domingo, 13 de julio de 2008

Herbie Hancock


“El jazz es saludable para el alma humana”

IKER SEISDEDOS 13/07/2008

El pianista vive uno de los mejores momentos de sus casi cincuenta años de brillante carrera. Inesperado ganador del Grammy al mejor disco del año por su álbum de homenaje a Joni Mitchell, llega de gira a España.

Una reciente tarde de primavera, Herbie Hancock, leyenda del jazz y pianista extraordi¬¬nario, sostenía arqueado sobre su propio eje Memorando al futuro presidente: ¿cómo podemos restaurar el liderazgo y la reputación de América?, de Madeleine Albright. Un ejemplar dedicado. “Para Herbie. Un tipo al que ojalá los presidentes de este gran país escuchasen más a menudo. No sólo su música, sino también sus opiniones acerca del jazz y de la vida en general”. Resulta que cuando Hancock está en Washington siempre se las apaña para quedar con la primera mujer en alcanzar, en 1997 y con la Administración de Clinton, la secretaría de Estado. Juntos, aseguró, gustan de “escabullirse a cualquier garito a escuchar buena música”.

Aquél era uno de esos días del pianista en la capital administrativa del mundo, ciudad tan poco jazzística como el jazz últimamente. Desde su suite se adivinaba la silueta de la Casa Blanca, una imagen que se antojaba metáfora del brillante porvenir del viejo músico, quien, parafraseando el emocionante standard, últimamente casi podría en los “días claros ver para siempre”. Este 2008, el pianista ha logrado un Grammy al mejor disco (a secas) del año por River: the Joni letters (Verve / Universal). Es, además de un emocionante y delicado homenaje a la cantautora canadiense Joni Mitchell, el primer disco de jazz que obtuvo el máximo reconocimiento de la industria en 44 años (Getz / Gilberto, de Stan Getz, fue el último, gracias a un fenómeno llamado The girl from Ipanema). Una joya que podrá disfrutarse este mes sobre escenarios españoles: el próximo martes en el festival de Vitoria, el 26 en el de Porta Ferrada (Sant Feliu de Guixols, Girona) y el 27 en Valencia.

Estos meses han sido también los de su elección como uno de los 100 personajes más influyentes de la revista Time, o su distinción como artista del año por la Universidad de Harvard. Dos días después de la entrevista ingresó como “leyenda viva” en la Biblioteca del Congreso, y en mayo, su disco Headhunters (su álbum más vendido, de 1973) fue incluido por esa institución en un lote de 25 grabaciones que “deben ser preservadas para siempre” (desde un discurso de Harry Truman de 1948, hasta el disco que se envió al espacio con el transbordador Challenger en 1977 o el Thriller de Michael Jackson).

Lo cierto es que Hancock reúne las cualidades necesarias para tanto reconocimiento. Después de todo es, muy probablemente, el artista de jazz que más muescas le ha hecho a la historia de eso que llaman cultura pop. Como decía la campaña publicitaria de cierta banda australiana de pop, seguramente co¬¬nozca más canciones de Herbie Hancock de las que cree. Es autor de la banda sonora de Blow up (1966), obra maestra de Michelangelo Antonioni y pieza fundamental del movimiento mod. En los setenta abanderó la bastardización del jazz con Headhunters, que marcó época con su millón de copias vendidas. Y si en los ochenta popularizó el scratch, técnica empleada por los disc jockeys de rap, en Rockit, un tema que asaltó por la fuerza a la generación MTV; en los noventa vio cómo su trabajo para el sello Blue Note en los inicios de su carrera fue apropiado por el hip-hop y el acid jazz para conquistar a una nueva clase de oyentes.

De aquellos días, este camaleónico artista, miembro del inolvidable segundo quinteto de Miles Davis a finales de los sesenta, acaso la mejor formación jazzística en pisar la tierra, conserva las manos finas que atraían el foco en la elegante y lejana portada de su primer disco como líder, de 1962. Fue entonces cuando el mundo descubrió a un prodigioso pianista de Chicago de formación clásica. Un improvisador infatigable capaz de introducir a Debussy en el más arraigado discurso de la música negra.

Por lo demás, aún viste de oscuro y luce una envidiable forma física dos días antes de su 68º cumpleaños. Mata el tiempo con revistas de divulgación científica y dobla la chaqueta del visitante como un jazzman de los de antes. Pobres, pero bien planchados.

¿Qué ha cambiado en su forma de ver el mundo, ahora que sabe que es una le¬¬yenda viva? Nada [Carcajada]. Es muy agradable el reconocimiento que he recibido. Sobre todo lo de los Grammy, que ha sido fundamental, entre otras cosas, para darle una nueva vida comercial al disco [sus ventas se han doblado hasta alcanzar los 450.000 ejemplares]. ¿Sabe? Todo el mundo ve en este país la dichosa ceremonia, igual que se ven los Oscar o la Super Bowl. Para un músico es el más grande premio dentro de los grandes premios. Todos quedaron muy sorprendidos, y más que nadie, yo mismo. ¡Gané a Amy Winehouse, que es cien veces más conocida! Pero si me lo pregunta, no sé si merezco tanta atención. Pero sí que el jazz la merece. Yo veo que este premio es una señal de que el jazz se hace por fin más visible en América. Lo cual es maravilloso.

Ese logro se ha atribuido muy a menudo a los “popularizadores” oficiales del género, como Wynton Marsalis, trompetista, o el documentalista Ken Burns. Quienes, dicho sea de paso, suelen contar una historia del jazz un tanto sesgada, edulcorada, por así decir. Puede que sí. Lo que yo siento es que el jazz es muy saludable para el alma humana, porque va realmente de li¬¬berar almas. Es como si el espíritu no obtuviese satisfacción suficiente con otras formas musicales, que pueden ser maravillosas, pero, sinceramente, no le alcanzan al jazz. Todos los géneros son válidos, pero hay algo muy especial en este al que he dedicado mi vida. No va de competir, sino de confiar en ti mismo y en los músicos que te acompañan. Es una caída libre y necesitas compañeros en los que apoyarte. Es la música del momento y nunca juzga a nadie. No conozco a ninguna persona que se meta en esto por la fama, las joyas o las mujeres. Lo demás, aparte de esas bellas cualidades, me trae sin cuidado.

¿A qué atribuye entonces que ese reconocimiento a la expresión cultural más perdurable y original de su país llegue tan tarde? Recuerdo cuando tocaba con Miles [Davis] en los sesenta. El jazz aún era una música que se tocaba en los clubs, lejos de los grandes festivales. Éramos tipos con clase y hacíamos una música que no se vendía a nadie. Yo tenía veintitantos años y todo era respeto. Luego, el jazz se convirtió en demasiado virtuoso. Y la gente normal lo asimiló a algo complicado. Llegó el rock and roll y se acabó la historia.

¿Tuvo que ver la irrupción del ‘free jazz’, que vino a hacer saltar todo por los aires? Me sentí fascinado con aquella locura, y en cierto modo, me involucré en tocar con Eric Dolphy, por ejemplo. La banda de Miles estaba influenciada por el avant-garde y también por el free jazz.

Aunque a él todos aquellos músicos le parecieran, por decirlo de un modo suave, unos fantoches. Sí, pero incorporó elementos de su lenguaje en nuestra música. Tampoco muchos entendían lo que hacíamos nosotros en aquel grupo…

¿Y usted? ¿Alcanzaba a sus 25 años a entender la importancia de aquella música? Disfrutábamos al explorar, al meternos en áreas que nadie había frecuentado. La idea de explorar nuevos territorios está aún muy presente para mí. Incluso con River, que puede verse como un álbum más fácil de escuchar. O con el anterior [Possibilities], que fue muy criticado, porque colaboré con artistas como Christina Aguilera. Decían que carecía de un centro. Que abarcaba mucho y apretaba poco. Como si eso fuese algo intrínsecamente malo. Para mí, eso es precisamente lo que hay que hacer ahora mismo. Es el signo de los tiempos que marcan las descargas di¬¬gitales. Ya nadie escucha los álbumes enteros. Sólo se atiende a las canciones. Por eso hice un disco en el que parecía que cada tema provenía de un disco distinto.

¿Por qué homenajea la música de Joni Mitchell, precisamente ahora, cuando el público y la industria parecen ignorarla más que nunca? Fue una idea de Dahlia Ambach, la A&R [encargada de artistas y repertorio] de Verve. “Sé que sois amigos y que la respetas”, me dijo. Me interesó el reto. Porque normalmente nunca hago caso a las canciones. Sólo a las armonías, a los arreglos, nunca a la letra. Las palabras no las escucho. Cuando escucho una canción, simplemente soy incapaz de asimilar las palabras. Es muy normal entre los músicos de jazz, salvo si eres Lester Young o Wayne Shorter, mi gran amigo [con él militó en la banda de Miles Davis y colabora en el disco]. Dahlia fue también la que propuso al productor, Larry Klein…

Y ex marido de Joni Mitchell… A pesar de lo cual son amigos, no se vaya a creer. Supongo que son raros en eso. Hay cosas que uno no puede evitar encontrar insoportables del otro, incluso ya divorciados. Con ellos no parece pasar.

No pretenderá hablar por su propia experiencia de consumado hombre de familia. Yo llevo cuarenta años con la misma mujer. Pero no me mire con admiración. Es simplemente la persona adecuada, ¿sabe? No tiene el menor mérito. La clave, hijo, es no hacer depender tu felicidad de la otra persona. Tu felicidad es asunto tuyo, no es trabajo del otro [risas]. Esperar que el otro te suministre felicidad es el más corto camino hacia el divorcio. Mi consejo para una relación de larga duración es: permite a la otra persona que sea lo que es. No trates de cambiarla para adecuarla a lo que tú quieres o necesitas. Deja que se desarrolle.

Además de monógamo, usted siempre ha parecido el tipo cabal, el que se mantenía alejado de las drogas, el de las decisiones correctas… Una imagen que, en aquella época, no era la clásica en un ‘jazzman’… No éramos ángeles, desde luego. Y no se crea, yo hice algunas de las cosas que nos tocaba hacer. Fue una época dura. Y algunos se quedaron en el camino.

¿Se hacía difícil convivir con algunos de ellos? Sobre todo con los que se engancharon a la heroína. Muchos salieron del atolladero gracias al islam.

¿Usted nunca se convirtió? A principios de los setenta flirteé con ello. Me hacía llamar Mwanddishi, en suajili, pero era más un gesto de solidaridad con la lucha política de la comunidad negra.

¿Cómo recuerda a la joven Joni Mitchell? ¿Fue bien recibida la cantautora rubia de ‘folk’ cuando empezó a mezclarse con músicos de jazz? Muchos, al principio, se mostraban fríos con ella, porque la habían escuchado en la radio y no entendían qué se le había perdido allí. Era una hippy con una guitarra. Yo, personalmente, no la había escuchado demasiado antes de conocerla. Nacer en 1940 es pertenecer a la generación previa al rock and roll. Es una mera cuestión de cinco años. Re¬¬cuerdo que estaba haciendo su disco Mingus (1979) cuando fui a un ensayo. [El bajista] Jaco Pastorius me llamó. Ellos ya habían trabajado juntos antes. Dijo: “Tío, estamos haciendo un disco de homenaje al bueno de Charlie Mingus”. Yo pensé, ¿y esta chica para qué se mete en esta historia? Jaco me dijo: “Wayne Shorter está conmigo”. Si Wayne estaba allí, nada malo podía suceder. Así que fui.

¿Era Jaco Pastorius uno de esos tipos incómodos a los que se refería antes? Muchos eran yonquis. Jaco no era exactamente así. Probablemente tomó heroína. Y cocaína también. Pero lo suyo era más grave. Tenía un desequilibrio químico en su cabeza. Acabó loco. Pero cuando yo lo conocí era un tipo muy normal. Vivía en Florida, tenía mujer y dos hijos, John y Mary. Era un joven marido que tocaba el bajo como los ángeles. Se enroló en Weather Report y aquél fue el mejor vehículo para su fenomenal desarrollo. Hacían música asombrosa, reconocida por la crítica y por las audiencias de jazz. Era un público grande para un grupo como ése, pero no una gran audiencia tipo rock. Y Jaco era una estrella del rock. Sobre todo en el escenario. No obtuvo la atención que esperaba. Creo que eso minó su frágil personalidad hasta acabar con él.

Un caso muy distinto al de Joni Mitchell. Ella siempre pareció incómoda con los grandes públicos. Lo tiene todo para gustar, pero, según ella misma, su música es sólo querida por los gays y los negros. ¡Será que tiene pruebas! Puedo entender por qué lo dice. Su sentimiento es que los negros siempre entendieron mejor su música que los blancos. Alguna vez me ha contado lo que las mujeres negras le dicen por la calle, que sus letras parecen escritas por una de ellas. Que dice cosas que les llegan muy adentro. Los blancos entran en la parte más intelectual de su música, supongo, y los negros, en el alma. En cuanto a los gays, y voy a generalizar, probablemente haya un alto grado de respeto por las formas artísticas.

Perdone, pero todo eso, los blancos intelectuales, los negros pasionales y los homosexuales sensibles ‘per se’, suena a horroroso tópico. Pero es verdad. Es difícil explicar por qué, pero es así.

¿Hay un reconocimiento a todos ellos implícito en el éxito de su disco? Creo que sí. No sé por qué, pero nunca había pensado en ello.

Pues fue saludado como “el ‘grammy’ más adecuado para la era Barack Obama”. Nadie esperaba que un negro fuese candidato en EE UU, como nadie hubiese apostado por un viejo músico de jazz para el Grammy. Ambos son signos de cambio en una América que está necesitada de pasar página.

¿Tiene que ver con asuntos raciales? Es sólo una parte del problema. Incluye cuestiones como el color de la piel, sin duda, pero no es sólo eso. También está implicado el género. Es un buen y saludable signo. Había creído que vería a una mujer presidenta, o a una candidata mu¬¬jer, pero no a un negro… no, señor.

Ni siquiera cuando Jesse Jackson estuvo a punto de ser candidato en 1988… Nunca creí en él. Nunca me pareció trigo limpio, ni siquiera el hombre adecuado. Obama, en cambio, sí lo es. Pero no es por el color de su piel. Tengo muchos amigos con los que he hablado de este tema. Algunos lo apoyaron porque lo consideraban parte de los suyos. Pero otros, simplemente, aducían las razones que yo aduzco. Es el tipo correcto, está despertando la conciencia de un montón de votantes jóvenes. Eso es todo. Nadie lo había logrado antes. Quizá sólo Kennedy. A quien yo, por supuesto, voté en su día. Tenía poco más de 20 años y me convenció…

¿Era Jesse Jackson el tipo inadecuado por demasiado beligerante, y Obama, el correcto porque representa la parte amable de las aspiraciones negras? Creo que Jesse estaba demasiado imbricado en la comunidad negra para ser presidente de Estados Unidos. Tienes que ser un presidente para todos los americanos. Sus ideas no eran las adecuadas. Y la época, tampoco. Ha llegado la hora, por fin. Es maravilloso sentirse orgulloso de tu país de nuevo.

Y el jazz… ¿Ha perdido su beligerancia? Nunca creo que el jazz en su integridad haya sido nunca beligerante. Ha habido partes que sí, pero…

Solía ser una cosa que ponía los pelos de punta a los padres y mucho me temo que hace ya tiempo que no… ¿Dónde se ha quedado esa peligrosidad? Fue airado en su momento, sí. En los sesenta había discos que representaban la protesta. Aún hoy los hay, pero son menos. En cuanto a la peligrosidad de la que habla, es cierto que el jazz se ha deslizado hacia la comercialidad. Que alguien quiera vender discos es una intención noble si lo piensas. Es cierto que las cadenas de radio con jazz auténtico están muriendo. Que los chavales lo consideran de¬¬masiado limpio y aburrido a veces. Pero no es algo que se pueda achacar a todo el jazz. No sería justo cargar tantos problemas deriva¬¬dos del smooth jazz a todos los músicos que se ganan la vida como pueden en los clubes.

¿Por qué no consiguen conectar con los jóvenes? Estoy empezando a ver más gente joven en los conciertos gracias a programas de educación e iniciativas de ese tipo. Puede que no sea lo más beatnick del mundo, pero tampoco es intrínsecamente malo que se estudie el jazz en las escuelas.

Usted es probablemente el artista de jazz que más veces ha impreso su huella en la cultura pop sin traicionarse… Es que si todos nosotros nos quedásemos en nuestra torre de marfil tocando una y otra vez Round midnight, el jazz acabaría mu¬¬rien¬¬do. No se engancharían los nuevos oyentes. Los músicos se harían mayores y acabarían por desaparecer. ¿Cuál sería el resultado de algo así? El jazz moriría sin remedio.

Lo que no parece muy probable es que personalidades tan irrepetibles como Joe Zawinul, Teo Macero u Oscar Peterson (todos ellos han muerto en los últimos meses) tengan fácil recambio. Para mí éstos han sido meses muy duros. Pero supongo que todo ello forma parte del proceso de hacerse viejo. Conozco esta experiencia gracias a mi padre. Él murió a los 90 años. Y cuando tenía ochenta y tantos me decía continuamente: “Todo el mundo que conocí, hijo, todos, salvo tu madre, están muertos”. Ella era seis años más joven que mi padre. Y él se sentía muy solo… Para eso, el único remedio que he hallado es la fe. Gracias a la fe budista Nichiren, que profeso desde 1972, he aprendido que es importante saber lo máximo sobre la vida y la muerte. No dejarlo para cuando ya eres mayor. Lo mejor es hacerlo cuanto antes. El nacimiento y la muerte son los mayores eventos de nuestra vida [carcajada]. Mucho más que lograr un Grammy, de eso no hay duda. Aunque mejor que ganar un premio es incluso levantarse por la mañana y respirar. Si me ofreciesen levantarme por la mañana y respirar o levantarme por la mañana y recibir un importante premio, elegiría lo primero sin dudarlo. [Risas]

En todo caso, no todos los músicos de jazz pueden presumir de una vejez tan dorada como la suya. El otro día, durante un concierto de Billy Cobham en San Francisco, el batería se mostró bastante desgraciado ante el hecho de, al término del recital, tener que vender sus discos a la entrada por sí mismo. Pues yo veo la crisis como una oportunidad. Por ejemplo, mi anterior disco lo grabé con un sello que creé, de modo que el máster es mío. Para distribuirlo hice un acuerdo con Starbucks, con Warner Records y con otra empresa llamada Vector. Algo inimaginable hace unos años. Y si careces de un contrato discográfico puedes encontrar un montón de maneras de venderlo. El problema está, supongo, en atraer a la gente a tu web. Porque la Red está llena de gente gritando: “Yo, yo, yo”. Ahora puedes prevender un disco. Sacarle dinero a las entrevistas que incluyes en el CD extra. Es algo que nunca se les hubiera ocurrido a las discográficas. De todos modos, ésta es una época confusa. Yo aún recuerdo cuando sólo había cuatro canales de televisión.

¿Qué clase de espectáculo traerá en su gira por España? Se llama Un río de posibilidades, y es la suma del repertorio de mis dos últimos discos. Me he enterado de que en Vitoria coincidiré con Wayne. Será divertido. Él y yo nunca competimos. Nos amamos demasiado.

¿Es que usted no tiene enemigos? Sí. Yo mismo [risas]. Aparte de eso, si los tuviera, mi primera pregunta sería, ¿de qué modo estoy contribuyendo a ello?

"Querida Europa..."

MIGUEL MORA - Potenza - 13/07/2008

La niña rumana Rebecca Covaciu resiste a una vida de persecución y miseria. Un viaje "de tristeza" desde Arad a Milán, Ávila, Nápoles y ahora Potenza

A sus 12 años, Rebecca Covaciu -ojos grandes, dientes blancos, sonrisa espléndida- ha vivido y visto tantas cosas, que podría escribir, si escribiera, un buen libro de memorias. Rebecca es rumana de etnia romaní, y ha pasado la mitad de su vida en la calle. Ha dormido en una furgoneta, una chabola, al raso.

A sus 12 años, Rebecca Covaciu -ojos grandes, dientes blancos, sonrisa espléndida- ha vivido y visto tantas cosas, que podría escribir, si escribiera, un buen libro de memorias. Rebecca es rumana de etnia romaní, y ha pasado la mitad de su vida en la calle. Ha dormido en una furgoneta, una chabola, al raso. Algunos días ha mendigado con sus padres por España e Italia. Otros, ha visto destruir su barraca, ha sido agredida por la policía italiana, ha oído bajo una manta cómo su padre era apaleado por defenderla, ha visto morir a niños por no tener medicinas, ha conocido el miedo de los gitanos que huyeron de Ponticelli (Nápoles) cuando su campamento fue incendiado. Pero Rebecca ha resistido. Y ha conmocionado a Italia con su historia en primera persona. Una carta en la que resume su sueño: ir al colegio y que sus padres tengan trabajo.

Con su sencilla carta, titulada "Querida Europa", y una serie de dibujos, Los ratones y las estrellas, inocentes y precarios, pero tan especiales como ella, ha demostrado su talento. Y es que Rebecca, en vez de deprimirse con esta "vida de tristeza", ha gritado al mundo su historia dickensiana en primera persona, convirtiéndola en un alegato de justicia y esperanza. A sus sueños privados de ir al colegio y de que sus padres tengan trabajo "para no pedir limosna", añade otro más amplio: "que Europa ayude a los niños que viven en la calle".

Ahora, Rebecca está contenta. Desde hace unos días vive, sueña y dibuja en una pequeña casa de campo situada cerca de un pueblo de la Basilicata, una región montañosa y agrícola, 250 kilómetros al sur de Nápoles.

Cae la tarde y la luz de la antigua Lucana romana es un espectáculo. Rebecca y su padre, Stelian, reciben sonrientes en la puerta, su madre Georgina saca un café turco y una tarta, y enseguida la niña trae su carpeta de dibujos y los enseña. Despacio, con orgullo pero sin presumir: "Unos árboles de colores, un ángel, una playa italiana, unos niños bañándose, un príncipe y una princesa, una pareja de novios (italianos también), dos palomas, un jarrón de flores, un collar de Versace, fruta, más fruta...".

Rebecca salió de su pueblo, Siria jud Arad, cerca de Timisoara, hace cinco años; ahora habla rumano, romaní, italiano y un poco de español. "Lo aprendí en Ávila cuando vivimos en España", explica en italiano. "No teníamos casa y dormíamos en la furgoneta. Hice allí tercero de primaria, me acuerdo mucho de la profesora. Me quería mucho, le gustaban mis dibujos".

La niña es la líder de su familia. Y gran parte de su futuro. Aparte de su talento para pintar, reconocido por Unicef en mayo pasado cuando le otorgó en Génova el Premio de Arte e Intercultura Café Shakerato, Rebecca es dulce, educada y juiciosa. Mientras habla a toda pastilla, como un libro abierto, sus padres, Stelian, de 43 años, ex campesino y pastor evangelista, y Georgina, de 37; sus hermanos Samuel (17), Manuel (14) y Abel (9), y la mujer de Samuel, Lazania, embarazadísima a los 16, la miran con una mezcla de sorpresa y reverencia, como si fuera una extraña. En cierto modo lo es.

Los Covaciu llegaron a esta casa de noche. Venían en tren, un largo viaje desde Milán. Unos días antes, varios policías habían molido a palos a Stelian. "Me amenazaron con volver si les denunciaba", recuerda. Lo hizo, y hubo que coger el hatillo.

Ahora, mientras trata de superar el susto y el dolor de los golpes, Stelian, un hombre que cuando habla parece a punto de llorar, se declara "feliz, gracias a Dios y a estos señores italianos tan generosos que nos han dejado su casa".

Se refiere a G. y A., una pareja de mediana edad que reside en Potenza, la lejana capital de provincia. "Conocimos la historia de Rebecca por Internet, y de la noche a la mañana decidimos refugiarlos en esta casa que no usamos", explican. A cambio, una firma en un contrato de alquiler gratuito y por un año. G. y A. prefieren no ser identificados. "No queremos convertirnos en prototipo mediático de la familia italiana solidaria". Pero su altruismo ha devuelto la sonrisa a la prole de Stelian.

La familia llevaba cinco años sin dormir bajo un techo de verdad. "En Siria teníamos casa, pero no teníamos pan", explica Rebecca, "y comíamos de la limosna de los vecinos. Luego, en Milán, mis padres no encontraron trabajo", continúa sin dramatismo, "y también teníamos que pedir. No podíamos ir al colegio porque no teníamos casa. Pero ahora me han dicho que podremos ir".

Para poder acceder a la escuela, los Covaciu necesitan demostrar un domicilio fijo y estar apuntados en el censo municipal. Precisamente ésa es una de las razones que ha invocado el Gobierno italiano para elaborar el polémico censo de la comunidad romaní. De los 140.000 gitanos que viven en el país, la mitad son italianos y casi un tercio son rumanos. Y el 50% son menores de edad. Muchos de ellos están sin escolarizar.

Como otros compatriotas y hermanos de etnia, los Covaciu atravesaron con su furgoneta Hungría y Austria para llegar a Milán cumpliendo el rito del efecto llamada. Tras unos meses probando fortuna, sin éxito, decidieron intentarlo en España. "Un amigo que vivía en Ávila nos dijo que tenía casa, papeles y trabajo, pero llegamos tarde. Metimos a los niños en el colegio, pero no encontramos trabajo. Así que nos fuimos a Torrelavega, estuvimos dos meses. Volvimos a Milán".

Georgina habla italiano, algo de español y un poco de francés. También vivió en Alemania. "Fue en 1990, Samuel nació allí. Estábamos bien, pero a los dos años nos pagaron un subsidio y nos mandaron a Rumania". Aunque se define como "mitad rom y mitad no", lleva 10 dientes con fundas de oro. "¡Sólo cuestan 10 euros cada uno!", se defiende riéndose. "Nos los puso un médico sirio ambulante en Milán, ahora están de moda en Rumania. La única que se niega a ponérselos es Rebecca".

Al principio, en Milán, todo iba más o menos bien, recuerda la niña: "Hicimos una chabola con cartón y plásticos debajo de un puente en el barrio de Giambellino". Era un pequeño asentamiento ilegal donde vivían otras cinco familias de Timisoara. "Para comer, pedíamos en el mercado de los anticuarios. Sólo un par de horas, para que los niños pudieran comer", asegura la madre bajando los ojos. Como se ve en uno de sus dibujos de Rebecca, también ella mendigó algún "día triste"; su hermano Manuel, al que llaman Ioni, tocaba el acordeón.

Hace un año, Roberto Malini, un dirigente de EveryOne, una joven ONG proderechos humanos que atiende a unas 60 familias de etnia gitana en Milán, se cruzó en la vida de los Covaciu. "Vi a un grupo de gente insultando a un niño gitano muy flaco que les miraba aterrorizado mientras sostenía un perro en brazos". Era Abel, el pequeño. "Le acusaban de haber robado el perro y querían lincharle. Tratamos de poner calma, y en esas llegó su madre con los papeles del perro. Lo habían traído desde Rumania".

EveryOne se hizo cargo de las necesidades básicas de los Covaciu cuando éstos empezaban a entender que una parte del país estaba harta de los gitanos. "A nosotros nos da miedo la policía y nosotros le damos miedo a los italianos. Así es la cosa", dice Georgina.

Según el último Eurobarómetro sobre discriminación, los italianos son los europeos que, junto a los checos, se sienten más a disgusto con los gitanos. Un 47% de los encuestados en Italia afirma que no querría un romaní como vecino. La sensación crece en toda Europa, aunque la media de intolerancia en la UE a 27 es de la mitad: un 24%.

El miedo está instalado en mucha gente por lo menos desde hace ocho años. Ya en 2000, antes de las últimas elecciones ganadas por Silvio Berlusconi, la Liga Norte del actual ministro del Interior, Roberto Maroni, lanzó una furibunda campaña contra los romaníes usando los eslóganes oídos tantas veces desde que hacia el año 1400 los gitanos llegaran a Occidente: violan y asesinan a nuestras mujeres, raptan a nuestros niños, roban en las casas, no quieren trabajar ni ir a la escuela.

La letanía no incluía algunos datos que ayudarían a completar la fotografía. La esperanza de vida de los gitanos que viven en Italia es de 35 años. Su índice de mortalidad infantil es 10 veces más alto que el de los niños no gitanos. El último robo de un niño a manos de un gitano fue registrado en Italia en 1899.

"La estrategia del odio fue calando y dio muchos votos a la Liga y a la derecha", recuerda Malini. "Los gitanos pasaron de ser una molestia a convertirse en el centro de la emergencia de seguridad. Ahora, la consigna oficial es salvar a los niños gitanos de los ratones y de la explotación de sus padres. Para conseguir ese objetivo tan loable vale todo: que la policía los acose, aplicar ordenanzas discriminatorias como la de las huellas dactilares, e incluso sustraerle niños a las familias acusándolos de mendicidad o hurto para llevarlos al Tribunal de Menores. Hemos denunciado al Parlamento Europeo varios casos en Nápoles, en Rímini y en Florencia. ¿Quién roba niños a quién?".

Otra opción consiste en arrasar las chabolas ilegales e invitar a los pobladores a volver a su país. El 24 de abril, el gobernador de Lombardía envío la excavadora al barrio milanés de Giambellino con un grupo de antidisturbios. El minicampamento donde vivían los Covaciu quedó hecho escombros en un minuto. "Fue un desalojo brutal", recuerda Malini. "Les obligaron a salir de las chabolas y los pusieron en fila a contemplar la destrucción". Rebecca: "Nos dijeron que no podíamos recoger nuestras cosas porque con el nuevo Gobierno ya no íbamos a poder seguir en Italia". Los Covaciu y cinco familias más lo perdieron todo. "Estuvimos unos días durmiendo en la Casa de Caridad y Roberto nos mandó a Nápoles", añade.

Cuando el tren llegaba al sur, una turba organizada por la Camorra atacaba y quemaba los campamentos de Ponticelli, donde vivían 700 personas. "Dormimos en una escuela, había muchos rumanos", recuerda Rebecca. "Las mujeres contaban que pasaron mucho miedo. Se acercaba gente a las ventanas y nos gritaba: '¡Fuera de aquí, zíngaros, iros a vuestro país!".

Nuevo regreso a Milán. Rebecca sigue dibujando, el Gobierno anuncia las medidas de emergencia rechazadas esta misma semana en el Parlamento Europeo. Además de princesas y playas imaginadas, la niña pinta su vida real. Retratos de la marginación, la diáspora, la mendicidad. EveryOne los presenta al premio de Unicef. Entre 150 candidatos, Rebecca gana con Los ratones y las estrellas. "Primero dibujé a Roberto, me dijo que era una artista. Hice otros más, los puso en su página web y me dieron el premio y esta medalla".

Los medios la convierten por un día en "la pequeña Ana Frank del pueblo gitano". Sus dibujos viajan a la exposición colectiva Psique y cadenas, inaugurada el Día del Holocausto en Nápoles. Y son recibidos como testimonio contra la segregación racial en el Museo de Arte Contemporáneo Hilo de Hawai.

Tras la fama efímera, los Covaciu instalan su nueva tienda de campaña en la zona de San Cristóforo. Una mañana, hace 10 días, llegan dos hombres a la tienda y, sin mediar palabra, empiezan a pegar a Ioni y a Rebecca. El padre intenta defenderlos y también cobra. La ONG decide contarlo a la prensa. Dos coches de policía vuelven al lugar. "Eran los mismos del día anterior, pero esa vez llevaban uniforme", dice Rebecca. "Me metí en la tienda y me tapé con la manta, los policías se llevaron a papá y empezaron a pegarle. Le oía gritar muy fuerte".

"Traumatismo craneal por agresión". Eso dice el parte médico que el pastor evangelista recibió en la casa de socorro. Allí le visitaron otros policías. El mensaje era claro: "Si denuncias, volveremos". Covaciu decide denunciar. Eso supone irse de la ciudad, alejarse, esconderse. Ahí aparece la pareja de Potenza. "Cuando el Estado maltrata así a la gente, lo que consigue es que surja la solidaridad", medita el señor G.

Los Covaciu llegaron de noche a esta preciosa zona de Italia. A sólo dos kilómetros, hay un pueblo tranquilo, un colegio rural y un cura, don Michele. "La historia de los Covaciu prueba que no tenemos una política de integración", explica. "Todo depende del voluntarismo de la gente. Como la Biblia es una historia de emigración, Dios no se asusta".

Rebecca se despide regalando dibujos a todo el mundo.

-¿Qué vas a ser de mayor?

-Quiero cuidar de los niños pobres y ser pintora.

-¿Y tú crees que en Europa hay racismo?

-¿Qué significa racismo?

viernes, 11 de julio de 2008

La más maravillosa música



11.07.08

Una encuesta revela que los ciudadanos consideran que el Ejecutivo debe tomarlos en cuenta aunque no haya elecciones.Según una encuesta internacional, que tiene además un apartado dedicado de manera exclusiva a la Argentina, el 74 por ciento de las personas considera que los gobiernos deben escuchar la voluntad popular “más allá de las elecciones”.

El estudio, que se vuelve significativo en la Argentina a la luz de las alusiones del Gobierno a su legitimidad para “tomar decisiones” frente a las protestas de los “golpistas” nucleados en torno de las entidades rurales, fue realizado por el Programa Actitudes Políticas Internacionales de la Universidad de Maryland, Washington.

Para el trabajo se consultó a 23.361 personas en 19 países, incluida la Argentina, donde la encuesta fue llevada a cabo por la consultora Graciela Römer.

El resultado fue contundente: el 74 por ciento de los entrevistados dijeron que creen que sus gobiernos deben tener en cuenta la opinión de la ciudadanía antes de tomar decisiones de peso, aunque en su momento hayan sido elegidos a través de elecciones.

Esta conclusión tiene una enorme actualidad para la coyuntura nacional: en medio del conflicto con el campo, la Presidencia insiste con la tesis que postula que tiene derecho y consenso suficiente para imponer la suba de las retenciones porque Cristina Kirchner ganó los comicios el año pasado.

Ayer, el propio Néstor Kirchner se encargó de insistir en un discurso junto a parte de la cúpula del PJ en que el gobierno de su esposa “fue votado” y que el paro de los productores rurales tiene intenciones “antidemocráticas”.

El 82 por ciento de los encuestados argentinos –800 casos de ciudades de población de más de 500 mil habitantes– contestaron que el Gobierno debe atender “todo el tiempo” la voluntad popular.

El 14 por ciento, en cambio, explicó que cree que el Ejecutivo debe atender a la opinión popular “sólo en las elecciones”.

Además, según el estudio de Römer, “los argentinos perciben que su deseo de que la voluntad popular se refleje en las decisiones del Gobierno se ve realizado solo en parte”.

En una escala con un mínimo de 0 y un máximo de 10, el 4,4 de los entrevistados contestaron que el país está gobernado de acuerdo con la voluntad popular.

A su vez, el 7,7 de los encuestados explicaron que creen que ese es el ideal de Gobierno: prestar oído a la palabra del pueblo.

Según la conclusión de Römer, “comparativamente, los argentinos son poco demandantes: la influencia que desearían se asignara a la voluntad popular sólo supera la que existe en un pequeño grupo de países (India y Jordania, entre otros)”.

Diario Crítica de la Argentina.

jueves, 10 de julio de 2008

Alfonsín es un ciudadano ilustre

Por Alfredo Leuco Miércoles 02 de Jul de 2008

Ahí está don Raúl, convertido en ciudadano ilustre. Reconocido por la historia. Tal vez ningún otro ex Presidente lo pueda hacer, pero ahí está don Raúl caminando por las calles con dignidad y la frente alta. Ahí está don Raúl el padre de la democracia recuperada, caminando lento, como perdonando el viento, según la poesía emblemática del día del padre. Ahí está don Raúl firme en sus convicciones a los 82 años y peleando con coraje contra una maldita enfermedad que lo tiene contra las cuerdas. Ahí está don Raúl que – mirado en perspectiva- fue uno de los mejores presidentes que nos supimos conseguir. Con todos sus errores, con todas sus equivocaciones, a 25 años de la epopeya de la vuelta a la libertad creo que Alfonsín es mejor que la media de los presidentes que tuvimos y –si me apura- creo que es mejor que la media de la sociedad que tenemos. Ahí anda don Raúl con las manos limpias, viviendo en el mismo departamento de siempre, austero como don Arturo, honesto como Alem manda. No quiero decir que el doctor Raúl Alfonsín haya sido un presidente perfecto. De ninguna manera. Es tan imperfecto y tan lleno de contradicciones como todos nosotros. La democracia es imperfecta. Apenas, es el sistema menos malo. Pero nadie puede desmentir que Alfonsín es un demócrata cabal. Nunca ocupó ningun cargo durante ninguna dictadura. Y eso que muchos de sus correligionarios si lo hicieron. Estuvo detenido por defender sus ideas. Es un auténtico defensor de los derechos humanos de la primera hora y en el momento en que la balas picaban cerca. No de ahora. Fue defensor de presos políticos durante la dictadura, reclamó por los desaparecidos y es co-fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. El abogado de Chascomús, el gordito reformista y burgués, según los revolucionarios de entonces hizo todo eso. El abogado de Santa Cruz, el flaquito de la Jotepé, hizo todo lo contrario. Digo, como para poner las cosas en su lugar. Como para respetar la verdad historica. Por eso, con toda autoridad, despues fogoneó el Nunca mas y la Conadep y el histórico Juicio a las Juntas Militares que ningun otro país del mundo se atrevió a hacer con la dictadura en retirada pero todavía acechante y poderosa. Por eso tuvo sublevaciones militares carapintadas, paros salvajes de la CGT y golpes de mercado que intentaron derrocarlo. Es verdad que también existieron los errores y los horrores propios . La economía de guerra y el desmadre inflacionario. La gran desilusión frente al felices pascuas y la casa está en orden. O el Punto Final y la Obediencia Debida. Y el derrumbe de la confianza en la capacidad para gobernar el descontrol que terminó con la entrega anticipada del poder. O el pacto de Olivos. Si tratamos de ser lo mas ecuánimes y rigurosos posibles aparecen las luces y las sombras. Pero el paso del tiempo y la comparación con lo que vino lo deja a Raúl Ricardo Alfonsín del lado bueno de la historia. En la vereda del sol. Caminando con dignidad con la frente alta y las manos limpias. Ahí está don Raúl Alfonsín. Un ciudadano ilustre.

jueves, 3 de julio de 2008

Aunque enmarañado por los subsidios, el modelo K de redistribución se parece al de Menem o De la Rúa

Por Aleardo F. Laría

Toda política que aspire a conseguir una redistribución más justa de la renta en nuestro país merece ser bien acogida. Pero otra cuestión es verificar si los buenos deseos se ven correspondidos en la realidad


América latina es considerada la región con mayor desigualdad en el mundo. Uno de los modos de medir el grado de desigualdad en un país consiste en establecer cuántas veces la renta del 10% más rico supera al decil que está situado en la base de la pirámide. Esa relación en Argentina es de 31 veces mientras que en Japón, por ejemplo, es de sólo 7.
Por consiguiente, toda política que aspire a conseguir una redistribución más justa de la renta en nuestro país merece ser bien acogida. Pero otra cuestión es verificar si los buenos deseos se ven correspondidos por políticas que alcanzan a modificar la realidad. El medio más directo y eficaz para redistribuir la renta es el sistema impositivo. Sin embargo, en la Argentina, el sistema impositivo mantiene un sesgo regresivo. El peso de los impuestos directos (33% del total de la recaudación) sigue siendo mucho menor que el de los impuestos indirectos (66%).
El IVA, un impuesto que pagan pobres y ricos, tiene una alícuota muy elevada (21%) frente al 16% de España. La renta financiera (intereses y dividendos) sigue sin estar gravada y las plusvalías obtenidas por la venta de las acciones de una empresa no tributan. Otro modo de verificar la eficacia del sistema impositivo es medir la presión impositiva, es decir la cantidad total recaudada en relación con el Producto Interior Bruto (PIB). Es una media, es decir que puede haber contribuyentes que paguen mucho y otros que no paguen nada porque evaden. Pero igualmente sirve de referencia porque la existencia de una elevada evasión es también un signo de redistribución regresiva del ingreso.
En la Argentina, la presión impositiva ha ido subiendo en los últimos años pero, en términos comparativos, sigue siendo baja. Según un informe de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) la presión tributaria total pasó de 25,5% del PIB en 2000 a 31,4% en 2006. Es una cifra todavía inferior a la que tiene Brasil (33,4%), Alemania (37%) o los países escandinavos (en Suecia alcanza 51,5%).
En definitiva, al no haberse modificado en los últimos años el sesgo regresivo del sistema impositivo, se puede afirmar decir que no se percibe una diferencia entre el modelo "K" y los modelos fiscales anteriores. En todo caso, hay que reconocer una mayor eficacia en la gestión recaudatoria, lo que ha permitido reducir la evasión fiscal, debido a la mejora de los sistemas informáticos y catastrales implantados en los años 90.
Podría entenderse que otro modo de redistribuir ingresos se consigue a través de las políticas de subsidios para evitar el incremento de algunos precios relevantes en la cesta de los consumidores. En la Argentina, el Estado paga subsidios a la industria harinera y a la aceitera para evitar la suba del precio del pan y del aceite; al gasoil para evitar el aumento del precio de los transportes; etc.
Esta política de subsidios no es habitual en los países avanzados porque provoca graves distorsiones en los precios relativos, constituye un entramado muy difícil de desarmar en el futuro y tiene un peso cada vez mayor en el presupuesto del Estado, donde ya representa 25% del gasto público, superando el gasto en sueldos y salarios del personal del Estado.
Desde el punto de vista redistributivo, sus efectos son imprecisos. Un subsidio a la tarifa eléctrica beneficia a las clases medias de elevados ingresos, tanto como a los hogares humildes que tienen acceso al servicio, algo que no todos consiguen. El subsidio a la tarifa del gas no alcanza a favorecer a los hogares no conectados a la red que deben pagar la garrafa del gas licuado a un precio mucho más elevado.
La política actual de subsidios parece más bien dirigida a contener el índice inflacionario, para evitar así que aumente el costo de la deuda pública indexada con el IPC, más que a redistribuir ingresos. Por otra parte, el sistema de subsidios es una fuente de corrupción porque deja en manos de los gestores públicos un enorme poder para retrasar o avanzar los pagos y da lugar a un costo administrativo de gestión que lo hace altamente ineficaz.
Tal vez sería más razonable sustituir todo el sistema de subsidios por una renta básica dirigida a los hogares más humildes, previamente censados por un procedimiento objetivo y abonada por el sistema bancario para evitar mediaciones indeseadas. Otra forma de redistribuir el ingreso se consigue por un medio indirecto, mediante la entrega suficiente -y respetando mínimos de calidad- de los denominados "bienes públicos", como la salud, la educación, la vivienda y la protección ante la incertidumbre. Si los sectores humildes tuvieran acceso a un seguro de desempleo, a hospitales públicos de calidad, escuelas bien dotadas y accedieran a viviendas dignas con créditos hipotecarios subvencionados a largo plazo, se podría aceptar que estamos ante política reales de redistribución.
Sin embargo, observando la realidad actual, no parece que en los últimos años se hubiera producido un incremento o mejora de los bienes públicos puestos a disposición de los más humildes.
Resta analizar si el anuncio oficial de destinar una parte de los incrementos en las retenciones a las exportaciones -es decir sólo aquellas que superen el 35% vigente al 11 de marzo- para la construcción de 30 hospitales públicos de complejidad 4 implica un cambio sustancial de políticas. Hay que decir, en primer lugar, que las retenciones a las exportaciones, por su carácter de instrumentos de política cambiaria, sometidas a los vaivenes propios de los precios de las commodities en los mercados internacionales no es un medio idóneo para financiar obra pública.
Sólo hay que imaginar un descenso del precio internacional de la soja a los niveles en que se aplica una retención de sólo 35%. ¿Se dejarían en este caso los hospitales a medio construir por haber desaparecido la previsión presupuestaria de ingresos? Por otra parte, la vulneración flagrante de la Ley de Coparticipación, demuestra que lo que aparentemente se entrega a las provincias por una partida, no alcanza a compensar lo que se les sustrae por la otra. Los 30 hospitales que supuestamente se darían a las provincias a lo largo de dos años representan una inversión estimada provisoriamente en unos 3.000 millones de pesos.
Sin embargo, el incumplimiento de la vigente Ley 23.548 de Coparticipación -que obliga a la Nación a entregar a las provincias 57,36% de lo recaudado, cuando en realidad reciben sólo 30%- puede valorarse en una suma de unos 15.000 millones anuales. Es decir, que la entrega de la suba de las retenciones apenas cubre 10% de la deuda que la Nación mantiene con las provincias.
La conclusión parece obvia. No se está en presencia de un modelo de redistribución social diferente al que tenía Menem o De la Rúa. Sin embargo, la revitalización que ha vivido el Congreso al recibir el espinoso asunto de las retenciones, puede ser un revulsivo que permita introducir el tema de fondo representado por la discrecionalidad más absoluta en el reparto de los fondos coparticipables. La Constitución de 1994 le dio al Congreso un plazo que vencía a finales de 1996 para que el Congreso dictara una nueva ley de coparticipación. Hay en curso un módico retraso de 12 años en el cumplimiento del mandato constitucional. Tal vez, ha llegado el momento para que los diputados se desperecen y pongan manos a la obra

Brasil lanza un nuevo plan agrícola para aprovechar los precios récord de los alimentos en el mercado mundial

Lo anunciará hoy el presidente Lula da Silva en Curitiba. Tiene como objetivo aumentar la producción agrícola en un 400% en un año.

En medio de un contexto mundial de precios récords de las materias primas, el gobierno brasileño reforzará el sistema de subsidios al sector agrícola con el objetivo de elevar significativamente la producción de alimentos. La iniciativa forma parte de un nuevo plan agrícola que será anunciado hoy en Curitiba por el presidente Luiz Inacio Lula da Silva y que destinará alrededor de 40 mil millones de dólares a la financiación de la llamada agricultura empresarial, informó el diario especializado Valor Económico. “ Ahora los precios de los alimentos están altos y el país tiene que aprovechar las oportunidades”, dijo el ministro de Agricultura, Edilson Guimaraes a la estatal Agencia Brasil, quien además explicó que la iniciativa también tiene como objetivo controlar la inflación interna sin recurrir a mecanismos de controles de precios. El nuevo plan agrícola pretende aumentar de 1,5 a 4 millones de toneladas la producción anual de granos, lo que equivale a un crecimiento de cerca del 400%. También prevé garantizar precios mínimos a los productores y aumentar su liquidez reduciendo el impacto de los costos de producción (entre ellos, las tasas cobradas por fletes de fertilizantes), informó el diario El Cronista. Durante su discurso en la Cumbre del Mercosur en la capital tucumana, Lula pidió a los gobiernos de países latinoamericanos que adopten una estrategia común para evitar que los países ricos culpen a las economías emergentes por el aumento en el precio de los alimentos e insistió en la necesidad de consensuar un plan anti-inflacionario.

martes, 1 de julio de 2008

Cristina Perón


Incapaces de gobernar sensatamente el presente, los Kirchner reinventan el peronismo del pasado

Pilar Rahola | 24/06/2008

La foto del miércoles en la plaza de Mayo era impagable. Cristina abrazaba a su marido Néstor, delante de miles de seguidores que inundaban la mítica plaza con las banderas blanquiazules. Emulando las viejas escenas de Evita y Perón, perfectamente ubicadas en el subconsciente argentino, Néstor Kirchner protagonizó el punto álgido de un estudiado melodrama y, en tono de tango arrabalero, le espetó "te amo mucho", fusionando definitivamente la alcoba y el poder.

En los entreactos de este escenificado clímax, todo se había cuidado al detalle, desde los amigos piqueteros, que tanto saben de secuestrar la calle, hasta las arengas a la patria, confundida la nación con el poder y el poder, con la persona. Peronismo puro, en el sentido mesiánico que puede contener el término.

A partir de esa imagen de una pareja de poder, en caída libre de popularidad, agarrados a todos los mecanismos institucionales que han conseguido controlar, Cristina y Néstor reinventaban el pasado, incapaces de gobernar sensatamente el presente. Y así, con el campo sublevado, los periodistas fustigados, la clase media fatigada, los sectores de la extrema izquierda sobreprotegidos, y las expectativas económicas rozando la inestabilidad, la familia K intentaba encontrar en el viejo peronismo la última salvación a su pertrecha popularidad. Si no son buenos gobernantes, que sean buenos actores de melodrama. "Eso -me dice un ex diputado radical- siempre vende en mi país".

Se preguntaba no hace mucho el fino analista argentino Joaquín Morales Solá "¿quién manda en Argentina?", y su respuesta era tajante: Néstor concentra todo el poder, convertida su mujer en el instrumento para una "implícita reelección indefinida, que la Constitución argentina prohíbe". En la práctica, ese poder casi absoluto habría implicado decidir ministros, imponer medidas económicas, dirigir a piqueteros y, en definitiva, mandar desde el lecho, como si fuera la sombra alargada del despacho.

En una de las famosas 20 verdades del peronismo, el propio Perón dijo que "cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca", y esa metamorfosis parece definir hoy la pareja que gobierna la Casa Rosada. Poder casi absoluto, democracia de bajo perfil, amordazamiento de la oposición, persecución del periodismo libre, demonización de los sectores civiles opositores, confusión entre los intereses del país y los de sus gobernantes y, en definitiva, una presidencia que está más obsesionada en vigilar al ciudadano que en garantizar sus derechos.

El propio Perón, que lo dijo casi todo, también había dicho esto: "El hombre es bueno, pero si se le vigila es mejor". Y parece que los Kirchner cumplen a rajatabla las enseñanzas del líder, especialmente las que tienen que ver con el control y la vigilancia...

Lo peor es que Argentina, que es uno de los países más importantes de todo el continente americano, y cuya estabilidad es fundamental para la estabilidad de todo el cono sur, ha iniciado un errático proceso cuya derivada no parece ir a buen puerto. En lo económico, los errores de los Kirchner se acumulan, sorprendentemente en un momento de magnífica bonanza. En lo social, la fractura parece evidente y no mejora con cada acción del Gobierno, sino al contrario. El efecto K trabaja para ahondar dicha fractura, quizás convencidos de que el "conmigo o contra mí" aún les resulta útil. Sin embargo, ¿hasta cuando? Y en lo político, Argentina cabalga hacia un populismo de viejo cuño que, como aseguran los analistas, puede resucitar al peronismo más añejo, pero también dinamitarlo. Dice nuevamente Morales Solá: "La ruina del peronismo pondría a Argentina a las puertas de una aventura autoritaria y populista". Ergo, la acercaría a la nefasta aventura chavista. De momento, lo que tenemos es un tango cantado en plena plaza de Mayo. Melodrama en estado puro. Y es que cuando falla la política, siempre queda el teatro.

La ideología del enemigo total

GREGORIO PECES-BARBA 01/07/2008
Gregorio Peces-Barba Martínez es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

La ideología del enemigo sustancial es el mayor peligro para una concepción humanista de la historia y de la cultura y para una concepción integral de la democracia, con sus componentes liberales, socialistas y republicanos. Las ideas de progreso, de dignidad humana, de libertad, de igualdad y de fraternidad, propias del humanismo, que se reafirma en la modernidad, desde el hombre centro del mundo y centrado en el mundo, sufren desde el tránsito a la modernidad hasta hoy el ataque disolvente y destructivo de las diversas formas que presenta la ideología del enemigo sustancial. Es una variante, quizás la más radical y peligrosa del pesimismo antropológico de la vieja idea de que el hombre es un lobo para el hombre. Es la tradición de Horacio, con precedentes en el mundo griego, y que reaparece en el siglo XVII con Hobbes, y con otros representantes de la cultura barroca. En el capítulo XIII de la Parte Primera del Leviatán describe la situación del hombre en el Estado de naturaleza como de guerra de todos contra todos y donde "todo hombre es enemigo de todo hombre". Esta cultura del enemigo total se refleja en las sociedades, en las ideologías políticas e incluso en la propia personalidad de quienes la asumen. Se refleja en sociedades, autoritarias, totalitarias, excluyentes y belicistas y en personas dogmáticas, violentas, agresivas, intolerantes y que cultivan el odio. Son modelos antidemocráticos, antiliberales, antisolidarios y antipluralistas que en las personas que lo forman fomentan rechazos a la dignidad humana, al respeto, a la amistad cívica, al juego limpio. Esta cultura es inexorablemente fundamentalista e impulsa la destrucción del adversario, como enemigo sustancial, como incompatible absolutamente para la convivencia. Así el "todo hombre es enemigo de los demás", se transforma para esas posiciones, en la defensa de un yo inocente, justo y poseedor de la verdad, frente a los otros, que son los enemigos.
En 1930, Thomas Mann elevó su voz contra el nazismo ascendente: "... Una política grotesca, con modales de ejército de salvación, basada en la convulsión de las masas, el estruendo, las aleluyas, y la repetición de consignas monótonas, como si de derviches se tratase, hasta acabar echando espuma por la boca. El fanatismo erigido en principio de salvación, el entusiasmo como éxtasis epiléptico, la política convertida en opio para las masas del Tercer Reich, o de una escatología proletaria, y la razón ocultando su semblante". Aquella predicción de lo que estaba por pasar la expresó el autor de La montaña mágica en la Beethoven Saal de Berlín, anticipándose lúcidamente a la más cruel expresión del enemigo sustancial, la que justifica Carl Schmidt y realizarían Hitler y sus secuaces nazis hasta su derrota en la Guerra Mundial. La justificación teórica, en abstracto, está en El Concepto de lo Político de 1932. Schmidt lo identifica con el otro, con el extranjero, donde "los conflictos que con él son posibles... no podrían ser resueltos ni por un conjunto de normas generales, establecidas de antemano, ni por la sentencia de un tercero reputado, no interesado e imparcial". Como se ve, descarta al derecho y la posibilidad de pacto social, y al justificar más tarde con esa base doctrinal las leyes de Nuremberg de 1935, está señalando la solución para exterminar al enemigo sustancial fuera del derecho: los campos de concentración y de exterminio. Es la salida normal de "todo sujeto sin valor, indigno de vivir". Por eso justificará las leyes raciales de Nuremberg de 15 de septiembre de 1935, donde se señala a los judíos como los enemigos sustanciales. Son sus trabajos La Constitución de la libertad y La Legislación Nacional socialista y la reserva del 'Ordre Públic' en el Derecho Privado Internacional. Lo completará más tarde, en octubre de 1936 en el Congreso del Grupo de Profesores Universitarios de la Unión Nacional Socialista de Juristas con un comentario final sobre la Ciencia del Derecho Alemán en su lucha contra el Espíritu judío. En ese contexto resulta sorprendente que en la publicación castellana de Tierra y Mar, en 2007, tanto el prologuista como el epiloguista ignoran esa etapa negra del pensamiento de Schmidt. Era efectivamente un encantador de serpientes, que a muchos en la derecha y en la izquierda les produjo y produce un bloqueo moral inexplicable.
En todo caso, la ideología del enemigo sustancial afectó con el leninismo y el stalinismo al marxismo y es también una enfermedad crónica en la cultura de las religiones, cuando se institucionalizan y se organizan jerárquicamente. No está ni en el Sermón de la Montaña ni en los Evangelios, pero sí aparece hasta hoy en la doctrina de los papas y de los obispos, siempre desconfiando de la Ilustración, de la laicidad y de la libertad religiosa. En otras religiones, incluso el reflejo de la ideología sigue siendo brutal y con ello se justifica el asesinato y la guerra contra el infiel hasta su exterminio.
Junto a las dimensiones radicales existen otras formas más débiles, pero donde las raíces de la intolerancia y del afán del exterminio del enemigo están presentes, aunque templadas por estructuras políticas, jurídicas y culturales que las atenúan y quizás por el desconocimiento de quienes incurren en ellas, aunque no lo sepan. Son fenómenos que se producen en las sociedades democráticas donde la cultura de la ideología del enemigo sustancial subyace a muchas posiciones, y afecta también a personas que no han asumido el pensamiento liberal, democrático, social y republicano que conforman el talante de respeto y de nobleza de espíritu y de amistad cívica de los que no creen que ningún hombre aporte una verdad total y redentora.
Aquí se fundan todas las fundamentaciones religiosas, políticas y culturales. Aquí encontramos a Bolton o a John Yoo defendiendo las políticas de Bush sobre la tortura, el estado permanente de excepción o la detención sin juicio. También a los obispos y cardenales que se consideran depositarios de verdades absolutas incompatibles con el pluralismo y por encima de la soberanía popular y del principio de las mayorías, a los políticos que desprecian a sus adversarios y que discriminan, como hace la presidenta de la Comunidad de Madrid, entre asociaciones de víctimas a quienes apoya, frente a otra, mayoritaria, que es marginada, car tel et mon bon plaisin, según la fórmula que justificaba las decisiones de los monarcas absolutos. Ése fue en muchos temas el comportamiento de muchos dirigentes del PP en la anterior legislatura. Creo que es a eso, a la utilización atenuada de la ideología del enemigo sustancial, a lo que se refiere Rajoy cuando habla de que hay cosas que cambiar. Ojalá eso nos lleve a un centro derecha abierto, centrista y liberal, que tanto necesita este país. Finalmente, esta epidemia intelectual y moral alcanza también al modelo de la cultura cuando un escritor de éxito desprecia y descalifica al resto de los escritores. Todas estas actitudes desvirtúan y se alejan de la idea de dignidad humana y del respeto a los demás. Frente a ellas, la vacuna, la terapia, es más democracia, aunque siga siendo el peor de los regímenes con excepción de los demás experimentados hasta ahora.
¡Sapere aude! para todos.

lunes, 30 de junio de 2008

El imán del pasado

27 junio, 2008 - José Andrés Rojo

En su último ensayo, Rafael del Águila se asoma a los viejos ideales para rascar un poco y contar la cantidad de cadáveres que acumulan en los desvanes. Al recorrer sus páginas, es inevitable acordarse de la imagen del adolescente, rubio y guapo, con la mirada inocente depositada en un futuro lleno de posibilidades, que en la película Cabaret empieza súbitamente a cantar y que poco a poco va incorporando cientos de voces que resuenan como una llamada de lo más remoto para asumir grandes desafíos. Ya se sabe en qué acabó aquello: en los seis millones de judíos que cayeron simplemente por ser judíos y en todas las demás víctimas de unos iluminados que arrastraron a los suyos a la locura de recuperar unas esencias impolutas que se habían perdido. “La nación alemana, la raza aria, exige su derecho a sobrevivir a las agresiones de otras razas inferiores”, escribe Del Águila en Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales (Taurus). “El imperativo de la autopreservación es el ideal que justifica cualquier acción en su defensa. La defensa del destino, grande y magnífico, de los arios”.

“Algunos elementos de la queja identitaria tienen mucho sentido”, escribe Rafael del Águila. Existe exclusión, marginación, xenofobia y racismo. Lo relevante, en cualquier caso, es reparar en un impulso que se ha ido imponiendo con fuerza en los últimos treinta años, y que está lleno de peligros. La crisis de las utopías, que se precipitó de forma abrupta tras la caída del Muro de Berlín, ha producido la emergencia de otra estrategia para movilizar a las masas. Puesto que ya no sirve la creencia en la revolución, en el salto en el futuro hacia una sociedad más justa, lo que ahora se impone es la vuelta a un pasado ideal: en palabras de Del Águila, “la recuperación de lo auténtico en nosotros”.

Hay dos motores que alimentan este movimiento. Uno, la idea de que ahí, en un remoto pasado, existió alguna forma de pureza. Y dos, que esa pureza se fue perdiendo por la irrupción del otro. Estamos presos en un proceso de incontenible decadencia, consideran todos esos movimientos que encuentran en el pasado su verdadera patria perdida (nacionalismos, fundamentalismos religiosos, indigenismo...). La solución pasa por rescatar aquella antigua identidad. “Cuando las cosas se extreman”, escribe Del Águila, “lo que no es sino la búsqueda o la defensa de quienes somos se reconvierte en una suerte de ‘técnica’ dirigida a fomentar el sectarismo”.

Viene todo esto a cuento a propósito del sombrío panorama que se desprende de las últimas informaciones que llegan de Bolivia. La llegada al poder de Evo Morales abrió grandes esperanzas: se reparaba una injusticia histórica, la de la marginación de los indígenas en la marcha del país, y se abría una nueva época en la que a los sectores más desfavorecidos podría tocarles una parte mayor del pastel en el reparto de los recursos de una economía que pasaba por unos buenos momentos para generar riqueza. Más que alentar políticas de unidad, lo que Morales ha hecho es radicalizar la legítima reivindicación de reconocimiento de los indígenas para fomentar el sectarismo. Y no hay movimiento fuerte de izquierdas que esté intentando frenar semejante despropósito. Con lo que los sectores vinculados a las nuevas clases emergentes y a los viejos intereses de siempre han visto como se les servía en bandeja la posibilidad de defender “lo suyo”. Un desastre.

Es como Chávez, o quizás peor

30 junio, 2008 - Lluís Bassets

La comparación hasta ahora se establecía entre los dos vecinos. Sarkozy y Berlusconi tienen muchas cosas en común, una de las más destacadas su capacidad mediática, de actor uno y de magnate el otro, todo hay que decirlo. También han sabido pulsar algunas teclas similares, no precisamente las más limpias del teclado: el miedo a la inmigración, por ejemplo. Es evidente que Sarko se ha zampado el discurso de Le Pen, pero ha mantenido alejado de las instituciones a su Frente Nacional, y lo ha metabolizado; mientras que el Gran Silvio lo ha hecho con la Liga Norte pero la tiene dentro del Gobierno y le permite todas las iniciativas más extremistas. Los dos tienen también un sentido especial de la libertad económica, que juega sólo en la dirección que les conviene y se hallan en la tesitura de favorecer un cierto capitalismo de Estado que les hace parientes cada vez más próximos de Putin. La democracia soberana, por desgracia, es la moda de la temporada que se avecina, cosa que tiene poco que ver con la tradición de la división de poderes, los checks and balances y la fuerza de la sociedad civil y de sus instituciones, los medios de comunicación entre otras.

Pero lo que quiero comentar aquí se lo oí decir la pasada semana a una colega del periódico, Berna Harbour, y me parece una pista muy atinada: si Berlusconi estuviera en América Latina sería Chávez. Y esto es lo que le diferencia de forma definitiva de Sarkozy. Se dedica a gobernar y su mayoría a legislar para su exclusivo beneficio personal. El interés general es el interés de Sua Emittenza. Si la tentación de Sarkozy, muy francesa, es la de identificarse con la soberanía nacional, gracias a los ciudadanos que le votaron en esa insólita elección directa a dos vueltas que se hace en Francia; la tentación de Berlusconi, a la que ha cedido ampliamente, es poner el Estado directamente a su servicio. Si uno dice ‘el estado soy yo’ en un eco de Luis XIV, el otro considera en una insólita novedad del despotismo salido de la urnas que el Estado es su criado y que tiene todo el derecho a utilizarlo para resolver sus problemas y complacerle.

Los argumentos que utiliza Berlusconi para defenderse tienen tanta fuerza que igual servirían para demostrar que es un criminal que ha conseguido zafarse de la justicia gracias a la política. Según manifestó en una reunión con empresarios la pasada semana se han interesado por sus supuestos delitos 789 fiscales y jueces, ha recibido 587 visitas de la policía y de la guardia fiscal y 2.500 citaciones, se supone que judiciales o policiales. Para enfrentarse a tan formidable ataque, ha gastado 174 millones de euros en abogados, cuyo número no conocemos. Y nunca ha sido condenado porque ha funcionado la prescripción o porque ha conseguido aprobar leyes que han convertido el caso en inviable.

Esto, sin embargo, no es lo más grave que está sucediendo con este Caimán renacido y de colmillos más largos ya afilados que nunca. Las leyes contra los gitanos son el auténtico baldón racista que deshonra a Italia y a esa Europa que lo permite. Por mucho menos hubo una crisis europea cuando el partido de extrema derecha de Jörg Haider entró en el Gobierno austriaco. Y es lo que diferencia de verdad a Berlusconi de Sarkozy y de cualquier otro responsable europeo. Nunca después del fascismo se había llegado a la ignominia de estigmatizar a un grupo humano como está haciéndolo el Gobierno de esta coalición de populistas y radicales de derecha que gobierna Italia. En realidad ni siquiera en Venezuela o Argentina podemos encontrar algo equivalente a esta plaga.

viernes, 27 de junio de 2008

León Gieco "Yo soy del campo"



Ala hora de trazar sus coordenadas de tiempo y espacio, León Gieco dice que está sin hacer nada y contando las horas para “ir a la presentación de Café de los Maestros”, la película de Walter Salles sobre proyecto de Gustavo Santaolalla.
Pero el cantautor santafesino sabe que lo más oportuno para hablar con él, un emergente del campesinado convertido en referencia de la canción testimonial, es el conflicto entre el Gobierno y el campo. También es de interés la cuestión porque él siempre se ha mostrado favorable a los actos de gobierno del matrimonio Kirchner. “El conflicto está en que en el campo no todos piensan igual. Es muy burdo decir ‘el campo nos ha dado de comer toda la vida’. No señor, fue la tierra. Porque hay mucha gente del campo que tiene depositada la plata en bancos de Norteamérica, ¿viste?”, es lo primero que expresa León con respecto a un cortocircuito que lleva más de 100 días.
Luego sigue: “El conflicto es antiguo, y viene de los tiempos de unitarios y federales. Y ahora, la pelea es ésta; no es una cuestión de retenciones sino de política. Está bueno que se haya armado este quilombo porque se pusieron muchas cosas en caja. Lo de las retenciones, que la presidenta haya mandado todo al Congreso, me parece que lo tendría que haber hecho de movida. ¿Y los congresistas que hicieron desde el vamos? Hay una quietud medio pelotuda por parte de la gente del Congreso. También hay gestos de arrogancia de algunos referentes del campo; de algunos”.

–¿Quiénes serían los no arrogantes?
–Yo soy del campo, mi abuelo me llevaba a arar con caballos. Nada de siembra directa. Sé cuál es el discurso representativo del campo, que es el que da De Angeli. No es oligarca, ni especulador. Es un pequeño empresario del campo, el que se banca las sequías, las inundaciones. Se banca eso de pasar dos años sin cosechar. De Angeli sabe de lo que habla. Después están los que tienen millones de hectáreas que son los que ponen la plata afuera y, por otro lado, el Gobierno, que tardó mucho para armar una comisión para atender los problemas del sector. No creo que los Fernández sepan tanto de campo para ser ellos mismos “la” comisión. La gente del campo no es toda lo mismo. No da para meterlos en la misma bolsa.

–Entonces no da poner “Bandidos rurales” como música de fondo de un informe televisivo.
–No, esa canción está referida a otra cuestión. El otro día, antes del discurso de Cristina pasaron Bandidos Rurales. Es un vivillo que dijo “pasemos esto”. Cuando lo escuché, lo único que atiné a decir fue “¡qué hijo de puta!”

León tiene un nuevo disco, aunque no de canciones inéditas. Se llama Por partida triple y consta de colaboraciones suyas para otros artistas. La edición es de disco triple y se ampara en tres preceptos: “rock, folklore y rutas”. De los tres, y teniendo en cuenta cuál es el tema más espinoso por estos días, conviene concentrarse en “folklore”.

–¿Considerás al folklore música emergente del campo?
–La base del folklore es la música del campo, como el folk americano. Allá, el jazz es capitalino y el country es de campo. Acá, el rock es lo capitalino tanto como el tango, mientras que el folklore es del campo. Lo que pasa es que los mercados confunden la cosa. No obstante, vamos a creer lo que decía Facundo Cabral: “No es lo mismo cantar una zamba debajo de un ombú que en un décimo piso”.

Fuente: La Voz del Interior

martes, 24 de junio de 2008

En busca de partidos estables

Timothy Garton Ash 28/10/2007

De vez en cuando, justo cuando estamos empezando a hartarnos, alguna cosa nos recuerda que la democracia es maravillosa। El domingo pasado, jóvenes polacos hicieron pacientemente cola no sólo en Varsovia y Wroclaw, sino en Dublín y Londres, para votar por una Polonia en la que puedan tener futuro। El placer más elemental de la democracia -nosotros, el pueblo, elegimos a nuestros gobernantes- les estuvo negado a sus padres hasta el fin del comunismo, en 1989। Los chicos de 18 y 19 años en esas colas también estaban experimentándolo por primera vez. La participación, aunque baja, fue la mayor desde las históricas elecciones de aquel año. Fueron sobre todo los jóvenes los que acudieron en un número que no se esperaba; el resultado ha sorprendido a todo el mundo.

Ya estaba bien. Había llegado el momento de cambiar. Así que, por utilizar una expresión rotunda, "expulsaron a los sinvergüenzas". El más moderado de los "gemelos terribles" sigue siendo presidente, pero Jaroslaw Kaczynski, más sanguinario y dado a las conspiraciones, ha dejado de ser primer ministro. Su partido, aunque obtuvo casi la tercera parte de los votos, sufrió una derrota inequívoca. E igualmente satisfactorio fue que dos pequeños partidos populistas y obstinados, el llamado Partido de Autodefensa y la Liga de Familias Polacas, consiguieran menos del 5%, por lo que no estarán representados en el Parlamento. La noche de las elecciones me gustó especialmente el momento en el que la televisión polaca conectó con el cuartel general del horrible Partido de Autodefensa para mostrar un salón totalmente iluminado y completamente desierto. No parecía que hubiera nadie aparte del periodista de la televisión y un melancólico portavoz con bigote. Se acabó la fiesta. El último, que apague las luces.

Éste es un buen resultado para la democracia, para Polonia y para Europa. En ciertos aspectos, la secuencia histórica no podría ser mejor. Una vez que Polonia está a salvo en la UE y la OTAN, la tendencia xenófoba, provinciana, retrógrada y germanófoba que siempre ha existido en la sociedad polaca tiene su oportunidad de gobernar. Lo estropea todo en sólo dos años. Entonces, una clara mayoría de votantes decide en elecciones libres y justas que ésa no es la Polonia en la que quiere vivir, no es el rostro que quieren enseñar al mundo. Quieren un país más moderno, más progresista, más europeo y más occidental. ¿Hay algo más claro y limpio que esta decisión libre? La democracia, como decía Karl Popper, es el sistema en el que la gente puede cambiar su Gobierno por medios pacíficos.

Por desgracia, los gemelos Kaczynski no se limitaron a empeorar las cosas para sí mismos; también empeoraron las cosas para un Estado débil, dominado por el sectarismo y la corrupción. Prometieron un país más fuerte y más limpio, y han dejado uno más débil y más sucio. El nuevo Gobierno polaco tendrá que trabajar enormemente para restaurar -mejor dicho, para instaurar desde cero- una buena práctica de gobierno, sujeta al imperio de la ley. No estoy seguro de que lo consigan. Ahora bien, por lo que respecta a la política exterior, el cambio debería ser más fácil. Dentro de la UE, este Gobierno seguirá estando más próximo a los euroescépticos, pero seguramente será moderado y razonable en la defensa de sus intereses nacionales. No se dejará llevar por un miedo anacrónico y decimonónico a Alemania. La tarea de incordiar en la UE volverá a recaer sobre su encargada tradicional, Gran Bretaña.

Existe otro aspecto en esta historia que tiene una dimensión más amplia. Desde el final del comunismo, la política polaca se ha caracterizado por su imposibilidad de consolidar partidos políticos grandes y duraderos, ni en el centro-izquierda, ni en el centro-derecha. A lo largo de los años ha habido partidos que han surgido y han desaparecido como solteros esperanzados en una sesión de citas rápidas. Los acrónimos no han dejado de bailar, como letras dentro de un caleidoscopio. Durante un tiempo pareció que los poscomunistas iban a crear un partido socialdemócrata moderno, pero todo se derrumbó en una ciénaga de escándalo y corrupción. Tampoco ha logrado este país abrumadoramente católico crear un partido democristiano moderno, como el de Alemania. Los políticos son siempre los mismos, los partidos cambian. El grupo que ha ganado en esta ocasión, la Plataforma Cívica, está en el Parlamento desde 2001. No hay más que un partido que haya estado presente de forma ininterrumpida desde 1989: el Partido Campesino (que es, por cierto, el socio más probable para formar Gobierno con la Plataforma). No creo que sea casual que este partido sea además el único que representa a un grupo social concreto y bien definido: los campesinos, benditos sean.

El caleidoscopio de acrónimos no es un fenómeno exclusivo de Polonia. Si se observan las elecciones de otros países poscomunistas, es frecuente ver una volatilidad parecida: menor en algunos sitios (la República Checa, Hungría) y casi equiparable en otros. Pero tampoco es sólo una cacofonía poscomunista. Piénsese en Italia, que al acabar la guerra fría sufrió un terremoto en su sistema político. Por lo que muestran las actas, ninguno de los partidos que se encontraban en la Cámara baja del Parlamento italiano en otoño de 1987 está todavía presente. El único que ha tenido escaños de forma ininterrumpida desde 1992 es el de Refundación Comunista (el segundo, que sólo estuvo ausente dos años, es el Partido Popular del Sur del Tirol, o Südtiroler Volkspartei; es decir, el premio es para los representantes de una minoría de habla germana y una ideología nacida en Alemania).

A principios de este mes, los italianos recibieron una invitación de otro partido nuevo. En un extraordinario sondeo de opinión, vagamente parecido a una primaria de Estados Unidos, más de 3,4 millones de votantes escogieron al alcalde de Roma, Walter Veltroni, para encabezar un nuevo partido de conjunto llamado (a la americana) Demócrata, que reúne a los antiguos Demócratas de Izquierdas y el antiguo Partido de la Margarita; es decir, a ex comunistas, ex democristianos, ex republicanos, ex liberales y ex socialistas (aunque tal vez, en el fondo de sus corazones, sigan siendo todas esas cosas). "No nos están pidiendo que seamos el siguiente escalón", dijo Veltroni, "sino que hagamos un partido completamente nuevo".

Para países como Gran Bretaña y Estados Unidos, que aguantan impasibles desde hace tiempo con los dos o tres mismos partidos, todo esto puede parecer una serie de mareantes danzas latinas y eslavas. Perder un partido político es comprensible, perderlos todos parece una auténtica dejadez. Por su parte, los politólogos disponen de complejos argumentos sobre la relación entre los sistemas electorales y los sistemas de partidos (por ejemplo, que las elecciones de tipo británico, en las que el ganador se queda con todo, son seguramente las que más favorecen un sistema de dos partidos).

Piénsenlo por un momento: si nuestros partidos tradicionales no existieran, ¿los inventaríamos? Lo más seguro es que no. Están ahí porque están ahí. Ya no representan a grupos sociales distintivos (es decir, el laborismo ya no representa a los trabajadores) ni principios característicos. En Gran Bretaña, laboristas y conservadores cruzan las líneas sin cesar en su lucha por ganarse el afecto de una (pequeña) clase media más o menos liberal. En la conferencia del Partido Laborista, el primer ministro, Gordon Brown, pronuncia un discurso propagandístico sobre la identidad británica, la ley y el orden, frente a un fondo azul y conservador; el líder conservador, David Cameron, se muestra descorbatado y progresista, aunque luego vuelve a arreglarse. Se roban uno a otro los planes políticos -el último, sobre la reducción de los impuestos de sucesión- como travestís que se pelearan por el mismo vestido de cóctel. Son meros aparatos para sumar intereses y prejuicios; máquinas para ganar elecciones, unidas sólo por la historia y el ansia común de poder. No obstante, tener un sistema de partidos estable sigue ofreciendo muchas ventajas. El problema es: ¿cómo crearlo si nunca se ha tenido, lo que ocurre en Polonia, o cómo recrearlo si se ha venido abajo, como en Italia?

lunes, 23 de junio de 2008

REPORTAJE a Santiago Kovadloff

Por Magdalena Ruiz Guiñazu

A lo largo de 15 libros y después de innumerables conferencias, en las que ha explicitado la lucidez de su pensamiento, Santiago Kovadloff llega ahora a las librerías con otro título: El enigma del sufrimiento, una encrucijada que los argentinos hemos transitado ya en demasiadas oportunidades।
—Yo he escrito, y escribo, cuentos para niños, poemas y muchos ensayos. Espero que este libro no sea el último, puesto que el terror de todo escritor, cuando finaliza una obra en la que ha trabajado durante mucho tiempo, es que junto con esa última obra él se despida de la posibilidad de crear. Usted sabe que la inspiración es frágil y, a la vez, indispensable...
—Pero, Kovadloff, en el país en que vivimos, la inspiración no le va a faltar... A veces, uno piensa que para los argentinos es difícil curarse del todo, por no poder cerrar viejas heridas...
—En este último libro, yo intento realzar el sentido fecundo del sufrimiento y lo distingo del dolor al que, en cambio, asocio al puro padecimiento. Aquí intento estudiar la viabilidad o no del tránsito del dolor al sufrimiento. El sufrimiento está asociado con la capacidad que un individuo o un pueblo tiene para elaborar sus dificultades. Y lo llamo “sufrimiento”, porque la huella de lo padecido siempre queda en quien va más allá de lo padecido.
—Y el miércoles 18, por ejemplo, en aquella multitudinaria Plaza de Mayo ¿dónde estaban las huellas del padecimiento?
—Yo creo que una de las grandes dificultades que tiene el oficialismo es la capitalizar los fracasos que la Argentina ha tenido en su transición a la vida democrática. El ex presidente Kirchner ha tratado de decir que, en la actualidad, se enfrentan el presente y el pasado. El asocia el pasado a la protesta que, siendo inicialmente campesina, desbordó hacia las ciudades y se convirtió en protesta ciudadana. En cuanto al presente, el Dr. Kirchner lo vincula con el posicionamiento del Gobierno. Yo creo que es exactamente al revés. Y le explico por qué. Me parece que la demanda de vida constitucional sólida, y de vida parlamentaria fecunda con democratización del debate, es un rasgo distintivo de la protesta que se origina en el campo y pasa a las ciudades. En cuanto al pasado entendido como reivindicación de lo inamovible, de lo intolerante, del autoritarismo, está presente en el discurso de este ex presidente que no conoce los matices de la convivencia. Kirchner está dispuesto a ejercer el poder a expensas del prójimo, y ha hecho de toda diferenciación de sus ideas un signo de hostilidad y de golpismo. La pobreza de los conceptos que emplea para caracterizar a quienes no coinciden con él prueba la densidad de su intolerancia al intercambio de ideas y al ejercicio democrático del poder.
—¿Usted no cree que Néstor Kirchner tiene características adolescentes muy acentuadas?
—¡Bueno, eso que usted dice va en desmedro de los adolescentes!
—¿Por qué?
—Simplemente, porque en los adolescentes la crisis va acompañada de una fuerte angustia, mientras que aquí hay una rigidez que es más bien característica de una adultez dogmática. Es un pensamiento que está más cerca del integrismo que de lo que podríamos llamar una crisis cabal. En la crisis cabal hay matices. De hecho, en la crisis social que vive la Argentina hay matices. Si de un lado están los voceros del ex presidente, como D’Elía, del otro lado, dentro de la comunidad, lo que podemos advertir es un afán de interdependencia entre los que son voceros del conflicto. Nadie quiere tener el monopolio de la palabra. ¡Y esto no es un rasgo del Gobierno!...
—Pero aquí surge (y no sé si usted estará de acuerdo) una especie de síndrome de abstinencia del poder. Daría la sensación de que esto obsesiona al Dr. K. Fíjese que el miércoles, después del acto en la Plaza de Mayo, pensando en que quizás se había cortado la cadena oficial, veíamos a Kirchner solo, en medio del escenario, agitando una Bandera argentina como si fuera un niño. Es, en cambio, un hombre grande que ha sido exitoso, pero que no puede abandonar el escenario...
—Mire, en filosofía hay un concepto, el de solipsismo, que encarna lo que usted acaba de describir. Le explico: el solipsismo es una corriente de pensamiento que caracteriza al individuo que está ensimismado, cerrado en su autorreferencia absoluta. El individuo para el cual, su “yo” es la totalidad de lo real. Este ensimismamiento profundo es muy insular, y caracteriza la formación cultural de individuos que han vivido en el aislacionismo característico de 16 años de administración de una provincia en la que, para afianzarse en el poder, la descalificación del prójimo como interlocutor ha sido esencial. Trasladar estos criterios a una República, pretender hacer de la totalidad del país un escenario monótonamente sometido, es confundir las demandas de un Gobierno intolerante con las necesidades de una República que tiene que crecer.
—Sí, pero ¿cómo crece un país? ¿Siempre tiene que ser a través del sufrimiento?
—Los países crecen capitalizando el dolor. Aprendiendo de sus experiencias y de sus errores. De sus experiencias frustradas. Mire, el gran capital de la maduración cívica es la meditación y el aprovechamiento de los errores pasados. Cuando caemos en el campo de la monotonía (es decir, de la reiteración de los criterios que van desde las entonaciones de voz hasta el repertorio de conceptos machacados), uno advierte que no se está trabajando por el crecimiento, sino por la duración. “Durar” es algo muy difícil de vivir. Es algo muy distinto a vivir. “Durar” es empeñarse en no perder protagonismo aunque la vitalidad del propio posicionamiento no sea rica. Y lo indispensable para poder “durar” es dirigirse al otro como si tampoco quisiera vivir. Como si sólo aspirara a durar. Entonces, una de las estrategias de la supervivencia, como es el prebendarismo, entra en escena para condenar al beneficiario a sostenerse en la duración. No se le habilita la posibilidad, por ejemplo, de crecer y desplegarse. Se lo condena a la inmovilidad de la dependencia. Este discurso paternalista y autoritario es un signo de la tendencia que los gobernantes muestran al aferrarse al pasado y al no aceptar los desafíos del porvenir.
—¿A usted le parece que la pareja presidencial (y me refiero a ellos en estos términos porque el miércoles, cuando los veía abrazarse en el escenario, parecían una pareja monárquica y reinante) comparte estos conceptos?
—Yo pienso que si en la intimidad no los comparten, de hecho, en la vida social y en la manifestación pública, no se advierten fisuras en los dos discursos. Hay una posición fundamental que es el maniqueísmo. Le explico: maniqueísmo es el capital básico compartido. La idea de que uno no está frente a un adversario, ¡sino frente al enemigo! Esta presunción obliga, entonces, a dividir el país en clases sociales, en ideologías irreconciliables y es la manifestación de una profunda pérdida de actualización. En la senilidad no hay nada más penoso que la pérdida del sentido de lo real. Y estas dos personas (Néstor y Cristina), si bien no son viejas, son seniles conceptualmente. ¿Por qué? Pues porque se mueven en un mundo que ya no tiene consistencia real, pero al que necesitan perpetuar para no perder el sentido de su propia identidad.
—¿Y cuál sería, a través de su mirada, la identidad que hoy tiene la Argentina como país?
—Yo diría que el rasgo positivo que advierto en esta crisis es la reivindicación inamovible de la institucionalidad. El deseo de inscribir los conflictos en un cauce institucional es una demanda con que la inmensa mayoría de la gente ha venido a reemplazar (con creces) aquel triste: “¡Que se vayan todos!”. Lo que la gente quiere, hoy, son instituciones. Un marco legal dentro del cual encarar los conflictos, porque la mera sectorialización de los problemas, cuando no se inscribe en el marco institucional, lleva a la democracia directa. Y la democracia directa les quita protagonismo a las inve stiduras de la República. Lo que yo advierto en quienes hoy no están situados en una posición de conformidad con el Gobierno es un enorme anhelo de institucionalidad.
—Sí, parecería ser algo bastante espontáneo, ¿pero cómo analiza la decisión de reanudar el paro que, en realidad, iba a terminar el 18 a la noche?
—¡La decisión de reanudar el paro es una medida tan drástica como la que tuvo la Presidenta al calificar a los dirigentes rurales más o menos como a cuatro caballeros del Apocalipsis! Yo creo que la respuesta que se les debe dar a las decisiones intolerantes es la amplitud y la constante demostración de que el diálogo no puede ser reemplazado por el abroquelamiento en la propia intransigencia.
—También aquí, Kovadloff, se da un fenómeno interesante y es que no hay una oposición vertebrada. La protesta y el enojo se dan, entonces, como usted bien dice, no en el fatídico “¡que se vayan todos!”, sino en un “¡que se queden todos, pero que se queden bien!”.
—Cuando advertimos en la gente una mayor demanda de fortaleza institucional, se le está haciendo directamente un reclamo a la oposición para que se ubique a la altura de las circunstancias y del ejemplo de interdependencia que han brindado las direcciones de las distintas agrupaciones campesinas que han sabido sostenerse en el marco de un conflicto tan profundo sin sufrir un desgaste en su convivencia. ¿Por qué no tenemos una oposición unida? Bueno, precisamente porque se ha privilegiado el liderazgo personal sobre los intereses colectivos.
—¿Usted no cree que la catástrofe de la Alianza también ha gravitado como un golpe casi mortal al pensamiento político?
—Creo que no, porque la estructura de la Alianza fue totalmente oportunista. La Alianza se vertebró para ganar una elección y no para sostener en el poder un ideal de convivencia. De hecho, apenas ganó las elecciones, se desintegró. Yo creo que ahora la situación es distinta. Hoy no estamos buscando una alianza oportunista para derrotar al oficialismo en las elecciones venideras. Estamos buscando una alternativa en la concepción del poder político. Y esa alternativa tiene, como signo distintivo, la demanda de consistencia institucional. Esto es lo que estamos pidiendo. En una palabra, que la vida institucional esté convalidada como el escenario exclusivo de la disidencia y de la coincidencia. Sólo un proyecto de mediano y largo plazo en la concepción de lo político puede ayudar a que el país se vertebre de verdad –Kovadloff se detiene, piensa y retoma con vehemencia–. Fíjese usted, lo que necesitamos es una oposición que venga desde el porvenir hacia el presente. Es decir, desde un ideal de futuro hasta una actualidad que se muestra muy difícil en función de ese ideal. ¡Hoy, la oposición está conceptualmente exigida por esta demanda popular que pide más civilidad y no necesariamente más poder!
—Más civilidad, pero también (algo muy interesante) más presencia de la Constitución...
—Es el centro de la demanda de más civilidad. La demanda de una vida constitucional rica es la que permite que el Parlamento tenga una vida real, y no de ficción. Hoy en día, estamos amenazados por la posibilidad de ver desplegado en el Parlamento un concepto de institucionalidad ficticia. Porque al estar los legisladores del oficialismo sometidos a una demanda de obediencia no crítica con respecto al Poder Ejecutivo, no contribuyen a otra cosa que a fortalecer la vida espectral del Congreso.
—Quizá dentro de esta tristeza haya algo saludable, y es que los legisladores tendrán que rendir cuenta, frente a sus votantes, de su desempeño en la banca. El país estará muy atento a lo que, a su vez, voten los legisladores...
—Es muy posible, pero esto también llevaría a una crisis muy profunda de la demanda del Poder Ejecutivo y las exigencias de la población que otorgó representatividad a los legisladores. Ojalá haya espacio para la reconsideración crítica de esta posición rígida con la que el Ejecutivo quiere que se encare el problema de las retenciones. Yo no soy muy optimista en cuanto a los resultados, porque me parece que si los legisladores aspiran a perpetuar su representatividad y el valor de su investidura, tendrían que haberse preparado a lo largo de mucho tiempo para reconsiderar lo que han hecho hasta hoy. Si actúan de un modo imprevisible para el oficialismo, es porque no han hecho otra cosa que intentar salvar su propio papel. Yo desearía más bien que la consideración de estas cuestiones, prolongándose en el tiempo y dando lugar a una reflexión madura, evidencie posiciones que no sean puramente circunstanciales.
—Es un toque de atención a la conciencia de cada uno. No sé si usted, cuando en su libro habla de sufrimiento, eso implica el esfuerzo por mantener una conducta coherente, llamémosle “moral”...
—Estoy de acuerdo. A mi visión del sufrimiento se asocia esta idea del esfuerzo que realiza un individuo para capitalizar sus padecimientos, para poder inscribirlos en un marco de aprendizaje. Una persona sufrida no es una persona doliente.
—¿Cuál es la diferencia?
—Una persona sufrida es aquella que evidencia las huellas que en ella ha dejado el duro aprendizaje que le impusieron el dolor y la adversidad.
—¿Usted definiría a la gente que fue el miércoles a la Plaza de Mayo como una masa sufriente o dolida?...
—Era una masa doliente, porque no era la demandante del discurso que se le destinó, sino la destinataria pasiva de la mayor parte del discurso que escuchó. Las voluntades se pueden comprar, y el precio se nota.
—¿Esto implica carencia de dirigentes?
—Sí, lógicamente. Mire, el gran “triunfo” de la dictadura militar fue haber vaciado de significación la vida cívica. La vida constitucional. Y no nos hemos repuesto de esto pese al enorme esfuerzo que realizó el gobierno del Dr. Alfonsín para transitar del autoritarismo a la vida democrática. El proceso no se pudo cumplir porque se privilegió la disputa por el poder, y no por el afianzamiento de la República. Entonces, esta carencia de líderes puede ir paliándose lentamente a medida que la demanda de otra calidad de liderazgo provenga no de los partidos, sino en dirección a los partidos. Y esto es lo que está ocurriendo hoy. Poco a poco, la exigencia de más calidad cívica y de una mejor vida constitucional está viniendo de las bases, de las clases medias que están pidiendo otro modo de gestionar lo político.
—Uno no puede dejar de pensar en las lecciones de la Historia. Por ejemplo, los países europeos, después de una terrible Segunda Guerra Mundial, ¿cómo se rehicieron? ¿Cómo apareció gente de transición como Adolfo Suárez en España después de la muerte de Franco? ¿Qué ingredientes mezclaron esos países para que aparecieran estos políticos?
—Bueno, comprendieron la esterilidad de los caminos que habían recorrido hasta ese momento. Y esto es fundamental: entender que transitando por el camino en el que veníamos no nos podemos encaminar hacia donde debemos. ¿Cuál es la dirección, entonces? En el orden nacional, regional y planetario, la demanda de la época es integración y convivencia. Esta es la gran demanda que está en el corazón de los desafíos del siglo XXI. Integración y convivencia significan entender que, en mi relación con el prójimo, constituyo mi identidad y no la subordino a mi poder, y constituyo mi poder si lo integro a mi identidad. Entonces, no tenemos todavía en la Argentina una cultura planetaria, capaz de inspirar estas soluciones nacionales. Y digo “cultura planetaria” porque significa una concepción de lo que la vida en el planeta está pidiendo en el presente, para que podamos aplicarla concretamente a nuestro país. Nuestro país necesita integración en el orden regional, provincial. Necesita federalismo, que es la expresión acabada de la convivencia en el nivel planetario. Es indispensable estar unidos, pero respetando las diferencias. Si no se respetan las diferencias, no hay unidad posible.

domingo, 22 de junio de 2008

El nacimiento del ciberactivismo político

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ 22/06/2008

Existe una notable efervescencia digital en la preparación de los congresos que la mayoría de las fuerzas políticas españolas (ERC, PP, PSOE, CDC...) han celebrado, están celebrando o van a celebrar antes de las vacaciones de verano. Se han llegado a debatir online diversas enmiendas de política 2.0 a las ponencias oficiales. En la mayoría de los casos, estas enmiendas abordaban el uso de las nuevas tecnologías en la acción política. Pero algunas han ido incluso más allá y, confiando en el potencial de cambio de las nuevas tecnologías, han propuesto repensar tanto el modelo organizativo de los partidos como sus fórmulas para el debate programático y sus mecanismos de relación con la ciudadanía.

Existe una fuerte convicción de oportunidad inaplazable. Las dificultades sociales y políticas a las que todos debemos enfrentarnos, en lo local y global, exigen que el talento y la creatividad latentes en la Red penetren y revitalicen las estructuras de los partidos democráticos para actualizar su concepción básica: la de servicio público. Hay hambre -y urgencia- de nuevas ideas para los nuevos desafíos. Y la Red palpita mientras las estructuras partidarias languidecen. Hay quien lo intuye y hay quien no quiere verlo aunque lo sabe.

El eco de la videopolítica y del activismo digital en la campaña para las elecciones generales del pasado 9 de marzo está muy presente en este contexto. Por primera vez, los partidos políticos utilizaron en España de forma masiva, estratégica y organizada diversas iniciativas en la Red para movilizar recursos humanos (descubrieron el potencial de los cibervoluntarios) y ensayaron acciones de comunicación viral muy efectivas. Asimismo, los medios de comunicación tradicionales, escritos o audiovisuales, experimentaron fórmulas de participación ciudadana basadas en el ciberespacio. Incluso se intentó, sin éxito, un debate digital entre los dos principales candidatos a la presidencia, Zapatero y Rajoy.

A esto se añade el que el apasionante duelo de las primarias demócratas norteamericanas ha impactado con fuerza en la política española, que se interroga sobre el capital de energía política y organizativa que suponen los ciberactivistas y la posibilidad de enrolarlos como cibermilitantes. Hay un gran consenso en que buena parte del éxito de Barack Obama ha radicado en el uso inteligente de las herramientas de la cultura 2.0. Obama ha comprendido la capacidad política de las redes sociales digitales, empezando por su capacidad para movilizar seguidores o para captar donaciones. Él ve las nuevas tecnologías no como un medio más, sino como el reflejo organizativo de una nueva cultura política. Y a ello se debe buena parte de la conexión del senador con los jóvenes y los sectores más dinámicos, que sienten que el candidato conversa con ellos a través de sus propios medios y sus propios códigos.

El momento es apasionante y sería imperdonable no aprovecharlo como palanca de renovación de la política española. Es una gran oportunidad para que los partidos acometan en profundidad un cambio de estilo y de cultura organizativa que sea capaz de hacerlos evolucionar hacia estructuras más abiertas, flexibles e innovadoras, como ya lo han hecho gran parte de las empresas, universidades y otras organizaciones en el marco de la sociedad de la información y la comunicación.

El anuncio, por ejemplo, del Plan de Modernización de las Agrupaciones con el que el PSOE está estudiando una reforma de su organización interna, ha creado un marco adecuado, en el espacio socialista, para este debate sobre el modelo de militancia en el siglo XXI. Las Casas del Pueblo no ofrecen hoy para muchos ciudadanos ningún atractivo, ni como espacio de socialización, diálogo o representación, ni como espacio de activismo político. Se han quedado casi sin pobladores y no reflejan la pluralidad sociológica y cultural de su entorno (especialmente en contextos urbanos). Mientras tanto, las causas y las ganas por comprometerse crecen en nuestra sociedad.

Otros partidos, como los catalanes PSC y CDC, también viven con intensidad la efervescencia de sus bases y se encuentran en pleno debate precongresual preguntándose cómo interpretar la pulsión de cambio y cómo acogerla sin defraudarla. Hay demanda de otra -y nueva- política. Hay urgencia de nuevas organizaciones.

Sin embargo, no todo el mundo participa de este ciberentusiasmo en el debate precongresual del PSOE. La enmienda 445 (impulsada por algunos socialistas valencianos) y la Facebook (animada por muchos activistas y recogida por varias federaciones) han recibido apoyos pero también fuertes rechazos. Hay miedo a que lo digital desborde y contamine. Algunos dirigentes, incluso jóvenes dirigentes, creen que los culos de hierro y los brazos de madera (en alusión al control orgánico de las asambleas de discursos interminables y votaciones unánimes) son más democráticos, "porque la gente está presente y da la cara". Y existe el recelo mal disimulado de que tanto hervor digital sea una moda, esté vacío de contenido político y sea prisionero de nuevos y elitistas dogmáticos que acaben ampliando la brecha digital. Pero los riesgos, algunos de ellos muy reales, no pueden ni deben paralizar los cambios necesarios y urgentes. La política formal puede llegar tarde y mal a lo emergente. Que no se extrañe entonces de ocupar el último lugar en la valoración social.

En este fuego cruzado, a algunos dirigentes tan sólo les tienta canalizar la energía de los activistas digitales para instrumentalizar su capacidad movilizadora, pero lateralizando su protagonismo y liderazgo. Creen que el espacio digital hay que colonizarlo, sin comprender que de lo que se trata es de influir y dejarse influir. Pretenden convertir lo digital en un nuevo espacio dogmático o de reclutamiento, pero así sólo se encontrarán con redes vacías de vitalidad. Otros identifican la Política 2.0 con propuestas sobre las TIC o con expresar simpatía con los defensores del software libre. Pero aquéllos y éstos se equivocarán (o se quedarán cortos) si simplifican o reducen la intensidad de estos cambios políticos a lo simplemente "tecnológico".

La cultura digital es una ola de regeneración social (de ahí su fuerza política) que conecta con movimientos muy de fondo en nuestra sociedad: placer por el conocimiento compartido y por la creación colectiva de contenidos; alergia al adoctrinamiento ideológico; rechazo a la verticalidad organizativa; fórmulas más abiertas y puntuales para la colaboración; nuevos códigos relacionales y de socialización de intereses; reconocimiento a los liderazgos que crean valor; sensibilidad por los temas más cotidianos y personales; visión global de la realidad local y creatividad permanente como motor de la innovación. Sí, hay esperanza de nuevos liderazgos. Pero en la Red sólo se reconoce la autoridad, no la jerarquía. Mejor las causas que los dogmas.

Así que no estamos hablando simplemente de nuevos militantes (cibermilitantes) o de un nuevo campo de batalla política (la Red). Tampoco se trata tan sólo de nuevas herramientas (blogs, wikis, twitter, redes, videopolítica...). Ni tampoco se resuelve esta cuestión con una nueva "sectorial" (la de la sociedad del conocimiento y la información). No, no hablamos sólo de tecnología. Hablamos de la política del futuro. De comprenderla nuevamente, de repensarla en la sociedad red.

Si se quiere, puede empezarse por el nombre de la cosa. ¿Cibermilitantes? Ahora que estamos en pleno periodo de celebración de congresos, sería una gran contribución hacer una pequeña renovación semántica. ¿Por qué no abandonar definitivamente la palabra "militante" y reivindicar la de "socio" o "activista"? A pesar del valor emocional y político que tuvo en el pasado, la palabra "militante" tiene hoy resonancias comunicativas de disciplina férrea, excluyente y acrítica. Además, no aparece ni una sola vez en la Ley de Partidos, que utiliza siempre el término "afiliados".

Ahora que están a tiempo, piénsenlo, por favor. Si quieren hacer ciberpolítica, no insistan en llamar cibermilitantes a los activistas. Empiecen por las palabras. No es un cambio menor. Y sigan luego con los otros. Ha llegado el momento.