cuando llegaron los militares, a los que se opuso con todas sus fuerzas. A poco de crearse, se incorporó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, donde denunció las desapariciones y combatió la tortura. Con la llegada de la democracia y la presidencia de Alfonsín, Gregorio Klimovsky volvió a la Facultad de Ciencias Exactas y formó parte de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), que elaboró el estremecedor informe Nunca más. Poco después, y a la vista de su desacuerdo con la marcha del centro, fue expulsado, de nuevo, de la Universidad: "Como era la novena ocasión, me hizo gracia".

martes, 12 de mayo de 2009

Que termine pronto, por favor

Por Beatriz Sarlo | 08.05.2009

La campaña electoral es horrible. Incluso la minoría que se interesa por los vericuetos de la política está sintiendo alternativamente tedio e indignación. No recuerdo un momento más repetitivo y banal en las últimas décadas. Hubo momentos peores, más peligrosos o más decisivos. Por eso eran más interesantes. Así es imposible despertar la curiosidad de los votantes ni restablecer lazos entre vida cotidiana y política.
Porque de eso se trata. La política y la vida van por carriles diferentes. Millones de ciudadanos, incluso en la más republicana y democrática de las naciones occidentales, no están interesados por la política. Pero, en muchas partes, los políticos tratan de encender una chispa que despabile a esos ciudadanos ocupados en sus cosas. No piensan, como se piensa en Argentina, que enumerar los problemas que la gente conoce implica ofrecer soluciones. Toda la cuestión política hoy es volverse significativa para la vida social.
Si alguna vez supieron interpretar los signos de la sociedad, la mayoría de los políticos argentinos lo olvidaron. Confían en las encuestas y caminan, por lo tanto, en un paisaje chato, donde hay carteles con algunos títulos (trabajo, inflación, seguridad) pero sin soluciones porque, parece casi inútil decirlo, los problemas que la gente dice tener no vienen apareados con la resolución que necesitan. Los políticos están ansiosos por “conectar” pero han tirado a la basura las herramientas con las que se tejen las redes entre vida y representación política.
Esto promueve la extravagancia. El peronismo coloca a Nacha Guevara en su lista de la provincia de Buenos Aires, como si no fuera suficiente desvarío que el propio gobernador, Scioli, la encabece y el presidente “de facto” Néstor Kirchner llegue a integrarla en nombre de un modelo que es una especie de “significante flotante”, alrededor del cual gira el discurso del Gobierno y le permite organizar el campo de amigos y enemigos. Nadie sabe bien qué es hoy el modelo y, a lo sumo, se pueden enumerar algunas de las medidas tomadas en el pasado.
De todos modos, la fama mediática es clave en estas elecciones. Esto lo sabe o se lo enseñaron a Francisco de Narváez, que la adquiere pagando spots televisivos. De Narváez resulta el candidato más posmoderno de toda esta desdichada campaña, el que mejor ha entendido que ser famoso consiste sencillamente en ser famoso y que a eso se llega mediante los procedimientos del advertising. En ese sentido, De Narváez es más posmoderno que Nacha Guevara, porque finalmente la fama de la actriz tiene un contenido anterior a su conversión en candidata. Esto no quiere decir que ella sea más adecuada que él a la función, ya que no podría sentarse un minuto a una mesa de negociaciones políticas mientras que De Narváez puede ocupar su silla.
La aceptación de Gabriela Michetti es otro milagro del efecto fama. Nadie podría mencionar una acción política de Michetti. En el gobierno de Macri se sabe lo que hicieron muchos de sus ministros y de sus legisladores; se sabe qué hicieron los más distinguidos de los diputados nacionales de PRO, como Federico Pinedo. ¿Quién recuerda algo de Michetti? Como la fama, su vocación de diálogo es lo que los lingüistas llaman meta-discursiva. Al parecer, Michetti es experta en diálogo, una moderadora de grupos. Lamentablemente, desde que es vicejefa de Gobierno, nos privó de admirar esa virtud porque se abstuvo de presidir la Legislatura porteña. Es curioso, pero sólo esto, tan poco, siembra el miedo entre políticos más imaginativos y audaces.
Mientras tanto, los “poderes fácticos” reclaman sus lugares. Moyano llenó la 9 de Julio no sólo para asegurar la candidatura de Héctor Recalde. Luis D’Elía marchó y habló para reclamar, con todo derecho, que se lo tenga en cuenta en vez de llamarlo al celular simplemente cuando se necesita gente en la Plaza. Cobos se enoja si no le dan los lugares que reclama para los suyos. Con modales de inédito pintoresquismo, el vicepresidente de este gobierno opera en las listas de la oposición.
En este vacío relamido por insustancial y tóxico por sus consecuencias, no se puede pretender que los ciudadanos se interesen por la política. La mayoría de los medios audiovisuales, acostumbrados a una dieta de carne cruda, no tienen paciencia cuando un político quiere de verdad hablar de política porque temen que sus audiencias, alimentadas con la carne picada del chimento y la carne descompuesta del sensacionalismo, hagan zapping. Esta campaña es una kermés que interesa solamente a quienes nos gobierna el demonio de la política.

lunes, 11 de mayo de 2009

Anticipando el juicio de la historia

Robert A. Potash
Para LA NACION
Historiador norteamericano, especialista en temas argentinos

Cuando los historiadores argentinos del futuro miren hacia atrás y analicen la era de Néstor Kirchner -un término que probablemente apliquen tanto a los cuatro años durante los que fue jefe del Poder Ejecutivo Nacional como a los años durante los que su mujer fue más una presidenta de ceremonial que un mandatario que toma decisiones-, ¿a qué conclusiones o generalizaciones llegarán? ¿Dirán que, después de Perón, Kirchner fue el peronista más habilidoso que ejerció la presidencia, un político que en 2003 fue elegido apenas con el 22% de los votos y que sin embargo se las ingenió para controlar la vida política argentina hasta un punto nunca visto desde la finalización de la dictadura militar? ¿Concordarán con el ministro del Interior, quien recientemente aseguró que Kirchner era el mejor presidente argentino de los últimos veinte años? ¿Tomarán nota de que fue bajo su liderazgo que la Argentina emergió del caos posterior a 2001 y que año tras año el país disfrutó de índices de crecimiento económico sin precedente, similares a los de las economías asiáticas?
¿O al analizar retrospectivamente los años de Kirchner se concentrarán en los aspectos negativos, en el daño causado a las instituciones nacionales? Aunque durante su campaña presidencial de 2007 Cristina Fernández de Kirchner prometió fortalecer las instituciones, la realidad es que la situación ha empeorado. Salvo una vez, el Congreso siguió dando el visto bueno a las iniciativas del Poder Ejecutivo, el Poder Judicial siguió bajo amenaza de represalias si tomaba decisiones adversas para el oficialismo o los amigos del Gobierno y el sistema de partidos políticos profundizó aún más su deterioro. Hasta las elecciones fueron transformadas en una parodia cuando Néstor Kirchner, como cabeza del partido oficialista, intentó hacer de las elecciones parlamentarias de junio de 2009 un plebiscito de apoyo a la gestión de Cristina, postulando a reconocidas personalidades para que se presenten a competir por cargos que no tienen intenciones de ejercer.
El éxito inicial de Kirchner en construir su base de poder y su popularidad se debe tanto al momento de su aparición en el escenario nacional como a su capacidad de liderazgo. Desilusionada por el colapso financiero de 2001 y la consecuente inestabilidad política y económica, la opinión pública argentina estaba esperando un líder fuerte, algo así como un caudillo civil, y por lo tanto insensible a desviaciones institucionales o constitucionales. Además, a diferencia de sus predecesores de la década de 1990, los años de Kirchner coincidieron con un extraordinario boom del comercio internacional. Esta tendencia se originó en otros países, especialmente en China, y provocó una demanda de materias primas que habría beneficiado a la Argentina sin importar quién fuera su presidente. Empujada por su sector agrícola, la economía argentina creció a un ritmo inusitado, y en ese proceso generó un superávit fiscal y una reserva de divisas que facilitaron a los Kirchner la tarea de gobernar.
Los historiadores se preguntarán seguramente si el gobierno de Kirchner hizo buen uso de esas reservas. Un ejemplo notable es la decisión de utilizar 8000 millones de dólares de reservas del Banco Central para pagar la deuda que el país tenía con el Fondo Monetario Internacional. Kirchner, que veía en el FMI al gran villano detrás del colapso de 2001, creyó aparentemente que la balanza comercial favorable continuaría indefinidamente. Sentía que al pagarle al FMI toda la deuda no sólo daba un paso decisivo en pos de la independencia económica, sino que también eliminaba los cuestionamientos externos a su política económica. La miopía de esa decisión quedó demostrada muy poco tiempo después, cuando su gobierno tuvo que tomar un préstamo del gobierno de Venezuela a una tasa de interés que triplicaba la que venía pagando al FMI.
Podría decirse que ese pensamiento de corto plazo también subyace a muchas de sus decisiones en materia de política interior. En el área de bienestar social, los pagos directos a las familias carenciadas y a los desempleados fueron una respuesta adecuada, pero el Gobierno mostró poco interés por invertir a largo plazo en áreas como educación y salud pública, que podrían haber tenido un impacto permanente en la vida de los pobres. También optó por subsidiar diversas actividades económicas en lugar de resolver los problemas básicos de esas industrias. Esto fue especialmente cierto en el caso del sector energético, que necesitaba una enorme inyección de capital para hacer frente a la creciente demanda. Aquí, los prejuicios antiextranjeros de Kirchner lo llevaron a posponer la necesidad de nuevas y significativas inversiones, pues implicaba aceptar que las empresas de servicios públicos de capital extranjero aumentaran sus tarifas. Finalmente, durante la presidencia de Cristina, el Gobierno no tuvo otra alternativa que permitir esa suba. Los historiadores quizás adviertan aquí cierto paralelo con el presidente Juan Domingo Perón, quien se opuso a abrir la industria del petróleo al capital internacional durante su primer mandato para terminar dando marcha atrás y aceptándolo durante el segundo.
La habilidad de Kirchner para crear la red de lealtades políticas que le permitió dominar el poder dependía en definitiva de una distribución selectiva de los fondos públicos. Los líderes políticos de las naciones democráticas han recurrido con frecuencia a esta práctica, pero en el caso de Kirchner implicó el uso de los poderes de la emergencia económica mucho tiempo después de que la emergencia había pasado. Kirchner estaba por lo tanto en condiciones de recompensar a las provincias cuyos representantes apoyaban sus iniciativas en el Congreso y de castigar a quienes se oponían a ellas. El apoyo de sus seguidores en el Congreso le permitió sobre todo eludir las exigencias legales que regulan la distribución de los ingresos fiscales a las provincias por medio de la subestimación de la cifra de ingresos de la ley de presupuesto. Los millones de pesos que se recaudaban y que excedían las previsiones presupuestarias iban a parar a la famosa "caja" que Kirchner utilizaba para ganarse o retener el apoyo de gobernadores, intendentes y otros políticos.
El estilo confrontativo de Kirchner para lidiar con los sectores que él consideraba enemigos potenciales -y esto incluía a los medios de comunicación, los militares, la iglesia y ciertos grupos empresarios- no lo ayudó en nada a ganarse el afecto de quienes no integraban las filas de sus colaboradores inmediatos o no se beneficiaban de su generosidad. Pero sus adversarios políticos estaban tan debilitados por sus diferencias ideológicas y sus rivalidades personales que fueron incapaces de impedir que lograra su objetivo. En 2005, al conseguir que su esposa, Cristina Fernández de Kirchner -quien ya era senadora por la provincia de Santa Cruz-, conquistara una banca de senadora por la provincia de Buenos Aires, Kirchner logró arrebatarle el control del aparato político del peronismo a Eduardo Duhalde. En julio de 2007, hizo saber que no aspiraría a un segundo mandato, y sin hacer siquiera la parodia de un proceso de elecciones internas anunció que ella era su candidata para sucederlo. En las elecciones de octubre, Cristina Fernández de Kirchner obtuvo la presidencia con el 45% necesario de votos para evitar una segunda vuelta.
Para entonces, sin embargo, ya comenzaban a verse las fisuras del manejo económico de Kirchner. Frente a un creciente índice inflacionario que lo hubiese obligado a aumentar los pagos a los tenedores de bonos externos, el presidente reemplazó por medio de su secretario de Comercio a la plana mayor del Instituto Nacional de Estadística y Censos. El organismo anunció entonces una cifra de inflación inferior a la anteriormente anticipada, minando así la credibilidad interna e internacional de sus guarismos. Pero la mayor pérdida de prestigio de los Kirchner llegó en 2008, con la pelea con el sector agrícola por un decreto que elevaba las retenciones a las exportaciones de soja del 35% mínimo que existía hasta entonces hasta el 90%, dependiendo del precio internacional de ese producto. Los historiadores advertirán que los grandes y pequeños productores agropecuarios protestaron contra el decreto con huelgas y cortes de rutas, pero como Néstor Kirchner lo consideraba más una amenaza a su poder que un asunto en el que era posible ceder, se negó a hacer cualquier tipo de concesiones. Después de meses de tensión, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner concedió enviar el decreto al Congreso para que fuese refrendado. Para entonces, el tema había inflamado tanto a la opinión pública de las provincias agroexportadoras que los senadores usualmente leales a los Kirchner tuvieron que tomar una difícil decisión. El inesperado resultado de la votación en el Congreso arrojó un empate y el vicepresidente de la Nación, ex gobernador radical de la provincia de Mendoza y un aliado político, votó en contra de la propuesta del Gobierno. Fue un momento histórico que marcó el principio del fin para el dominio de Kirchner sobre la vida política argentina.
Al momento de escribir este artículo, faltan todavía seis semanas para las elecciones legislativas de junio. Mientras tanto, los peronistas disidentes se han organizado para enfrentar a los candidatos oficiales en varias provincias, y los líderes de los partidos de la oposición, sobreponiéndose a sus tradicionales diferencias, están tratando de encolumnarse detrás de una lista única de candidatos. Queda por verse cuando se haga el recuento de votos hasta qué punto quedará menguado el sistema de gobierno hegemónico de los Kirchner. Si pierden el control del Congreso, ¿Néstor abandonará su línea dura y permitirá que Cristina haga las concesiones normales en un sistema democrático? En resumen, ¿serán capaces de adaptarse a una nueva configuración del poder, en la que Néstor ya no pueda decirse a sí mismo "aquí mando yo"? Los historiadores del futuro sabrán la respuesta.